jueves

La mejor vida posible en el mundo

Esperen, estoy a punto de vomitar.

Ya. Ya pueden besarme tranquilamente los labios.

Se me había ocurrido emborracharme en un recital de poesía. Te confieso, mamá, que no tengo ni idea de por qué confío mi dolor a estos lugares. El whisky, como es sabido, siempre es compañía más que suficiente por sí solo. Añadirle las palabras de los poetas sólo sirve para aprender una agresión que, he de reconocer, llevo a cabo, la mayoría de las veces acompañado de las risitas de un demonio medio garrulo y que, mal me pese, llevo conmigo a todas horas, incluidas a las que escribo esto. Siempre miro a ver si hay ciegos en la sala. Ver a uno es lo único que salvaría el evento, pero no suelo ver más que caras con los coños rasurados y tímidas pollas de cartón-pluma en medio. Tú que, en la noche de aquel horrible verano, junto con el resto de familiares lejanos, me has visto, en una boda, salir a mear a la luz del green y elegir el lugar de en medio, al lado de las jovencitas más majas del pueblo, que se encontraban dejándose ver contándose intimidades a la luz del banco japonés, seguro que me comprendes sin apenas necesidad de leer entre líneas. Odio el espectáculo, no sé si más que el que he ofrecido siempre cuidándome de no ofender al solitario, a quien siempre reconozco. En mi realidad de las cuatro y media de la tarde me concibo, ya sin ti, sentado en el porche abriendo una cerveza tras otra y recitando para mis adentros la palabra Jeny con la única compañía de mis casi ochenta años y seguramente algún chucho con el morro sangrando que me haya encontrado por la calle. Un día tuvimos un perro que se llamaba Pandereta. Duró muy poco a nuestro lado. Siempre recuerdo verle por el espejo retrovisor mirando nuestro coche alejándose. ¿Seguro que no nos le podíamos quedar? Salvar a alguien que no quiere ser salvado (y luego abandonarlo junto con el suicida que hubo en él), debería, pensé a mis catorce años, ser un delito. Mi cerebro, antes del whisky, era una mosca en continuo movimiento que se dejaba no obstante atrapar por todas las manazas que venían a cazarlo. Me quería mucho la gente en todos los lados. Me dan ganas de vomitar otra vez. Ahora vuelvo, un segundo. Puedes volver a besarme (esto se lo digo a mi amigo anónimo bautizado acá, con muchísimo afecto, como coño-tieso). Tras el ejercicio de los poetas subí al escenario y dije que yo era Alberto Masa. No podía creer que, entre todas esas caras con el coño rasurado y las pollas de cartón-pluma que, sin embargo, las rondaban, no sólo no me conociesen sino que se expresasen incómodos. Fue entonces cuando les dije que me cagaba en ellos, madre. Una señorita tiró de mí hacia un lado cuando un caballero empezó a tirar del otro. Al final me caí. Cuando al levantarme me di cuenta de que me encontraba aún en uno de los escalones del escenario dije en alto que había sido un grosero pero, advertí también, que la culpa era suya y de sus asquerosos oídos. Recuerdo un verano mejor, después de mi primer encuentro con la esquizofrenia, era 1997 y un vendedor de pizzas me habló en francés para ganarse los favores de mis acompañantes femeninos que, coincidieron, quedó como un idiota. Entonces sí recuerdo la playa y a España, ay, la recuerdo también. Yo tomaba cañas y apuntaba cosas de mierda en una libreta tales como: bien, hace sol y hay tías buenas. En eso consistían mis poesías que, no obstante, son mucho más lúcidas que las que oigo en los recitales cuando tengo dinero para emborracharme. Yo meaba entonces, así como ahora, en todos los lados. Una chica cogió miedo y, confundida, quiso llamar a los bomberos o a la policía, aunque al final llamase a una ambulancia. Entonces llegasteis papá y tú y todo se arregló. Yo, tras leer el Tractatus de nuestro amigo Ludwig Wittgenstein, siempre estuve obsesionado con crear una obra de arte, pero esta obra me da igual, salvo en las veces en que estoy realmente majara, como en la vez en que dije a los testigos de Jehová que les acompañaría a cambio de comida. Lo dije en serio, madre. Necesitaba nuevas vivencias y claro está que, quién sabe si quizá podría haberlas encontrado en esos folletos de ortografía tan precaria, al lado de ese hombre calvo con gafas de abuelita. Rechacé más tarde a mis dibujos que, según un teólogo (catedrático por la universidad esa de su puta madre) que no sabía nada de esquizofrenia, eran la obra de un esquizofrénico. Él creyó decirlo bien. Por favor, no juzgues muy severamente sus palabras. Han sido unos años preciosos y, siempre que se ha manifestado mi felicidad, he sido altamente tan hermoso que, en esa efeméride, jamás he necesitado de un espejo para configurar una teoría distinta. Me lo pasé muy bien en Madrid pero, alejado de esa vida mía de amigos artistas y asquerosos genios, veo mejor la realidad, aquí mismo, frente a esta ventana desde la que se ve el cementerio de un pueblo donde soy, efectivamente y con justicia, nadie -y sabido es que el ruido asesina los pensamientos-.
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14 comentarios:

Anónimo dijo...

Amiga. Pero nunca te he visto en Brunete.

Alberto M dijo...

pues lo mismo eres la del bastón blanco. Me encanta el perrito.

Sheela na Gig dijo...

Ola, soy yo...la mujer sin haches innecesarias...
me ha gustado mucho esta nueva entrada principito...Como poetisa-fea me siento identificada en cuanto a lo patético que pueden resultar los públicos de los recitales literarios...
Cojonudamente bien expuesto, cómo dirían en Trainspotting...
Motivos:
Apelas a tu madre: gesto valiente y nada fácil ( lo propio es caer en sentimentalismos) que te honra.
El texto me demuestra una vez más lo que ya pensaba: que te encanta la poesía cabroncete.
Tienes un sentido del humor, mezcla de sarcasmo y asalto a mano armada a lo sagrado que es único.
Eres inocente y brutalmente, perdón tiernamente, sincero.
Coño tieso suena solo mal cuando tú lo dices e insólitamente no parece machista ( creo que la susodicha coño lopercibe).
consigues que el " Tratactus" parezca una novela de aventuras y entren ganas de leerlo...de conocer a Wittgenstein...y de irse de copas ( de whiski) con él.
Hablas de la esquizofrenía cómo si solo fuese una enfermedad ( lo que es)y no un generador de monstruos..

Ahora bien...Lo de Brunete yo me lo pensaría...Si tu loro habla, seguro que tú puedes volar..
Muacksss.... Sheela

Sheela na Gig dijo...

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Alberto M dijo...

Es verdad algo, te dije que de una vez me dijeras qué te parece lo mío y cumpliste. Te lo dije porque ya sólo entra coño-tieso y su mezcla en mí de curiosidad y aburrimiento, aunque al principio era sólo aberración. Hoy es muy bonica. Odio las extrañas admiraciones, pero me gusta la poesía y, por eso, efectivamente, cariño, cito a mi mamá. No soy nadie, pero mi loro sí (me ha enseñado a hablar). Brunete es asqueroso, aunque te sigo esperando. No sé qué pensar si mi amiga coño-tieso (yo no quiero insultarla) es de Brunete. Yo no y me considero agraciado por ello. Odio los piropos, por eso los uso, creo, y Wittgenstein, al menos el del Tractatus, me parece admirable en el sentido, precisamente, aventurero. Un beso, hermosa y, en serio, acabemos lo que podamos con esa lacra de recitales poéticos. Al menos a los que yo voy sirven whisky (yo sé para qué sirve y también lo horrible del resultado, pero también la felicidad que hay en muchas cosas y lo responsable que soy de mi alegría -la nuestra- y, por tanto, de nuestra belleza.
Un beso, Sheela.

J. dijo...

AY LOS RECITALES, ese napalm.

Alberto M dijo...

tú creo que has escapado de puro casual, Julio

Wilhelm Kay dijo...

No me entero de casi nada, pero como siempre, tu prosa es absorbente.
Un saludo.

Anónimo dijo...

Repugnantes. Los recitales de poesía, digo. Como la poesía: una vileza, pero muchas veces hermosa. Pero esa bellaeza que no sirve a nada más -emocional, superfial- me saca lo peor de mí misma: bilis a vomitar.

La poesía no está en tí.

Nunca he puesto un pie en Brunete. Sólo cuando la guerra (imaginariamente).

Alberto M dijo...

gracias, Wilhelm.

Cara anónima, este pueblo donde a veces vivo, para mí es horrible, asqueroso.

Alberto M dijo...

es una auténtica basura. Se me podrían ocurrir muchos más adjetivos. Haces bien en no poner un pie.
La poesía la entiendo muy poco, efectivamente.
Gracias por tus palabras.

Anónimo dijo...

Del odio al amor debe haber sólo un paso. Si no fuera porque no creo en el amor y suelo odiar. Pero estamos de acuerdo en muchas cosas. Si no fuera porque no me tengo en esa consideración diría que somos dos putos presuntuosos repugnantes y viciosos. Tío, me jode todo. Hasta tú.

Alberto M dijo...

ja, ja. Avanza hasta el final de esa gracia, que es insoportable. Y feliz día de san Valentín, por muy jilipollas que sea.

Alberto M dijo...

Por otro lado es lo más bonito que me han dicho en toda la semana (aunque empiece hoy). Ella no me coge el teléfono mientras pienso en darme a la perdición contigo que, ahora mismo, te amo más que a nada. O te odio. Me la infla. Da lo mismo. Whisky, sexo y... bueno, si al final no estás tampoco pasa nada.