domingo

La flor de Estambul

A McDonalds, con amor.

El sol es mi amigo. Cuando los ratones no están llueve orín. Mi padre es la única persona que me entiende cuando junto las dos frases anteriores a esta.
Las máscaras, de quienes aborrece tanto el demonio en la obra de Alfredo Rodríguez, son una tienda de chuches para el alma, que siempre ha sido una experiencia de tipo psicológico que se puede regalar a un niño que ande jugando al balón por el parque cuando no miran sus padres.
Soy el señor de la gabardina gris. He dicho, dijo ella.
A mí me da igual lo que digan. Total, mi suicidio no llevado a cabo es el más espectacular de este planeta.
He de celebrar mi cumpleaños, pensé, mientras en la pantalla ladeaban un muerto de entre los escombros de Sendai con el palo de una escoba.
Ayer por la noche echaron una de Jean Claude Van Damme, mi ídolo después de papá.

Ella es tan hermosa, hasta lo dije en el anterior post. En una de las sobremesas me encargué de limpiar las migas de la mesa de la cocina y allí estaba ella intentando esconderse bajo la cáscara de un plátano. La atraje para mí y metí en la boca junto con el pelotón de migas de pan recogidas, y la cáscara de plátano, me dije, ya la tiraré a la basura en otro momento porque, en aquel, me daba pereza.
He regresado a mi habitación tras contactar con mis amigos los granjeros. Mi tío, mientras, me avisa si sale algo de cables. Son una boa esos malditos cables y nuestro trabajo consiste en concederles un veneno, pero uno de mis compañeros siempre está follando y hablando y follando y hablando. Es una maldición. Yo, en esos momentos, sólo quiero llegar a casa junto con papá, que es el único que me comprende. A mis hermanos, sin embargo, les parezco una persona horrible. Yo les imito también, cuando me equivoco, y me pego fuerte, así, como si dentro de los muebles que rompo con la cabeza estuviera guardada mi culpa, junto a las galletas y el pan de ajo.

Hoy, al regresar, he evitado el espejo de la entrada. He saludado a mis padres, que me han dicho que había pescado, así que me he preparado un plato y he dicho que lo comería después de escribir mi tesis doctoral. He introducido a Feyerabend con las últimas cartas de Artaud a Jean Paulhan. Al principio pensé que me saldría un gran trabajo y que lo publicaría Península, pero luego lo fui dejando y, cuando lo rescaté, pensé que lo mejor era eliminar todas las comas y firmarlo como la obra de un ordenador sólo un poquito posterior a los primeros Spectrum.

Después de la quinta orgía, el emperador, visiblemente aburrido y empapado de basura hasta las mismas meninges, ha llamado por teléfono a su tía Pepita para que le pidiese hora en el dentista.
A mí me ha dicho que gracias a mí comprende que mi blog tenga de nombre La semejante criatura. Reía después de deformar su cara. Era tan salao el pobre cerdo.
.

No hay comentarios: