viernes

Scene from afar

esta foto -propia-representa un buen puñado de mis ralladuras.


El día que fueron derrumbadas esas torres tan altas, Bárbara me llamó a casa y me despertó de la siesta. Me dijo que pusiera la televisión. La primera imagen que vi era la de un cuerpo cayendo hacia el vacío. Bárbara se despidió, vi un poco más y luego volví a mi siesta. La noche anterior apenas había dormido nada. La soledad a veces es muy necesaria.
Lo primero que me creo que recuerdo claramente es estar debajo de una mesa, eso ya lo he escrito por aquí antes. Había una niña de mi edad también. Campamento, 1978, 79.
Qué coñazo.
Leo, regalo de Iria, “Zoo” (Víctor Shklovski): No escribiré sobre el amor, sólo hablaré del tiempo. Hoy en Berlín hace buen día.
Así empieza la cuarta carta.
Entre medias Historias del calcio e Historias de Nueva York (Enric González) e Historias Chinas (Ramón Martínez).
Otras noticias: verano, ya cansado; abuso de las redes sociales, whisky (Ballantines), sueños de trece horas (sin interrupción): Hoy he resucitado a mi abuelo que, enseguida, ha venido al bar conmigo. Jameson con una chispa de granadina, ha dicho en la barra, ante sorpresa de la cafetería de un tanatorio medio árabe. Los recién resucitados deberían de cuidarse, pensé en el momento, atemorizado. ¿Chispa de Granadina? Eso seguramente responde a alguna depravación, no tengo duda. Mi amor vive dentro del cascabel de una serpiente dormida. Ayer jueves, día de inicio de fiestas (Santiago) en Valseca. Nada más crecer lo poco para comprenderme en una pared acabada asomé la voz por una de sus grietas (lo cuál no me es, precisamente, motivo de orgullo o parecido). Efectivamente valoraba la defensa de algunos (románticos) hacia su lugar de nacimiento, infancia, juventud etc. Patochadas, y muy memas, además. Teléfono (tía Pepa otra vez): No, no quiero ir a la piscina. Le digo a mi tía que no me sorprende demasiado casi nada (una amiga, mientras, me pasa el teléfono de un psicólogo que ha conocido). La historia que suele recordarse sobre el Edipo es vaguísima más allá de sus pies (deformes). Siempre se recuerda lo típico. Sus pies, que, ya dicen, eran deformes, no dejaron de andar, pero, sobre todo, es el que se sacó los ojos. ¿Qué importa que mate a su padre y se case con su madre? Eso es pura anécdota, al márgen de coincidencia. Edipo es un hombre que, cuando se cosca de ello, no se anda con chiquitas. Y se saca los ojos. Todo un carácter, vaya. Y lo demás es psiquiatría.
Estoy cansado sí, en este verano. El primer día ya suspiré porque llegase el puente de diciembre.

Dolores, uno de los días. No voy a volver a hablar con la médica. Siempre es ese monstruo indeseable que vengo retratando en mi blog. Una semana antes de morir de cáncer, mi abuelo le dijo al cura (primo suyo, ay, Tomás, el cura) que no le diera sermones y le hiciera compañía. La salud (Jose) la tramita la compra-venta de estilos de vida. También: crisis económica. No me privo de nada. Búnker, pajas y jazz americano de los años treinta. El bigote me va por impulsos. En ratos me es molesto. Si me pilla afeitándome el resto arramblo con él. Quedo con Claudia. Miro discos, libros. Voy otro día a casa de Eusebia, hablamos del calor. Me interesan los moros, en eso consiste lo básico de mi conversación en esta última semana de julio. Mis amigos: Plácido hoy, me han dicho, se ha caído de la ventana (3 pisos). Me han dicho que está bien, pero que no recuerda nada. Perico (Valseca), siempre juntos en las mesas de las bodas, por solterones. Ayer, cáncer de pulmón. Se recuperará. Pero yo también existo, me he enterado a través de ellos.
De ellos y de facebook. Me creo que me ayuda a centrarme o, lo que es lo mismo, todo lo contrario.
Alberto M, jula, 33 años.
Tampoco necesito mucho más. O muchísimo más.

Zoo, inicio de la octava carta: Aquí estoy, querido tártaro, escribiéndote. Gracias por las flores.
La habitación entera está perfumada e impregnada de su aroma. Me daba tanta pena alejarme de ellas... ¿Cómo iba a dormirme?


Al mismo tiempo, aproximadamente, en una lejanía de aproximadamente medio mes, el equipo español, gol de Iniesta, firmaba un campeón en el mundial de Sudáfrica (2010).

Te quiero, Caetana.

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lunes

El campus 1


Por fin había conseguido andar con la cabeza bien alta por el campus. ¿Tienes fuego? Me preguntó un jovenzuelo. Sí, dije. Y se lo di. Me di cuenta de que era amigo mío de hace mucho tiempo y le dije que me acordaba de él. Dijo que él no y dijo Lo siento, amablemente. Pues yo sí, dije, y le conté que, debido a cosas de la vida y la medicación y eso, había vuelto a la facultad. Que así daba gusto, y le llamé mamoncete. El mozo parecía confundido, así que le dije que, fuera lo que fuera, yo me alegraba de volver a verle. Y nos despedimos.
Joder, qué bien me sentía de volver a ser universitario. Avancé hacia la secretaría pensando en qué nuevas bromas les iba a hacer a los chavales y los profes. De momento había comprado bombas fétidas y cagadas de mentira.
Me arremangué los calzones y el sombrero de la peña de mi pueblo y esperé mi turno en la cola sin gastar bromas. Cuando por fin llegué, la señorita me miró y la miré. Me dijo ¿Qué querías? Dije que me habían dicho que tenía que entregar mi carné de nuevo, que me había llegado una notificación al ordenador, un pentium. Me preguntó por mi nombre y apellidos. A mí me daba mucha vergüenza. Volví a mirar a la señora y le expliqué que esa situación me estaba poniendo algo nervioso. Le dije que volvería cuando noté que empezaba a poner cara de sumisión y encogerse de hombros y salí corriendo. El problema de las señoras que trabajan en las facultades de España es que están todo el día pensando.
En la puerta había dos mozas. Una muy guapa y la otra no. Saludé a la guapa y dije que era poeta y estaba pensando en hacer una poesía. Pues sigue pensando, dijo la otra. Qué asquerosa. La juventud es así, y mucho más cuando acaban de aterrizar del pueblo. Decirme eso a mí, uno de los mejores amigos de Antonio Gala. Hice como si no estuviera. La chica guapa era la que me interesaba, a fin de cuentas. Dije: Me sonrojo sólo de pensar en lo linda que eres. Pues sonrójate para que yo me ría. Dijo la otra, la lerda. Me di cuenta de cómo funcionaba la juventud. El hecho de que yo triunfara con la lerda quería decir solamente que me estaba dirigiendo a la chica más hermosa del mundo que, como mucho, sonreía con las intromisiones de su petarda amiga. La vida es muy sencilla, no tengo ni idea de por qué los jóvenes tienden a complicársela tanto. Tiré una bomba fétida y me fui corriendo. Yo entendía que era una broma que tampoco me alegraba demasiado pero en cuanto oí que ambas, incluída la chica guapa, gritaban Subnormal, me sentí aliviado y me entró la risa por todo el cuerpo. Joder, iba a ser el rey del campus. Las tardes me las pasaría encerrado en mi habitación alquilada escribiendo sobre mis hazañas. Sonaba idílico. Y por las noches volvería a ser el serio vigilante nocturno de la residencia de ancianos de Brunete, Valseca o lo que fuera. La vida mola. Dormir es sólo para la gente aburrida.
Pero me había salido muy mal la broma con las chicas, así que entendí que debía resarcirme. Ni siquiera me habían dicho cómo se llamaban. Me desnudé y volví corriendo a buscarlas. Hacía tanto fresquito. Cuando estaba corriendo, de repente, me acordé que me había dejado el certificado que tenía que entregar en secretaría en el bolsillo del pantalón en el montoncillo, junto con toda mi otra ropa. Pero ya me daba igual. Ya era demasiado tarde otra vez.
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domingo

Sociedad líquida, en la cocina comiendo bollos, las máscaras del héroe y el salvador de la literatura (borrador)


Cuando me desperté, Armas Marcelo todavía estaba allí. En mi ya octogenaria carrera literaria he tenido a bien conocer a algunas egregias personalidades de la cultura española.
Aquí hay de todo. Esto es como en botica.
Yo vivo casi siempre con mis padres y sus vecinos me ven como un cacharro, lo que es justo. Además casi siempre he fracasado en todo lo que he hecho, mucho por merecido y también mucho porque me ha dado la gana. Soy un cerdo. Sólo he aprendido a base de montarlas gordas, de confundir a la gente de bien, de sembrar el caos y, mucho más que de todas esas cosas, de meter la pata. Quiero decir que, claro, con todo, he estado mucho solo, se me han deshecho los ojos, por ejemplo, mucho, mirando una mesa que sobra o, a lo mejor, otra que sobraría si al final no apoyaras los brazos, la cabeza etc.
Pues Juancho Armas Marcelo no sólo tiene cara de profundamente enfermo, es buen tipo, pero como es tonto y se cree escritor, que también lo es, no se entera y empiezo a sospechar que en su casa tampoco se dan cuenta.
Muchas personas y entre ellas muchos escritores, así como herbolarios, hemos vivido una infancia. Otros, simplemente, están hechos “de otra pasta”. Es el caso de Juancho. Por eso quiero ser amigo suyo. Quiero amarlo estrangulándolo en mi pecho y decirle que nos enseñemos la pilila de una vez en el lavabo.
Lloro porque estoy solo y estoy viejo. Ayer fue estupendo porque vinieron amigos, pero se me olvidó contarles de mi odio hacia el señor Armas y, hoy, no me lo puedo perdonar.
Un hombre que ha amado escritores, si fuere el caso, merece toda mi existencia. Porque un escritor no es nada y yo no puedo ser la daga en el fuego que sólo intuyo caliente en la existencia de adefesios heridos como él que además, ay, también son amigos, y tanto, de la letra. Tienen la fortuna de representar un pasado que, en este caso, fue mejor.
Hoy en día todos tenemos el otro mundo a apenas veinte metros como mucho, sólo nos confundimos en el que está enfrente en una mezcla de miedo, piedad y asco hacia nosotros mismos, y hemos sido reconocidísimos mucho antes de enroscar derecha una bombilla.
Yo, que escribo en mi blog ¿Cómo oso nombrar al hombre cuya vida quiero ser y además decir sobre esta verdad que me castiga un domingo de verano bueno? Decir todo eso de él es como quien negase que yo soy un pobre mierda y así me quedaré hasta la hora del patio.
Poco a poco voy metiendo en la papelera de mi hoy viejo ordenata todos los escrititos donde me ha ganado la forma y hasta me he permitido dudar antes. En el espejo, mientras, soy su cara de almendra sostenida por una vigorosa nuez de pavo. Siempre me haré gayolas al fresquito de su sombra. Ha habido hasta egregios a quien perdonas. Perdona, señor, al hoy cafre Arrabal porque supo, aunque hoy ande solamente desfasado. Perdonamos hasta las manos siempre sudorosas de Houellebecq, y a Mourinho y a CR9, porque es joven y cachas. Juan Manuel de Prada confirmándose es la mar de mono. Lo quiero de veras. Señor, tengo fatal el píloro, digo en urgencias con voz que ni se me oye y pienso: cojones coño, esto es demasiado fácil.
Nos hartábamos de reír haciendo cables para mi tío el de la radio mientras escuchábamos las entrevistas a la gente culta. Había uno que era tonto y cuando me oía reír decía: ahora mismo a ordenar. Y me sacaba el plato lleno, todo para que mi tío viera que me metía caña, a separar las tuercas por tamaños para la cajonera. Así un mes con todos esos aparatos y, mientras, alguien en la radio definía el genio, la literatura, el amor. Donde comíamos el dueño se había casado con una putilla del club de al lado. Tenía un caballo blanco. Yo no podía parar de reír. Qué macarrones más recalentados. Como procuraba ser amable porque creo que está bien, una de las de la cocina me echó el ojo. Mi tío ni se dio cuenta. Mucho mejor, y luego no volví a aparecer. No podía parar de reír. Pero yo quisiera poder reírme con Juancho y no puedo. (Y lo lamento aunque se me pase enseguida.) Me voy a la pisci. Los literatos y los mojitos están sobrevalorados. La enfermedad mental no existe. Los marcianos son mentira, y los vampiros más. Los enfermos idiotas son los que dicen todo el rato “Le sugiero”. Yo estoy bien, quiero vivir y seguir normal. Repito que me voy a la piscina.
Ostias.

PD: Y yo no tengo ningún problema con los señores que digo. Me alegraría mucho más que ellos mismos si les dan todos los premios literarios, Excepto a Juan Manuel de Prada, que los merece por estudiar mucho.
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martes

Las mujerzuelas


Cuando por fin subimos a su casa yo me senté en el sofá y ella fue en busca de vino a la cocina. Al reunirse conmigo me enseñó la botella. Marqués de Cáceres, dije, excelente elección. Enseguida le pregunté si no tendría una cocacola para mí. Se empezó a reír, lo cuál me hizo reír a mí también. Dijo que estaba hecho un cachondo mental. Nos volvimos a reír. Cuando se nos pasó le pregunté si la cocacola me la iba a dar hoy o quizás pasado mañana. Quiero cocacola, ostias, le dije. Vale, dijo ella, y se fue riendo a la cocina.

Trajo una lata y la dejó encima de la mesa. Veo que no tienes arreglo, dijo atusándose el peinado. Yo no la escuchaba porque intentaba encontrar en el mando mi canal favorito: TeleCultura. Cuando me di cuenta, cogí la lata de cocacola y me la bebí antes que ella consiguiera abrir su Marqués de Cáceres. ¿Te lo abro? Dije. Por favor, dijo ella. Se la abrí. ¿Te sirvo? Me miró a los ojos. Le sonreí. Dos segundos después ella sonrió también. Entendí que era un sí. Serví el vino en su vaso. Prefiero que quitemos la televisión, dijo ella. Espera, dije, que va a hablar Fer. ¿Qué Fer? Dijo ella. Fernando Marías, dije y miré al televisor a ver si estaba ese señor en el programa. Volví a mirarla sonriendo y apagué el televisor. Eres un bicho malo, dijo ella.

Entonces me abrazó el cuello y dijo: No me has dicho nada de mi casa. Dije entonces que era la casa idónea para una princesa. Me dio un beso despacito. Olía a perfume de rosas. Le dije: Tronca, qué bien hueles. Me besó otra vez despacio. Le dije: Me estaba preguntando cuánto costará la colonia esa que llevas ¿50€ o más? Ella me dijo que era un regalo. Dije: qué guay. Me voy a poner el pijama, dijo mientras separaba de mí sus brazos con olor a perfume de rosas. En cuanto desapareció me puse a abrir los cajones. Todo me aburría insaciablemente, así que hice lo que hago siempre cuando me aburro, cantar una jota lo más alto que puedo.

De repente ella apareció en camisón azul. Dijo que si quería despertar a los vecinos. Dije que ya paraba. Me sinceré con ella. Le dije que en ocasiones me aburría. Algo maravilloso habría de tener ella para que yo la hiciera esa horrible confesión. Notó mi expresión de vergüenza y me dijo que siempre había soñado con un encuentro entre ambos. Yo era capaz de mantener la cara de vergüenza mientras la imaginaba amamantando en la intimidad a un buen número de gatos. Me dijo que yo era el mejor escritor del mundo mientras yo, con mi expresión de vergüenza, la imaginaba visitando una farmacia de guardia. He mirado mucho y jamás encontré a nadie como tú, dijo. Se te nota, dijo, en los ojos que eres especial porque te brillan. Eres, dijo, mi mayor maestro de la vida. Aquella adolescente decía las cosas que he dicho yo cuando he tenido esquizofrenias y cosas de esas mientras mi expresión de vergüenza y yo la imaginábamos intentando hacer un crucigrama en la cocina. Entonces se calló y yo me desperté repentinamente de mi cara de vergüenza. Dije que necesitaba ir al servicio. Claro, dijo ella.

Necesitaba escapar como fuera. Al abrir la puerta del servicio oí que estaba cerrando los cajones que yo había abierto. Casi se me escapa la risa nerviosa. Menos mal que estaba concentrado en mi huída, que era en lo que de veras tenía que estarlo. Abrí la ventana y salí hasta la terraza. Sólo son tres pisos, me dije. Mientras me decidía entre saltar o no oí a esa mujerzuela majareta acercarse al cuarto de baño preguntando a través de la puerta si me encontraba bien. Dije en alto que sí y salté. Sólo me hice un poco de daño. Mi plan había dado resultado. Estaba tan contento y me sentía tan joven por mi hazaña que me puse a correr hacia el horizonte. Así fue hasta que vi a un joven con una carpeta y gabardina de cuello alto que andaba rápido. Qué bien, me dije, un amigo. Voy a alcanzarle y así poder contárselo todo. Había sido la mía una noche tan divertida.
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domingo

Una mustia paja


Hoy he entrado en una casa levantando un pan y he dicho: Quiero la droga, ostias. Mi madre me ha preguntado que qué coño hacía. La he dicho que estaba ensayando para otro día que me vaya de fiesta donde la juventud. Todo el día follando, la juventud. No se puede, así España se va a pudrir, y yo me he terminado creyendo mi propia desolación hecha de rosas. Quiero volver a Mongolia cuanto antes. Meteré en una maleta todo mi vacío y la cerraré con el mayor de los cuidados. Desde que no bebo ni una gota de sangre veo alienígenas en todas partes.

Hoy me he visto pasear otra vez -intentando no mirar el letrero- por la puerta principal del hospital donde nací. Madrid es genial.

Desde que no bebo doy discursos en gaélico en las tiendas de los chinos. Los chinos me caen bien. Son mi único amor verdadero, aparte de mi colección de piedras que no son nada especiales. Lo que más me gusta de mi habitación es mi colección de piedras que no tienen nada de especial. Todas son especiales, me dijo una vez un chico místico de unos seis años. Porque... Y yo dije: ni porque ni leches, coño. Y se calló. Me quité la zapatilla y se la enseñé. También amo mi zapatilla. Todas las demás señoras son vulgares. Y la juventud ya ni te cuento. Esos están todos enfermos del cacerolo.

Al final lo mío es delirio facha. Se han confundido en todos los diagnósticos. Mi anarquía de antes sólo consistía en tropezarme con una margarita del prado y luego buscar un muro para darme de ostias con él la cabeza llorando y perdiendo, llorando y perdiendo. Esa es la anarquía que yo he conocido desde que nací a los 21 años. Yo era un proyecto de mustia paja. Eso era yo: un proyecto de mustia paja. Lo que pasa es que, lo dije ayer, los que hemos nacido en un puto pueblo y luego tenido esquizofrenias estamos sobrevaloradísimos.

Yo tuve una vida fácil porque he sido pijo. A los 15 años lo vi en un grano de trigo y hasta supe en la mirada de ella que sólo tenía que meterla bien dentro y ya está, y luego ponerme de cajero. La vida es muy sencilla.

Luego, a los 21, nací. Aparte de los de las cámaras ocultas sólo mi abuela podía dar testimonio o juicio o lo que sea. Poco después de meter el ataúd oí a dos chicos que no supe quiénes son, refiriéndose a mí, diciendo que no se imaginaban la vida de ese chico que no siente nada.

Luego un amigo o ex-amigo me hizo el blog y me puse a escribir ahí y sólo me he traído problemas. Los del INEM desde que entraron ya no me llaman para hacer cursos. Lloraba, lloré mazo. En eso consiste el cielo. Las nubes son anarcas. No hay más que mirarlas. Pero ahora no pasa nada porque al contrario de los putones de mis ex -que también entran en este blog para ver si pueden exprimir más la choza- soy facha. No pasa nada. Sólo hay que decirlo en el blog y ya está. Ya lo eres. Así es en todos los sitios. En Valseca, mi pueblo, desde el blog, ya no me hablan. Y con el tiempo ha resultado en peor, porque ya ni me leen.

Mis gracias se ríen de mí. Yo he tenido mucha suerte y convertir a Satán en una flauta sólo me consiste en usar droga buena y ya está. Otros los hay peor. La juventud, sin mirar más lejos. La juventud de España está hecha una soga rodeada de luces de neón.

Hace un año yo me hubiera reído de esto, y luego me hubiera comprado un disco de Morente.
Cuando yo tenía unos pocos años en mi pueblo ya existían las camisetas de Hemingway. El de las sandías lo sabe. Yo siempre: búnker y jazz americano. Si fuera mongol daría de besos a mi pedazo de tierra y no al recién sudado cadáver de mi enemigo, siempre fabricado con mis palabras, pegado con la cola de mi orgullo, vanidad y eso. La única droga que hay es la mayoría del tiempo el otro. Escribir siempre es una mustia paja. Yo me he hecho pajas de esas que las echas donde la gasolina y el autobús se pone a andar solo.

Estoy más solo que tu nariz.
Una moza robusta y un huerto. Si yo fuera tú, tampoco le daría más vueltas.
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martes

El pájaro que cuenta los colores en las montoneras de trigo


A Anónimo de ayer que me leyó y, con justicia y generosidad, me señaló que no entendió el final que había hecho.

La foto la hice en el patio de el Campito de Julita.


Es verdad que tengo un mal y que juego a acariciarlo. (Intento arreglar este texto de ayer, hoy al mediodía) Hay quien piensa, cuando cree haber encontrado mi lugar solitario, que ese desierto funcionaría si yo u otra persona encendiese la lamparilla y ya está, así, con presionar un simple interruptor. Es verdad que he jugado, eso no puedo negarlo, aunque siempre he dibujado y escrito sobre negar, a volverme un loco simple, pero lo cierto es que mis padres, en su razón sencilla, están cansados de mí y todos mis alrededores han terminado imitándolos.
Sólo una vez pusieron un huevo. Los huevos de mis padres son como patatas peladas por la boca de un caballo. Y luego salí yo y hasta tenía órganos. Pesé un kilo y cuarto sólo. Aprendí a andar muy pequeño hasta que me estrellé haciéndome una brecha por la que aprovechó a entrar un gato que sólo vi yo y luego dejé de andar y, cuando volví, me quemé el brazo con café. Todavía tengo las señales. Las he inspeccionado con lupa buscando en ellas un signo típico del demonio o alguna cara, pero sólo he visto un desierto pequeñito, como recién hecho nada más romper cualquier reloj de arena.
Sí tengo un mal y la gente ciudadana se ha purgado de ello mismamente en un semáforo. A mis padres les ha dicho un amigo millonario que por mí hará lo que sea si ellos faltan y que tendré comida. Yo tenía que curarme. La médica dijo que moriría. Siempre ha sido mentira eso, porque lo han dicho otras veces. La médica de este pueblo es una señora que ni chicha ni limonada, alguien de veras increíble. Me dijo que me moriría y que tenía todos los elementos por las nubes e hinchado el hígado. Dijo que los alcohólicos... y yo le dije que nada más bebía apenas unos sorbos y que conociera la verdad a pesar de su evidente ninfomanía. No me hizo caso. Mi madre me agarró sacándome de la consulta y se disculpó por mi enfermedad nerviosa que a veces me hacía decir incoherencias y faltar al respeto. Pero luego no bebí. Y ya no bebo. Por lo demás esa señora extraña y -a pesar de mi supuesta ironía al llamarla ninfómana debido a su cara absolutamente primate y monacal- cordial, fue una luz. La luz hay que considerarla en caras que apenas oculten una historia, en la nada, lo digo yo que he estado enamorado locamente, y no en la verdad que es, como decía mi amigo, absolutamente siempre delirante.
Me crió mi abuela, que era todo bondad. Yo no he heredado su virtud porque yo sólo nací para decir que no. Dibujé mucho, triunfé en los pueblos y lo tiré. Se me rompió el pájaro que me contaba las cosas que pasaban. Cogí su oxidada maquinaria y la tiré a la basura junto con los ketchups caducados. La ruptura del pájaro despertó al gato cabrón.
Hoy es el día que vuelvo y tengo que tener cuidado, pisar sin atención el suelo y todo procurando que ese gato de la troje no despierte porque, a mi menor atención, tiene hambre.
Bebo champán -gaseosa y mosto- solo, porque he de celebrar que hoy sí veo el cielo. Mis padres están en el trabajo que ya no existe, sentados, abriendo carpetas que no contienen nada. Yo enciendo la bañera. El gato está a salvo. Señala con sus uñas su día en la pared de mi cráneo y vuelve a echarse.
Hoy estoy muy contento, al contrario de cuando empecé ayer a escribir esto, francamente delirante, en el blog y eso se lo debo a un experimento que hice para mejorar mi salud, pero hoy todo ha cambiado y he vuelto a tener ganas de salir, de la gente, de las noticias, de mis padres y de todas esas cosas. Ya sólo pienso en la página siguiente y, tras esa página, dormirá de nuevo el gato que no tiene nombre ni lo va a tener nunca aunque se llame como yo.
Un abrazo,
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