jueves

Borrador de unas memorias mezcladas con basura donde nombro a escritores famosos

“Desde que se fosilizó, se cree un monumento” (Stanislaw Jerzy Lec)

La primera vez que vi un cerebro en una vitrina pensé “¿Así que una mierdecita como esa es la culpable de la serie Falcon Crest?”. En el colegio de Pergentino nos llevaban a ver, efectivamente, extrañezas de ese tipo, así salimos luego todos, claro, drogadictos perdidos. La vida es como es, ella tiene sus propias maneras, así que el lunes don Alfonso I, El monaguillo guitarrista, te sacaba a la pizarra para poder disfrutar de pegarte con la vara delante de todos los compañeros mientras pedías perdón por haber respondido que el Duero pasaba por Rivas Vaciamadrid, y el viernes de esa misma semana te encontrabas observando un cerebro de verdad en una vitrina en el museo de ciencias o el arqueológico o el otro. Nosotros, los alumnos del Liceo Caspilla, íbamos sacando nuestras conclusiones mientras las fechas de los exámenes sobre quién era Quevedo se nos venían encima, elaborábamos pequeñas teorías del caos que luego dibujábamos en los mismos pupitres donde otros ya habían empezado a trabajar esas mismas tesis. Lo nuestro era la filosofía postmoderna. Me pregunto si llegaría a salir algún filósofo de allí. Ideábamos pequeños trazos de colmena en las clases de teología de don Teodoro el Cafre que hubiera continuado el alumnado venidero si ese cielo de la infancia, ese Hotel Savoy situado en Aluche calle Seseña, hubiera seguido en pie y no convertido en una sucursal hoy apolillada. Fuimos los últimos pensadores del cuartel, el fin de una especie entonces apenas recién estrenada, esa edad de oro que eran los ochentas en dos patios con el suelo levantado a saber por qué terremoto donde cabía resaltar un bordillo en el que, si no nos había castigado la voluntad del dios que residía en las anormales voces de nuestros maduritos profes, solíamos jugar a las chapas. Perico, Fignon, Pino... en definitiva, los verdaderos representantes de la filosofía moderna. Subir el puerto en bicicleta era budismo donde hoy es Quimicefa. Eso, junto con el fútbol y las mujeres que salían en nuestras revistas de amor, nos distraía de nuestras nada importantes hazañas bélicas (lo que antes llamé El Pensamiento). Éramos los soldaditos que venían en sobres en la tienda de la señora tísica que vendía las gominolas duras, caducadas y con azúcar del que le sobraba a su marido, ese mostrenco, del café y que espolvoreaba por encima (lo sabemos porque se nos quedaba pegado a las manos y había trozos de dentadura). Los viernes, esos soldaditos de sobre, eran la santa Trinidad y el premio de la madre, en eso sólo cabía el misterio de que Tarzán era una figura más entre los alemanes negros de las bayonetas.

Cuando el Hotel Savoy cayó cada uno terminó levantando la verdadera bandera que representaría todas nuestras biografías juntas y ya casi ni nos vimos entre los colegas, los únicos que he conocido en mi vida. El resto ya se puede resumir como política sentimental o, como dicen los poetas, un niño muerto, el mal, el bien y su desflorada madre.
Herencias: Colegio de las afueras.
Vanidades: Escuela de artes y oficios.
Placeres: La enfermedad mental.
Mujer: La abuela muerta.
Mis padres: comiendo en la cocina.
Sueño: comprar un mandril.
Descendencia: ...
Estudios: El comercio.
Realidad: Valseca hace quince o veinte años. O treinta.
Lecturas recientes de autores españoles vivos que me gustan y me disgustan al mismo tiempo (recurso para acabar por si envío este post a la revista Culturamas): Por ejemplo, Trilogía de divos: Antonio Gala, Javier Marías (que ve extraterrestres) y Rafael Reig, con boina. Más cositas: Lucía Etxebarría y (cualquier cosa), Alberto Olmos y encontrársele por la calle andando sin rumbo, Luna Miguel y el camino hacia la virginidad perdida, Mercedes Cebrián y las medias de golfa a la que parece faltarle un hervor (la quiero amar así que es subjetivo, como si no hubiera dicho nada), Constantino Bértolo y el chihuahua ese que le acompaña y que también es escritor o escritora o del sexo que sea ese mejunje que echan los niños en las hamburguesas.
La verdad es que hay muy pocos que me gustan y la mayoría no existen.
Me gusta, por ejemplo, Alexadr Soljenitsin, aunque no vale porque está muerto, aunque sea español. Me gusta Fernandito, Nemesio, Paquillo, Laurita y, luego, más conocidos (otra vez la mierda esa de tener que incluir apellidos), Eloy Tizón, Luis Magrinyá, Manuel Fernández-Cuesta, Luna Roi, Cristóbal Serra y Juan Eduardo Zúñiga. Me gustan los poemas que hacen los chavalotes de la facultad y que luego van a leer en el bar del desnortado ese que se llama como los cigarrillos de menta.
En realidad me da igual porque el gusto, lo dijo Edmund Burke, es una gilipollez de modernillos.
Pero ya lo hemos superado todos y rezar en España mola.
Futuro: Yo antes era la ostia en vinagre.
Presente: Los comentarios de los blogs me parecen polleos innecesarios que están bien para gente que trabaja en cosas de estas, retratan, del lado que sea, una sociedad demasiado maravillosa (incluido el perfil Anónima, que también me lo ha hecho ver)
Gastos de la semana: Cervezas 20 eu, cigarros 60 eu, comida (eso lo lleva mi madre), pipas 1´35 eu, visitas a Toni y Javi 10 eu, teléfono (ya no, thanks).

Fin.

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