viernes

crucigramas

Las pastillas para dormir no me hacen nada. Las de despertar tampoco. A veces me levanto en la noche, enciendo una vela, cojo una cerveza y decido escribir. A veces consigo ser feliz así. No suelo escribir nada de la vida. Sólo empiezo a realizar un crucigrama y, mientras lo estoy haciendo, las respuestas empiezan a aparecer. A veces tengo que trabajar una o dos para que el rectángulo resultante tenga sentido, pero eso es todo. Publicarlo o no en algún sitio de internet es rellenar unas cuantas casillas con color negro.
Pienso en mis trabajos. Dibujante estaba bien, pero quería ser mejor. Repartir publicidad siempre me gustó, salvo la vez que me pidieron quedarme quieto en un sitio. Camarero me gustó, aunque lo fui muy poco. Luego no salí. Le conté a mi familia que me dolía el cerebro. Era un poco verdad. Me hice tantas pajas que debí de batir algún record raro y cuando se me pasó me dediqué a ver la televisión con mi abuela. Cablista era estar todo el rato con dos puteros recalcitrantes en un taller de 1910 mientras ordenaba cosas y cortaba y desliaba y no sé qué no sé cuántos. La granja escuela era lo mejor. Ayer llamé a Eduardo a ver si me podía dar trabajo y me dijo que me invitaba a comer la semana que viene. Es el mejor trabajo del mundo, cerca de niños, árboles y bestias. Mi compañera favorita de allí se quedó preñada pero me dijo que no me preocupase. Era muy maja. Ya no recuerdo su nombre. Ni a ella. Sólo que era rubia y su sonrisa. El trabajo de las letras era estar todo el rato cuidando los delirios de grandeza de una cover ruin de Alejandro Gándara. El día que devolví las llaves quise celebrarlo junto con mi novia, que trabajaba cerca pero, cuando llegué, la vi besándose con su compañero el que me había dicho otro día que era serbio y con quien yo había chocado los cinco. Dudé si acercarme a meterles una ostia, pero no sentía una gran fuerza, la verdad, ni una gran sorpresa ni había nada que me hiciese ser más fuerte que ellos, salvo desaparecer. Fui al bar y tomé un whisky y pensé que si empezaba a pedir varios seguidos entonces sería peor, lo que fuera que fuese y, después del segundo, recapacité mejor que después del primero y terminé emprendiendo el camino a mi casa. No recuerdo qué libro tenía en la mesita ni si hablé o no antes con mis padres. Me acosté temprano y a la mañana siguiente tenía una llamada perdida de aquella chica. Ni siquiera dios sabe lo bonito que sería para mí trabajar de nuevo en una granja escuela.
Los trabajos de versionista de traductores me debilitaban mucho el coco y me ponían nervioso. Necesitaba pasar por una tarada que intuía a Shklovski, por ejemplo, para irme a un contenido Gómez de la Serna y luego hilar priorizando el sentido y también abiertas las intuiciones del primer autor. Siempre quise estar en cosas literarias, siendo el peor de los trabajos. En el taller de las letras pedí correcciones de estilo y me dieron cribas. Aprobé los dos que mandó quien supuse un antiguo amor primero, el que decía la locura y traía el hospital y, también, la belleza de las cosas y la confraternidad con los todos los seres humanos de este mundo. Eran malísimos, aunque el primero tenía un puntillo. Por desgracia y con razón no pasaron una segunda criba. Lo mismo esperaba del segundo premio, no obstante, que estaba en la pole del top ten, en el que había otros cuatro cribados por mí. Supongo que se lo merecían, pero me da lo mismo.
Hoy he estado con mi amiga Maier. He pasado un gran día y adquirido una nueva versión de las confesiones de san Agustín al lado de un nuevo Terry Eagleton (Manuel Fdez-Cuesta). Lo he estado leyendo de regreso del autobús y es de los que a mí me gustan y entiendo. También he hablado con Jeny, que siempre tiene un gato que contar o resolver y hoy no la he dicho que la quería, pero la quería.
Soy feliz, creo. No sé. Más o menos, hay cosas que hacer, lugares en los que existir y nuevos brindis y decepciones. ¿Cuántos llevas? Me ha dicho mi Maier cuando ha llegado. Es el primero (Jameson) y el último. Y sí, ha sido el tercero, pero también el último. 31´15 euros de tarde + cena en barra.

2 comentarios:

Bellaluna dijo...

Es bonito ser feliz, aunque no axiste. Lo que existe es el bienestar, sobrio o inducido. El placer. El sol sobre la piel. Y la eterna dimensión del tiempo libre. Pero me agrada pensar que eres feliz dentro de tí.

Un beso,

L.

Alberto M dijo...

una terracita, una charla, amigos o algo así. Pensé ¿pero yo tengo la conciencia tranquila? Y ahora que logré dormir me digo: pues lo tendré que verificar de nuevo. A lo mejor escribiendo o leyendo. Hoy me invitan al cine :))
Qué guay sería que vinieses a mi cumple!