lunes

Ella sí y no


La ciudad es un manifiesto de ron (añejo sobre mi mesa -decimonónica-). Las calles son una percha y ella se ha puesto el traje que debiera estar ahí para ir a su trabajo. Ella puede ser cualquiera, incluso. Y yo la miro desde abajo, pequeñito, iletrado, asexuado.
Toda puta es una misma puta como todo trabajo da igual. Todo dinero está sobre una misma cosa o coso, esperando que se caliente para arder de felicidad. Las navidades están a punto de caer.
En cuanto me dediqué al mundo de la cultura noté pollas en mi boca. 400 y de golpe. Cada vez más. Nunca había habido tantos cigarrillos sobre la tierra. Poco a poco noté que mi polla también se iba llenando de bocas. Todas querían estar ahí. Todo el mundo era una boca y una polla. Así se había entendido aquello que dijo Villón, que dijo Artaud, que dijo Deleuze, que dijo Zizek, sobre el cuerpo sin los órganos. Una boca y una polla. Cincuenta mil pollas y cincuenta mil bocas, más, cincuenta billones. Qué pasada. El marqués de Sade estaba sentado en una silla echando vino al barco velero que tenía en la bañera, esperando que el papel se impregnara y resultase en un barquillo de san Ginés, en una soledad maravillosa, llena de concepto navideño y nieve. Nieve, como hoy.
La nieve caía y mamá, a quien amo, llamaba a la puerta y decía si no iba a ir a mis estudios. No, dije. La nieve era la razón y la pereza. La nieve era su teléfono. Nunca supe utilizar uno. Una vez que los copos caían en su pelo se derretían fabricando que yo era un niño que no quería despertar. Mi edad era sólo aproximada. Mis amigos cantaban el disco rosa y estaban lejos. Mi pelo era una festividad. Ya no volvería a tener melena. Se lo dije al peluquero. La nieve y el ron se parecen, aunque sólo sea en lo blanco de los ojos.
Mis ojos eran dos y un culo. En el culo entraban los dedos de Margarita. Ella era especial que te cagas. Ya no voy a contar más. Odio contar intimidades, como se sabe.
Valseca caía junto con el cielo. Esta mañana le llamé (a ella) y me dijo que no podía parar de trabajar. Yo nunca seré ella. A ella la he vuelto a llamar esta tarde y me ha dicho no sé qué. Era horrible. El monstruo no paraba de beber nieve agostada en el suelo de noviembre, de casi diciembre, el suelo. Busqué dar con la tecla. Escribir una sola frase buena para un día de bailar en casa desnudo a la Velvet Underground. Pero no vino. Sólo sale este post de vago que refleja lo vago que es lo vago, la semilla de la flor que no hace nada y sin embargo se mancha. Se pone negra, extraña y, poco a poco, ya no es nada roja, sólo tiña. Escucho a mis amigos del disco rosa (Líneas albiés), un trabajo grande, y yo sólo me tiro al desierto más cercano, me recoge un camión y huelo a mis compañeros, son jenguirillas y trapos, usados, preservativos, y todos me sonríen mientras la misma hormigonera de cada día da vueltas y, afuera, sonríe una familia típica de la niñez, que ya se me ha muerto junto con todos los que la componían. Menos mamá. Mamá está siempre esperando que me levante para verme ser alguien.
Ella es una isla parida por ella misma. Sólo se tiene que levantar y tener cuidado de que nadie se haya comido esa isla. Al mismo tiempo ella tiene que comer y, si puede, abrazarse. La naturaleza la ama, parece. El día que compuso una televisión un relámpago hizo mella en la isla. Fue bonito. Luego Crónicas Marcianas siguió, como si tal cosa. Boris era una persona súper-comunicadora que se bajaba los pantalones.
Yo sólo tengo dos grandes temas: beber y estar sobrio. No sé de cuál de ambos hablo hoy, en mi blog de éxito.
Han llamado de Valseca. He puesto ese jodido tono de voz. Todas las tías de alguien están bien. Cuando me muera seré ese freak del facebook que, mamá, molaba lo que ponía, pero se murió. Pena, era tan joven. Aunque no lo parecía, no. No sé. Lo que sea.
El blog me da igual. Sólo quería iniciar este post para decirle a mi madre (Mari Carmen) y a mi padre (Ángel) que les quiero, y a la sobriedad, que cada vez que me dicen que entran en el blog, aunque también me entiendan que no entienden lo que pone, son una muesca en una primavera real, en un sol de agosto bueno. Que los amo, por igual, aunque ella, con el traje, no lo vea ni lo quiera ver, que ha nevado, pero ellos siguen ahí, en el curro, en la trabajoría, y yo he vuelto y me ubico y poco a poco voy venciendo a algo que, quién sabe, a lo mejor "es" el arco iris. O lo que sea.
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viernes

Las horas de mis horas no son horas cuando no lo son


Quería incluso simplemente un día, por un día, entrar en mi casa y ahorrarme pisar el primer cadáver, saltar el segundo, imitar la postura del tercero, dar un beso al cuarto. Bueno no, no lo quería, aunque, como era sólo por un día ¿Qué más da? En el frigorífico vive otro cadáver. Es el de una chica que se llamaba Lunes los martes y Sábado los sábados. Un cadáver cuyos trozos cojo y pongo en una báscula, y veo cómo cada vez pesan menos (también he de tener en cuenta que cada vez hay menos trozos porque a veces me he comido alguno creyendo que era de otra carne, o sin creerlo, poco importa). He salido a la calle y esquivado a los pobres, les he dicho que nanai, que no, que a su puta casa, así, como si tuviesen un lugar fijo donde morirse como yo cuando me una a los míos, aunque sea, como ya he dicho, por un día. O noche, o lo que sea. Les he dicho no y cuando han dejado de mirar he entrado en el Fnac a ver si ya había llegado el vídeo de Elvis Pressley. Jaja, he pensado, qué fascista soy, y otra vez pensado: seré fascista, coño. En casa los cadáveres son buenos con los gatos y las cucarachas. Me he sentado y, cuando me iba a levantar, ha sonado el teléfono, así que he pensado: qué guay, ahora levantándome puedo hacer dos acciones a la vez. Y he cogido el teléfono y era una encuesta sobre los supermercados. He dicho que mi padre acaba de morir. La señora tenía muchos productos y los repetía y repetía, y yo he dicho de nuevo: que se ha muerto mi padre ahora y la he preguntado que ella qué haría. La he notado nervios. Y la he dicho que el cadáver está al lado mío, y ha colgado. Esto hubiera sido verdad, pensé, hace cinco días así que ahora tampoco era una mentira tan enorme como para que la muy gilipollas se enfadase.

He dejado mi casa de Madrid. He mandado a mi jefe pakistaní al fondo de mi culo. Quiero decir que se lo he enseñado para que se enterase dónde cabía su puto negocio y su puta familia y su puto él entero. Y luego, con el agujero señalándole, he dicho que me cagaba en su desdentada boca y añadido: no eres más que un moro de la morería. Se ha enfadado, pero yo tan ancho. Como para no estar agradecido el jodido analfabeto con mis cuatro días de trabajo de sol a sol de invierno prematuro. ¿Y si no me llaman del INEM, qué hago? En el INEM leen mi blog. Se saben de memoria todas las entradas en que uso la expresión “folla arriba, puta muerta, hasta que te salgan flores por los ojos”. España mola. Los pakistaníes molan, incluso aunque seas un jodido fascista como yo, los putos moros invertidos esos tienen su gracia. Reconócelo. Porque yo no lo voy a hacer. Si no fuera porque vivo con muchos cadáveres terminaría cayendo en una de sus putas tiendas para comprar otro y que mis gatos pudieran seguir picoteando.

Me gusta vivir la realidad. En lo de las letras era muy divertido. Con la mafia te descojonas. De repente, un tipo que te llama “hermanito” mientras le toca el culo a tu novia, la putilla que no te ha acompañado porque no le gusta que le toquen el puto culo, levanta su mirada de un ordenador en el que acaba de contestar a seis correos, se limpia la frente del sudor y, si se siente lo suficientemente generoso, te dice: ¿Un whiskito?

En casa cada vez había más cadáveres, tantos por todos los lados que era casi imposible de encontrar el mando a distancia para poner a Elvis, el rey; por ejemplo o una de mi ídolo Steven Seagal. Enciendo un cigarrillo y comprendo que convierto a todos esos muertos en fumadores pasivos. El humo dibuja cosas. El amor, por ejemplo, es bien sencillo. Una bocanada y sale ella, da igual si viva o muerta. Es sencilla y, si se mantuviese quieta en la mesita que tengo enfrente, podría cogerla sin problema como se coge una taza y beberla junto con todas sus respuestas y demás virtudes. He dado otra bocanada. El humo mejora el olor de los cadáveres. Se me ha ocurrido ducharme, aunque luego no lo he hecho, porque no iba a salir. Me río con los muertos, siempre tienen un chiste brillante para mí. Bien, digo. Eso está bien y me seco el sudor de mi frente, puesto que fumar cansa mucho, y les animo a que sigan. Al quinto o el sexto, yo estoy dormido. Cuando despierto me siento otro rato, busco otro cigarro, otro Elvis Pressley, otro café, pero termino moviéndome hacia la cama, no sin antes asegurarme de que la nevera está cerrada, donde una mujer desconocida me dice que hay que ver qué horas. Que hay que ver qué horas tengo.

lunes

Dragó, (Madrid, 2 de octubre de 1936)


Fernando Sánchez Dragó abre la ventanita de su dormitorio en Soria. Está desnudo y le entra bien ese fresquito de Soria. Entonces siente esa placidez indescriptible y reza un padrenuestro. Al otro lado de la cama un jovencito desnudo da sus primeras caladas a un Pall Mall. Sánchez Dragó, mientras, sonríe hacia el sol. El sol, ese sol que, en Soria, tiene un doble revés, le da en la cara. Qué bien se siente uno. Cómo mola Mahoma.
Él se recuerda joven y travieso escribiendo El camino del corazón, él, el primer jipi de España, recuerda cuando se encontró a un jipi ya máster, que no llevaba mochila, y le dijo que también había dejado de fumar porque hay que quitarse de lo que pesa. Que había que descargar para sentirse pleno. Y vaya si había que hacerlo, se dijo entonces el joven Sánchez Dragó, escritor de De Gárgoris a Habidis. Soria da paz, pero, joder, cuando yo me juntaba con los jipis esos. Yo iba por Tánger o su puta madre y no veas, coleguita. En Calcuta me bañé en el río ese, joder, porque mi poder superior me dijo: Venga, derecho donde los leprosos. Y bebí de esa agua, porque mi poder superior me dijo: Este es el camino. Benarés era una fiesta. Di unas brazadas. Me encontraba tan en la gloria, joder, ahí en el Gánges. Los leprosos me miraban. Me entendían. Qué grande es el Tao te king.
Un largo por allá, otro por aculá. Joder, dios, hace poco me había comido tres cucarachas. En mi habitación de Calcuta había escorpiones. En Soria hará fresquito pero, coño, eso otro era lo más. Y luego me encontraba con los coleguitas y, hale, el amor ¿Sabes? El libre ¿Entiendes? ¿Más de 15 kilos? A la cazuela. Cómo molan los santos evangelios.
Mi poder superior me dijo: Oye, si 15 kilos, a la cazuela ¿14´23 kilos? Y lo vi claro, joder. Amor ¿Qué haces fumando? ¿Sabes que es malo? En fin, estos niños. El vicio les gobierna. Yo, en cambio, no me dejo. Yo controlo mi vida y mis sentidos y, si tengo alguna duda, me echo un I Ching y a tomar por "saco".

Soria mola. Es la ostia. En los países esos están acojonados. Porque llega el hombre de Soria. Los rusos. Joder, los rusos están cagados de miedo. Yo es llegar a san Petersburgo y dicen: Que ha venido el de Soria, y echan los pestillos de las ventanas. Entonces sigo mi camino hacia Pakistán. Yo, el primer jipi de España, leñe. Yo, que no soy nada. Yo, que soy este poquito de aceite sobre el vaso de agua.

PD:
http://www.youtube.com/watch?v=CrbLeMGVI8c

PD2:
http://www.youtube.com/watch?v=hMjIQ6Vf4f0

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jueves

Los cadáveres

Arriba, en el cielo, no había nada que no fuera blanco. En casa hay goteras, y cabezas, hay capuchas para los niños. Las cucarachas son geniales. Viven en donde la cocina. Son buenas, amigas incluso, confidentes. Eso sale a comprar un libro en su librería favorita que, como todo el mundo sabe, ahora se llama “Bajo el volcán”. Luego va a un sitio de tomar algo, un bar de esos gente joven. Se sienta y pide una bebida. Después mira otra vez el monedero. La gente a la que a menudo se imagina está gritando. Ellos sabrán, se dijo. Saludó otra vez a la camarera. Todo en la vida era y es amabilidad. Cuando uno ya no se parece a nadie la gente que le rodea empieza a ser él. Se ríe. Se ríen. Todo mola mucho. Es genial. Todo mola un huevo y mazo del otro. La gente, en su cariño, le dice que es todo un personaje y él dice que no. Él dice que a veces sale a comprar pan y tiene para elegir dos panaderías y, en una, la que le atiende está buena, pero es muy rancia. Dice que casi siempre elige la otra donde, dice, ya le conocen, aunque no le conozcan, dice, aunque sea mentira. Se ríen porque, piensa, la gente está contenta e, incluso, es querido. Luego está solo, otra vez y pide, de nuevo una bebida, como dije y lee el libro que ha comprado hasta, acompañado por dos cigarrillos, llegar al párrafo en el que se lee: Nunca lloraba, ni aun en sueños, pues la pureza de corazón era para él motivo de orgullo. Le gustaba imaginar su corazón como una enorme ancla de hierro que resistía la corrosión del mar, y que desdeñosa de las ostras y percebes que hostigaban los cascos de los buques, se hundía bruñida e indiferente, entre montones de vidrios rotos, peines sin dientes, tapones de botella, preservativos…, en el cieno del fondo del puerto. Algún día se haría tatuar un ancla en el pecho. Luego cierra el libro y llama a la camarera y dice que cuánto es como si no lo supiese. La señora o señorita es muy amable. Él hace una broma y, luego, paga. Se despide y sale, afuera hace frío típico de que va a ser casi invierno. Al pasar por la cafetería más cara de esa zona ve, en el escaparate, a gayers que se besan. Le mola y entra y mira las bebidas y decide que lo que va a tomar es un Passport con hielo y, una vez que se lo sirven, lo paga, porque le da la gana, antes de tomárselo. Mola. Él está ahora solo enfrente del único gran amor, que es quien menos y más solo, durante la vida que recuerda en ese momento, le ha dejado. Los gayers se abrazan y se besan y se chupan a su alrededor, en otras mesas. A esta gente, piensa, le debería de parecer un idiota a poco que me conociesen. Las voces que imagina están cantando una canción muy bonita de esas para dormir a los niños que no se quieren dormir. En el coro también hay pájaros de colores y príncipes y princesas, gente de la radio y de la televisión. Él no lo va a dejar y como, desde que nació, es escritor, va a contar, cuando llegue a casa, el día en que conoció a Antonio Gala debido a su trabajo o eso que él creía que tenía que realizar por aquel entonces. Va a escribir eso de que le dijo que otra vez, cuando él estaba trabajando en otro lugar, le invitaron a una fiesta donde conoció, dijo, a un novio o novia o eso que fuera tuyo, señor, que no me acuerdo muy bien. Luego sirvió. Antonio Gala bebía agua, se acuerda. Sí, se dice, eso voy a escribir. Como veinte años de absoluta sobriedad pasan inmediatamente mira de nuevo el monedero. Ha eliminado el número de la única amiga que era su amiga cuando la llamó y le dijo que era pesado de tanto llamar antes de que él diese un abrazo y colgase. Las voces internas son el cordón umbilical del bar. Parece, por un momento, que los gayers abrazándose no existen, aunque existan e incluso aunque hayan dejado de abrazarse. El amor es una cosa bonita que huele y, luego, hasta sigue oliendo. Mola, se dice, pero llama una amiga y lo coge y le dice que ha vuelto a ser él, con su amor y todo, que él, de nuevo, existe y que se ha cortado el pelo y le ha dicho su tía que está más guapo. Ella le regaña porque él está tonto. Le regaña y él dice que la ama, que nunca le deje y añade: por favor. Él le dice a ella que escribirá y que, de verdad opina, que un texto bueno jamás ha de tener edad ni basura ni tampoco, necesariamente, alegría. La basura, le dice él a ella, ya está en los sitios que tiene que estar, hay montones y La Tierra, por ejemplo, es muy grande. Ella le dice que baje. Él le dice que el otro día fue a la escuela de letras de Madrid y que un joven inquieto, argentino, Ernesto algo, le estuvo hablando de un curso, y tanto ella como él se rieron de nada en particular. No pasaba jamás nada. Los espectadores se ponían rectos cuando pasaba el tren y luego había quienes, sencillamente, ya estaban dentro del vagón. Ella tiene, de repente, una llamada del extranjero por el ordenador y él le dice que no pasa nada, que ya hablarán. Cuelgan y luego él piensa qué va a decir en AA. En AA siempre habla y participa y tiene amigos. Él piensa qué decirle a su poder superior y vuelve a mirar alrededor y se va de ese bar de gayers y mira el monedero y se va a uno de roqueros. Mamá llama, él dice que no es uno de sus mejores días pero que no pasa nada, que es que es invierno. La dice que un beso y que se cuide, que pronto irá a verla y también a papá. Él nota que hay una lágrima asquerosa en su cara pero sabe que no va a romper a llorar delante de todo el mundo. Ahora, debido a la confianza de unos amigos, escribe cosas para una revista importante del internet y debería de contar cosas de cultura, de películas o de los libros que lee en el metro o cuando se toma un café en la facultad. Todo es un éxito por el momento, le dijeron, así que él debería de estar contento. El hombre de la barra es un tipo majo que se parece un poco a Mick Jagger, el de los Rolling. Él dice en alto y sin ninguna educación que es la caña la puta mierda del bar de los cojones. Luego le dice al compañero de la barra que perdone y, añade, compañero, y dice que, por favor, le sirva otra bebida y, luego, paga y se marcha decidido a escribir un artículo sobre Juan Rodolfo Wilcock, poeta, cuando llegue a casa de una vez por todas. Como esa noche se encuentre a los niños de los porros que le dicen cosas en la misma acera, se van a enterar ellos de qué es sentirse en su puto sitio. Pero, cuando tiene la llave en la mano, ve el bar de Pedro abierto y sin ninguna necesidad de mirar el monedero, entra y dice que quizá se haya emborrachado y que, por eso, se va a beber una tila o algo para los nervios y la serenidad, que es muy importante.
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martes

La Gaya ciencia

Hoy he matado a una de las cucarachas. Era aún pequeña y quizá estaba aprendiendo. La vi mientras calentaba un vaso de leche. Es muy raro que no aparezca alguna, no siempre las mato. A veces me quedo pensando y me despierta el avisador del microondas y, en esos momentos, a veces vuelvo a mirar y ya se ha marchado. Hoy la he matado. Era pequeña, quizá estaba aprendiendo. Después he sacado el vaso de leche del microondas, le he echado un poco de azúcar y me lo he bebido. Mañana vendrá la prima segunda de esa cucaracha y será quizá otra historia.
Se habla mucho del amor de las cabras, de las vacas o de las ovejas, pero poco o nada se dice de arrinconar una cucaracha para darle la medicina despacio y, luego, una vez muerta matarla de nuevo ya a todo volumen junto con la -siempre casi- inocente prolongación y la pared en la que morará todo el desperdicio, un poquito más abajo de donde cuelgan los guantes de fregar los platos. A mí me gustan las cucarachas, son amigas, confidentes y quizá también, como digo, mis amantes, el último aliento que le queda a esa ansiedad, que sólo las busca como desenlace a ese amor perdido e imposible de recuperar que seguramente haya sonreído por vez primera en la mirada de la madre, como decía Wilhelm Reich, al que adoro porque no fue querido en sitio alguno, pero que, al ser un genio, tenía el cerebro para haber hecho un cocido con él, y luego ropa vieja. Que se hizo. La digestión está en Moyano, y yo la leo con religión.

Hoy he visto a Ana, la puta, y la he dicho hola y ella ha sonreído y girado el brazo. Adoro lo que hay en ellas de chica, que es una chica que también muestran cuando te dicen que las tetas no o algo parecido. Necesito ver una madre en ellas, pero no veo absolutamente nada más que el tiempo pasa y se resume en un menú menos y de lo único que disfruto de veras es viéndola lavarse el chichi para otro mientras yo me pongo los calcetines y la digo adiós a sabiendas de que recorreré llorando el camino hacia mi casa.

La verdad, hace tiempo que no accedo a los dolorosos, aunque con mucho de entrañables, servicios de la puta. Cuando hoy la he saludado parecía que se acordaba de mí, Anita, bonita Ana del Este. En la calle son la familiaridad de una compañera del colegio (del colegio en el que tuve y aún guardo compañeras y amigas, no del otro, que había en las afueras, donde sólo había gansas debajo de un mueble que luego resultaba haber puesto allí otra gansa, muy guapa ella y, sobre todo, fea, ignorante, extraña, una joya atada a un alambre que bien pudiera ser el nervio aún vivo de una muela).
Cucarachas como mi primera amante, casi anterior a la esquizofrenia, con quien follaba en el interior de coches que habían abierto esa noche para llevarse la radio y hasta las cintas (qué gentuza, caray, ha habido y hay en España). Su madre para conmigo tuvo la delicadeza de enseñarme a bordar. Yo pensaba en los tres y los tres pensaban en mí. Pero no era una trinidad santísima sino una trilogía al estilo Matrix. Un lugar de donde terminaría yéndome, aunque en aquella ocasión lo hice después de que me echaran.

Yo no tenía ni idea de sexo y sigo sin tenerla, como tampoco la tiene el sexo. El sexo es y se encuentra ahí de repente, entre el mundo y tu otro yo, que es un yo que lo mira desde el yo que el propio sexo tiene.
Yo me sentía asqueado y viejo, quería penetrar a los caballos con quienes trabajé más adelante en la granja escuela donde oficialmente yo era el monitor de la cocina y donde yo hacía chistes a los niños y servía lentejas y esas cosas, y luego, en mi hora del cigarro me iba a ver a los caballos, a ver si con esos aprendía sexo. Me los hubiera follado a todos si hubieran estado dormidos o muertos, pero siempre estaban aquí y allá y al otro lado. Yo en medio terminaba mirando hacia arriba y el cielo tampoco decía nada.

Luego mi pajote era escrito así, más o menos con otro pajote: Hoy vine de la granja escuela leyendo en todos los lados, en los árboles (con quienes nunca follé), en algún pájaro, en los chicles de menta que me daba mi tía por si me olía el aliento a tabaco. Esas cosas. Y seguía diciendo: Hoy he conocido a una chica estupenda. Está preñada. Ponía punto final y santas pascuas.
Algún día encontrarían todos esos textos y serían los demás los que se estrujasen el lorito que habla solo entre la pared y una cucaracha, los que acercasen las flores esas que hay por el campo a esos 15, 20, 25 o 32 o 48 centímetros que, indiferentemente, ese yo cargase para decirles adiós, hola o lo que se les ocurriese.
Y ahora soy poco más o menos que san Juan. Cuando visito a mis padres paso por un campo donde hay remolachas o patatas o como se llamen y me creo que, durante esos cinco minutos que aguanto sentado en una roca, estoy entendiendo a esos cariños cómo crecen. Luego quedo con alguna amiga y hablo de esto y aquello, de las películas y España y de que yo quería ser bombero de pequeño, y torero como Palomo Linares, y de que ella quería vivir en el lejano oeste. Y no sé qué hacer y a veces digo que pago yo y ya está. El fracaso de todo y también del sexo es algo que ya hay y no tengo que buscarlo. Para derribar ese muro ni siquiera hay que saber dónde se encuentra, aunque a lo mejor hasta sea en la propia polla esa de todos los días. 12´40, pues eran cuatro cafés y un par de tónicas. En fin. Mañana no como y ya está. Veré a Anitita, ese fragmento de un sucio dorado, esa manzana pelirroja del Este, como hoy, cuando la he saludado como si fuera un viejo amigo que salió en un sueño del que ni siquiera me acuerdo.

Escribir también tiene otro yo, tiene varios y ninguno tiene nombre, pero siempre nuestras cabezas, que son más viejas que los escritos, les ponen uno y otro y otro más. Las cabezas son incluso más viejas que las pollas. Son muy mayores y de garrote hasta usan a la polla, que no les sirve más que para hacerse creer que algo, en este mundo, las sostiene. Y no, siempre es al revés, copón, es la cabeza la que sostiene a la polla, como bien sabían Bobby Fisher, Capablanca, José Mourinho, los buenos vamos.

PD: Joder, qué post más raro. Yo, en teoría, lo empecé porque me creía que tenía la mente clara, y hasta la polla clara, pero me voy a ir a acostar y esto se va a quedar así hasta que un día, como me encanta ver en qué estado se encuentra ese manojito de rosas, vuelva a leerlo y sepa por qué. Que me lo tendré que inventar, claro. Quiero decir: otra vez. El sexo, la polla, los coños, todos esos viven el tiempo de Heráclito, que iba y venía en el propio tiempo. A ver si va a ser eso, queridísimas lectoras de esta pobre y arrogante “cosa”, amigas. Venga, ya me callo. Luego que si ya los del Inem no me llaman para nuevos cursos, a ver: leen mi blog. En fin.
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domingo

Have you ever really love a woman

sobre seducción ;)

Esta mañana me he suicidado al revés, de muerto a vivito. Es muy facilito, amiguitos. Sólo hay que disparar apuntando bien (bien es normal, en ello, al tajo y ya está, como si estuvieseis llenando una jarra de líquido con otra, sin que se caiga nada fuera, así de sencillo) a la cabezota propia, y luego, después de haber apretado el gatillo, levantarse para contar hasta tres. Y ya. Se siente uno como nuevo, leche. Y no existe el blog, pero tampoco las otras típicas preocupaciones diarias, como comer, la familia, trabajar y eso.
Se siente uno que, ostias, dan ganas de repetir.
Ayer estuve en la sala Room, que es uno de esos sitios que le gustan a Yara, tomando agua del grifo. Bajé a los baños y me puse a mear y, al lado mío, la voz del hombre que doblaba a Jimmy Coburn dijo: Eh tú. Soy dios.
Tenía los ojos de Alejandro Gándara, la nariz de Juan Manuel de Prada y la perilla de Constantino Bértolo. Luego miré más hacia abajo y se me descongestionó cualquier coqueteo con mis pensamientos de cuando hago pis.

- ¿Y qué hace aquí, señor?
- Estaba mosqueado porque no ves mis señales. Quiero decir, las ves, pero pasas de ellas. Joder, eso no se hace, Albertuchico. Me cuesta mazo de curro diseñarlas y tú, con tu pasotismo, me obligas a que piense ¿Todo esto de la creación, para qué? Si yo hago una señal, a ella, neng ¿Me entiendes? ¿Te imaginas que todo el mundo pasase así de las señales? Ha habido mucha gente que se perdió en el camino. Mira Poli, el potro de Vallekas, sin ir más lejos. Yo le envié señales para encaminarle hacia su destino: la política internacional. Fue poco después de la somanta que le metió mi niño, el negro zumbón Whitaker, que también era una señal enviada por mí. Y mira.
- Pues...
- Tú, a estas alturas, si hubieras seguido mis señales tendrías un corral lleno pollos y gallinicas, una mujer que te querría y dos hijos con ricitos, pero te empeñaste en que tenías que escribir y escribir y el blog y Umbral y el premio Planeta y toda esa mierda. Ahí voy. Yo me di cuenta de que tú estabas obcecado y, entonces, te convertí en un icono, como a Kafka, a ver si así dejabas de escribir. Pero no, tú empeñado, ahí, como Fernando Marías.
- No entiendo.
- A Kafka no lo lee ni dios, doy fe, quiero decir ahora, algún jovencito va y se lee algún cuentillo, pero en cuanto creen haber entendido el icono, en cuanto creen haber salvado sus pelotas de cara a una cita con una muchacha que también lo ha hecho ya suyo, van y lo dejan, allí, en esa jaula que pertenecerá a ambos para que manoseen sus barrotes mientras piensan en otras cosas típicas de hoy. Kafka es un bote de cocacola y todo lo que le rodea está dentro. ¿Lo entiendes? A la derecha está Max Brod, nuestro hombre, ya sabes, el que nos interesa de veras, y a la izquierda ¿Quién coño está a la izquierda? Eso, Albertuchito, tú ponme caras, a la izquierda sólo está el olor de sus micciones y defecatio, que no es nada más que lo que parece.
- ¿Y yo qué hago?
- Pues no sé, ser bueno, coscarte y esas cosas ¿Sabes? Antes de que subas a bailar con tu amiga te voy a permitir hacerme una pregunta.
- Guay. Dios, estoy siendo muy bueno, he dejado de beber y como moderadamente manzanas como sabes y, además, hago ejercicio ¿Por qué engordo?
- Muy buena pregunta. Te haré llegar la respuesta en forma de señal a ver si te enteras.
- ...
- Ah, tienes que leer más a Harold Bloom, coño, que no lo lees casi nada y está triste.
- Pero si ya lo he leído.
- Que leas a Harold Bloom, coño. Una vez más y otra, hasta que te mueras del rayo.
- ¿Del rayo?
- Emm... Que leas a Harold Bloom, coño.
- Espera, Dios, mira, ahora te lo he llamado con mayúscula, oye ¿Es verdad que en Latinoamérica hay un club de fans de mis ficciones literarias?
- Venga va. No es serio, pero sí. La sede es una plantación de Lophophora williamsii. Te lo digo para que te hagas a la idea de la gente que te lee.
- ¿Lopho qué, Dios?
- Bueno, que te den.

Y se evaporó. Yo no sabía qué hacía aún con la minga fuera. Me abroché y pensé en lo que dios me había dicho, que tampoco era gran cosa comparado con el hecho de hacer pis a su lado. Así que me apañé y subí a buscar a mi amiga Yara. Pero no la encontré. Encendí un cigarro y me puse al lado de unas muchachas con imperdibles en las narices. Dije: hola. Sonreí de nuevo y volví a decir hola y así hasta que una persona me tocó el hombro y me dijo, con la voz de Rosa León en Nuestro pueblito, doctor, ¿Sabes quién soy, no?
¿Andy Warhol? Dije. No, dijo. ¿Belén Gopegui? Dije. Frío, frío, dijo. ¿Casanova de viejo en la biblioteca? ¿Stephen Hawkins curado? Pregunté. Casi, dijo, soy el demonio. Ah, dije. He estado hablando con dios antes, añadí. Ya lo sé, me dijo, soy el demonio, hombre, me entero ¿Sabes? No, lo siento, dije. Oye, me dijo, que yo que tú no le haría caso eh. Yo creo que deberías seguir así, normal, leyendo a Albertotito Olmos y a Bellaluna y a Odile Lautreamonde y a Jose y a Campesina... ¿Harold Bloom? ¿Pa qué? Dijo el demonio.
No lo sé, me lo ha dicho dios, dije.
¿Y por qué no lees a Chomsky? Dijo el demonio.
Es que ahora estoy leyendo los diarios de Kafka, le dije.
¿Y qué tal? Dijo. Le dije que me molaban más que los de Musil y los de Gombrowicz.
Qué guay, dijo el demonio. Oye, dijo, cómo mola tu reloj.
Es del detergente, dije.
Cómo molas, dijo. Oye ¿Cómo queda mejor El demonio o Satán?
Mmmmm, Satán.
Ah, pues lo tendré en cuenta. Ahora me voy a comprar al H&M y a Zara. Pásatelo bien y sigue yendo a alcohólicos anónimos y siendo del atlético de Madrid, que va a hacer el ridículo el domingo en el Bernabéu.
Encantado, Satán, dije. No sé si estarán abiertas a estas horas las tiendas o si a ti te da igual eso, añadí.
Hasta luego, majo, dijo.

Como Yara no estaba me fui a saludar a Xflash y decirle que me piraba. Ya en la calle estuve pensando. Y pensé, y pensé. Y, luego, pensé y, más tarde, me vi en el espejo del ascensor y luego abrí la puerta, tomé un vaso de leche y me metí en la cama, aunque primero la abrí, la sábana. Al día siguiente desayuné crispis y volví a pensar y luego conté hasta tres, pero empezando por el tres, y moló mazo, y me tenía que ir enseguida a clase si no quería que me pusieran falta. Y llegué, llegué. Y llegué.
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viernes

Un buen chico

He estado pensando un puto post. Todo el día. Mientras me levantaba -temprano-, mientras me duchaba, mientras me vestía, mientras mordisqueaba una manzana camino hacia el metro, y cuando cogí la manzana de la cocina, también entonces pensaba en un puto post. Al cerrar la puerta pensaba en un puto post y mientras giraba la llave y al llamar al ascensor. Ah, luego he empezado a mordisquear aquella manzana de antes y, ya lo he dicho, ya no me quiero repetir más en este jodido post, he caminado hacia el metro. En el metro he caminado hacia la parte de más allá, mordisqueando el final de una manzana y pensando en un -de mierda- post. He tirado el tronco de la manzana, a una basura, efectivamente.

Recuerdo, una vez en el vagón, he abierto un libro típico de esos que yo leo en el metro, sobre espadachines que luchan por conquistar a las cortesanas y eso. Hasta ahí bien. Me he concentrado y normal, hasta que he empezado a ver señales de mi relación con mi post y el demonio en frases como “Si nuestro amigo pereciera en la batalla, el mismísimo rey tendría pronto cuenta de ello” y “para clavar la espada el osado caballero eligió el vientre”. Mierda, me he dicho. He tenido que bajar en la estación siguiente, que no me acuerdo cómo se llama. El puto post que estaba pensando también estaba en las caras de todas esas personas que, con sus ojos, se dirigían hacia mí, un pobre chaval normal que tan sólo estaba corriendo en una estación cualquiera de metro diciendo tan sólo en alto: Aleja de mí este cáliz.

Una vez en la calle he dejado de gritar y pensado para mis adentros: Qué ciudad más hermosa. Una putada no saber cuál de ellas es, bien cierto, también pensé. Así pues entré en un bar a hojear un periódico. El camarero vino y yo dije que quería café. Es más, añadí, en vaso, por favor y sin nada de estricnina. Mientras, bajo mi atención, el señor lo ponía, le dije: Esas malditas tazas son para pequeño-burgueses, por eso prefiero el vaso, estimado señor mío. ¿Sabría usted decirme qué ciudad es esta ciudad tan hermosa donde habita lo salubre del aire y de la gente?

Desde que entré yo ya había notado que me miraba raro, pensé. Ese hombre, sin duda, no se había tomado la medicación para los nervios. Se lo dije cuando me espetó si yo era de aquí con tono despreciativo. Tuve que salir corriendo, menos mal. Ese hombre era peligroso y a mí ni siquiera me había dado tiempo a probar el café ni hojear el periódico y, lo peor, ni siquiera había pagado. Debía de volver, sin duda, abrir la puerta despacio sin que el hombre lo notara, avanzar hacia la barra, dejar el dinero que vale un café y marcharme, aunque en ese momento me acordé de que no tenía dinero y me dije que otro día, cuando lograse tener dinero, entonces volvería a ese bar y pagaría aquel café que me sirvieron en vaso en aquella ocasión, cuando yo me había bajado del metro en una estación anterior a la cual me iba a dirigir por la mañana cuando tomé el metro mientras tiraba a la papelera un tronco de manzana, tras asearme y salir de casa aquel día que me había levantado temprano por tercera vez en mi vida, esa, porque sin lugar a duda yo había tenido una vida por la que habían pasado, por ejemplo, otras. Sí, cierto, me dije, cierto, buen chico. Y me acaricié la cabeza con la suficiente energía. Y ahora, le dije, debemos encontrar la boca de metro en la que nos hemos bajado para regresar a nuestro hogar. Sólo había un problema, él no llevaba abono transporte y yo, me di cuenta, tampoco podía pagar su viaje.
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miércoles

La alegría del planeta

"En la tela de araña titilaban / lentejuelas de rocío nocturno" (Jose)

- Hijo ¿No vienes a ver el fútbol?
- No, papá, va a venir ella dentro de poco.
- ¿Ella?
- Sí, creía que ya te lo había dicho.

Poco después suena el timbre. ¿Eres? Sí ¿Qué tal? Bien, te estaba esperando. Tienes una casa muy bonita, Alberto, la entrada está muy bien decorada. Mamá es muy aficionada… mira, te presento a papá. Hola. Hola. Mira, papá, la conocí en el trabajo ¿A que es muy hermosa? Oh sí, sí. He decidido que viniese para enseñarle mis colecciones y también había pensado en que se quedase a cenar algo. ¿Papá? ¿Qué, papá? ¿Qué piensas? No, nada, hijo, en mis cosas.
...

Qué ganas tenía de que vinieras, Laura. Tengo no pocas cosas que enseñarte. Mira, esta es mi habitación. Mola mazo ¿A que sí? Siéntate cómoda, puedes coger los libros que quieras y, también, poner un disco que te guste. ¿Te encuentras bien? Yo te veo bien, es sólo que me gustaría que me lo dijeses tú. Oh, Claudia, eres tan guapa. Voy a empezar por el plato fuerte. En este cajón se encuentra una maravilla de la ciencia. Mira, es un bote de cristal. Parece no contener nada dentro y, además, si lo muevo no suena ¿Ves? Sin embargo, si acercas esta lupa verás a seis personitas hechas a mi imagen y semejanza sólo que muy pequeñitas. ¿A que es increíble? Les voy a colocar en tu pierna, ya verás. Es sólo verter el bote. Te aviso que son un poco traviesos, aunque nunca se escapan. Qué divertido, Lidia, que hayas venido. Mira, mira con la lupa cómo se mueven. Eso es que les caes bien. ¿Te hacen cosquillas? Ja, ja. Está bien, elegiré yo la música. Mi colección de jazz está bastante bien. Mira, este es una rareza. Ya verás, suena muy bien, aunque flojea a partir de la tercera. Creo. Tampoco soy un entendido. Déjales corretear a sus anchas, lo entienden como un recreo, cuando quieren regresar al bote se quedan quietos. Se me ha olvidado decirte que no respires muy fuerte delante de ellos. Una vez me pasó que… ¿Te encuentras bien? Mira, Gloria, para mi gusto la entrada de la guitarra en esta no está del todo mal. Luego se lo carga, pero al principio está bien. Estar aquí contigo hoy es como estar en el paraíso ¿Sabes? Tengo tebeos ¿Quieres ver mis tebeos? Si por mí fuera los tendría guardados en una caja fuerte.


Roberto, creo que me he cargado a uno de tus bichos sin querer.
Déjame mirar. Lo siento. Oh, no, no te preocupes, Clara. Es el número dos, le gusta hacerse el muerto ¿Ves cómo a veces se le nota que respira? Siempre está jugando. Ja, ja. Malditos enanos. Despierta John. No te hagas el remolón, sé que te quedarías un rato más con Sara, pero ya es hora de que vuelvas al bote junto con tus hermanitos. Perdóname, Silvia. Quizá ha sido un atrevimiento. No son malos chicos. ¿Jordan? ¿Te has escondido, Jordan? Mira, estaba haciendo escalada. Jordan es el más marchoso de los seis. Ja, ja. Ahí está. Al bote, Jordan, es la hora de dormir. Escucha este solo de tenor, contrasta mucho con el sonido de la trompeta. Estos tíos eran genios. ¿Marta? ¿Tienes hambre? No quisiera que te aburrieses.

...
Te seré sincera, Carlos. Nunca he entendido mucho los tebeos de superhéroes ¿Sabes? Pero diría que tienen buena pinta. Este, por ejemplo. Ah, ese es buenísimo. Te lo presto, si quieres. No te preocupes. Va de un asesino que no sabe que lo es, aunque tiene flashbacks y, a veces, todo le parece muy extraño. ¿Te imaginas? En la vida real es un hombre recto y trabajador en unas oficinas de empleo. En serio, si te gusta, llévatelo. De verdad, me da igual. Creo que… Ah, me parece que deberías escuchar este otro disco. Mira, es un trío. Ella canta suave, ya verás. Percusión, un piano y ella ¿Para qué más? El piano a veces también hace de percusión. Oh, Elena, no había caído, perdóname ¿Quisieras una cocacola? Las metí esta mañana, deberían estar frías. ¿Y otra cosa? ¿Quieres otra cosa? Me suena que había algún Nestea.


¿Cómo ha quedado el partido, papá? Lucía y yo hemos decidido que cenaremos pizza. ¿Sabes si mamá llegará hoy antes de las once? Quizá la espere para contarle lo que me dijo la abuela. Cada vez la noto más rara. Ha perdido mucho. ¿Papá? Ah ¿Tiene pinta de que vayan a remontar? ¿Papá? Sí, ella está esperándome.


Perdona, Margarita. Estaba hablando con mi padre y además he visto que tenía una llamada perdida de un número raro cuando he llamado a la pizzería ¿Cuatro quesos con rúcula está bien, no? La de piña con beicon también la hacen muy bien. Todavía estoy por llamar y pedir una porción para que la pruebes.
Eres un encanto, Juan.
Compré algo para ti, es una tontería, casi se me olvida. Mira.
Oh, es precioso. Ja, ja.
Lo cogí viniendo del metro. Ja, ja ¿Entonces, te gusta?
Pero no tenías por qué haberte molestado.
Oh, fue un placer. No pude… No supe evitarlo.
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martes

Visita

La última vez que la vi estaba hospitalizada. ¿Qué llevas ahí? Dijo. Es un regalo. ¿La depresión de España? Está, dije, tachado por Fernando Millán. Ah, dijo. Hicimos el amor allí mismo, poco me importaba que una venda cubriese su entonces ya inexistente nariz. Detrás de eso, al fin y al cabo, estaba ella, pensé, y, cuando conseguí quitarme eso de la cabeza, me corrí. Nada más abrocharme la bragueta entró una de sus enfermeras. ¿Han venido a verte hoy eh? Soy Alberto, dije, mintiendo sobre mi verdadero nombre. La enfermera me dijo que había habido un problema con la cocina y que la comida no estaría lista hasta dentro de un poco más de media hora. Bien, dije, nosotros hablamos mientras. Bien, dijo. Echó un vistazo al suero y nos dejó a solas de nuevo. ¿Aquí no se puede fumar, no? Dije mientras encendía un cigarro. ¿Crees que lo ha visto? Dijo señalando la sábana. ¿Qué más da? Dije, y chupé el cigarro. ¿Tú cómo estás? Limpia el semen, joder, dijo. Vale, dije. Echa agua aunque sea, dijo. Después de todo eso estuvimos hablando aunque no teníamos nada de qué hablar. Me cortó en uno de los momentos en que estaba diciendo cualquier nada para pedirme un cigarro. Lo encendí en mi boca y lo coloqué en la suya. ¿No te recuerda esto al colegio? No, dije y también añadí que me hubiese gustado mucho que hubiera otro paciente en la habitación, uno de esos que van a palmar casi fijo, con su señora al lado, añadí también, cogiéndole una mano. Abre la ventana, dijo, se nota el humo. Abrí, nos miramos un rato sin decirnos nada hasta que ella dijo ¿Qué? Estoy al cigarro. Cuando lo terminó le dije que me lo diera y lo tiré por el váter al igual que hice con el mío. Me volví a sentar a la vuelta. Estás hecha un adefesio, le dije. Ella me aguantó la mirada y al final fui yo el que la colocó en otra parte. Poco a poco, dije, y repetí: poco a poco, mirando hacia la parte baja de la camilla. Cogió el libro que la había traído y lo hojeó y yo continué mirando a la parte baja de la camilla. ¿Qué crees que habrá tachado aquí? Dijo señalándome una página. Me da igual, dije y la pregunté si la gustaba. ¿Tú qué crees? Dijo. Ah, dije. La verdad es que no sé qué me gusta, dijo. Ya, yo tampoco, dije. Es un detalle, dijo, que te hayas acordado de mí y tu visita, dijo. No tiene importancia, dije ¿Otro cigarro? No, mejor no, dijo. Espero a que te llegue la comida y me marcho, he quedado para ver el partido con un compañero que vive a tomar por saco. Su mujer ha estado haciendo comida y no sé qué, añadí. ¿Me quieres? Preguntó. Sí, dije. Me miró. Dije que si se ponía a llorar me iba. Me recosté y cerré un poco los ojos. Poco después trajeron la comida para ella, pescado y ensalada. Tenía buena pinta. Por lo menos hoy estás acompañada, dijo la enfermera, pero yo no estaba seguro de si era la misma que había venido antes. Vi cómo deshacía el papelillo de los cubiertos mientras yo avanzaba hacia el chaquetón. Ven más, dijo. Dije que a ver cómo andaba de tiempo. Tú a recuperarte, dije enviando un beso y me dirigí hacia la puerta. Gracias dijo antes de que cerrase.
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