domingo

Partir salchichón en la cocina y chorizo

Yo había tenido por primera vez en mi vida un sueño reparador y ya estaba curado de todas mis adicciones. Se lo dije a mamá, que se alegró de verme saltando como un loco desquiciado por el pasillo de las manos de los cadáveres.
Había sido mucho tiempo de contemplar el sol ciego de mi pequeño pueblo hecho de niños como yo y, los domingos, piruletas y gominolas rancias.

Recuerdo la primera vez en la que, debajo de una farola, probé junto con mis amigos el atún Calvo.
Mientras yo estaba castigado en el pasillo de la clase de 4º de EGB debido a mis soeces bromas que incluían la simulación de una pichurra inmensa, mi abuelo, atado a una máquina de oxígeno, respiraba sus últimas palabras alrededor de sus hijos y mi abuela, en mi casa del barrio durante un lluvioso 13 de enero de 1987.

Dos meses antes, Nicolás Velasco llegó a casa de tomar un vino con su médico, que le dijo que le quedaba muy poco para morirse. En casa estábamos comiendo sopa de fideos. Yo temblé, me acuerdo, porque tenía mucho frío.

En el colegio de Pergentino, si no estabas castigado, te seleccionaban para cantar la canción junto con José Luis Perales en el Un, dos, tres. La niña Leonor fue. Yo sufría y el dolor de mi frente se intensificó luego, cuando Manolo del 5º -hoy muerto-, me contó, dándome un abrazo, que mi abuelo se había muerto. Lloré largo y alto y, más tarde, mi familia diría de mí que había sido todo un hombre.

Los niños de las anginas, en el pueblo, me habían perseguido. Yo me escondía en remolques viejos con trigo sobre el que meé y sobrevivía, poco a poco, como Rambo.
Mi tía Pepita me regaló otro libro de aventuras y volví al colegio para enseñárselo a mis colegas. La masturbación fue, el primero es el nacimiento, mi segundo contacto con la muerte, he pensado. Les dije a mis amigos que eso no era una gran idea y me aprendí El credo hasta la mitad. A mi abuelo le pedí que me ayudara desde el cielo a ganarles a todos al fútbol.

El demonio ya era entonces una decisión más, como las lentejas y la tele y subir al techo del colegio. A veces se colaba el balón y también en el descampado de abajo, donde estaban los gitanos homosexuales. Yo era Alberto El loco, por fin y mis amigos gritaban mi nombre cuando pegaba a los mierdas hasta dejarles secos. Pero luego me arrepentí y fui bueno otra vez. Muy muy bueno. Hasta me reclutaron los curas de la parroquia y me dieron premios. Mi inocencia fue un vaso y, una vez que nos dejaron a solas en el monasterio, una niña mayor con rizos me dio un abrazo porque decía que tenía miedo haciendo fuerza hasta restregarse el escurridero con mi cabeza, aunque yo hice que no me había enterado y la dije que no tuviese más miedo. Todos los demás se habían ido a andar con las mochilas, pero yo estaba malo ese año. Era una iglesia con mucha luz y me gustaba ir allí cuando no había nadie a pedir por mi abuelo. Había también una órden que se hacía llamar Los esclavos de María y que cantaban por la noche. Las linternas eran una apertura al más allá y los niños me decían que contase aventuras antes de dormirnos. Éramos putas sin cabeza y la vida siguió teniendo sentido.
.

No hay comentarios: