miércoles

La Sra. Carrington y las editoriales

Estimado Sr. C:

Comprenda usted que al principio no iba a abrir pero me di cuenta que mi cita con la Sra Carrington para tomar café con pastas, debido a lo que usted y yo nos traemos entre manos, era ineludible. Tuve miedo, es cierto, de que detectara la mancha de lefa de mi pantalón, que sólo me dio tiempo a restregar. Incluso al darle la mano (izquierda) para saludarla, vi semen en una de las puntas de mis zapatos e hice entrar entonces a la Sra. Carrington lo más aceleradamente posible hacia la cocina, eludiendo el examen físico que hace de mi indumentaria siempre que entra e incluso su par de castos besos fingiendo un estado nervioso que, en este caso, casualmente, era del todo coherente por lo estaba padeciendo, pero achacándolo -en una salida, he de reconocer, bastante tonta- a la obra del piso de enfrente. Ah, esos malditos ruidos. Tengo suerte de andar ya medio sorda, dijo ella y le dije que me esperase porque andaba mal del estómago. Tenía tanto que contarle acerca de usted a mi querida amiga.

Una vez en el baño, eché bien de agua en mis manchas del pantalón y me quité con papel la lefa del zapato. Al abrir la puerta tiré de la cadena dos veces y abrí la ventana para que saliese ese horrible olor imaginario. ¿Se acuerda usted de la chica con la que solía salir junto a su sobrino y otros mozos? Dijo que sí y, muy entusiastamente, me preguntó si se había tratado de mi novia. Dije que no. Y añadí: ¿existe una palabra en el diccionario más desagradable que la palabra “Hola”? Ahí introduje el estado de ánimo que nos interesaba para empezar a hablarle sobre usted, egregio estilista.
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5 comentarios:

Anónimo dijo...

Mejor, joder. Limpio de residuos de lo que crees que te da valor y sólo te lastra. Me das envidia, escribes como un ángel -no eres un ángel- y me daba envidia una chica -bellísima- que tuviste. Yo quería ser como ella. Sobrabas tú.

Alberto M dijo...

Esas niñatas asquerosas con las que a veces me doy al sexo, menudos putones interesados y desagradecidos. Te las regalo todas.

Alberto M dijo...

Pero yo no creo que me dé valor nada. Eso lo aportas tú, hijita. Yo sólo escribo y, sinceramente, me da igual cómo.
Un abrazo,

Anónimo dijo...

No seas displicente contigo. Ni misógino: soy una tía. Así nunca habrá nada entre nosotros.

Si no te importaran ellas ni lo que escribes, no estaríamos escribiéndo esto.

Alberto M dijo...

Con lo a gusto que estoy ahora mezclarlo con tu ternura me da que sería un exceso que no puedo permitirme debido, como bien has intuido, a mi sensibilidad.
Pero eres tú la que dice conocerme y, además añades, deportivamente, eso sí, que soy feo. No veo mucho futuro, querida lagartona.
Y eres tú la que me escribe. Te aseguro que, mientras, sólo busco una solución a la esquizofrenia y creo haberla encontrado en unos cigarrillos que fabrico, no con poca paciencia, inspirados en Lacan.
Anda, facilítame un poco las cosas, dime quién eres a ver si voy recordando mejor. Odio la misoginia, es un horror, pero es que ellas han sido muy sarracenas y siempre, absolutamente, he salido perdiendo. Un horror.