domingo

Lady in Satin

Las palabras son un juguete cansado del niño que lo choca contra los demás coches rotos.
Yo, en mi infancia, tenía corazón y una tortuguita que se llamaba Claudia, a la que maté sin querer un verano.
Comprendí los cagaleros del barrio como reversos de una luna clara en un cielo, sin nubes, colmado de botones. Parecía un traje de torero. Yo quería ser torero y mi abuelo Nicolás me compró el traje. Sólo un poco después quise ser Curro Jiménez y después asesino chuleta.
El cagalero era el agujero negro que, se intuía, dominaría la tierra entera, empezando por el cole y las vacaciones con libros de esos de ejercicios para no descuidar la mente con otras brutalidades.
La mente era el intento de desmodelar ese monstruo con su propia plastilina. María va a pensar que estoy loco. Hasta le he contado lo de las cámaras ocultas.
Mañana o pasado será mi cumpleaños. Estoy muy contento. Una gitana que, debido a mi barba rala, rota y larga y mi escualidez, me dijo que sería, como Jesús, muerto a los 33. Voy a saltar. Me río. Una iluminación es un juguete también, como mirar las estrellas que se caen los veranos en la piscina del pueblo.
En Brunete la policía ya me ama. Les llaman cuando me ven. Si no me interesa estar borracho no salgo y ya está. Aquí se está tan calentito.
Hoy he visto una foto de Isadora. Tiene el pelo rubio y liso y una nariz chiquita de ratón.
Las cortinas, que corro y descorro, son un ataúd fácil. Ricardo corazón de León está pidiendo auxilio en el parqué de mi habitación. El pobre gorrión confunde con urracas a sus propios latidos, que copia de mí porque cree que así escapa de sí mismo.
Antes de la locura me llevaron a un psicólogo que me mandó escribir poemas. Menudo bastardo, se quería adelantar a mi canonización. Entonces escribí:
Mi cabeza es un cuco en el nido inexistente de lo que acabas de apuntar. Y: Amo a los becerros de oro que cago en las mañanas donde el sol es el ahorcado perfecto de este cielo. Y: Hachas, voy a matar y luego defecaré su paz en forma de hospital.
Ese psicólogo dijo que yo era, no obstante, drogadicto sin más. He ahí mis errores, dijo. Y se lo contó a mamá, que lloró.
Pero, olvidada ya mi adicción a escribir proyectos literarios, he vuelto y, ahora, por este orden: fumaré un cigarrillo marca Ducados Rubio, me afeitaré la barba, hablaré con el loro y, antes de dormir, seré una nutria que ha aprendido a decir que quiere más leche con los ojos.

(Bien. Allright. He puesto flores en una lata. Ya no hay caramelos en el cajón secreto de la abuela. No hay tiempo que salvar. En la charca que no existe chapotea una radio.
Hoy es domingo y nunca hay nada que perder salvo el propio domingo. Luego echarán una buena y ¡mañana nos despertaremos sonriendo como siempre y nos dirigiremos juntos camino de nuestro desayuno de los campeones!)
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