domingo

Sol de la infancia (post nº 300)


Recuerdo a mi abuela la Bastiana alzando el cuchillo en la cocina y sonriendo. Abajo había dos trozos de ratón que, poco a poco, comenzaban a quedarse quietos, como le pasó a la abuela la Bastiana más adelante y al pueblo que nos hacía círculo. La Calera eran cuatro machos de pollo al fresco y personas tumbadas que parecían hacerse las moribundas en una plaza que tenía su pilón para que bebiesen las burras, aunque de allí bebíamos todos, a los ojos de los moribundos que decían: mira cómo beben los de Madrid, que ya han venido de vacaciones. Qué bien viven. Con una paja en la boca decían todas esas cosas los moribundos, hoy solamente muertos, y con un botellín en la mano. Todos juntos componían la idea de Goya al hacer los fusilamientos del 2 de Mayo. Ahí estaba tan fresco el señor del bigote y el otro, sí, y también el de más allá, que tiene los ojos cerrados. Así eran los moribundos y así era el campo. Yo me lo pasaba muy bien con mi bicicleta. Hasta una vez me caí por el barranco de cara y me partí dos dientes. Y al día siguiente a jugar al fútbol como si lo que pasó ayer hubiera sucedido en una imaginación o algo de eso. Mis padres iban y venían del pantano y, a veces, iba y venía yo también con ellos. Allí vi por primera vez un águila difunta. Estaba al lado del agua, donde se ponía mamá para secarme con la toalla. Era tan grande como yo pero abarcaba mucho más, aunque ya sólo abarcase un decorado. Mi padre dijo que la dejáramos y así lo hicimos. La Bastiana, mientras, esperaba en casa y hacía pollo o cosas así. En el pueblo la tenían miedo los niños a mi abuela porque decían que era un ogro. Y en verdad lo era, aunque conmigo le salía una ternura que seguramente había copiado sin querer de las ovejas, de quienes decía que eran bestias. Mi abuelo Teodoro, cuando nació, dijo que iba a ser para él y así fue que sucedió al pasar el tiempo. En ese pueblo el tiempo ha sido hecho por los moribundos. Primero ibas en bici y luego en motocicleta, después de ver que todas las calles daban al mismo pueblo, te quedabas allí haciendo de moribundo, que era el que esperaba en la plaza a los de Madrid, que siempre venían con radios por las que se habla, videojuegos y esas cosas. Te convertías en uno y decías: pero qué bien viven. Tu vida había desaparecido y te habías convertido en un retrato, lucías descalzo el verano de los de Madrid, de donde ya no era nadie, sino únicamente el que venía. Lo ponía en las matrículas. Y yo salía, contento, a destrozar telas de araña y romper cardos mientras montaba en mi bicicleta que era un carro de guerra con el que hacer derrapes cuando no me tiraba la cosa por un barranco y no me iba el freno. Mi nariz volvió a su sitio y hasta el barranco volvió a su sitio. En ese cuadro de Picasso volvió a tener frente la princesita de Madrid. En las noches, como introduje al principio, había ratas que bajaban de la troje a la cocina. La casa no tenía lavabo y había que hacer de vientre en las tierras y limpiarse con piedras. En la casa sólo había dos camas y yo dormía abrazado a la Bastiana, cuyos pechos ocupaban el resto de la cama. Olía a vino mi abuela la Bastiana, y no era un ogro, pero sí era Toro Sentado, firmaba con una cruz y yo la tenía miedo cuando “me habían hecho” de desobedecerla. En el pueblo aprendí ese tejemaneje siniestro del “me habían hecho” cuando, efectivamente, me hicieron matar un gato a pedradas, los muy salvajes, que iban para moribundos y quizá ahí sigan. Y el niño salvaje que yo era y soy volvía del pueblo con la mirada de un pobre gato y el saber que había cumplido. Se iba con los padres a otro pueblo un poco más civilizado, Valseca y sabía que al gato no lo había matado él sino ese trampantojo de un roble donde hay escondido un madrileñito que no quiere que le llamen maricón. Y hacía la mariconada profunda, que siempre es salvaje. Era el que ejecutaba a quien, de todas maneras, se consolaba el muy burro, no tenía salvación. No volví a matar, excepto moscas y he crecido amando a los animales que he tenido, incluidos gatos. La pedrada definitiva no la di yo, pero qué más daba. Me llevaron igualmente al cementerio y me bajaron los calzones. El bueno de Óscar me llevaba a su casa para que se la chupara. Nosotros no teníamos televisor, yo quería ver El equipo A, que estaba empezando y el dueño de la televisión quería que le diera de lametazos en la picha, aunque me fui, no sé adónde, me senté junto a los moribundos y no sé cuando me bebí mi primera cerveza. La Calera estaba sin civilizar y, aún cuando voy ahora, me enseñan esos artículos de broma que dan calambre si te propones encender un cigarrillo. Al menos hoy saben que soy loco y me los como, porque son una inofensiva merienda de bajatarde y yo, con el tiempo, un simple tarado, como bien se ha encargado de decir el mundo de la medicina y hasta el de la literatura, compuesto este último de cuatro tiendas. Hasta mi locura, salvaje, ha sido degradada a un intento de hacer una especie de lírica postmoderna, con sus cabezas y cosas, y lo que no han entendido es que hay ramajes donde agarrarse en cada línea para bajar de la troje y encontrarse con un cuchillo alto de mi abuela la Bastiana, aparte de una partitura de piano, esa aprendida de los barrocos paseos por el centro de Segovia y de Madrid, entrenada en manicómios efectivamente y campos de fútbol, algún que otro concierto y alguna que otra mala puta (incluidas chicas bien) con que, o bien se me ha visto o, al menos, me he visto yo y, claro, había que echar su encanto al nido, donde, como un buen moribundo, al rato se pudriría. Así que en cualquier lado dicen que ha llegado el loco, ya envuelto en un halo de simio, para derrumbar el bar. Entonces yo me estaba leyendo En el camino de Kerouac, y luego me leería Los subterráneos, tomaba la droga de mierda de los chicos del pueblo y les decía que a quién coño le compraban eso, que era tan malo, porque yo lo tomaba mejor, ostias, en mi barrio. Y ellos se achantaban. El tonto perdido sacaba una navaja y yo le decía que me la clavase ya o me lo comía junto con su familia. Y vaya si me creyeron. Hoy, cuando me dejo caer por ahí, me siento en la cerca donde dicen que murió Teodoro Masa, mi abuelo, y voy a poner unas flores al nicho de la Bastiana. Los moribundos, hoy esos jóvenes con quien yo tomaba droguitas, están con espigas puestas en la boca y un botellín en la mano, en la plaza, diciendo: Mira, los de Madrid.
.

lunes

Lo de la justicia poética


La literatura sólo era levantarse y pensar en la tecla, daba igual si adecuada o no. Una tecla no adecuada fabricaba una tecla que se iba adecuando. Hay mucha gente que se toma en serio ese mundillo, como si se tratase de una cosecha de trigo o algo parecido. A mí, sin ir mucho más lejos, me echaron del Hotel Kafka por borracho, que es como si a un columnista de El mundo le echan por pedrojotista.

La literatura era estar contento con mamá y con papá cada día, demostrarles cariño cuando volvían de hacer que la comida y la bebida fueran posibles.

Los últimos post de este invernadero son un eunuco que ha dejado de comer, una basura que, despojada de sus cáscaras, luce bajo el sol de este invierno, antes de tul, hoy frío y precioso. La noche perfecta, hoy. Mañana comeremos la verdad de la no literatura porque no habrá nada que comer. Hay pasajes que no son literarios y por eso sólo existen como literatura. Hoy se llama Oswiecim, ayer Auschwitz. Durante un poco de mundo el mundo entero respiró Chernóbil (Guardianes de la memoria). Leo alegre toda la obra de Álvaro Colomer, que no quiere ser amigo mío de facebook.

De pequeño eran tebeos, en cada viñeta se escondía la abuela y había que encontrarla como sea. Estas son otras navidades sin ella. Las mujeres siempre se convierten en la mujer y, a veces, en la mujer que ya no está. Ya dije que no sé hasta qué punto uso lo que fue su vida para decir que amo. Que mi motor es capaz de amar por mucho que sea sabido que los que hacemos literatura no tenemos corazón. Sólo somos víctimas de una vanidad dominical, aunque todos los días sean domingo en esta jaula de oro, llena de libros y de pájaros. Si nos hubieran dicho que todo lo que había que hacer de verdad era escribir. Algunos nos llegamos a abrir un blog para dejar de escribir, para sustituir la literatura por un mes de diciembre, y luego los fans desaparecían, se hacían fans de otra cárcel, de otro departamento de artículos de broma. Y el cielo sigue siendo llorar como decía aquel verso de Juan Carlos Suñén, el mago del bar de abajo. No sé tú, yo no podía parar de reír. Porque yo era una máquina defectuosa. Dice Umbral en Un ser de lejanías “Yo sólo soy un vendedor de estilo”. Pero la literatura te hace vender más de un estilo. Pronto no sabes a cuál perteneces. Te ves usando uno y otro en un mismo texto u otro y terminas preguntándole a Luna Miguel en el chat de facebook por qué le pasa a ella eso. Pues porque, hija, le pasa a todo el mundo, a ver, qué me va a decir.

La literatura era también encontrar un búnker de fumadores en Madrid y que te echasen por fumador. Todo lo que huele a retruécano huele a literatura, porque los premios literarios también son un retruécano. ¿A quién le han ofrecido más de uno? Pues eso. Que sepáis que pudisteis haber sido los elegidos. Si no quisisteis entonces ya sabéis por qué os gusta este blog, el por qué de los por qués de la literatura, que siempre es infantil, la literatura.

La literatura son cuatro niños corriendo de un lado a otro en una fiesta de esas que dan en los corralones del ámbito que corresponde. Y la realidad es que se hace verdad el sueño de firmar en la feria del libro. Qué le vamos a hacer. Yo sólo he soñado con hacer literatura. Luego está que si eso te sirve, que si eso te lleva a ordenarte durante el resto de los días y, al mismo tiempo, hay pan en casa, está más que justificado.

Me hizo gracia regresar a la Escuela de letras de Madrid y ver a don Ernesto Bottini (inquieto joven) vendiéndome cursos. Al parecer había que leerse a lo más de la leche (Larsa) y tal, los grandes viajes de los grandes narradores. Como son muy buenos anfitriones en estos lugares de la idea, así como lo son en el gran Hotel Kafka, el hombre leído me regaló un libro de esos que hacen allí entre alumnos y maestros.

La literatura, como la vida en este sentido, era estar equivocando la tecla mientras pedías pan para el niño que siempre va contigo a cada lado y tiene hambre, sueño y pis encima hasta que terminas viéndolo no ya como una prolongación de tu cuerpo sino como el cuerpo que sustituye al tuyo.

No hay fiestas, sólo una navidad solemne (de letras), procuraré que no sobre cochinillo para el sábado aunque espero que se cumpla que este año sí cenemos unos huevos fritos, los que quedamos, como tantas veces hemos dicho que íbamos a hacer. Luego, en menos de una semana, empiezan a llegar los invitados, al mismo tiempo que todo el mundo se ha ido, junto con sus letras, a otra parte. Y claro, eso suele dar para no pocos post (unos noventa este año, o por ahí).

domingo

Nota sobre el aburrimiento

Estoy muy triste. Y no tengo nada que escribir. Metí la lengua en el ano (es que si pongo “culo” me sale errata en el world) de mi perra y se calló. Sabía a chocolate con leche. Estoy muy triste. No tengo nada que escribir. Tengo libros, muchos. Pero no sé si los tengo aquí o allí. Vivir es aburrido que te defecas (si pongo “cagas” me sale errata en el world). En serio ¿A que sí? Yo le aseguro que, cuando sienta eso, follar (coño, follar no sale como errata) (coño, ni coño tampoco) (esperen un momento: fornicio, joder -mierda, joder da errata-, puta -puta no da errata, guay, pero guay sí-, gilipollas -tampoco!- Joder, ostias -ostias tampoco?- hasta te corrige gilipollas si lo pones con jota. Si uno se aburre, decía, siempre puede echar mano de su mascota para acariciarla o lamerle el puto (puta no, y puto sí sale como errata) ano que, es verdad, sabe a café con leche. Por cierto, también, de tener mascota y café con leche, puede hacer la prueba en el momento siguiente. Da igual el orden, supongo. Aquí todo el mundo tiene su idea de la diversión pero, qué putada (no sale como errata), joder, estoy muy triste y no tengo nada que escribir. Ayer leí a César Vallejo (la prosa) y a Don Winslow. Disentería no sale como errata. Sida sólo sale como errata si pongo un punto después. Esquizofrenia, no sale como errata. Follar con monjes no sale como errata. Lamerle el pincho a Juan Pardo, tampoco da errata. Lamerle los huevos en su yate a Arturo Pérez-Reverte mientras dispara a los lucios o lo que sean esos peces con su escopetilla no sale como errata. Me encanta la literatura no sale como errata. Mear. Me meo en usted no sale como errata. Masturbarse delante del traje que te pusiste en la comunión no da errata. Ratzinger. Jaja, nena, esto es divertidísimo. Jaja también da errata. Chuparle el ano por segunda vez a tu perra ya no mola tanto. Pruébenlo ¿A que tenía razón? Casi está mejor el puto café, sí. Por cierto, me voy a hacer otro, ostias.

sábado

Matar zombies

El día era blanco, casi como el pan o más. Los cerezos o lo que fueran esos árboles se movían de un lado a otro. Madrid estaba sitiada. En todos los sitios se oían las mismas cosas que solían oírse en los supermercados. Daba igual que fueras en el metro o montado en un elefantito…

Así se plantean las lecturas que estoy haciendo ahora. Leer está sobrevalorado. No pondré los títulos.


Si quieres leer más, pulsa aquí

miércoles

La salsa de la vida 2º parte (en la que ya era otro domingo)


Mi psiquiatra me espera ahí como cada domingo, fumando un puro en su mesa. Yo me siento. Saludo.


- Creo que ha habido un error ¿Usted no vino ayer a hablarme de no sé qué de que se le había pegado un chicle en la bota nueva?

- No, doctor Valverde. Yo vine el pasado domingo y usted me estuvo diciendo que...

- Ah, pues sería otro Albertito entonces. ¿Tú cómo te apellidas, Albertito?

- Masa, yo me apellido Masa.

- Ah, pues sería otro. Otro Albertito. Como sois quinientos mil, comprende que mi memoria tampoco es la de un sabio ¿Sabes? Ah, ya recuerdo... un psicokiller ¿Cómo se llama? Albertito otra cosa, sí. Bueno ¿Y tú qué me cuentas, Albertito?

- Pues yo es que estoy... depresivo.

- Joder, Albertito, ostias, no me vengas con esas ¿Sabes lo que es un agujero negro que sin embargo no es eso con lo que se gana la vida la actriz negra que hace de pilingui en la película de Woody Allen? No se puede andar así por la vida. A mi hijo le ha atropellado esta mañana el autobús del colegio ¿Y yo qué he hecho? Me he venido a trabajar. A atender, joder, mi consulta de los cojones.

- Yo conté hace dos post que...

- ¿Y a mí qué me importa, Albertito, basura fascista? La vida son dos días. Mi hijo y su pierna ¿Cuántos días son eso? Además antes estaba enrollado con la puta de mi secretaria, pero ahora dice que la tengo que subir el sueldo. La muerte, mientras, está rondando. Ronda por nuestras cabezas, por nuestros coches, por nuestros malditos teléfonos móviles. Eso es la muerte en toda su plenitud. Una cosa que un día se lanza a través de una ventana y se dice ¿No debiera haber habido un cristal con el que chocar antes? Eso mientras se precipita desde un piso número 12 hacia el suelo. Es entonces cuando, Albertito, eso nuestro intuye la vida. Es en ese puto margen en el que estamos cuando no estamos aquí charlando, querido Albertito.

- Yo escribo un blog en el que...

- Mierda, Albertito, el mundo, el mundo más que a una naranja se parece a una puta pera. El otro día van y me llaman del pueblo. La Eustaquia, que se ha muerto. Esa anciana era sabia ¿Sabes, Albertito? Si te miraba comprendías que eso era la puta vida, que la puta de la vida miraba con los ojos de esa anciana, que la puta vida, cuando la señora Eustaquia estaba dormida, se recogía en las profusas arrugas de su frente, que la vida se arropaba con cualquiera de ellas y amanecía cualquier día, con la fuerza de un batallón, a acercarse a la puerta que daba a la calle para barrer un felpudo que hacía tiempo nadie pisaba. Y en el felpudo, querido Albertito, ponía Welcome ¿Una broma de su hijo el abogado que nunca tuvo tiempo de acercarse a ver a su pobre madre, la Eustaquia? Albertito, de verdad, no me vengas hoy con ostias.

- Sr. Valverde, entiendo su...

- La vida son dos días, Albertito. Un día está nublado y al siguiente el sol, de ponérsete en la cabeza, te ha creado una jaqueca que me río yo del hielo en la cabeza. Te llaman, Albertito, debe ser tu madre. Cógelo.

- Hola mamá. Sí, perdóname. Sí estoy en la consulta con el Dr. Valverde. Sí, comeré un bocadillo en el camino.

- Pásame el teléfono, anda.

- Oye, que se quiere poner, mamá, sí, volveré en seguida.

- ¿La madre de Albertito? Tiene usted un hijo estupendo. Yo creo que aquí hay madera para hacer de él un deportista de élite. No se preocupe. Su hijo es una de las personas más inteligentes que he conocido. Venga, un abrazo. Cuelgo, que me está contando el chiste ese de la burra ¿Le conoce? Albertito cuenta muy bien los chistes. Un abrazo, señora y no se preocupe. Le paso a Albertito.

- ¿Mamá? Ha colgado.

- Ah, bueno Albertito, son cosas que pasan. La vida, te decía, es una absoluta basura. Un día viene el camión de la basura y tú no puedes estar seguro de que no se te lleve porque quién te garantiza a ti que no formas parte de todos esos vidrios rotos.

- ...

- ...
.

El día en que Alberto Olmos entró en mi casa haciéndose pasar por Alberto Masa



No eran todavía las siete menos cuarto de la tarde de un viernes que hacía un frío muy de invierno cuando Alberto Olmos* entró en mi casa haciéndose pasar por Alberto Masa. Mi padre abrió la puerta y se mostró en un principio reacio a entender que la persona que estaba al otro lado de la puerta era su único hijo, Alberto Masa, así que formuló unas cuantas preguntas a Alberto Olmos cuya respuesta sólo podía conocer él como padre de Alberto Masa y el propio Alberto Masa. Alberto Olmos respondió sin equivocarse hasta siete preguntas y entonces fue cuando mi padre le aceptó como su hijo Alberto Masa y le preguntó dónde había estado durante tanto tiempo, a lo que Alberto Olmos, haciéndose pasar por Alberto Masa, respondió: He estado todo el rato en esta casa, sólo que encerrado en mi habitación, y no he podido salir hasta hoy, razón por la cual he decidido venir a visitarte, y aprovechar para hacer unas llamadas a unos amigos.

Después de unos seis minutos (durante los cuales mi padre y el impostor que se hacía pasar por su único hijo, Alberto Masa, aprovecharon para iniciar una charla cuyo tema fue las relaciones sexuales del uno y del otro con mi madre sobre todo entre otras mujeres totalmente imaginarias como mi abuela y la profesora de estética y fundamentos de la filosofía) Alberto Olmos cogió el teléfono haciéndose pasar por Alberto Masa, y llamó a las casas de todos los amigos de Alberto Masa para invitarles a su entierro que vendría a ser al día siguiente, pero ninguno aceptó la invitación porque, sabiamente, habían optado por alejarse de todo recuerdo acerca de Alberto Masa, llegando en algunos casos a negar la existencia de Alberto Masa y también de la voz de Alberto Masa, que era en realidad la de Alberto Olmos haciéndose pasar por Alberto Masa.

Ni siquiera yo mismo asistí al entierro de Alberto Masa, el día que, sin darme cuenta, había dejado de ser Alberto Masa, y todo eso sucedió mientras yo estaba encerrado en mi habitación sin noción ninguna de lo que ocurría en el resto de mi casa, y sin noción ninguna de la muerte de Alberto Masa.


*Alberto Olmos (algún lugar de Segovia, 1975) es el autor de Vida y opiniones de Juan Mal-herido (Melusina), aparte otras novelas como Trenes hacia Tokio y El talento de los demás (Lengua de trapo) que he leido enteras.
.

domingo

La salsa de la vida


Mi psiquiatra me espera ahí como cada domingo, fumando un puro en su mesa. Yo me siento. Saludo.

- Hola Albertito ¿Cómo te encuentras últimamente?

- Bien.

- Tienes que follar más, Albertito. Agarrar sus nalgas y cabalgar, ponerlas de rodillas para que les entre bien. El descampado, Albertito, llévatelas al descampado y hazles gritar que no les cabe. Hasta por las orejas, Albertito. Luego les echas tu perfume en la boca y podrás ver cómo se lo meten de un trago mientras en su cara se refleja la persona que tú debes de ser, Albertito, todos los días, en el espejo, cada mañana. ¿Has follado desde que viniste?

- ...

- Albertito, tienes que follarlas. Que se enteren de una vez quién es el dueño. Por detrás va muy bien. Primero la ensartas y luego empiezas a cabalgar. Verlas llorar ayuda, Albertito. Coloca delante de su cara el espejo del coche. Ah no ¿Qué tú no conducías?

- No, no me lo saqué.

- Pues otro espejo. Debes de empuñarlas bien, Albertito, como si fueran tu daga, tu espadita, meterla hasta que no sepan decir más que les duele, pero que no te vayas, porque eso es lo que te van a decir las muy putas. ¿Qué has hecho aparte, Albertito, esta semana?

- ...

- Sigo pensando que deberías de follártelas a todas, Albertito. Romperles las bragas en los lavabos y meterla hasta el fondo como siempre te digo ¿O es que no me quieres hacer ni caso? ¿Para qué vienes aquí, Albertito? ¿Te llaman al móvil? Seguro que es tu madre, Albertito, dale recuerdos.

- Hola mamá, ahora no puedo, estoy en la consulta con el Dr. Valverde. Sí. Sí, mamá, iré a comer. No, no he traído más que para la consulta. Luego te veo. Un abrazo.

- Como te decía, Albertito, no debes dejar escapar ni un solo polvo. Igual que están de espaldas tú las coges como si tal cosa. Nada priva de ser cariñoso al principio. Luego ya, cuando sean tuyas... Creo que no me estás escuchando. Ja, ja. En fin, tú a lo tuyo eh nene. No te veo mal aspecto, aunque has de hacerme caso. Ya verás cómo te pones cachas. ¿Has visto a la nueva secretaria? El primer día ella no quería saber nada, Albertito, pero ya me lo he montado con ella tres veces. Hay que obligarlas. Que sepan el compromiso. Ellas luego actúan igual. Sólo quieren leche y leche. Es así. ¿Te gusta mi nueva secretaria? Es lo que hace rotar el mundo. La salsa de la vida. En cuanto salgas por esa puerta le diré que me la chupe ¿Sabes? ¿Y ella qué hará? Te preguntarás. Ella se meterá debajo de la mesa y empezará a lamer como la auténtica zorra que es, por supuesto, Albertito. No te quepa ninguna duda sobre eso. Yo era como tú antes de sacar la carrera. Esperaba, esperaba y ¿Mientras? Pues lo vi claro, Albertito, lo vi claro. Luego sólo era coger la piedra con ambas manos para que sólo se escapase cuando la fueras a lanzar para coger otra.


Al salir de la consulta noté que hacía mucho frío. Me abrigué bien. Esa noche había soñado que estaba en un partido de fútbol entre el Getafe y la Real Sociedad con mis amigos de Alcohólicos anónimos. En el resumen de la televisión yo le decía a mamá dónde estaba sentado. Cogí el metro. Las estufas del metro funcionaban bien. Era un domingo cualquiera. Llamé a mamá. Le dije que llegaría según la vuelta que diera el autobús.
.

jueves

Diario que versa sobre mi agujero en la cabeza y otras cosas típicas de este blog escrito por un genio


A través del agujero famoso de mi cabeza volvieron esta semana a echarme unos insectos inteligentes de esos que tienen los médicos. El resultado ha sido excelente. Estos animalitos comen todo lo que sobra y yo estoy muy contento. Al salir he ido derecho al supermercado y, antes de comprobar que el placer por el bitter había desaparecido, me he arriesgado a comprar fanta limón. También he hecho lo propio con las pizzas Dr. Oetker. Todo, absolutamente todo lo he comprado Hacendado. La señorita que me ha atendido en caja ya no era una arpía con problemas sexuales sino muy maja y diligente. La he dicho que ahora opto por abaratar. Me ha sonreído y detrás de esa sonrisa no había ninguna cosa peyorativa que obligase a mi cerebro a obrar también peyorativamente. Muy bien, hemos dicho. He pagado con tarjeta mastercard. Joder, la vida es una genialidad detrás de otra.
Al entrar en mi casa había olvidado que ya no había nadie porque se murieron y he estado, como un idiota, llamando al timbre y todo por no buscar la llave, que no recordaba en qué bolsillo estaba. Finalmente la he buscado, encontrándola no en ningún bolsillo sino bajo la capucha esa que uso en este tiempo. El frío, cuando viene como ahora, se mete también por el agujero de mi cabeza creándome tics. No todo es tan fácil como ponerse una tirita, como un amigo me aconsejó en los comentarios de mi blog en la ocasión en que hice saber mi problema al mundo.
Abrí y, en seguida, me di cuenta de que ellos no estaban porque habían muerto. Qué idiota soy, me dije dándome un golpecito en la cabeza y me fui al tocadiscos para poner un disco con Freddie Hubbard a la trompeta. No, me dije, mejor ya no me gusta Freddie Hubbard, y puse a los Pecos. Todo bien. Me quité el abrigo y derrumbé en el sofá. Puse la televisión y le quité el audio. Vi imágenes de gente seguramente fea y asquerosa y, por lo que les leía de los labios, debían de estar hablando sobre los vecinos y cosas de esas de gente que está enferma de la cacerola.
Qué bien. La ciencia había avanzado tanto que yo, de repente, podía apagar el televisor cuando me diera la gana. Y así hice. Me fui a internet y puse en un estado de facebook: Mark Zuckerberg no tiene pilila. No podía parar de reír. Mi familia, sin embargo, estaba muerta. Pobrecillos. Y yo ¿Qué iba a cenar? Se me había olvidado, con las prisas de la música, guardar las cosas en el frigorífico. Al meterlas vi una chocolatina marca Hacendado y me la comí. Estaba buenísima. Tenía como granitos de arroz. Y pensar que antes de que la ciencia no me diera un aviso yo pasaba del dulce. Incluso llegaba a creer que cada vez que comía un caramelo sonaba un aparato en la consulta de aquel dentista cabrón que ya se ocuparía durante mi visita de echármelo en cara.
Una vez cenado quité a los Pecos y mientras pensaba si ducharme o no antes de ponerme el pijama llamaron al timbre. Fui a abrir y cuando lo hice vi a unos niños pobres, me pedían dinero llorando. Dije que trabajasen, coño, y cerré la puerta de un manotazo.
.