domingo

Una lucecita de neón bajo el enorme aguacero

Una noche, en mi habitación, descubrí que yo no tenía mente, y eso a pesar de que me habían bajado la medicación, lo que me provocaba la suficiente subida de ánimo como para amenazar a los trastornados artistas que pululaban por los pastillos del frenopático. Y debido a que comenzaba a recordar, recordaba haberla tenido. Tenía una imagen de ella como de avispa, una que se posaba sin interrupción en los bordes de esa piscina que era toda mi cabeza, ya caricaturizada y a saber si para siempre. Me di cuenta leyendo. Los libros que tenía en la habitación eran Pulp de Bukowski, entonces flamante nuevo Anagrama, y la utopía Un mundo feliz. Apenas me servía el primero de ellos, del que recuerdo subrayar las palabrotas dirigidas hacia aquello de lo que yo formaba parte como ciudadano y que, desde que el mundo era mundo, siempre me habían hecho bastante gracia. Yo nunca había entendido que existiesen lugares donde se declamasen cosas como poemas y eso, salvo a las personas invidentes. Despojado de mi capacidad para la asimilación y sentado ante una mesilla, aprendía que los recitales, toda esa basura que hacía de la letra un espectáculo (en las voces, además, de niños de 40 años con pinta de neoyorquinos en los tugurios de los que ya había oído hablar) eran ahora mi sitio, el sitio único donde yo podría recuperar la letra precisamente en las voces de los subnormales; y se debía a que yo había perdido mi voz. Tanto era así que no había rastro de ella en ninguna señora de la limpieza, por ejemplo. Sólo me escuchaban los putones, claro, que no querían mi voz para nada...

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