miércoles

tres mariquitas armados al uso

En las mañanas me despertaba una sirena que aún oigo algunas noches. Era la verdad de unas galletas María Fontaneda mojadas en leche con colacao. La niña subnormal siempre se sentaba a mi lado y, enfrente, un cuarentón hablaba de su relación con Dios. La suerte era que la niña subnormal no se enteraba si le faltaba una de las tres galletas porque había perdido la habilidad para contar hasta dos. Cuando pasaba media hora volvía a sonar la sirena y uno sabía que, tras dejar en su sitio la bandeja, podía retornar a su mesa y quedarse todo el día buscándole a la pared blanca por dónde se le iba extendiendo la lepra. Era fácil adivinar cada día nuevas grietas. Esos eran mis proyectos artísticos de enfermo, pero no era bien visto ni yo estaba por la labor de usar allí una cámara de fotos.

Mientras me duchaba, fingía que me enteraba de la lluvia que caía afuera. Notaba que las paredes eran un ataúd que se iba comprimiendo hasta dejar solo una cabeza minusválida en una planicie vegetal. Mi cama era un revoltijo que yo no podía salvar. Cuando me vestía, pedía ayuda a Dios o a lo que fuera, y encontraba la voz de alguien anterior al hombre; esa que, según siempre Platón, moraba antes del nacimiento y que -esto no sé si lo pensé yo- te reunía con el cadáver de tu memoria. Porque yo sabía que mis amigos, esos drogotas enfermos y alborotadores constantes del orden público, no tenían ya una imagen mía. Yo sabía que esa voz, retratada acá como no existente, era la primera fase de resistencia a una vida alejada de su vegetalismo, de vueltas de la parca que traía al día a día el efecto de los neurolépticos, a quienes yo terminaría amando más que a cualquier persona o a cualquier animal.

Para seguir leyendo esta columna pulsa Aquí

7 comentarios:

Bellaluna dijo...

Cómo mola... yo me follaría una monja, una misionera... Tan blanquitas y furiosamente perversas!

Alberto M dijo...

pues de esas no ha caído ninguna, pero bueno... se verá.
Un abrazo,

Bellaluna dijo...

¿Imaginas desnuda a una novicia? El coño peludo y negro, la piel muy blanca y la cara angelical. Yo me tumbaría a su lado a mirarla y luego la mandaría a la ducha. Seguro que a las monjas les huele mal.

Alberto dijo...

Bellaluna eres, creo, mi malvada favorita. Claro que las imagino así, linda, salvo lo del olor, en lo que no había caído. Me has fabricado la impresión del jabón de lagarto. Yo creo que no hago mucho remilgo yo a los malos olores, no sé.
Te he leído esta tarde. Fabuloso. Cúrate. Deja que la mano se cure por sí sola.

Bellaluna dijo...

Dolió. Duele. No se que es jabón lagarto. ¿Huele como a arena seca de playa o cemento sin fraguar? A esa novicia imaginada la pongo roja la entrepierna...

Alberto M dijo...

Ahí le has dao. Huele a arena negra con espuma. Yo también tengo ganas de magrear unos coños, tía

Bellaluna dijo...

Pero, ¿imaginariamente? A mí no me faltan, pero necesito que se produzca una atracción perversa antes.

Beso, cuídate

L.