jueves

Carta a un músico

El grito con el cual comienza su sonata es tan desolador que me he permitido estremecerme. Luego he escuchado un poco del resto de la obra que, en mi opinión -mísera-, es intrascendente.

Mi papá era pastor a los cuatro años. Su padre, Teodoro Masa, le dijo que, si venían los lobos, se hiciese un hueco en medio del rebaño y se sentase tapándose la cabeza con los brazos.

Nací a los siete meses y pesé un kilo. Todos los médicos coincidieron en que no viviría. Lo sé porque me lo han dicho mis padres. Antes, tenía dos tías melindrosas que me daban caramelos de café con leche y me llamaban El resucitado, pero ya se han muerto. Yo sigo aquí, en pijama.

Me gusta la Pepsicola. El martes, que fue mi 34 cumpleaños, me lo pasé muy bien. Madrid es un escaparate de estiércol.

Este curso, debido a que me negaron mi actividad en la última semana, volví a apuntarme a la universidad, pero regresé a mi casa porque apenas iba. Los alumnos tomaban apuntes en las clases de literatura y se callaban cuando yo se lo pedía. Los profesores, al contrario que los demás animales y minerales del lugar, me abrían las ganas de follar, al igual que en los colegios en los que estuve y las otras universidades compuestas, creo recordar, de artes y sociología.

Ayer hice zapping, vi lo último de Japón, luego fútbol, en otra cadena había una serie española y en otra no me acuerdo. Luego fui al servicio y me pesé. Este último año estoy engordando mucho, no hay duda. Deben ser las hormonas.

Inicié esta entrada para explicarle mi sonrojo hacia el primer minuto de su sonata, pero creo que me estoy yendo por los Cerros de Úbeda. Sepa ya mismo que me importa un pepino. Además usted sabe que no soy músico y que me da igual todo lo relacionado con esos asuntos.
Cuando era joven a veces me gastaba las propinas en música. Considero vergonzoso hablar de esto.

Asistí en octubre o noviembre o diciembre a una conferencia de la universidad y tuve que conformarme con la primera fila, lugar donde todas las sillas se encontraban ocupadas por egregios, todos viejales y gafotas, dos de ellos, observé, con pajarita, muy graciosos.
Todo el mundo aplaudía cuando yo participé. Aceptaron un gracejo mío y, en ese par de segundos, aproveché para hablar acerca de la literatura francesa de los años setenta y los americanos y, por lo tanto, al final, de la española y el ketchup Heinze. Luego, en una elipsis, redacté un tratado sobre la situación actual de las editoriales que conocía debido a los licores y a la farlopa.
Cerré con las últimas estadísticas que había leído sobre la situación de la cocaína en España y opiné que me parecía aberrante. La gente, incluidos los egregios, estalló en aplausos, tanto que dudé si levantarme de mi postura en la silla y hacer una reverencia. No obstante, el evento no finalizó con mi intervención (la intervención, esa actitud que sólo recordaba de cuando yo era borracho), uno de los señores con pajarita aprovechó mi introducción y enfado hacia todo lo denominado como España y elogió a los grandes traductores que se me había olvidado nombrar. Era justo. Me encontré nervioso y supe que no iba a intervenir de nuevo, además me entraron ganas de hacer pis y hubiera sido considerado feo que hubiese abandonado la sala cuando se encontraban debatiendo sobre un tema abierto por mí. Fue agradecido porque se leía de mis palabras que las guerras burguesas de los simpáticos y cultos ratones medio seniles no nos interesaban a los niños y yo lo había dicho y luego me había callado como si tal cosa y tenía hambre y pis y además ese día había elegido como indumentaria mi chándal, que estaba un poco roído.
Algo fallaba además. Yo no podía criticarles a ellos y así lo entendieron. Yo hablaba del estilo del Yo, España y el mundo, que es de lo que quieren todo el rato hablar los cultitos, entre otros. Ya no me acuerdo. En artes también tuve un lío con un ponente, joven e inculto chicuelo de los graffitis. El profesor Enrique Perela se descojonaba mientras yo decía y apagaba colillas en la alfombra de la sala.

Y luego me vinieron más brotes psicóticos y tuve que ser bueno y se reían de mi idiotez basada en el tratamiento y yo, luego, volvía a recordarlo todo como si hubiese sido la primera vez en mi vida que lo experimentaba, en calzoncillos, rodeado de remolques y un niño diciendo: Mira la sucia rata cómo se caga.

PD: No tengo nada más que añadir por hoy, me encanta su disco en general, la verdad.
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