viernes

Platón come plátanos

Sin quererlo (y apenas beberlo) me vi otra vez ingresado en un hospicio dedicado a la salud de la mente. Yo había experimentado de nuevo la bendición de la otredad y sabría que jamás volvería si mi vida fuese la vida normal de las personas normales que había conocido: trabajo de lleva y trae durante la semana, coca, peleas y putas sábados y viernes y partida y fútbol los domingos en el bar del barrio. Requería cada vez más información atestar la mente del otro contra su propio veneno, pensaba los otoños ante esos paisajes de árboles desnudándose y señoras que paseaban con el carrito de la compra. Mi estrategia se podría moderar una segunda vez. El alma, supe que está hecho de realidad (de politiqueo) y poco más o, como dijo Carlos Edmundo de Ory: Platón come plátanos.

Los chicos que llevaban navajas en el barrio se dividieron en abogados y pasteleros, los borrachos de mi pueblo eran ganaderos, yo iba para la nada y sabía que terminaría fumándola en uno de los rincones de estos hospitales donde salía y entraba al margen de los trabajos de mi padre, los rezos de mi abuela y la nueva furgoneta de mi vecina, a quien yo dedicaba mis siempre sabias erecciones.

Los hombres malvados son enemigos de los veraces, decía Heráclito. Pero ninguno encontraríamos verdad en esos sitios. Yo supe que nunca volvería cuando me encontré un médico más joven que yo. Mi verdad era siempre otra o, como mucho, lo que decía de su lucidez un Buda de esos, algo que había que verificar constantemente...

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