jueves

Por un puñado de firmas

Era mediados de abril en el lejano oeste, llegué a caballo a la reserva india acompañado de mis seis colegas, todos ellos escritores. Llevábamos libros y revólveres por si acaso, y dos rifles. Por supuesto que nos hubieran hecho falta. Los hermanos indios lanzaron sus primeras flechas al aire en señal de advertencia. Luego salieron unos cuantos de entre unos matojos. Uno de mis compañeros, exnovelista, hirió a uno en un brazo. Comprendieron que la guerra estaba servida cuando saqué mi rifle y maté a mi colega primero, y luego a los otros cinco. Los indios lo fliparon. Entonces dije: Vengo en son de paz. Me bajé del caballo y rematé a Alejandro Gándara con un tiro en la cabeza, pero seguía hablando. Los indios me miraban perplejos. Al final se murió el muy hijoputa. Uno de los indios, que hablaba español me dijo, este otro vivo también. Sólo le había dado en el brazo, joder, me dije, Constantino Bértolo y su puto afán de protagonismo. Sus últimas palabras fueron: Los medios de administración y de gobierno sólo tienen el interés de lavar vuestras cabelleras. Luego su cabeza volvió a caer del caballo. Por si acaso le di otro par de tiros en el culo. Los indios aplaudieron. Yo dije: He oído que indios hay mucho ¿Vosotros qué tipo de indios sois? Uno dijo: Navajos. Bien, dije, me encantáis los navajos. He venido a traeros regalos. Llevadme ante vuestro jefe.
Dicho y hecho.
Hola, os cambio el último de Rafael Reig por una india buenorra, le dije al jefe. Que sí coño, añadí, mira, se llama Todo está perdonado y lo edita TusQuets, es un premio además e incluye camiseta de la peña Rot.
El puto jefe, tanto jefe y tanta ostia y no entendía mi idioma. Dije: poned otro jefe o me cargo al traductor. Y pusieron otro jefe. ¡Coño! Le dije ¿Tú no eres Pote Huerta? ¡Lo último que me dijeron de ti es que te habías ido a Lugo a pintar y llevar vida de bohemio por las esquinas! ¡Dame una cerveza y saca la guitarra, coño! Mira, traigo el último Orejudo, el de Lector-Malherido, el de Aparicio-Belmonte y uno de Lezama Lima. Aquí hay literatura para aburrir, jefe. Hasta el último Pynchon traigo. Mira, los libros del futuro, fui pasando lo que llevaba y recitando: “Me sé de memoria tu número de teléfono” de Espido Freire, “Mar de Azúcar” de Juan Carlos Mestre, “El regreso asesino de las pilas Alcalina” de Agustín Fdez Mallo, la autobiografía de Bojan editada por Península, las memorias de Arturo Pérez-Reverte “La patria y el sudor de polla”, “Camisa blanca de mi esperanza” de Dragó y “Bajo la flor de loto recordé el pasadizo” de Jesús Ferrero. Hay que culturizar este puto pueblo, que sólo sabe vivir de cuatro gallinejas podridas, dije mientras maté a una de ellas de un certero disparo.
Oye, que yo no me llamo Pote, dijo ese tarado de repente.
Tú eres Pote, dije.
Que no, dijo.
¿A ver, aquí quién manda? Dije. Se encogió de hombros, así que le dije que buscase una guitarra y me tocase el Pote´s blues. Coño, añadí. ¿Queréis los libros o no?
Los indios me miraban fijamente y creo que no sabían qué hacer. Dudé por primera vez, lo que usó uno de ellos para hacerme una pregunta directa: ¿Tú quién fucking eres?
Me encendí un Marlboro y estuve a punto de decir que era el jefe de.... no me acordaba del nombre, al final improvisé, el Club Kafka de Aravaca. Joder, maticé, Kafka, La transformación, efectivamente, en detrimento de La metamorfosis. Ah! Dijeron. Pues claro, ostias, dije. He venido a traeros unos putos libros, joder, para que leáis un poco, coño, como hace la gente culta de España y América. América del Norte, dije, ostias, que os habíais quedado emparanoiados. ¡Norteamérica! No estoy hablando de panchitos de mierda ni abuelitas con una dentadura hecha con la corteza de un beicon churruscado en la sartén, you know? Dije.
Asintieron.
Por fin, dije.
Y luego añadí: La literatura, señores.
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