lunes

Febrero, 1999

Me he quedado dormido y después de despertarme he encendido un cigarro y lavado la cara y pensado de nuevo, siete minutos y medio después, que necesitaría despertar mucho, mucho más y he abierto la ventana y mirado y vuelto a mirar mientras entraba el frío y no había luz en ningún sitio.
Poco después ha venido el médico y me ha dicho que había leído mi obra. (Yo había presentado mis escritos en la entrada tras mi primer ingreso y, aunque había olvidado lo que puse en ellos, sí recuerdo que los consideré necesarios para una condecoración por parte del gremio de la psiquiatría cuando abandonase ese maravilloso establo).
¿Y bien? Ha dicho que, antes de hablar sobre eso, tendrían que tratarme.

Amo a Borges, pensé mientras me ponían unas pinzas en la picha. Oí entonces las palabras "Controlar el nervio". (Anotaciones en cuadernos, diciembre 1998).

Me reconozco sedado aproximadamente cuatro noches después. Tengo unos calzoncillos que me quedan grandes, al igual que una bata de médico. Arriba, a tres metros del suelo, hay una ventanita en la que figuro la luz de una tarde, esa lucecita basta para justificar la existencia. Imagino que estoy en el parque, al lado del colegio, jugando con mis amigos, pero el tratamiento me impide visionar esos recuerdos. Además noto que mi aparato locomotor se encuentra muy afectado. Yo, que amé, no tengo cara. (Anotaciones en cuadernos, febrero 1999).

Unos días después me llevo de maravilla con la señora que reparte los medicamentos. Ella se sienta a mi lado. Es una mujer muy gorda que habla despacio. Echa las gotas de haloperidol enfrente de mí y yo las cuento con ella. Un soldado, dos soldados, tres soldados, y así hasta cien soldados. Luego echa las pastillas para los efectos secundarios y las muele y remueve. Y yo lo tomo. Sabe malísimo, le digo con una sonrisa de tres años. Creo que le caigo fenomenal. Me acaricia el pelo y me dice que, mañana, no se me olvide asearme.
El día después, tras desayunar cinco galletas, vi al médico que se había leído mi obra.
Señor, dije, me alegra verle de nuevo. Reconozco que los escritos mostrados son inconexos. No me dio tiempo a ordenarlos.
La estructura me parece bien, dijo, así como los siete primeros narradores. Las imágenes están bien y, sin duda, lo mejor es que, si algo tiene de bueno este texto, es que no le corregiría ni una coma. El asunto de la ruptura, sin embargo, me parece tan intolerable como el dinero que gasta el personaje Bobby en la página 79 ¿De dónde lo saca? Bien, le pondré un siete y, si lo desea, le privaré de cuatro cribas en nuestro premio literario. Efectivamente, me encanta su poesía, joven. Regrese otra vez mañana. Respecto al tratamiento y eso, me dicen que tu comportamiento es bueno en líneas generales. ¿Me permites una observación? Límpiate más veces con el babero en las horas de comida, a veces se te ensucian los labios sin que tú te des cuenta y eso, aunque a ti no te lo parezca, causa demasiada mala impresión, sobre todo cuando hay visitas.

En uno de los días de las visitas posé desnudo. Me hizo mucha ilusión. Unos niños pobres se acercaron a pintarme en sus libretas con rotuladores. Les conté el chiste de uno de Lepe que no tenía calefacción. Pero no se rieron.
Me miré mi ridícula picha. No podía hacer nada con ella excepto evitar las risitas de esos enfermos niños pobres.

Mi madre regresó una semana y pico después y me llevó con ella de la mano. Paseamos por Madrid y entramos en una librería donde me compró un tebeo. Reímos y, por la tarde, comimos tortitas con nata en el Corte Ingles. Me dijo que había hablado con unos señores que le dijeron que me estaba portando muy bien, que siguiera así. Yo me medí las pulsaciones en ese momento. Luego le dije que era un juego y me sonrió y dijo que, cuando saliera, me compraría una bici nueva para que saliese de vez en cuando por el monte.
Había hecho amistad con un niño que decía que me salían rayos. Al día siguiente hablamos durante la comida. Le dije que mi madre me sacó el día anterior y todo eso y le pregunté dónde había que cortar exactamente para matarse. Me dijo que en el cuello, cerca de donde terminaba la oreja iba bien, que lo había leído en una revista.

Me dieron el alta pocos días después. Mi madre había comprado una casa en un pueblo y allí estaría cuidado por una monjita, dijo.
Era febrero, más o menos. En el cuaderno de notas no pone casi nada relevante, la verdad.
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