miércoles

Algunas cosas de antaño


Yo peco, por si se tenía alguna duda, y nada de pecados menores, la masturbación, ni más ni menos, y encima soy fumador.
Qué horror, eh.

Viene esta introducción porque he estado un tiempo de un par de minutos pensado nada menos que en el amor y en mí, o en mí y el amor, no sé cómo es como lo he pensado, a ver si soy capaz de aclararlo.

Mi primer amor era una cosa que practicaba algo hacia mí como en mayoría, algo de lo que tenía que tener fe a su alrededor y yo, que apenas había salido de la iglesia y el bar de mi pueblo -luego exploraría los manicomios- veía en él una verdad que después sólo he visto en las mozas que la han ido sustituyendo, transformando en otra cosa e incluso en algo de lo que no necesariamente había que huir, porque yo entonces entendía que esa verdad la tenía que coger y guardarla dentro y, a la chica, naturalmente espantarla para que no se acercase a eso que, aunque lo había fabricado ella, sólo podía tener valor si lo llevaba yo, entendía yo, que a veces he sido muy cazurro. No, es esta una especie que hasta se puede tocar y creo que follar. Yo con mi mística estaba un poco trastornado, supongo. Pero molaba, así que después de ese primer encontronazo con la primavera, en cuanto hubo otros seguí en las mismas y, supongo, terminé fabricando una especie de leyenda oscura que abarca muchas zonas de la geografía hispano-hablante. Bueno, no me hablan ni por el facebook estas chicas.
Las chiquitas, en cambio, con las que me di a follar eran de partir una tajada de lomo y dejarla en el aceite hirviendo hasta que se quemase, cosa que pasaba y no estaba mal porque te terminabas levantando en otra cama y, si todavía faltaba para entrar en su curro, se le echaba otro más y otro porque esto es lo que hay y ya está y quien no lo entienda pues tampoco pasa nada.

Pues nada, finalmente, tras hablar con los planetas Schonberg y Maier, enormes, que me enseñan mucho y a los que adoro, he salido a comprar unas cervezas y seguir pensando en esto de los amores, en la vida, en el follar, en las estrellas y en los pueblos llegando a la conclusión de que mi camino hacia el súper está todo colmado de jardines de infancia con toboganes, lo que supone que no puedo encender un cigarro salvo que, para ir al súper (mi nuevo sitio Meca ya que los bares han dejado de gustarme), decida bordear el pueblo, lo que es muy farragoso, porque da para muchos cigarros y quizá sea demasiado gasto. Porque yo siempre he calculado el tiempo, las distancias y esas cosas con los cigarros. ¿Y cuánto se tardaba en ir al súper cuando se podía fumar? Pues un cigarro y medio. Muy bien, Pepito. En esas cosas se me da bien la matemática, a ojo de cigarro, es verdad. Esto no es ninguna chorrada. Así que, hasta incluso sin encender el cigarro (no había ningún niño porque, como es natural, hoy estaban todos de cabalgata, pero sí había, lo que es peor, posibles denunciantes, gente que sale a la calle en tu busca sólo porque son ciudadanos ejemplares que cumplen no sólo su ley sino también la de los alrededores, nuestros nuevos Charles Bronson, toda esa gente que ahora abarrota los bares, que, he notado, desde la nueva ley anti-tabaco, están vacíos). Y yo, que empezaba a tener las ideas claras y a desnudar en mi cerebro el enigma Schonberg, planeta asimismo lleno de planetas, y a acercar la comunicación al planeta bomba Maier, lo he ido dejando, temeroso de la ley de los hombres de administración y gobierno que son los vecinos. Y se piensa peor en el momento en que quieres encender un cigarro y ves un tobogán, por muy vacío que esté. ¿Quiénes serán los animales que aparcan alrededor de ese jardín de infancia llenando de humos esa flor terrena que es juguete de toda infancia, el parque de los niños y los columpios y el bocata de chopped? Yo he entrado en el súper entonces, en el Eroski, y he sacado mis cervecitas, que ahora se están enfriando en el congelador y, poco a poco, he ido desapareciendo de los grandes planetas del amor, de las grandes promesas del sexo y todo eso, vamos, del pensamiento me he ido, por eso quería escribir en mi blog a ver si retomaba algo, pero veo que no, veo que, menos mal que ahora estoy solo en casa, porque así podré encender, sí, el cigarro y, bueno, además ya estarán frías las birras, para tomar mientras pienso mis amores planetarios. En fin ¿Qué mejor regalo de reyes?
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2 comentarios:

Wilhelm Kay dijo...

Yo me monto el bar en casa de la siguiente manera: con cigarros y berberechos y fanta de limón. Porque en los bares ponen cerveza pero yo no puedo beber y para fumar, ya me quedo en mi casa. Veo cómo van a subir los intentos de inscripción de clubes de jubilados, yo ya he echado la mía a ver si cuela.

Alberto dijo...

Pues yo soy casi jubilado, Wilhelm. Mal jubilado, pero vamos. Me mola mazo la idea de los berberechos, echando bien de limón y eso. Yo creo, de todas maneras, que va a subir la venta de pijamas.
Feliz año, que escribes mucho.