lunes

La memoria que no tengo

Nada viene a mí de aquellas primeras visitas en el hospital para enfermos mentales. Apenas recuerdo mi bata, que era azul con amarillo, ni la cara de los dos psiquiatra que me atendían (en realidad no tenían por qué atenderme, pero yo salía de mi habitación para que la renovasen las señoras de la limpieza y entendía que me tenía que poner en cada cola de gente que hubiera, pues era así el resultado, por ejemplo, del pan con Nocilla, así como la visita a los dos psiquiatras, que aprendieron a verme como un pirado de verdad porque yo, entre esas paredes, hacía que hablaba ruso para entenderme el hecho de que tampoco afuera me entendieran). De las primeras visitas, mi madre dice que iba allí para encontrarse con quien no era su hijo, cosa que no soportaba, pues me dice que sólo se encontraba con algo a lo que hablar le era sumamente costoso y que apenas podía limpiarse las babas que le salían, pues la medicación hacía que no se las notara. Recuerdo esa época porque la mejor memoria que me ha salido viene de los lugares donde no recuerdo nada, y aquel encontronazo primero con las altas dosis de Haloperidol fue para mí un estar en un mundo lejano. Consistía la cosa en curar el pensamiento, pero pasaba por el mal de que el pensamiento no se produjese. Era aquella una iglesia anterior a la inteligencia y crecía en mi cabeza a sus anchas. La lástima era que, afuera, la representase una baba que yo no era capaz de ver y que terminaba cayendo al suelo, que era el cáliz de ese bendito manicomio que ya glosé acá en mi anterior capítulo...

Si quieres leer entera esta columna, clica Aquí

No hay comentarios: