domingo

quién sabe si algún día, cuando tú me perdones



Somos pocos, nuestras narices apenas aguantan un estornudo, tampoco tenemos dientes, acaso nos apañamos con un colmillo para degustar el pan de nuestras sopas de ajo, nuestros ojos están algo descosidos y sus hilachos aguantan mejor cuando cerrados, siempre dejamos en las almohadas algún trozo de piel, así siempre, pero algún día, digo, algún día... A nuestras mujeres no les queda pelo, se lo han comido todo. El mundo empezó siendo una hermosa cabellera. Los dentistas nos apreciaban y también eso ocurría en alguna floristería. Los sastres nos ofrecían sonrisas de un millón de pesetas. La vida era algo a considerar.

A nuestros hijitos primero les separaron de nosotros. Querían que no gritáramos. Vimos cómo colgaban sus brazos a una viga y les duchaban con leche agria, después soltaban unas mangostas y, poco a poco, estas se acostumbraban a crear un agujero partiendo de sus pequeños ombligos, para luego vivir allí con sus crías. Nosotros sólo éramos unos espectadores de lujo, palco. Las empleadas domésticas, notamos, comenzaron en aquella época a retirarnos el saludo.

Al menos nos tenemos los unos a los otros, les digo a las pulgas que mi perro aún no ha partido por la mitad. Es un buen chico, se llama Pequeño, aunque atiende por Coge.

Hace poco tiempo que me he ido acostumbrando. Me abrí una cuenta en twitter y coleccioné algunos elogios de las chicas mientras vendía a la ciencia alguna legaña. Los científicos no quieren que nada de esto vuelva a repetirse.

La vida gira porque nosotros nos levantamos a pesar de todo y también de la arrogancia con que nos tratan algunos jóvenes. Por favor, ojalá me perdonen. Yo un día hice un bostezo más grande que yo y así me quedé a partir de entonces. Al día siguiente no fui al colegio y, me contaron, llegaron a rezar en el aula para que yo me pusiera bueno. Imagina a 30 pobres autistas rezando para que yo me curase de mi autocompasión.

A veces, hoy día, salgo a la calle. El sol me provoca algunos dolores en la frente, pero también agradezco lo que hace con las pústulas que tengo a lo largo de toda la espalda. Noto el sonido gaseoso y comienzo a sentir alivio. ¿Qué más da que luego la frente se queje? Es un dolor que sale hacia fuera. Un día imaginé que, debido a eso, quizá se extendiese a los demás. Chorradas. El médico me ha dicho que rocíe mis manos con orín cuando note ese síntoma.

Nosotros nos llevábamos bien al principio. Lo que pasa es que nuestros cuerpos fueron separándose y, hoy día, hemos perdido por completo la comunicación. A veces la veo en sueños. Está en una caja de cristal y me dice cosas que no puedo oír. Sonrío, pero creo que no puede verme. Y, de todas maneras, claro, dirás, sólo es un sueño así que, si pudiera... si pudiera. Y yo, hoy digo: Algún día, algún día sí.
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viernes

una vaque, dos vaques, tres vaques


(Summer wine)

Hablar del recogimiento en Asturias para mí es hablar de una redundancia. Apenas necesito un litro de whisky para sobrevivir dos días, contento, observando hoy la lluvia que, en este sitio, también es casi una redundancia. Acabo de terminar la obra (esa póstuma) de Sylvia Plath, que es un muy buen libro para leer recogido aquí, en el sillón de aquí y en la cama de aquí.
Me encanta Asturias. Se me pegan el acento, las vaques y las ubres de las vaques que bailan, como las propias vaques, al viento de Asturias. Me rejuvenecen los cencerros, esto es sabido por los lectores, muy fieles, aparte algún moroso del taller de platos, de este blog que, como ya vengo avisando en los últimos post, no va de coños restregándose en la estratosfera, sino de alta cultura, aparte de Valseca, Mongolia y yo.

El amanecer de esta mañana me ha leído los últimos capítulos de una Sylvia Plath que, en su diario, se nos enseña como una pobre vaque con un ojo descosido y siempre trae los calostros con una lágrima que a lo mejor es de azúcar. Sylvia Plath debió conocer Asturias y pegarse una época larga conmigo, aquí, fregando vasos, y se hubiera dejado de asesinarse tanto, continuamente y, al final, hasta de verdad. Esta casa tiene muchos vasos y de muchos colores. Esto es un recogimiento con legiones de ellos y, siempre, como los sueños de Sylvia Plath, guardan un poco de polvo.

Lo que pasa en Asturias, es como con los diarios de Sylvia, que echas de menos Cádiz y con la luz del cigarro ver el molino. Aquí, mamá, todos los bares parecen un reencuentro de babas de mar completas de nieve y, en cada viejo sentado, me veo jugando al dominó de jovencito. Pienso extractos fabulosos para mi compromiso con el arte, que tanta chusma me ha traído a conocer y, en su medio, al fin a también personas con las que tomar un chato a gusto. Y bebo chupitos, feliz, junto a los viejos del dominó y las extraterrestres, ya digo, que tanto me han amado durante mi vida, de la que, por supuesto y muy afortunadamente, no suelo tener noticia alguna.
Voy a ir a lo importante: Tengo tabaco, guay. Pero ya me he fundido los euros, y eso que he sido muy invitado, afortunado y hasta precioso. Pues ya no tengo dinero, mamá, envíame. Echo, también, de menos a los moros de la plaza. Echo de menos al morito Quinto y a su hermano Efraim. Aparte de leer algún libro y de las compañías que más quiero, qué puedo hacer acá, sin dinero, aparte de darme a la felicidad típica de gente como yo, excesivamente preparada para la bufonería y, sobre todo, el amor.

Allá donde vaya tengo mi búnker y mi jazz americano de los años 30, algún libro y, en fin, aquí, también dije que había vasos y lluvia. Las paredes lloran de la humedad. Al fondo de mis vistas se contonean los eucaliptos. Son ideales para dejar que el lorazepam haga su efecto. Amo a las vaques, mato a besos a esos bichos. Ayer me reencontré con tréboles de tres, y alguno de cuatro hojas y esas vaques, con sus ojos orondos de semiflipada, me saludan y, más tarde, me siguen saludando. En las vaques todo saludo es el resumen de una vida a punto de ser contemplada, e inician el saludo al mismo tiempo que lo acaban, sin que se note dónde empieza un saludo o el otro y, mientras, rumian sus cuatro cosas, como haría cualquiera que tuviese la cabeza sobre los hombros. Luego vuelvo, de nuevo, a pensar en el aguardiente. Esa es la vida de un vecindario entero dando voces dentro de mi cuerpo. Cuando algún confundido, al fin, me decapite, irá saliendo toda esa urbe al grito de Estamos salvados, sitiarán la ciudad en que mi asesino se encuentre y cantarán la canción esa de Jesús es un mito para mí. El cura de Valseca (curilla para sus amigos) no me habla. Los curas con los que he dado no entienden el amor que dije de las vaques, para nada. La iglesia está podrida y yo no la he salvado porque me da asco. Aunque parezca que hay menos, mucha gente pone el cazo aún en esos edificios. Lo de los curas que violaban antes a los jovencitos también parece una cosa como del siglo XV, cuando al menos seguían existiendo oscuros duendes de regaliz y paseaban por la calle junto a los ogros del saco de chocolate, en las tardes, siempre que los mendigos y las hadas se estaban jugando la siesta.

Yo lo veo, en las reuniones, poco a poco, se ve que al final nuestra pregunta es la respuesta que daría cualquier decapitado. Ay, qué bien se está con este solecito, ahora unas no sé qué y, mira, Julia, merendábamos. Pues hasta ahí llega un decapitado el día domingo, porque tampoco es que haya más nada. El ocio es de marca, como la leche de niño, y menos mal que he descubierto esas cavernas en los ojos de las vaques. Hay allá el calor que no hay en las reuniones de familia. Dentro no se necesita la droga para dormir. Se arropa uno con medio lagrimal, a veces son sólo telarañas, y ronca la existencia de tanto y tanto hijo de puta, tranquilo y sin soñar nada.
De esas son las cosas de las que habla la buena de Sylvia Plath. De curar el cerdo con artesanía, pequeñita, enfrente solo de ella misma y, en ambas manos, el mundo, que es sólo eso que pasa, que le pasa. Y ya está. Qué otra cosa escribimos. Nada. La novela y la poesía son distintas exageraciones de una vanidad a la sombra de una excusa (pongamos, una historia). Los cuentos y las crónicas son extractos de una persona. Yo hasta como con cuentistas y gente de esa, novelistas, críticos. Yo digo que escribo crónicas. Eso es lo único que hago, aparte de follar como los conejos, con arañas, moros y, hoy, vaques con cencerros. Selecciono después, por ejemplo, “Roberta Gambarini” en los cascos, eso antes de mezclar el anís con el haloperidol, la carne con las avellanas y el disparo con el silencio.


(Recuerdo de una semana atrás).

Hoy he estado en Madrid arreglando un poco mis ahorros, decidiendo qué debía y qué no vivir de allí. Luego he llegado a un acuerdo para el alquiler y, después, he pasado aproximadamente toda la tarde charlando con Yara. Un whisky, dos cafés, unas efredrinas, esas cosas. ¿Dónde había olvidado yo el billete de 50€? Eso sigue siendo un misterio para la mayoría de nosotros. Aunque finalmente no hubimos de lamentarlo. Apareció otro distinto. El resto fue sentarme en la dos de mayo y encenderme unos cigarros mientras hacía algunas llamadas. La primera de ellas fue a un chamán cristiano que conocí en Guatemala y hoy reside en Miraflores. Presume de hablar llano (también con las estrellas) y de conservarse. Tiene setenta años. Los estiramientos de piel le han achinado los ojos. Lo ha cogido él. Ha preguntado que quién era. Le he dicho eso de Schopenhauer, que Toda voluntad surge de la carencia. Y he colgado. Pero no me ha hecho la suficiente gracia, así que he decidido hacer otra llamada. Como no tengo el teléfono de su mujer ni de su hija, le he vuelto a llamar a él. ¿Qué querías antes? Ha dicho. Le he dicho que soy Encarna de noche. Aquello seguía sin hacerme ninguna gracia. Me ha preguntado de nuevo que quién era. Le he dicho que me perdonara, que andaba confundido debido a que me había caído un meteorito caliente en la cabeza, pero que estaba convencido de que la voluntad surge de la carencia. Y he colgado. Todo era horrible, así que he mirado a ver si aparecía de nuevo un billete de 50€ y he tenido suerte. Los individuos, se sabe, son una soledad de átomos ilegible.
Atravesando aproximadamente cinco calles me he encontrado en mi hogar, pero antes he ido a despedirme (Yara). Una vez allí he empezado a recibir llamadas del chamán. Las dos primeras veces, en lugar de cogerlo, he llenado un vaso (bañera) de hielos y he vertido media botella de aguardiente (sin lugar a dudas mi amor primero durante estos años), lo he observado un buen rato y, cuando por fin me decidía a mezclar la buena dosis de estricnina, el teléfono ha sonado por tercera vez. Mierda, me he dicho, ya está otra vez este abuelete tocando los cojones. Qué podía esperar.
Todo eso sucedió ayer, como quien dice.
No sé si me he explicado, pero quiero terminar la crónica de hoy, la de las vaques y Sylvia Plath.


(Retorno a hoy).

Echo los 50€ de menos. Mucho. Más que ayer. Necesito whisky o aguardiente, sólo hablar de ello y tener que conformarme con la mirada de tres vaques, un libro, cancioncitas y, en fin, estoy/estaba/estuve escribiendo, pero lo dejo. La naturaleza es por completo irrespirable en los lugares donde mejor se representa. Un polo repele al otro y, mientras se mece un eucalipto, tras una vaque ando yo buscándome algún día en la mitad de otro libro. Y el yo es un vicio que no existe, a eso voy, a lo de siempre, da igual si allá o si acá, donde las cuatro vaques, las galletas de Triqui dominan un mundo creado a partir de sus migas. Van cayendo al suelo. Una mosca viene del café a la cuchara pasando por el libro (cerrado). Retornaré a la lectura de Los viajes de Gulliver. Iré, como la mosca, de un vaso a otro, de un cenicero a otro y, a lo mejor, cuando venga el del gas, sabré regalarle unas palabras de cariño; por lo menos.


Días después.

¿Para qué abro la botella de Dyc si no es para terminar por abrir otra lo antes posible? En el hospital, un tipo sabio me dijo: haz siempre lo contrario de lo que a tu cerebro se le ocurra. Así que lo hice. Nada más salir pensé que quería un bocadillo de mortadela con aceitunas e hice lo que, supuse, era lo contrario de un bocadillo de mortadela con aceitunas, me tiré a un coche de la carretera. El dueño frenó y me dijo si me encontraba bien. Sí, le dije, es que quería un bocadillo de mortadela con aceitunas. La señora que le acompañaba entendió perfectamente de lo que yo hablaba. Yo quería un bocata de mortadela con aceitunas, si no ¿qué demonios hacía bajo el coche de su marido o hermano o lo que fuese? Pues así toda la vida. Ayer se lo conté a una amiga, yo tuve un amor o algo así, pero hice lo contrario, que, en aquella ocasión, fue golpear con la barra de pan a un anciano señor del parque y salir corriendo. Todo es así de simple, lo digo completamente en serio. Que tu cerebro te pide abrir una de whisky y un harem de chorbas, tú lo contrario, que son: Cinco vaques. Ya verás como al final no te aburres. Y si sólo tienes una, pues también está bien. Esta mañana fui a ver a Plácido y me encontraba muy contento, así que miré a las vías y me dije ¿Y si me dejo atropellar por un Feve? La verdad es que funciono así, y la gente me odia y me quiere, al azar y generalmente. Si después de eso se siguen acordando de mí, dice la prensa italiana que los paranoicos del mundo comienzan a perseguirles mientras yo, a falta de tomar un whisky con una buena moza, le chupo el colgajete a un morito de 16 años. Hoy ya no me apetece escribir más, por eso escribo el doble. Y voy a abrir la de Dyc, que es, de todos los whiskies, el que odio más y también amo más de cuantos haya en la vida, es decir, en el supermercado. Si me gusta la cajera me enteraré de dónde vive y me follaré al gato de los vecinos de abajo o de arriba. La vida mola, joder, créeme jodido paranoide. Lo digo yo que, normalmente, siempre he sido un puto genio.
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miércoles

Pet


ilu: Moncho (Mopa)

Esto está bien. Me refiero a levantarse a las tres de la madrugada, dedicarse al ayuno y caminar por las montañas. Joder, pues claro que estoy bromeando Que qué otra cosa puedo hacer. Pensar en la literatura (Sabido es que me gasto las propinas de mi tía en chuparles los huevos a los moros de Lavapiés). Adoro a los moros, mi vida es un cántico a todos ellos. Yo, a diferencia de la mayoría de mendrugos que conozco, intento ofrecer sentido a mi vida a través de llevarle la contraria a mis deseos, pasiones -bajas, (ya he dicho lo de los putos moros)- y, más que nada, al amor (porque en este blog apenas se habla de pollas y chuminos, sino de arte mayor, y no me lleves la contraria, diría un amigo de los animales, porque me cago en la puta de oros).

Seis de la mañana. Mi ventana da a un adosado. Cada madrugada imagino sus putas vidas. Sus ventanas dan a la mía (no hace falta ser un lumbreras para ver esto) y, en fin, también supongo que, si quieren -hay mucho ocioso-, pueden, al mismo tiempo inclusive, atinar con mi yo de voyeur. Y ya está, de esto va muchas veces eso que llaman postmodernismo. Así, como si las meninges de los estudiosos de teoría en la complu mereciesen un museo del jamón. He pensado que no sería mal plan que algún lector -lectora sobre todo- de este blog (premiado en numerosas ocasiones en Francia, EEUU, Aravaca y Twitter) me invitase a ver la película Origen. A mí me gustan todas esas gilipolleces, sí. Bueno, en realidad no me gustan, pero me llevo la contraria y, por eso, como ya dije, follo con moros.

A las cinco me he puesto un café y ahora ya voy por el tercer Lagavulin. También tengo Johnny, es para enjuagarme cuando se me ha acabado el licor del polo. Los peores escritores de la historia, así, a bote pronto, son Beckett y Ionesco (mucho peor que Beckett porque quería ser Beckett y, si no llega a ser por sí mismo, casi acaba beckettiano). El mejor escritor de esta mañana es Coetzee (premio La semejante criatura de este agosto) que, a pesar de configurar las bases de sus novelas (Tierras de poniente, Diario de un mal año, Verano) en postmoderno (también lo hace Nick Cave), luego escribe, como diría Pérez Reverte: Pero que muy bien.

Ahora, en el momento en que me pongo mi cuarto Lagavulin, es cuando me siento de nuevo, pero esta vez a recibir premios. El vecino de enfrente ha levantado la persiana. Tendrá que ir a trabajar, pienso, y sacar al perro (adoro a la gente que prefiere dooberman) antes.
Ella (mayor) lee novelas en el porche sobre las doce de la noche. Es así como quiero yo crecer, lloro masturbándome (sabemos que en eso se resume la lírica en Wong Kar Wai)

Me había olvidado de que he quedado para follar con cuatro chicas mestizas. A ver si alguna aparece. Ahora que lo pienso, tengo el Johnny para sacarlo cuando me vienen visitas así.
Tampoco soy el monstruo de cien elevadísimas pollas que dicen, la verdad. Es todo blog. Es todo mitad rana. Cancelo yo la mayoría de las citas porque no he podido dormir, ay, no he podido dormir, ay. El insomnio es ver la vida a cámara lenta y que no te dé tiempo a salvar a nadie.

Yo una vez salvé de la muerte segura a un chaval con la cara llena de tachuelas y tatus en el metro de Madrid. No sé por qué me dio por ahí, pero lo salvé. Me lancé a la puerta en donde se había quedado su diástole, frené el turbo con los dientes y, al día siguiente, la dentista me cobró 40 por una limpieza. La vida es así aunque yo no pueda saber si yo soy así. El chico tragó un sapo del tamaño de Alemania cuando paró el metro (la cosa es que el conductor me vio por el espejo luchando contra la muerte de este hijo nuestro), no dijo nada. Yo le di una palmada y le dije que andase siempre cuidado. Ahora que lo pienso, creo que es lo más gracioso que ha salido de mi boca en toda mi vida.

Ya no existo y sólo me queda amar eso. Ya me voy acercando a lo amoroso en el poeta Cioran, a la vanidad del no-ser difundida (en plural) por Jung, al costado de la tercera intención (en realidad segunda siempre, pero los entendidos dicen tercera) en los escritos de mierda de Derrida.
Escribir esta mañana es convertir el Lagavulin en Johnny y no al revés (no en beckettiano, si acaso más como Ionesco interpretando los sueños del teatro de Beckett). En eso consiste mi jodida disciplina diaria. Porque, para la vida, quiero el Lagavulin.
He de entregar un texto antes del domingo a una nueva amiga editora y sólo me salen incoherencias de las seis y media tipo blog. Eso hago en lugar del mar. Echo de menos a las putas de Saigón.

Me llevo la contraria y, si seduzco -armas de mujer- a las notables, es para sacudirles la cabeza de drogas de su bolso hasta que me quieren sólo para pisar (sobre el cuerpo de este pobre siervo, alguien que siempre está ahí para lo que le eches y que le gusta). Porque no quiero follarte, lo que quiero es que, tras no estallarte la cabeza (porque yo no quise), quieras ponerme la pata chula y lo consigas. Así luego disfruta lamiendo moros, esa cucaracha. Pues claro.

Lo que pasa es que es todo mentira. Yo soy un niño, me encanta jugar al fútbol, ir a los bares cuando tengo suelto y ser amable con todo animal que se me ponga por delante, incluido el vecino del adosado de enfrente, por supuesto.
Y sufro mogollón (y a lo mejor es porque no ayuno ni paseo entre las montañas, que: cosas más raras he visto).
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viernes

Las vacaciones de verano son una obra maestra


Un niño ha caído por un terraplén y ha muerto esta mañana. Escribo desde mi pueblo (Valseca) alejado de los titulares, de mi novia medio macho y de los horteras de los jefes de oficina para quienes, en horas bien libres, trabajo de mozalbete, algo turbio, pero bien hecho y de esos que además tienen cultura (a la imaginación le pides un toro y te trae unas castañas asadas).
El domingo pasado cogí unos libros sueltos y me vine a casa de mi prima Felisina. El verano sólo es de los niños y de los mamarrachos como yo. He conocido también a esa gente que va en yates y ya cada vez estoy más seguro de que no existen. Me he traído libros y sin embargo leo el Hola. Veo la vida en el primer afeitado del hijo de la Obregón, en el pecho izquierdo de la novia de Briatori y en un sueño que se hizo mayor en la frente de ese ciclista que ya no me acuerdo cómo se llama. No hay niño que no quiera jugar conmigo. Les quito las motos cuando no miran y vendo sus piezas en la iglesia (siglo VII). Luego de cuidar los marranos de mi señor subo a la piscina. Desde que sólo bebo agua me ha dado por cantar bulerías en alto en medio de las plazoletas. Estos días de solazo y picoteo, la verdad, me están viniendo pero que muy bien a la salud mental que, a saber por qué, tiene revuelta a la opinión pública de media Francia (y esto no lo digo yo, sino que lo dice el Hola).

Un niño ha caído por un terraplén y ha muerto esta mañana. En el bar un colega me dice que ha entrado en mi página del internet y que eso parece Matrix. Robo a los niños las bicicletas (también) y las despeño en barrancos. Mi idea de la diversión es esa, no otra. Los tractores también los robo, yo es que soy así, y luego me inmolo con ellos y me da igual contra qué casa. Hoy he llamado guapetón a un pájaro porque se ha posado al lado mío. Menudo hijodeputa, luego no se iba. He tenido que tirar un par de piedras a ver si arrancaba. La nobleza de los pájaros es una mierda. A un simple gorrión le quitas las alas y luego no tienes más que comértelo de pena. Una vez escupidas las últimas plumas esa memoria dedica el resto de su vida a bailar encima del marcapasos una sarandonga cualquiera. Yo lo llevo muy mal. Por eso he dejado las drogas. Los chuches me tienen hoy obsesionado, ocupan todo mi puto ser de azúcar.

Por las noches salgo al bar. Por el camino saludo a los ancianos con mi frase favorita “Perdóneme ¿Usted no había fallecido? Porque me habían dicho que sí”. Un día voy a estallar de risa y de llorar y de llorar y de risa y dirán que se ha muerto ese joven de 65 años, el chico la Ciriaca, de miserere (comer caramelos en realidad), sí, ese que escribía incoherencias en los ordenadores y que estaba todo el día a pajotes aunque yo creo que también iba con putas, y con dinero de sus padres.

Los mamarrachos no existen, ni los niños, sólo existe el puto yate y la canción de la Sarandonga. Por aquí dicen que Perico (cáncer de pulmón), que estaba mejor, no va a llegar a su cumpleaños (cercano, entiendo). Yo estoy pensando si escribir dos o tres páginas más o si contar un chiste para el facebook ese. Tanta felicidad no podía hacerse con coger unos libros y venirse para el pueblo. La vida es mitad rana.

La vida es mitad rana y uno sigue viniendo por aquí a ver si se va a curar. Nadie que ha inventado la de algún otro puede vivir la/en realidad. Yo no existo desde 1997 y resulta que me estoy haciendo colega de gente que ha nacido después de esa fecha.
Al final, cada mediodía me ríe Satán, al lado de un cafetito, y me llora un ser primitivo al que solamente le pasa que es que no entiende este mundo, que es la enfermedad de casi todas las abuelas.

Empecé este texto en 1886, el día que pasó eso que no nos suele pasar casi nunca, eso de que un niño se nos muera al caerse por un terraplén una mañana cualquiera la semana de san Lorenzo. Y luego he ido sacando a colación de qué sé yo que, a lo mejor, estoy libre de pecado porque, no obstante, resulta que yo mismo, en 1997, la diñé. Quizá fue lepra, un simple cacho de carne que se despegó del resto y que, además, más o menos con infortunio, contenía aproximadamente también la parte donde está el cerebro, lleno de toda esa mierda que le echan para que haga sus siempre asquerosas y muy deleznables funciones cuyo resultado, en algunos casos, es únicamente eso que llaman alma algunos subnormales profundos.

Mi vida, en efecto, fue una leprosería en busca de un trozo de carne que había caído al suelo. Yo las costras luego me las como, soy así de bruto. Disfruto llevándome cuerpos a la boca. Para este pobre servidor no suponen mayor privilegio que pus rodeada de chorizo. Muerdo mucho y, siempre que me la gayolo, follo con La Pasionaria. Ese es mi mayor defecto, soy un requeté de los de hoy, interesado en los mantras y en el cine italo-francés, finísimo. Y luego está que adoro lamer los huevos de los putos moros.
Ya lo sé. Ni Frédric Jameson lo hubiera descrito mejor.

Siempre pertenecí a la clase media alta (nótese el matiz alta), pues verán ustedes, en vacaciones, consiste en llevarse a la piscina del pueblo botellas enteras de agua de Vichy y beberse cada una de un trago diciéndolas adiós con un barítono eructo. Luego ya, bebidas todas, uno se mete en la piscina pública a mear a gusto y así se llega la hora en que debes volver a ir a cuidar a los marranos que te digan (esto ya es cosa de sacarte unos extras, para poder comprar lentejas para mañana). Y ya está.

A ciertas horas puedo encender un cigarro, vestirme con las ropas de mi prima Feli y saludar a los jornaleros mestizos de las eras. Los libros ya he dicho que paso, no van conmigo. Venir al pueblo, ya lo vengo diciendo, es salir de la puta casa de el gran hermano, enterarse de que la Paca ha muerto y de que un amigo se está enchufando una máquina para poder respirar.
Madrid en cambio es un collage sobrevalorado, lleno de putas, mangantes y estraperlistas. Si el Leo Ferrer de Moulin Rouge existiese a estas horas estaría firmándoles a todos en la pantorrilla.
Y yo estoy cansado. Sí, todo cansa. Y la vida es, ya dije, aproximadamente mitad rana. Y esto sin nombrar la charca, claro, que es tres cuartas partes de agua y gira alrededor de cualquier mosca.


(Hoy ya es otro día que cuando escribí lo de antes. Estaba cansado del día que tuve y llegué donde mi prima y me puse al ordenador. Aquí no tengo internet ni tampoco lo echo de menos. Estoy muy bien. Me lo estoy pasando teta y yo creo que ayer noche, cuando escribí lo de antes, estaba algo así como poeta y esa mierda, pero cansado y también desfasado, yoísta. He dormido muy bien y luego me voy de marcha. Hoy, la verdad, no voy a escribir más que esto, casi fijo. Si vuelvo a abrir el ordenador será un milagro del santo ese al que tienen devoción aquí algunos proscritos.)

(Han pasado dos días y pico y ya mañana volveré a Madrid. Esto es algo que me había callado sin querer y que dice bien del beneficio que aún tiene la existencia de mi pueblo (Valseca). Las escapadas son algo que un día sucede y finaliza dos días después o más tarde. Puede haber quien no haya vuelto aún. No es mi caso. Yo vuelvo, no por nada, porque me mola. Me va, me va, y me reciben muy bien. Un cigarro hoy se consume en mi lugar de fumar (también de escribir) en casa de mi prima Feli. Los efectos secundarios finalizan en la aclaración del por qué no recuerdas muchas partes. Son perfectamente olvidables. Así es y así fue. Mañana volveré, como ya he dicho, a la, lamentablemente conocida y también menos, capital de mi dolor, distancia, amores, coches en topless y grillos. Hoy sólo puedo seguir escribiendo cosas de mamarracho. Mañana llego, termino y lo cuelgo y, pronto, a currar de mozo a las órdenes de un macaco medio sentimental y, tras mi jornada, a los brazos, con escamas, de mi novia medio macho y medio alien. Mañana sigo y hablaré de algo bonito, espero.)

No, al final me he levantado en mitad de la noche. Odio a las personas que discuten por una película. Odio el cine. Ya las he visto, pero me gusta cualquier peli a las cinco de la madrugada. A las cinco de la mañana me gusta hasta el humor de Juan de la Cosa. Me mola. Aunque hoy no.
Cuando llegue a Madrid no voy a escribir más. Aunque, la verdad, no sé. Ya estoy pensando cómo meteré esto en el otro ordenador. No es que sea complicadísimo, pero es un rollo. Es de esas cosas por las que no escribiría ni una línea. Aunque a veces lo hago. Quiero whisky y follar con ocho. Bueno, tampoco. No, no quiero whisky.
Mi madre, desde que no entra trabajo, entra en mi blog. Está preocupada. Pero yo esto lo hago por la literatura, mamá. Todo es mentira, literatura, licencias de ese tipo, mamá. La vida no vale dos reales. Ayer me gasté 30 euros, 40. Tengo algo suelto. Cada vez se me da mejor entender a los memos de la generación beat. Sí. Está saliendo el sol, estoy contentísimo. Desde que me asesinaron soy el guardián de las cosas que no sirven para nada, el señor de ¿qué estoy diciendo? Me callo. No te enfades, mamá. ¿Qué es vivir? Vivir es tirar un melón al suelo. No sé para qué tanto colegio de lujo y tanta polla. Perdona lo de polla, que no te gusta que hable así. Pero es que yo hablo así. Ostias.
Ayer me enseñaron la cuenta de facebook del chico que se cayó y se mató (ah bueno, no era tan niño). Estoy deprimido esta mañana, sí. No quiero volver, lo tengo casi todo. Sólo me falta uno, bueno dos, cinco o siete. Veinte.
Tener un blog de esos es pensar Esto es muy largo. Pasado mañana me mato sin falta. Es broma, la literatura, tú ya sabes.
Me lo he pasado bien. Escribir es lo peor. Un niño de esos que no se cansan de telefonear a una o todas partes a ver si lo coge un policía o su hijo o su padre, y luego nunca sabe qué decirles. Uno que escribe aspira a ser un glosador sin interrupción. Cuando llegue a Madrid me meteré de nuevo en la cama y ya está.
Y este escrito era una prueba.
Un beso.
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jueves

Whisky

Dibu: Moncho (Mopa)

Algunos veranos simplemente funcionaban así: Yo me levantaba, cogía una revista y miraba sus fotografías (chicos y chicas hermosos y hermosas) mientras tomaba un café y un par de magdalenas, luego dejaba la revista en su lugar, pasaba un paño para recoger las migas, fregaba el vaso y volvía a ocupar mi asiento del desayuno. Miraba por la ventana durante cinco minutos, me levantaba a recoger un barreño, lo rellenaba en la pila de agua templada y lo colocaba en el suelo, de nuevo donde la ventana, metía los pies y, aproximadamente durante el resto del tiempo que continuaba mirando la vida desde la cocina, hasta llegada la hora de la siesta -eso es otra historia-, podía estar absolutamente seguro de que ya estaba hecho el día.

De vez en cuando encendía el teléfono a ver si tenía alguna llamada. Luego volvía a apagarlo fuera cual fuera el resultado. Hablaba con mi pájaro, pero apenas tampoco teníamos algo que decirnos. Apenas algún día de la semana recordaba que era necesario regar las gencianas o como se llamasen. Fueran regadas o no, mamá y papá llegaban de la fábrica y eso señalaba que era la hora de comer. En el reloj solían ser indiferentemente las dos o las cinco de la tarde. Apenas teníamos hambre, a saber si era cosa del verano. Solía bastarnos con alguna ensalada (mi tía las prepara muy bien).
Luego venían las tardes. Eran reconocibles porque al final anochecía.

En los chats de internet hablaba con Kate Moss al tiempo que daba cabezadas al lado de un tazón de leche. Calculaba la hora en la luz que ofrecía la pared de la casa que había enfrente de mi habitación (completamente extraña). El vecino, un ser viejo y aparentemente inofensivo, cada día a las ocho de la tarde (reloj de pulsera) subía una de las persianas del piso de arriba. No fallaba. De esa pasta están hechos los ciudadanos de este lugar que a mí me parecía tan remoto, sobre todo los veranos, quién sabe.

Llegada la cena mi pájaro solía estar en mi hombro, me quitaba los ácaros de la oreja con el pico mientras yo le cantaba boleros. Mamá y papá se entretenían mientras con la tele (chistes sobre el gobierno -humor inteligente-) en el salón.
Mientras el pájaro seguía en mi hombro yo preparaba amapolas, hojas de menta y regaliz con agua caliente. Calculaba las gotas de litio que merecía, tomaba ansiolíticos según el cálculo anterior, retornaba el pájaro a la jaula, me duchaba y, después, secaba, me colocaba unos calzones, cerraba la puerta y me aseguraba de apagar todas las luces.
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domingo

the only thing that´s real


ilu: (pedido para el blog) de Juan Soto (Gracias!).

Desde que el mundo es mundo, cada tarde, los mosquitos, oxidados, se posan en las teclas. El teclado de mi habitación ha usurpado completamente mi identidad. Cada tarde, no sé quién soy y esos alegres y oxidados bichos, con su piquito reventado, vienen a decírmelo. Ni siquiera sé si soy o no uno de ellos. Bonitos mosquitos, lindos. Donde yo vivo, cada tarde, desde que el mundo es mundo, hay un tanque de agua al lado. Por eso existen en los inviernos. Y yo, en mi trono de mentira, pertenezco a todo lo que toco. Un yo es así. Cuanto más aprietas sus teclas, más mosquitos vienen.

Yo estaba viviendo en mi teclado negro de verano con crisis, dormido (postura indiferente), así como hace dos sábados cuando apalabré otra habitación poco más o menos igual de extraña que esta. Las flores de mi ventana, Clau, son artificiales y yo leo rusos. Como solo. Un día me voy a atragantar con el lacón (hoy domingo, jamón de york). ¿Qué puede hacer una ciudad cuyo colegio no abrirá sus puertas hasta dentro de un mes y pico? Los niños vienen a casa. Nadie puede no mirarles. Me cantan las canciones que han aprendido mientras fuman sus primeros Chester. A los tres días bajo a por cervezas y una de whisky marca You need job. Algunas tardes salgo a pasear con tita Pepa. En el camino hay un rancho que lleva el hermano de mi amigo, que me dio trabajo en una granja escuela. Era feliz en esa época, yo. La novia del hermano, drogota perdida, me la cogía en el baño. Llegamos a tener una contraseña que consistía en que yo dijera lo bonitos que eran sus ojos. En la mesa, cuando yo decía algo así, se reían los pobres. Llegué a follar con todo el mundo incluidos mis amigos los animales. Llegué a no distinguir entre la boca de mi primer amor allí (la puta yonqui) y los morros de los cerdos vietnamitas.
Los baños, las cochiqueras, la piscina llena de meados, todo era lo mismo. La chica inglesa que tocaba a la guitarra las canciones de Bob Dylan y a quien la lloré en los hinchados pechos de su hinchado cuerpo informándole de la muerte de Héctor, mi amigo, también era lo mismo.
Qué rápido se fueron a cagar esos veintiséis o veintisiete años. A mí me daba igual que me mataran. Ya había muerto, cuando tuve veintiuno. Ya me daba lo mismo. Hoy he de esquivar a mis padres, en las horas en que están, para beberme una birra. Mi padre, el pobre loco, tiene hasta controlados los hielos. Me he hecho a beber whisky caliente. Whisky marca You need job caliente. Joder.

Como no podía parar de llorar en ningún lado mi abuela me pagó un curso en la escuela de letras. Me dije: chupi, y di un salto tan alto que me llegué a dar con la cabeza en el techo de la cocina y no, tampoco desde entonces he vuelto a ser el mismo, aunque he hecho amigos muy buenos. Un día me sentaron con unos desconocidos en una boda y dije que era escritor.

He estado perdido, no he sabido qué hacer. Cuando me encuentro solo salgo a la plaza con idea de ligar con moritos (Chupa doce). Mucho peor son los libros de Haruki Murakami. Son como salir a andar rápido los libros de Haruki Murakami. No hay por qué pararse a hacer una fotografía con el móvil. Cuando llegas a casa, te quitas las zapatillas antes de caer en el sofá y así son los libros de Haruki Murakami. A mi psiquiatra (que no es bobo) le encantan sus novelas. Yo no puedo. No, yo chupa moros, bebe whisky escondidas y ¿Qué más? Las cervezas también escondidas, y leo rusos y como jamón york.

Joder, yo antes era la ostia en vinagreta. Ahora ligo en meetic. Jamás han conocido a un tipo tan raro como yo. Claro que, eso dicen ellos.
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