jueves

Nuevas aventuras de un castrado fiel

Nueve de la mañana. Llego a casa. Me sirvo un Ken Lough con hielo y cierro los ojos. Cuando los abro el hielo ya se ha derretido. Me bebo la mezcla. Pienso en mi pobre madre, en mi pobre padre. Pienso en que no existen y vuelvo a cerrar los ojos. Si tuviera corazón lo echaría al interior de una olla y me haría un caldito. La noche anterior no dormí (vermouth casero y ron), algunas casas extrañas me dan eso. Sólo no son extraños los gatos de Yara, a la que, pobre, apenas he saludado al entrar. Lo lamento. No me gusta que digan que soy un alcohólico. No me gusta que digan que tengo la cara hinchada y barriga. Si me rajaran saldrían los mismos trastos que si, de nuevo, estuviese delgadito. He de entregar los papeles compulsados de la minusvalía en la universidad. Por eso voy a llenar de nuevo el vaso con hielos. Una sordomuda vino a mí y la confundí con la virgen María. Le di dinero. Hoy todo es haberse marchado para pasar hambre. Me deben dinero por todos los lados y la virgen María hace como que no oye. Yo firmé, dejé el dinero y dije adiós. Pensaba que sería para los comunistas. He vuelto a titular mis memorias, viablemente fracasadas, Aventuras de un castrado fiel. El otro día fui a putas. Me parece un tejemaneje triste y casi termino ayudando con el ganchillo a las dueñas del panegírico -geriátricas-, que estaban más por follar que la dulce Ana, Anita, Anitita o como coño se llamase aquel lejano amor mío, negra del Este. Ah, diría un comunista, pero para whisky y putas sí que tienes. Pues tampoco, hijo, tampoco. Lo que pasa es que lo mezclo y luego me da igual dónde termino. Las putas te dejan la cabeza fría, igual que las ex novias, y el whisky o lo que sea te la rehace en otro tiempo. Por el camino, te mueres o no y ya está. Si despiertas en el médico porque despiertas en el médico y si despiertas en la comisaría porque despiertas en la comisaría. Lo mejor, letras mías, ofrenda universal de mi puto error de nacido, es no despertarse y ya está. Quien lo probó lo sabe (benditas y psiquiátricas curas de sueño).
Abuela, no sé si te uso o te quiero, aquí es todo literatura. Y en la literatura lo único que se quiere es la puta letra (ni siquiera, como demuestra este inicio de texto, se le quiere a la literatura). Tampoco me va tan mal. Me gusta mucho el ayuno, tener whisky de cuando fui millonario y, encima, mi tía Pepa, otra dubitativa, me dio tabaco. Ahora me tumbo en el camastro y a esperar los efectos de la Ayahuasca, Belladona o como coño se llame. Aquí, en el escribir, lo que he hecho ha sido desnudar mi alma y encontrarme a cambio un nudo que, ay, puede que sea el de una soga. Vomitar sangre es señal de que aún tienes entrañas. Vomitar bilis, ya un lujo.
Pero no tengo problemas. Sé que mis órganos son de mentira. Todo se reduce a mi teoría del piano. En el psiquiátrico -Dr. Esquerdo, año 98- existía en el salón un piano roto. A menudo lo toqué y reuní como entusiastas espectadores el suficientemente número de enfermos. Luego venían las estudiantes de psicología a hacer una visita y yo, en pijama, pelo largo enmarañado y barba rala, les decía que me dieran besos. Y lo hacían. Hoy soy Gérard de Nerval a los 83 años.
El whisky ya no existe, ahora miro una ventana a ver si, con mala fortuna, veo aparecer a Anitita, a quien traté como el buen chico que no soy o soy sólo cuando me encuentro de sopetón con la virgen. Un idiota con un cerebro en una mano y en la otra cualquier cosa de esas que también manchan.
Me parece que, si el tiempo corresponde a mi chaladura siempre valiosísima para los otros, a estas horas debería de estar en la facu, que no deja de ser un lugar donde hay pintadas idiotas que hablan de un gobierno medio imaginario y tonto -que lo es-. Yo he cagado en el botiquín del Che y luego me he limpiado con la perilla helada del señor Ulianov dejándome un regusto a flor de Groenlandia en el ano. Pero las churris que voy conociendo a nivel colegueo parecen sensatas (a los dieciocho se puede ser sensato, cosa que a los veinticuatro no, y nunca ha sido mi caso) y además, algo así como buenorras, como con una belleza ya decidida que no perderán si no se las olvida, y deseo que nunca se las olvide, porque me caen muy bien y, a buen seguro, tengo mucho que aprender de ellas, por mucho que practiquen intimismos (siempre fúnebres).
Todo Jesús huye de un país para visitar un nido de oscuras coronas y solemnidad siniestra. Eso lo aprendes en párvulos, joder.
Yo sólo soy alegría, lo juro. No sé qué más añadir a este párrafo. Soy alegría en un bidón de azúcar que quieren vaciar unos golosos con caries hasta en el pie izquierdo.
Y soy optimista. Creo que me va a ir bien y que aprenderé mucho más (si no lo creo yo, los órganos se conjuran). Y todo puede ser como el piano de Dr. Esquerdo que, aunque roto, sólo sonaba bien cuando lo tocaba alguien con un pijama lo suficientemente precioso. (Gracias mamá).

lunes

Madrid, Madrid


foto: Moncho (Mopa)

Madrid es una persiana que da al interior de ti, abuela mía, que me enseñaste que no se puede salir a la calle y coger, por las buenas, algo que no sea una enfermedad de esas, que hay que salir con el abrigo puesto y el horroroso calor de la bufanda en el metro. El abuelo siempre olía a colonia en una sociedad donde el resto de caballeros que había en el bar se creía que no olía a nada, eso creían mientras la maquinita daba avisos y, en ocasiones, algo de suelto. Eran domingos de Aluche. La patria de mi pobre barrio, de “mi” siempre barrio, dócil y bueno como un perro despistado, dormido a la sombra de uno de los pinos del parque Arias Navarro, donde yo jugué y jugué, primero a los columpios y luego al fútbol, siempre menos serio que los columpios. Y el tobogán, que caía al barro de los primeros días de lluvia en esos octubres de mamá y otras chicas guapas que había por allí no se sabe si pendientes de nosotros, futuros drogotas sin el futuro que dije cuando, antes de drogotas, dije futuro.
Hoy me asusta cualquier cosa. El temario de la universidad (hoy primer día) me asusta, el trabajo que me ha ofrecido mi amigo Pablo también me asusta. Menos caminar, todo me asusta. Lo bueno es que caminando (también ayuda el whisky -Ken Lough-) los sustos se quedan detrás de cada paso, inclusive si es en falso.
Durante otra época que también me daba miedo viví (Ruano/Umbral) en escritor. Tiraba del dudoso oficio de mis voces interiores y mi casi siempre fresca (en veces ordinaria) locura de esquizofrénico algo paleto y viablemente gracioso en las visitas que nos hacían los marqueses en la calle Illescas. Que vienen -decía mi tía Pepa- hay que sacar a Alberto cuanto antes. Y me abrían la perrera o gatera o lo que fuera eso.
Por las noches, una vez muerto el abuelo (vicio y rosa), yo dormía con la abuela que siempre olió a leche y a pueblo, a mujer y carbón, a cocina y, permítanme, canción de Imperio Argentina.
Escucho jazz en mi búnker de Lavapiés y escribo una jornada de miedo. De niño llegaba con la meada y, hoy, cincuenta años después llego con el ordenador, la impresora (novia mía de la infancia) y un paseo que hoy daré hasta Lengua de Trapo por si los señores me sacan de una vez o me dicen, que también lo quiero, que me vaya a tomar por saco. Necesito dinero, pero tengo algo para esperar a necesitarlo aún más. Los periódicos, en cambio, no me hacen ninguna falta. El día en que Ken Lough muera avisaré y, si no, dispararé antes (siempre a la única cabeza que me creo haber usado).
Lavapiés para mí no es un barrio que dicen súpercultural y a la moda más que el lugar donde compro en cuatro tiendas. Lo juro por Lavapiés.
Volveré a Valseca, abuela. Es un lugar que apenas existe desde que no estás. Una chica clara, un bar indeciso y, luego, dos o tres amigos. Pero sin ti todo lo demás tampoco existe. Hoy estoy llorando, pero es sólo porque tengo miedo, porque sé que no soy nada y porque la nada vicia hasta el punto, en veces, de acabar sólo en el recuerdo, como yo, mientras tecleo, hago hoy contigo, amor mío, no existen chicas como tú. Y tus hijos, de ti tampoco es que me dejaran nada. Porque yo era nieto. Tú abuela, eras mi amor (eres, el de mi vida) y esta panda de absurdos ha hecho como que no se ha enterado.
Art Farmer & company y dar de comer a la perra de Carmen (Ona). Los gatos de Yara me esperaron el sábado en mi habitación. Fue una sorpresa agradable. Sólo soy cariñoso con los animales. En las personas siempre veo un extraño que no encuentra el camino de vuelta. Sólo veo un órgano o dos a los que llenar, en mi manera -algo bruta- de cultura universal.
En el bar ya soy “ese chico tan educado que sale con mozas buenas aunque, yo creo, no finaliza”. Tienen razón, le doy vueltas al Rosa Rosae y no termino el compendio. Las amo, no tienen ninguna duda y permito que ese sea el inicio, absurdo, de mi duda. Por lo demás, Buena cocina, alguna caña y también resulta que, de lo que tienen, soy el único que bebe Ballantines. Mi whisky de hoy, que tiro al reciclado en momentos de pasión ajena, como ya he dicho, es el Ken Lough.
Alberto siempre ha hecho muy bien las tonterías. Los marqueses lo adoran. Pero Alberto un día se va a morir (también de hacerse gracia a sí mismo) y dirán que el chico que inició estudios y seguramente fracasó (literatura) se ha muerto y, quién sabe, si me llevarán al pueblo o serán mejor afortunados los gusanos de Carabanchel.
Leo, hoy -Los bosques de Upsala pueden esperar- Los cuadernos de Luis Vives, que son en mi amigo Umbral lo que los de Malte Laurids Brigge en Rilke y tanto o más maravillosos. Me conocen en la biblioteca como casi tímido y, por lo demás, en los madriles llevo la vida de nuestro Pedro el de Arrebato.
Si abuela estuviera, si tú estuvieras, Ciriaca, no necesariamente estarías orgullosa. Pero me reconocerías enseguida. Y me darías un abrazo que significaría todo lo que no tengo hoy y, sé, no voy a tener jamás. Te quiero. El resto de chicas son historia, mozas buenas que me acompañan al bar. Escoria que adoro, pero escoria. Y, encima, si lo leen, me perdonan.
T Kiero. Como ya he dicho (casi siempre medio rezando a no sé quién, siempre al otro lado de esta parte de la persiana).

miércoles

A veces sueño que Umbral me mete una ostia

Mi vida en Madrid se debate entre una cucaracha pegada al parqué y la lamparilla de papel que da luz a mi cuarto, algún recuerdo de mejoría y más de tres escenas de pánico.

El sábado, en una machada bastante impropia para mí, tiré al reciclado las botellas de whisky (una de ellas a la mitad). Se lo prometí a María una noche antes. Era mi renuncia a estar solo y también la desaparición del único amigo que siempre me dio lo que me prometía. Da igual la marca porque mucho de ese resto puede ser silencio suplido por agua del grifo de Madrid, posiblemente el mayor regalo de esta ciudad.

Los autobuses hoy eran un recado que he aprovechado para leer a quien, de inmediato, me ha sugerido ser quizá el mejor novelista vivo, Álvaro Colomer (Barcelona, 1973), Mimodrama de una ciudad muerta, Ed. Siruela. Se lo quería contar a toda esa escoria de la que me creo amigo. Luego lo he olvidado. Incluso he coincidido con Jacobo Siruela -posiblemente el editor más chalado que ha puesto pie en Finisterre- en una visita a Marta a la librería y decidido de inmediato que se me saliesen esos tornillos junto con mi idea por mucho que a estas horas esté deseando -es mucho decir de un libro, ya- retomar la historia. Qué caray, escribirla yo. Pero es que para eso, machito, hay que saber mucho. Si al Chuck Palahniuk se le diera mejor la novela que el estribillo, sin duda, escribiría como lo hace Álvaro Colomer (me quedo muy corto, sí). No recuerdo una sorpresa mayor (de época) desde Ventajas de viajar en tren de Antonio Orejudo o España de Manuel Vilas, a las que cabe añadir el blog Lector Malherido.

A estas horas mi cama me espera con sus habituales clavos y merecidísima guillotina. Mañana seré otro. Cambiaré mi camiseta del Nápoles (que vive de los años, hoy remotos, a los que pertenece la camiseta), me pondré negro con liso, perfumaré después del duchado y repartiré publicidad por el barrio de Chamartín. Siempre pierdo de muy distinta forma. Si me ves por la calle puedes abrirme con una cheira y comprobar que apenas hay órganos que coger. Peor sería si lo que buscases es dignidad. No sé, si buscas a tu hermana pequeña, a lo mejor tienes más suerte.

Hoy ya es otro día. De anoche recuerdo uno de mis jobis favoritos, escuchar el ronroneo de los gatos de Yara antes de decidir si, en caso de incendio, podría suplir en un salto la distancia que hay hasta la ventana adjunta del patio. También friego la mermelada de arándanos creándome la ilusión de que se trata de mi propia sangre, o de la de otro cualquiera inclusivamente, ya que, en mi melondro, suele ser la misma.
Estoy deseando que pongan un metro en la calle Cabeza, que es una de mis favoritas.

He de repartir publicidad. Cuando tenga de nuevo internet lo colgaré todo. No he leído lo que escribí ayer, stop. Es así como hago últimamente. Y me gusta. Escribir me ayuda a tener ganas de comer manzanas. Y son muy sanas, todo lo que diga es poco. Ayudan a no sé qué.

Es por la noche, las tantas. He repartido publi muy bien. Consiste en ser amable y aguantar la jodida amabilidad de los demás. Mola. He bebido, pero poco. Bueno… con Moncho. Bien. Tenía en la cabeza muchas cosas brillantes que escribir, pero eso, parece, era antes. Antes de que me haya comido la jodida cucaracha incrustada al parqué de esta habitación en la que, si no soy un ángel, por ahí ando, sólo que con un solo ala que tampoco es que sepa dónde está pero, supongo, limpia de desperdicios alguna de mis orejas.
Me he hecho colega de los del bar de abajo, son de Guadalajara y a mí me recuerdan a esos peluqueros de El príncipe de Zamunda que, resultaba, eran todos Eddie Murphy.

Razón no les faltaba a quienes decían en mi pueblo que con mujeres has de tratar sólo cuando tengas el rabo tan duro que los únicos que te duelan sean los pantalones, que no son de ti, pero que a veces pueden serlo. Si escribo que no follo a mis jodidísimas fans se les derrite el chichi pensando en otra punta. Como decía Javier Marías ¿Qué es la literatura (o la vida) sin ellas y ellos? Di que sí, maestro ¿Qué, ojos de lirio, amor, sin el bulto mis cojones? Otra llamada de Herralde para tocar los huevos, coño. Voy a poner el móvil en silencio de una puta vez. Y si no llama Herralde, llama Gimferrer. Ahora que voy a estudiar literatura no diré que me llevo con toda esa gentuza porque capaces son la juventud de empezar a comerme la polla, pero sin saber de amor ni nada, sino sus cuatro evangelios hechos de jachises.
Si no tuviera tres vasos que fregar a lo mejor seguía escribiendo pero, como es el caso, a lo mejor mañana continúo y lo cuelgo para que os hagáis ese dildo tan especial que os reserváis durante toda la semana.


Hoy ya es otro día (también). La burguesía, que nos trajo el amor, consigo también trajo la puta solemnidad. Es esta cuestión, si posible más estúpida que el propio amor, lo que ha traído problemas a mis nervios esta mañana en mis rutinarios y siempre divertidísimos quehaceres matutinos (papeleo). No lo voy a contar. Me aburre solemnemente.

En cambio sí decir de lo bueno. He aprendido muchas nuevas calles de Madrid y andado hasta la ermita del arcángel san Miguel a pedirle a dios que, por favor, no me haga más hermoso todavía, sino solamente multimillonario. También le he dicho que no me haga jugar a la lotería, que yo paso de esa cultura retrógrada y engaña-pobres, y que me ponga el dinero en el buzón directamente.
Nada más salir he pisado una ñorda. Eso, en sí, no da suerte. Les cuento. Para que dé suerte, es necesario agacharse e involucrarse un poquito, no necesariamente comérsela, que les veo venir, pero sí acercarse, tocarla e incluso hablarla como se le hablan a las señales de dios, atenta y espaciadamente. Es decir, después de un par de caricias: Oh bonita mierda que por mí has sido pisada y que probablemente fuiste queso camembert o manzana en rama, te quiero como a una hermana, le acabo de pedir a nuestro señor que deje dinero a mi nombre en el buzón que, hoy que vivo en Madrid, muy difícilmente tengo en ocasiones para cañas y tú, oh mierda, has de ser bendecida en ese milagro mientras eres aún más deshecha en este nuestro mundo.
Y darle un besito.

A la vuelta me he permitido, sí, una caña (1´20) en mi nuevo oratorio del surrealismo español (no la corriente medio intelectual de frikis Grupo surrealista de Madrid que pulula por estos barrios) sino la mía, en el bar El Taquito, donde esta noche veré el atleti. Y, ahora, tras hacer la compra de los moros -sexo-, en breve, tendré la suerte de continuar la obra de Colomer (próximamente Los bosques de Upsala).

Abrazos,
.

viernes

Ahorrar

Ya vivo en Madrid. No significa que no siga siendo amable a las miles de cartas que van llegando a la redacción pidiendo hijos ni tampoco que me haya convertido en lo que uno ve, cuando en la calle (asegúrate de que no esté yo), se beben los culines de un vino hecho en Madrid y promovido por esa exposición de asquerosos a los que yo no voy a saludar pero a quienes reiré las bromas hasta que la feria sea chapada.

Pero sigo escribiendo mejor que el colega de los de (oh rey) Lluvia andante semi-paralela, para goce de ustedes.

Hoy he dedicado el día a la felicidad, es decir también bastante al dinero. He buscado amigos -también con dinero, aunque había alguno (menos amigo seguramente) tieso del todo- a millas de mis tormentos, de mi distancia, de mí (claro) y hasta de mis asuntos. Y sólo les he encontrado a ellos. Gentuza fúnebre y drogota. Mola.

Esta mañana le he pedido trabajo a un indio de un kebab y hasta me lo iba a dar el cabrón. He estado por darle un beso pero hacía gesto como de que no. Luego le he dicho que yo estaba completamente loco tendiéndole mi carné de pirao, aunque no lo entendía y se lo he tenido que explicar mientras por las manos se me escurría la salsa del durum. Nos hemos hecho colegas y, aunque no entiende muy bien mis chistes, ya tengo un sitio dabuten para comer barato y, a lo mejor, ya digo, hasta trabajo en épocas flacas. Hasta le he enseñado la dentadura cuando he pedido el curro. Joder, cómo me mola hacer el jilipollas mientras hago colegas. No entiendo por qué hay quienes critican que Madrid se haya llenado de moros, latinos, indios, rumanos y sus madres. A mí me encanta. En serio, y, es más, me corro de lo que me encanta. Se lo he dicho a una nueva vecina ancianita en el ascensor. Iba al segundo y he esperado a que abriese mientras pensaba alegremente que ya tenía otra habitación de la que ser okupa. Esto está bien Albertito, se empieza ayudándoles a meter la compra y luego ya vía libre para follarte a las nietas, los nietos y el marido.

Lo que estoy contando aquí es, más o menos, mi felicidad. Si bien no me olvido que empecé esta carta hablando de unos tipos a los que definí como “asquerosos”. No lo eran. Desde luego no al uso. Me refiero no a los que me hice colega y van a entrar (ojalá) en el célebre blog La semejante criatura sino a los otros.

Mi belleza es evidente y también algo sarcástica. Me gusta ir con camisetas del Manchester -en mi imaginación que no pocos frutos le ha dado a este invernadero también soy mi admirado George Best- aunque soy del Tottenham, de los años ochenta (aún me valen) y pantalones bien con zapatos típicos de chaval y calcetines de rombos. Vestido así me siento como en mi pueblo (muy a menudo llevo también las camisetas de la peña, aunque a la mayoría ya se les ha quitado el dibujo, porque las lavo). Y al coger un vino -medio- se miraron los artistas y se dijeron ¿de dónde habrá salido este gatito? Pues eso está pero que muy mal y es como empiezan los líos de los chavalines. Ya digo, si mis propios prejuicios cupiesen en una papelera me metería entero. Y ya está. Luego no, luego hice mazo de colegas y, por supuesto, novias. La vida es así. Otros no os coméis una puta rosca -caricias en el lomo-. Conmigo es que no es fácil, no permito que ninguna moza no quiera tenerme como novio, o sí, pero ya después, cuando no tiene solución. Esta actitud -muy franca y definida, por desgracia algo notoria- me ha traído alguna bronca, pero mucho más de follar.

Ya sé que es duro. En este blog siempre hablo de vuestras asquerosas pollas pero, claro, llega un momento en el que dejo de sobárosla y por fin saco la mía, neng.

Un nuevo Kurt Vonnegut -joder, 6º piso-, una nueva botella, ya casi fundida, de Jameson, hielos, un vaso, un cuchillo y, de comer, farla (ah, y Marta lo ha dejado con el tonto de su novio) ¿Qué más quieres, marqués? Ahora a resistir. Con lo que sobra hay una fiesta el viernes, pero (lo siento, churris) no voy a poner la dirección todavía.

Las botellas de Jameson deberían traerlas con dos litros y medio como las de las cocacolas, porque se acaban enseguida y, encima, no se ahorra. Pero también por desgracia, los mundos del diseño son bastante inescrutables. Ya ves, amiguete, hay mucha jilipollez ¿A k molo cuando pongo jilipollez con jota? Pues así soy yo, mi niño de dentro es enorme y, cuando llora, sólo le puedo hacer caso, porque es tan guapo como yo y, a diferencia de mí, merece ser feliz.

He notado que, desde que vivo aquí, el tiempo es otro y que se debe a ello que el whisky corra más aprisa. Tengo que acostumbrarme a muchas cosas. El tiempo en Brunete era un tiempo tan muermo que no se te ocurría ninguna cosa y, entretanto, te metías en una página de esas. Aquí no. Ayer le dije a una señora de la calle Montera que me esperase para casarme con ella y se lo tomó en serio. Voy al súper y me conocen ¿con eso no se debería de hacer la revolución? Un paleto de Valseca llega a su casa en todo Madrid ¿No debería haber subsueldo? ¿Con qué cara he de mirar a mis amigos? Porque a las amigas, está claro, las miro todo el rato con la cara de follar, y eso vale para todas las mujeres, incluidas quienes no me ven y, curiosas ellas, me leen por este blog, aunque también me lo monto con jovencitos, muy jovencitos. Y con moracos. Mi polla está llena de cultura.

Con los gatos de Yara me llevo bien. Les estoy picando para que se vengan a vivir a mi habitación. Y gatix ya quiere, pero todavía tengo que convencer a Mistery sound. Ellos resolverán las finales dudas de mi existencia quitándose las legañas uno a otro. Los gatos somos buena gente.

Ya no me apetece escribir más. Un beso, sobre todo a Bellaluna.

Es otra mañana, como galletas chiquilín con leche, cambio el Jameson por Ken Lough y como una manzana. Puede no ser coña que le pida curro serio al puto indio. Aquí el dinero se va por bulerías, y si llamo a algún colega es peor. La gente es un perro gañán y yo un corazón resuelto en una nube que desaparece en los cajeros de 6000. He perdido, Madrid en cambio es hermosa. Yo, ya he dicho, en cambio, como hermosas manzanas, llamo a exnovias y follo con la corriente de la electricidad. Vicky puede ser, pasado mañana, un buen plan. Hoy me ha dicho que sólo se fija en las chicas. Le he dicho que lo haga por mí también. Menos trabajo, mola. Ahora me gusta la lentejuelas. Todo es tan normal. Quiero también dormir hoy. Se me han ondulado dos de Montera. Un poco de please, iba con Yara. Yo puedo ser mucho de putas, como cualquiera, que lo soy (cualquiera), y también mucho no (que lo soy: una negación, supongo). Pues he cogido y he ido al cole, para aprender ¿el qué? Pues cualquier cosa, cualquier persona, cualquier poyete de la calle y cualquier día. Pronto me haré a llevar caramelos en la gabardina. Me alegra mucho que en Madrid exista el vecindario normal, aparte mis coñas. Y me ayuda ser alguien distinto cada día y, en el fondo, el mismo tontorrón, el mismo chavalote algo vaguete -pero con sus cosas- que es que también es medio de Valseca y hasta muy frustrado pastor e incluso cura. Por dentro todo está permitido.

Un abrazo,

PD: Ojalá fuera Chesterton, no sé, (o Dragó) pero (es que) soy Alberto. Mientras sólo puedo ser eso y comerme unas sardinillas leo Correr tras el propio sombrero y el nuevo Vonnegut (mierda de leer, caray, pero bien).



CARTA 2:

Mis fuerzas están algo calladas. No sé si es mejor vivir con los padres, comer las mejores pizzas, jugar a la play y hacerse gayolas. Hoy, en teoría, iba a hacer una cerveza con una salsa, pero parece que los colegas pasan. Pues bien, que os joda una burra, he pensado. No puedo sacrificar mi sudor siempre eterno para que estén a gusto los señoritos. Uno aspira sólo a sobrevivir. El amor ¿Qué es eso nada más que ayudar a una vecina anciana a cruzar la carretera? Hoy he conocido a Fernando, un señor de 73 años que me ha invitado a dos gaseosas y contado sus ideas de suicidio. La vida es, ya lo he dicho, mitad rana y yo soy menos inteligente que una lata con media anchoa. Odio a mis amigos, me refugio en las palabras de nuestro señor:

Igual que Catón dictaba leyes en su pequeño Senado, y se sentaba atento a sus propios aplausos.

Odio a la vida, mis amigos y las putas que dicen que me aman. Odio todo, menos a nuestro señor. Antes para mí escribir era algo importante (sacrificar una tarde de atleti), ahora ni de coña. Menudos mentecatos y maleducados. Ojalá estuvieras aquí, Ire. Ojalá vieras por qué son unos simples. Unos encaramados a la foto en facebook. Unos sobraos.

Soy esquizo, sólo tengo una uva y mis amigos son medio escritores. Eso, junto con que te salga un grano sin aviso en la punta de la nariz, es de lo peor que te puede pasar en la vida. Por lo menos ellos han publicado. Hijosputa hay a tutiplén, las rosas también nacen de una semilla.



PD: Ya llaman. Adiós.
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domingo

Los monstruos


Después de mezclar una mitad en mis poros el resto de una lágrima por fin cayó hasta la boca y yo, como hice desde que el mundo es mundo, la tragué. Así hice con todo lo que se interponía entre yo y mi vida. Comer, defecar y despertarme eran mis obligaciones. En mis ratos libres observaba alguna de esas obras. Bien es cierto que sería injusto para conmigo no añadir que también me ocupaba de sacar la basura.

Durante mis trece años empecé a darme cuenta de que era un monstruo diferente cada día. Mi misión era mirarlo en el espejo y captar todas sus posibles dimensiones para luego adaptarlas visualmente sobre cada animal que me encontrase por la calle o por la casa indiferentemente. Poco después, ya lo he dicho, me dediqué a comer. Si bien recuerdo aquellos remotos años con cariño pues fue sólo entonces cuando fui sometido a una educación. No transcurrió demasiado tiempo entre eso y el descubrimiento de que todos los proyectos que hice en torno a ello eran vacíos. Aparte, descubrí que tampoco me interesaban especialmente los monstruos que existían en el resto de seres vivos, con quienes a menudo coincidía.

Recuerdo que en los trece y catorce yo me levantaba a la hora del pan. Antes me lavaba los dientes con cuidado de no rozar las yagas que ocupaban toda mi boca y ahí siguen, así como el exterior de esta y, más abajo, lo que es hoy una prolongación de la papada. Apenas me rasco tímidamente, las ronchas se caen y de mi cuello comienza a salir sangre y pus. En ocasiones dejo que la mezcla se seque y es después cuando me ocupo de fregarlo bien con agua y barro. Pero, para ser justo, debería decir que no tuve una deformidad hasta los 18, edad hasta la que me mantuve más o menos sereno.

Hoy, a los 68, soy agradecido a todas mis épocas porque siempre he querido ser bien nacido. Bien es cierto que la burguesía me ha cuidado como ha sabido e incluso, en su época, añadieron doseles a mi indumentaria para que ningún insecto se colase por los agujeros.

Como, ya he dicho, y no soporto vomitar. Sobre mis vómitos siempre he echado una hoja de laurel o parra y he observado ese deshecho como si fuese un plato de la nueva cocinera.

Mi familia ha ido muriéndose. Yo he ido ocupando nuevas habitaciones de esta, que es hoy mi mansión. Todos los días duermo en una cama distinta bajo un retrato distinto.
La comida llega en carro del pueblo. Apenas hay que ocuparse de entrar y salir demasiado.

Si no hubieran prohibido los títulos nobiliarios hoy sería barón, marqués o conde. No me importa demasiado ser solamente el inquilino de los trastos y, aunque en algunos años me han traído problemas los roedores, hoy son el único monstruo en el que me veo cuando, al levantarme, vuelvo al espejo, que es el mismo de mis días de aprendizaje.

Ellos, así como otros bichos, son los que se encargan de entrar en la casa. Lo único que les he pedido desde que comenzaron a invadirme fue algo de paciencia.
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viernes

Mis problemas con Juan Antonio


ilust: Moncho (mopae)

La ansiedad no existe, sólo existen las mujeres y sus rechonchas almejas rojas, carne y violeta, los labios rojos y fresa y esos anos, esas cavernas y las orejas y las narices. El alcohol no existe porque sabe el mar que es sólo un ansiolítico y la ansiedad es agua y la sal cualquier rosa en una cara llena de ramas. Todo eso le tuve que explicar a la policía.
Pero la policía no entiende nada. Juan Antonio se ve en su porra como un burgués ante la taza de su primer té en pijama y a la media tarde. Juan Antonio, le digo, que es de mi vida y es niño como yo y al que por eso lo quiero tanto y le doy mi corazón, que no tengo corazón, pero que sería peor no tener bar.

Del bar de la plaza de este pueblo (Brunete) que no es mío pero al que siempre me refiero con cariño, me echaron el domingo pasado por decirles guapas a las artesanitas (había mercadillo) y Juan Antonio se me puso que, si llego a tener corazón, le habría metido la porra hasta el oso de su caverna.

Brunete, es sabido, es una comidilla de fachas + burguesía semi-culpable. A esto le sumas un aspirante a jardinero con problemas mentales como yo y te sale de cuenta la marimorena de Jose Ramón de la Marimonera (los padres de él son los únicos habitantes vivos en la plaza de este pueblo-cementerio). Y, claro, nuestro Juan Antonio de guardia, y el cura, que tiene 3 coches.

Juan Antonio, coño, que llevo aquí toda mi depresiva vida, que ya me se conoce. Y Juan Antonio que no se me entera. Primero se pusieron chulos unos niñatos (uno me quería llevar a Móstoles ¿? para que me pegasen) y luego vino el dueño, que es un puto revienta-niños, con su cara de pornógrafo habitual, a decirme que abonara y me marchase (añadió: caballero). Le dije que no era del plus. Los violadores de niños es que son o del opus o del imagenio.
Sí, estas personas fueron las que se follaban a Makuliau Culkin y no el pobre Michael Jackson. Estos se la sacaban como si fuese un bolígrafo y escribían con ella un pleito a Dirty Diana porque, curiosamente y quitando el reuma, se parecía a su primer amor del pueblo.

Pues Juan Antonio sin enterarse.

Y yo, que ya he dicho, si tuviera corazón me lo comería (sin él) envuelto en pan de molde, quizá haya faltado a mi vida, a la vida, a nuestras costumbres, a mi educación. Porque es poco lógico que todo el mundo pueda tener la culpa de lo inmenso que es mi ego, retorcido, pulcro, primitivo. Dicho de otro modo, algo malo tendrá el tener los huevos muy grandes si te vas a tirar en plancha.

¿Qué es lo que quiero deciros? Quiero deciros -no os riáis de mí- que no sé de dónde he venido aquí, a esta vida mortal o, si queréis, a esta muerte vital. No lo sé; solamente sé que al venir a esta vida me recibieron las caricias de mis padres, no es que yo lo recuerde, es porque se lo he oído contar a ellos. Trad. Pedro Antonio Urbina.

Más adelante, san Agustín, ese inmenso retórico, habla de la voluntad, de la naturaleza, del rechazo y de la ciencia. Es decir, habla del amor o, al menos, de cómo lo busca, y a veces también en qué y con qué.

Otra vez Juan Antonio llamando al timbre. Que no abro, joder, que estoy leyendo a san Agustín. Vete a tu pueblo, Juan Antonio, que aquí sobras. Ah, que es este. Pues vaya. Bueno, pero yo ya me iré, eso fijo. No te pongas así, hombre. Me explico de nuevo: Mirar en un pozo el reflejo de la luna. Es de eso de lo que yo hablo todo el rato.

Un pozo que refleja a la luna refleja un pozo inverso, el agua es un trozo de plástico y lo mueve el viento. Yo he nacido para que los niños sepan. Es así, Juan Antonio. A mí me quitas mi ventana de facebook y me desintegro. No me han dejado trabajar de albañil ni de cablista ni de jardinillas ¿Qué puedo ser sino esto? Me refiero a esto que escribo, no a ninguna cosa importante, sólo a variaciones de este tipo. El desierto es igual siempre, pero siempre es otro porque las putas dunas se mueven y también los bichos esos asquerosos de quienes está lleno, igual que el cielo e igual que una persona que lo es de veras. Y no estoy hablando de amor, colega de la porra, pero una persona que realmente lo es, es simplemente una persona que, mientras estamos, estoy y está. Y ya.

Otro día sigo con esto. Escribir es malo para la salud, la policía y los médicos también, sigo con san Agustín, ya avisaré, stop, no sé qué deciros, stop, el desierto es un muñón de sangre y alguien siempre está en medio intentando que el sol no le vea. Así son también las excusas.
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jueves

Youkali


ilust: Javi Reta productions

Mis abuelos se reproducen cada cinco meses. Cogen esas ratas bajo el barro y las ponen, todas con sangre, a vivir en casa. Hoy he ido a la consulta de la médica y me he puesto chulo. La esquizofrenia es lo único que tengo. Mi prueba de sanidad, mi evangelio siempre novísimo. Pues eso es lo que ha comprobado herr doctora. ¿Entonces usted tiene esquizofrenia? No, pero sí ¿Sabe? ¿Entonces qué le receto? Lo que le dé a usted la gana. Y así.
Últimamente como a lo cinco personas. No me sacio. Una cacerola de judías pintas con arroz y chorizo. Morcilla, pizza cuatro estaciones y las manzanas de la mañana que, claro, me mantienen en forma, pero es que después tengo que merendar y cenar. Luego de salir de herr doctora, dos whiskies en la plaza. Jameson. Ese whisky de mierda que bebían en el hotel Kafka ese de mierda. Leo a Joseph Roth. Me gustan sus novelas porque son de gente que vive, bebe, se enferma, se repone, va a trabajar, se enamora de putas, se va a la guerra, viene de la guerra, se muere, folla y hasta le sale un hijo por el camino. Hoy: La cripta de los capuchinos. Maravilloso, como todo Joseph Roth. Lo he abierto mientras mi madre se quejaba de mi whisky en la consulta. Eso está muy mal, Alberto, eso está muy mal. Además ahora he vuelto a llamarme Sergio, como antes de nacer. Hubiera sido uno de los Sergios más guapos de la historia.

Nace otro hijo de mis abuelos. Tiene cara de atontado y, antes de entrar en mi habitación, le registro los bolsillos ¿Qué coño es esto? Quería meter una puta piedra de jachís en mi cuarto. Ahora nos la vamos a fumar para que aprendas, le he dicho. Luego he notado que empezaba a ser amigo de este nuevo tío mío y ha sido cuando le he echado a patadas en la cabeza de mi cuarto. Cuando se arrastran porque no se quieren ir lo mejor no es intentar levantarlos sino seguir dando patadas.
Me viene bien fumar jachís. Tres dedales de Jameson, por favor, que quiero recordar el hotel Kafka. Cuando yo vivía y trabajaba allí iba gente de bien, por mí. Por eso se convirtió en un buen sitio de letras. Hoy sabe España que sólo van los hijos de Allende. Sonríen, les hacen la foto y de vuelta para casa. Si por el camino, con eso de salir en internet, les convencen para la columnita de Ámbito (Corte Inglés) pues mira, Felisa, que mi niño lo ha hecho.
Tope guay. Que mi amigo coge y gana el Lengua de Trapo, me dice Ramón Pernas: Aprende.

Por un coño prieto que dejé resistir, El tuercas me sacó del hotel Kafka como a un perro enfermo. Y no volví. Hoy follo con artistas de verdad, aparte con los putos moros.

Hoy he ido a Herr doctora y, mientras sacaba la vista de ese maravilloso cuento que es La cripta de los capuchinos o El peso falso u Hotel Savoy, le he dicho que no se andase con rodeos y que a mí me recetase cosas de verdad: Ampollas chungas. Yo no tengo ningún mal, sino varios bienes demasiado visibles, por eso me dedico al pobre sol de la escritura en casa. Por eso no ando drogándome con historias de diseño hechas para mis wannabees de la discoteca de Brunete. Por eso poto sobre sus aterciopelados cabellos restregados de Pantene pro uVe. Por todo, por nada y por más. En Valseca salen disfrazados con mi yo a la garita y saben, al menos, que les espera un mal día.

Los hijos de mis abuelos, embriones de mí, vienen a comer a mi mano judías sin hacer mientras yo echo helados en la cesta del súper. Plátano, pistacho, nuez, nata, fresa, vainilla, coco, melón, menta y chocolate.
La vida es dulce y las cucarachas tienen patas.

Mientras tomaba whisky en la plaza del pueblo un padre de familia me ha preguntado por oficinas de turismo (Brunete es así) y me he dado cuenta que terminé por aprenderme cada dirección de este pueblo mientras decía Derecha, derecha, izquierda, arriba todo seguido e izquierda otra vez hasta dar con unas escaleras. Se ha equivocado, he visto, en la primera derecha y, he calculado, tarde o temprano iba a acabar esa buena familia en el cementerio. Luego he vuelto a abrir el cuento de Joseph Roth y he dicho a la camarera (17 años y atiende con gafas de sol en la barra de dentro) que pusiese otro.
He dicho qué se debe. Con demasiado grande sonrisa me ha preguntado qué tal y he depositado seis euros en la barra. Ha sonreído más. Yo me he ido. En teoría, iba a escribir algo a la vuelta.
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