lunes

Cenizas de amor, domingo eterno

A pesar de que existía ese querer salir de la piel propiciado por la medicación neuroléptica yo procuraba una imagen que habría de estar enfrente mío. Sería la de una moza que representaría esa cosa que nos gusta tanto a burgueses como a mayordomos y que era, ay, el amor. Yo, por entonces, que era mitad burgués, mitad mayordomo y paciente de un sitio donde había mucho quedado sin remedio, pensaba en una chica del colegio con el pelo liso muy limpio y moreno, la cara redonda, el rictus dulcísimo y una camisa de franela con cuadros azules que, en una época anterior, había traído felicidad y desgracia, pongamos mareo, a mi recién estrenada vida en aquel otro patíbulo, el colegio, al que iría adaptando el estreno de mi cara con desastrosos granos y olvidándome en ocasiones, como hacemos los genios, del aseo personal, así como de otras pequeñeces por el estilo.
En la habitación del frenopático que vengo retratando en esta revista, estaba ella a veces, cuando no veía a casi ningún otro ser humano, y también estaban esos cigarrillos a los que yo empezaba a hacer caso, porque entre el humo podía, creía yo entonces y aún lo creo ahora, vislumbrar mejor la realidad de esa aparición que, la verdad, jamás volvió a estar ahí como nada más, gracias en parte a dios, las estrellas y esas cosas en las que creemos la gente atractiva. Así pues, yo cogía, por ejemplo, los walkman para escuchar a los Mecano y podía percibir que ella, de cuando en cuando, buscaba mi mirada entre esa multitud de charcos sin condimento que representaban mi habitación de hospital, y yo me encontraba paralizado como el espantapájaros que había sido cuando la vi y, realmente, no sólo admirado de su enorme bondad, sino también de su inteligencia (pues era a mí y no a otro a quien elegía de entre todas esas almas, la mayoría sin cura y muy poco entregados a la evolución de la especie, que es esa cosa mental de Leonardo que mucha gente, sin saber qué coño es, se ha molestado en explicar).
Afuera de mi habitación ya me conocía la gente, los bedeles me daban pan con chocolate porque me lo ganaba debido a mi simpatía y yo me sentaba en el salón al lado de Strindberg, el genio, que siempre estaba llorando por amor. Yo procuraba decirle lo que me pasaba a mí con la chica inventada del cuarto y él venga a llorar porque todo le recordaba a todo, cuando era la nada la que, dijo siempre, moraba en su manera de percibir las cosas. Menudo desastre de tío, la verdad, aunque por lo menos se podía intentar hablar con él.
Luego había otra chica, angelical ella, que, aunque era más pequeña que yo, un día me llevaría al huerto. Que es que me quiero suicidar, decía ¿Qué pintaba yo en medio de toda esa chusma? Que no, hija, que no, que tú no quieres esas cosas. Sus familiares veían en mí la persona sana y ayudante que en realidad era y soy. Hay que estar en esos precipicios para descubrir qué eres y qué no, y dejarse querer, eso siempre. Yo, sin mi voz, veía qué es lo que era más claro que nunca, alguien que, simplemente, quería vivir.
Al salir de allí se volvieron huraños conmigo y bloquearon toda intención de acercarme a ella, que era amor y me había llevado al huerto. Vieron en mí la confusión en lugar de ver el hallazgo a la misma que habían visto antes cuando, junto con su hija, yo caminaba por los anodinos pasillos de ese parque de atracciones y le daba, como buen maromo, un par de besos de buenas noches antes de acostarse. Siempre ella. Y también nunca.
Luego yo iría a mi habitación a engañarla con la otra, la que intuía a través del humo de mis primeros cigarros, a la que aún recuerdo pero que no reconocería si la viese por la calle, pues, de tanto empeñarme en ello, se terminó convirtiendo en un espectro de chica tierna, antes que la idiota histérica e ininteligible a la que pasaría a ser las siguientes veces en que yo perdería la mente, en llamadas, sin gracia he de reconocer, que le hacía mediante mi zapatófono, aparato que también usaba para contactar con los muertos, que siempre me contaban fantasías sexuales. Porque yo volvería a perder la mente y habría de sufrir todo el procedimiento despacio, en casa, abriendo libros y cerrándolos como si ya los hubiese leído, incluidos los de mi amigo Strindberg, de quien, al final, descubriría, una vez muerto, su capacidad para la confabulación, su genio, hecho de hablar con los desiertos fríos que suponían las voces de sus coetáneos. Ese maldito ir a por el pan todo el rato en el que consisten algunas neurosis típicas de antes y también de hoy.
Es en las locuras caseras donde yo, viendo las telenovelas de las tres de la tarde junto con mi abuela y medicado hasta las trancas, descubriría y lloraría mi pasión por el cine, que, ay, nunca se repetiría, salvo en Valseca, donde nublaría las cabezas de mis amigos los domingos del verano. Pasolini, Antonioni, Godard, Cocteau, Angelopoulos. Vamos, para darse a la drogadicción a la primera de cambio.
No me extraña que tampoco es que haya tenido yo precisamente suerte en el amor, vamos, que es, como todo el mundo sabe, esa cosa asquerosa de niñas majaras.
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10 comentarios:

Anónimo dijo...

Y sin embargo eres repugnante

Alberto M dijo...

pues como tu madre, anónimo

Anónimo dijo...

No es repugnante, sólo es puta.

Alberto M dijo...

Aburres / aburrís

Anónimo dijo...

Repugnante, aburrido, plagiario, escritor de academia de piso

Alberto Masa dijo...

pues no entres, genio

Anónimo dijo...

Entro en todos los lugares públicos que se me pongan en el coño. ¿Me presupones género masculino?¿Porqué exhibes tus frustraciones?

Alberto M dijo...

te agradezco muchísimo que seas breve, anónimo. Y di que sí, tú entra donde te salga del coño, faltaría más.

Anónimo dijo...

No hagas virtudes de tus facultades reducidas.

Alberto M dijo...

Ha sido usted muy amable. Si quiere volver a entretenerme con sus planes lea mi último coso, http://albertomasa.blogspot.com/2011/02/respuesta-supercono-engominado-de.html
donde por fin la hago caso y hablo sobre usted, hágase la ilusión de que me folla mientras y siga siendo como es, súperfashion.