domingo

El día en que me sacaron para ducharme de nuevo

Me pongo a reflexionar sobre este nuevo año de la única manera en que sé reflexionar, es decir tecleando. Tecleando se reflexiona muy bien, la verdad. Los que no reflexionan nada tienen pinta de pensador, por la ropa y la postura, pero las ideas -o lo que sea eso- como salen es tecleando. Empiezo este día 31 con mi pijama (el azul) y alrededor no hay siquiera los restos de mi habitación, que está hecha de libros, todos de estilistas, y de pájaros, todos alucinados. Me hecho una cingla de loco en medio de esta locura que a veces ha sido llamada simplonamente Madrid. La primera vez que llegué al psiquiátrico (Esquerdo, 1996) ya me habían metido en la camisa de fuerza. Se siente uno puro dentro de una de esas camisas que además son muy chic. El universo era una sandía quemada y, mientras yo estaba dentro de mi camisa, los conductores de la ambulancia hablaban de lo que pasaba en sus casas ¿Qué mundo era ese? ¿Cómo podían existir siquiera sus casas? Yo miraba por la ventana. Mis pelos eran largos -tenía entonces una melena de príncipe negra- y por la ventana veía un repetir de luces y el sonido de una sirena que aún hoy resuena en todas las camisas que me pongo para estar majete. Ya dentro del psiquiátrico, una monja me espulgaba el demonio de entre el pelo, que estaba sucísimo, porque yo había mandado a la imagen a lavarse por mí allá donde hiciera falta y la pobre me devolvía a un estudiante que, la verdad, no hacía falta en ningún lado. Yo, que creía que tenía amigos y novias, me ví ante el despacho del señor psiquiatra y dije que no sabía en qué día estábamos y, aún hoy que vivo en ese día, no lo sé.
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