jueves

Resumen de un amor


Aún seguía sentado en el banquillo de los acusados cuando todo el mundo se había ido. No podía estar seguro de haber engañado a tantas personas. Algo me dolía. Un dolor brotaba de mi cabeza. La semilla estaba hecha. Salía la planta muy despacio y algún día enseñaría mis vergüenzas fuera. Yo me agarraba aún cuando entró el juez y puso su mano en mi pierna. Me da igual si eres culpable o inocente, dijo, en cuando te vi sentarte quedé enamorado de ti. Te supuse, dijo, un hombre hecho y derecho. Y luego preguntó ¿Eres de whisky o Gin Tonic? Dije que no le reconocía sin la toga. Aquel hombre estaba metido en un pijama naranja con el dibujo de un osito. Dije que estaba yendo a AA, que no debía. Él me cortó. Dijo: ¿Acaso prefieres ron? Dije: me da igual, beberé lo que usted beba pero, por dios, haga justicia. Aquel hombre no podía parar de reír. Para una verdad que había salido de mi boca desde el año 1992 y aquel hombre se descojonaba.

Me sirvió un aguardiente. Tras echarlo en el vaso me dijo que mi abogado era una mierda y luego me miró como si yo hubiera estado de acuerdo con ello desde que mi padre pudo contratarlo y, acto seguido, me lo presentó. Luego dijo que a pesar de eso yo tenía una suerte enorme y me acarició el pelo. Dijo que él, por mucho que no lo pareciera, había nacido para ser poeta.

Bebí ese aguardiente como con culpa, pero me estaba sabiendo sabrosísimo. Le dije que me metiera en la cárcel. Él dijo que me callase. Sacó un sonajero del bolsillo y lo puso en mis oídos. Aquel hombre de leyes conseguía que mi cerebro del año 2009 se convirtiera en mi cerebro de antes de tener cerebro, y eso suponiendo que, en 2009, yo tenía cerebro. Lloré. Me caía tan bien ese juez de mierda. Lloras, dijo, porque te ha tratado muy mal mi perro. A continuación me dijo que su perro era una metáfora. Y después dijo que una metáfora era la nada. ¿Ves como soy poeta?, dijo. Yo volví a romper a llorar, esta vez como un auténtico bebé. Él mostró una sonrisa más mañosa que la de cualquier virgen de un gran retrato y me puso otro aguardiente.

Mientras él decía sus versos yo pensaba que mi llanto y mi risa deberían tener un límite. Pero cuál sería. Le pregunté al señor juez si es que acaso se había dado a la droga y a la perdición. Es que era un chiste perfecto. Si se lo dijeras en el momento en que recita su verso “mi corazón está en llamas” comprenderías que así es. Que es un gran chiste. Tenía tantas ganas de que me enviase a tomar por culo y luego a la cárcel. No se tomó a mal mi chiste. En lugar de ello me preguntó si alguna vez había estado enamorado. Yo dije que sí. Ya, puestos a hacer chistes, qué más daba. Me sirvió otro aguardiente y dijo: ¿Entonces, me entiendes? Aquel hombre podía conmigo. Solté una carcajada que hasta me salieron los mocos.

Final de la película: En la actualidad estamos casados y tenemos un perro imaginario que se llama Agosto.
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domingo

Speak Low (alternative take)


Desperté de mi inconsciencia cuando fui tirado del banco de la plaza. Caí de morros sobre mi propio meado, levanté la cabeza y vi que había unos jovencitos insultándome. Uno de ellos tenía un palo. Les dije que lo sentía mientras caminaba hacia atrás con manos y piernas. Una chica que les acompañaba me empujó un brazo y volví a caer, esta vez de costado. Vi un vaso de plástico derramado al lado mío. No me dio tiempo a saber qué podría hacer con él. Los jóvenes insultaban muy alto. Yo volví a decirles que lo sentía. Uno dijo, eso lo recuerdo bien: ¿Tienes madre? Y repitió la pregunta hasta no poder yo estar seguro si no la repetía yo al mismo tiempo. Dije lo siento de nuevo y, creo, les debí dar pena o algo porque dejaron de atenderme. Me levanté y caminé dando por sabido que conocía el lugar en donde me encontraba.
Busqué un pañuelo para limpiarme sangre del labio y di con un kleenex arrugado en mi bolsillo. Me lo pasé por todas las zonas donde sentía algo intentando que se quedaran en el papel, pero la sensación que me creó fue, simple, la de estar guarro.

Sólo había ido dos veces a una ciudad o un pueblo desde entonces y ya me habían entrado ganas de beber colonia, pero estaba lejos de un paisaje parecido a un hogar, era de noche y pensé en una boca de metro cualquiera o en un autobús.
Había vivido una feliz infancia. Eso era todo.
También tuve una familia. Siempre que había podido me había dedicado a escribir y a leer, a ir y venir. Eso hacía en los sitios donde me creía más o menos una persona.
A mi izquierda tres mendigos estaban frotándose. Ella estaba abierta y riendo. Eso era dios. Sí, dios era una boca abierta de mujer con cuatro dientes, un cartón en una mano y dos pollas peludas. Si me cayese otra vez al suelo, pensé en aquel momento, eso sería lo que recogería mi cuerpo. Entonces, quién sabe por qué, seguí andando.

La amistad es una película de Almodóvar. De joven me había gustado tanto el cine. Había visto las de Resnais y eso hasta Terminator 2. Me gustaba ir al cine. Algunos días iba solo o de la mano de alguna ociosa.
Uno de AA había dicho que su problema era no sujetar la silla que le unía a AA. Yo no sabía qué era una silla. En ese momento hubiese querido estar en AA. Recordaba el comedor de mi hospital psiquiátrico como si fuese la inauguración de un gran evento que luego no fue posible. Sí, porque lo de la infancia estuvo bien.

Andaba las calles y eso y buscar una boca de metro era todo. Me vi reflejado en un cristal. Yo estaba bien. Sonreí. Había sido bueno ir y venir, todo para coscarse de que uno que hubiese capaz de morder su corazón hasta dejarse desangrar representaba el bien.
Desde luego que no es tan buen plato de gusto dejarse morir si uno es joven y el amor un monstruo, pero habría que esforzarse en algo y al tiempo, como dijo mi abuela, mientras uno va y viene no faltan tontos en el camino.

Al ver el nombre de la boca de metro recordé una dirección y estaba seguro de cómo llegar. Allí me atendieron, por esta vez. Fueron buenos, amables. Quizá me molestó un poco que me salpicasen con agua bendita y pusieran en lo alto de mi cabeza un crucifijo asqueroso pero, salvando esos dos pequeños detalles, me dejaron descansar. Yo recordaba el padrenuestro bien. Comprendieron por ello que tan ajeno no les era. Ya digo, incluso al levantarme, alguien me dio sopa caliente. Luego les hice unos cuantos recados y conseguí suelto hasta mi casa.
No ha sido tan difícil. Sabemos que a día de hoy un quejido es más o menos un gift en la red, como el sol y todo eso.
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sábado

La novela providencial (¿Cómo se hace?)

Foto: Gema Segura :)


Cap. 1: Chopitos, bacalao, pollo al curry, acelgas, ensaladilla rusa, tortilla de patata, gambas al ajillo, patatas bravas, filete en su salsa y, de postre, pera.

Cap. 2: Arroz, langostinos, cogollitos de Tudela, chorizo Cantimpalos, ensalada campera, garbanzos, gazpacho, pepito de ternera, solomillo y flan casero.

Cap. 3: Ensalada de marisco, crema de verdura, pisto, mejillones, gambas cocidas, croquetas, empanadillas de carne, macarrones, hamburguesa, chuletón y rodaballo.

Cap. 4: Queso fresco, lomo ibérico, ensalada de cangrejo, atún con mayonesa, verdel, pan de ajo, chicharrones, salchicha hecha al vino, lentejas y helado de turrón.

Cap. 5: Tortilla francesa, patatas guisadas, tomatito fresco, chorizo de la olla, chipirones, bonito con aceite, churrasco, bacon requemado y piña al brandy.

Cap. 6: Rollitos de primavera, ensalada, pollo al limón, ternera picante, cerdo agridulce, fideos chinos y té rojo.

Cap. 7: Palitos de merluza, paella, fritanga, cebolla con bien de mostaza, alitas, codorniz, una ostra, café, endrinas y puro.

Cap. 8: Huevo frito, consomé, cordero, cochinillo y un pátano.

Cap. 9: Puré de zanahoria con picatostes, rabo de toro, yuca, malanga, salmón, medio lomo, callos y berzas.

Cap. 10: Esto es un niño que entra en un restaurante...


Prólogo:
Mamá: ¿Y por dónde me lo sacan, madre?
Abuela: Por donde te lo han hecho, jodía tonta.


(Final feliz.)
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miércoles

El recreo


dibu: generosidad de Rocío Limón
http://rociolimon.daportfolio.com/


Eché una yema de huevo en la leche. El sol había caído sobre la nieve y yo lo estaba removiendo. Bebí después, necesitaba que se despejara la arena que había ido acumulando en la garganta a base de comer relojes de arena. En el desierto no hay hora. La cabeza de una vaca encuentra el ano de la misma vaca y se mete dentro. Sus ojos, claro, ven oscuridad. Yo tan sólo he sacado la cabeza para preguntarle qué le era sujetarse por mis propias manos. Un cerebro sólo es un y pico por ciento de ruido.
Allá, adentro de una vaca, oí la hierba movida por el viento lejos de ella. Mi nombre es impronunciable. Una vez me saqué la cabeza y mis hombros se levantaron hacia arriba hasta tocar el techo que no importa.
En el desierto hay una merienda de relojes por cada duna y se ven vacas buscándose a sí mismas.
El sol se bate en la leche del desayuno.
Una brújula a veces es lo único que se le puede pedir a la nave espacial de los amores. Metí el vaso de leche con la yema en el microondas y le puse minuto y medio.
Mi cabeza sonreía. Esa sonrisa tan curiosilla de las cabezas que han sido separadas de su cuerpo.
En un principio la vida era normal. Los niños dábamos sólo patadas a las cabezas que nos encontrábamos e incluso, si se veían muy descompuestas, cogíamos su mandíbula y, antes de que fuera deshecha, la tirábamos adonde los desperdicios.
Yo había desayunado fuerte, el sol y la nieve que a veces sorprende en este videojuego con gotas de ginebra que son los mediodías. El infierno es una vaca caída camino a casa; la luz, una cabeza por cuyo muñón sale el viento.
Yo sé poco. Hoy sólo quise quitarme la cabeza. Crear el día perfecto para un dibujo maravilloso. Hacer la vista gorda. Pasar por entre la gente como si me hubiera equivocado de estación y mi ciudad no existiese.
Hice de mi cabeza un sorbete e instalé un cable del seseado hasta la boca. Imaginé que eso era el amor a las doce de la mañana.
Las doce de la mañana es una hora que nunca se me da bien. Hoy los niños salían al recreo y he preguntado si querían que yo también jugase. Juntos hemos jugado al escondite. Alguien cierra los ojos. Le son tapados con una venda y ya no hay vaca que se resista a encontrar un simple oasis, por bien que sea en el cencerro propio.
Amos, tumbas y más amos. La noche es cálida en las doce en punto y yo remuevo con una cuchara la yema en la leche como si tuviera todo el tiempo del mundo para tomarla.
Mi hermosa vaca, mientras, está sentada en el salón ojeando una cesta de patatas. Y los niños, esos angelitos míos, siguen aún en el recreo, sentados sobre mi melondro.
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martes

El discurso prometido


Hubo cierta ocasión en mi pequeño pueblo donde, los más pequeños, en la peña, decidimos comernos un reloj. Era una mierda que sabía buena y estábamos orgullosos de no hacer lo que en las otras peñas (cigarrillos robados a los padres o revistas de amor alemanas). Al principio fue Cara de verruga quien nos convenció. Ese tío era un puto genio. Fue Espalda de Jarrón quien escupió la aguja larga en un eructo y, debido a que cayó recta en el suelo, supimos que había pasado media hora desde que Cara de verruga dio el primer bocado. No tardamos en comernos más relojes. Era un vicio y comimos tantos que la gente nunca jamás supo dónde los había metido. Aquello era una exageración. Pero estaban ricos que te cagas, yo Pies hundidos no podía parar de vomitar ruedecitas. Lo hacía en el baño al llegar a casa. Una de ellas debía estar oxidada y, estoy seguro, su óxido debió de barnizar todo mi interior, convirtiéndome en inmune a muchas enfermedades típicas de los niños y los abuelos.

Terminé mal con aquellos amigos, un día uno intentó matarme con la punta de un bolígrafo y le defendieron. Me había acusado de comerme un reloj que se había comido él hace mucho con el afán de esconderlo mejor que yo y antes y poder justificar su intento de matarme. Así han sido todos los amigos que conozco.
Luego me fui y empecé a leer el tiempo. Pero no en la posición del sol ni nada así sino apretando los ojos muy fuertes. Veo las agujas y les digo a todos los ancianos el tiempo que les queda para seguir fumando cigarrillos de mierda.
Es imposible que yo no despierte a la hora. No sé Jamón cocido, ni Cara de verruga, ni el promotor de mi salida de la peña, el genio de Espalda de jarrón. No sé ellos y me importa una mierda. Yo veo las agujas bien cuando cierro fuerte los ojos, veo bien el redondel, sé el tiempo que he desperdiciado y sé cuándo mi tumba será echada encima de la de mamá, que estará encima de la de mi amada Queso alérgico.

Últimamente no me salen los cuentos. Estoy nervioso, he de ir a hablar con unos desconocidos sobre mis problemas sociales, y me es inevitable cerrar los ojos y saber que queda tan poco tiempo para que digan mi número y tenga que levantarme a hablarles sinceramente y con toda la aparente sobriedad posible.
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lunes

Nicho. Diario preparatorio de Silvinho 1


El discurso probable para la terapia de grupo (dia 1)

Hola señores, mi nombre es Silvinho. Un día un zumbado me dio una patada en la cabeza y desde entonces bebo y escribo genialidades en internet.
Verán, yo mi problema es que soy un idiota, casi como cualquier hijo de vecino que no lo sea.
Me jodieron con cámaras ocultas. Yo les gustaba a unos, vayan a saber por qué, y me jodieron.
En realidad bebo para parecerme a un ángel que me daba clases en una escuela de Madrid, de esas de literatura para niñatos con abuelas. Él me enseñó que la vida no es un camino de rosas. Le estoy tan agradecido que me debe el dinero que mañana tendré para comer y, como hoy ya me ha empezado a sonar el estómago, cada vez que lo hace me acuerdo de todo lo que me enseñó y me felicito por haber sido un mocoso elegido por él para, por ejemplo, animarme a tener un blog que se llama Las pulgas del tío jamonero.
Verán, yo creo que quedaría muy feo que viniese aquí y, echándoles un vistazo, dijera que yo no soy insano. De hecho me han abierto la cabeza un día unos científicos y dijeron al FBI que el hijoputa ese negro de Obama debería de ganar las elecciones.
No me malinterpreten, yo amo a Obama. Más que a mí mismo. El de aquí sin embargo me parece una sonrisa sostenida por una tela de araña fabricada por una de sus dos hijitas, a quienes también amo. En serio, casi más que a los hermanos jevis de la Gran Vía. En fin, no es que yo haya venido acá a hablar de política. Yo no entiendo. Mírenme.
Yo rompo los espejos de un puto suspiro chico. He estado de fiesta y han querido pegarme. Me han zurrado y no digo que no lo merezca. Siempre he sido un poco pijo y, lamentablemente, tengo una boca y oigo a los extraterrestres a través de mis oídos internos.
Yo bebo porque me duele la picha a menudo y no sé rascarme. Lo siento. Mis amos siempre han sido gente muy salá. Yo nací sin ego o, por lo menos, este vivía en Japón y se convirtió en la distancia que había de aquí a allí.

En serio, he intentado escribir una carta para vencer el miedo que les tengo a ustedes, el miedo que le tengo a, no sé, el dios ese, el que hace chistes por la tele, el... antes me gustaba Eddie Murphy. Lo siento, no suelo entender los chistes aunque seguro que se van a reír mucho ustedes conmigo. En cuanto coja confianza empezaré a llamarles guapetones.
Hoy no les conozco, quiero decir, aún, porque ya veo que esta carta sólo forma parte de mis tonterías para calmarme. Mientras les escribo me tiemblan las manos mientras cuento 30 gotas de haloperidol. Si echase más no me daría la mente para ordenar las comas, por mucho que en este escrito, se suponga que estoy hablando en lugar de escribiendo.
Sólo intento calmarme. Se me fue la mano como a cualquier otro tío y a mí me odia la desinformación y la inteligencia a partes iguales. Me deben dinero. Es el dinero de mi familia. Me deben respeto. Entiéndanme, entiendo por eso un nicho.
Estoy cansado de mí y por eso vengo a callarme y escuchar. Sabré hacerlo. Lo he hecho más veces de lo que parece.
Y me mola.
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Sin título


en la foto estamos ellos y yo.

Sentado a la sombra de un árbol que no existe intento la alegría del necio. Mi necio es una rutina. La necedad es sólo lo contrario del amor. He dicho que amo a la gente capaz de mirar el mundo en una miga de pan. Lo único serio de mi vida han sido palabras. Eso es necedad también. He gastado mi herencia en la literatura y el vino de los borrachos. Esta semana iré a un sitio y diré que me llamo Alberto y que creo que soy alcohólico. No espero ningún aplauso. Estaría cojonudo.

Mis palabras han sido un boomerang de plástico duro que se me ha vuelto hacia la cara. Por eso creo que mi cara ya sólo existe en el fantasma que mis pasos de garrulo ilustrado se han inventado.
Eso que tienen que ahorrarse todos ustedes.

En Valseca me escupen por borracho. Siempre digo que no voy a volver a Valseca. Llaman a mi madre desde Valseca y le dicen que otra vez la he vuelto a fastidiar. Ella llora y yo sólo escribo. Soy muy querido.

Un día todos los piropos que me han devuelto me servirán para pagarlos con mi perro el pulgoso cuando internet sea sólo el papel que tienen en un sueño los cangrejos.
Mi alegría hoy es la dedicatoria que sólo supo dormirse en el capullo en el que mora. Los libros me dan asco. Odio a la gente que presume de hacer gárgaras con la bilis propia o del otro. Pero es peor ponerse a escribir hoy.

Los desprecios alimentan la cama donde me ordeno de una a nueve, de cinco a cinco. (Uno, dos, tres, cuatro, cinco.... pero las ovejas no salen). Me han dicho que tendré trabajo, después, cuando lo solucione.
Las palabras no existen, créeme. Son lo contrario de un hombre. En medio está la responsabilidad. El egoísmo es lo contrario de una estrella.

Hasta me he creído que amo a animales (ya he dicho lo de mi perro del futuro). Ojalá sepa perdonar mi nacimiento.
No me gusta el arte. Me da bilis el arte. No me gustan los amigos.
Me he peinado el corazón con un erizo y se me ha clavado una púa. Yo, debido a mi vanidad, me comporto en mi habitación como si esa p púa fuera cierta.

El yo es un paria más grande que yo. Si supiera escribir lo haría sobre mamá y no sobre este desconocido de La semejante criatura. El viernes ella cumple 57 años.
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miércoles

La vida rosa de la semejante criatura


Un homenaje a Líneas Albiés

Ella era dios y yo le preguntaba al cielo ¿Cuándo va a parar de llover? Cada corazón es un insecto con voz de vaca. Al lado nuestro las tiendas vendían zumo. El cielo es eso. Muchos chococrispis y mierda de esa al lado de un tipo pesando un pollo. Y zumo, ya digo.
Los amigos son alguien que te dice que te da un premio de esos de lite a cambio de un setenta. Yo era un idiota de esos que decían no a todo o que tenían que pensarlo, así que no es que se pueda decir que sea literato, pero escribo siempre lo que me da la gana y desde casi cualquier mente. Tuve amores, como ocho o nueve. Eran seres extraños, de esos que mastican muelas todo el rato para saber que viven en la boca adecuada.

La gente es imposible de amar en el cielo. Ella es la rehostia. Tiene tantos nombres que nombrar el suyo sería una injusticia para todos y para ella más. (Yo soy casi majete, pero he vivido con sapos y, a veces, hasta he sido señalado por el capitán de un barco en ruinas.)

Una vez me senté en un bar con clientes habituales de esos que están bebiendo sol y sombra y haciendo chistes, reconocí al tipo que les hacía los recados a cambio de una cerveza. Tú tampoco tendrías que haber mirado mucho. El dueño del bar necesitaba una bombilla.
A lo que voy es que el cielo es una bombilla de esas. Debo de estar loco. Cuando volvió del recado le dije al tipo de los recados: hola, señor. Me miró, yo le miré y luego seguí bebiendo y a él le dieron su cerveza y ya está. Parece que has ligado, Juanito, dijo uno. El dueño se disculpó conmigo. Yo dije: me he confundido, el error ha sido mío. Me dijo, de señor, que si quería otro whisky que invitaba la casa. Lo rechacé. Dije: Muchas gracias.
Los seres humanos dejan de serlo cuando aprenden a decir Muchas gracias.

He fabricado una taza con la cara de Faulkner. Siempre que he de celebrar algo me bebo un Passport en ella. No es que haya mucho que celebrar, la verdad, pero al fin y al cabo estoy aquí, como tú y todo eso.
Los últimos amores que he conocido en el cielo son de una generosidad que asusta. Internet ha abierto las puertas a asquerosa gente como yo que vive rodeada de piedras en la conchinchina y que sólo ha sabido crecer leyendo a autores rusos bajo la sombra de un árbol flaco.
De Faulkner, un ruso más entre los norteamericanos de antes, sólo he leído Mientras agonizo, aunque dos veces. Me gustaba el título.

A lo que voy es que, no sé, ojalá estuvieras hoy conmigo. Ayer se me rompió una de Passport. Carlos ha vivido en México. Yo, de los otros pulsos soy muy malo, pero en el pulso mejicano siempre me he creído que era hasta alguien que podía ir de farol. Aunque Carlos me tiró a la segunda, el cabrón. Y la botella de Passport se rompió y volví a mi casa oliendo a whisky (9,95 €). Joder, a veces la puta vida es así. Todo tu puto mañana se queda impregnado en un asfalto, ya te digo, una mancha.
Carlos me dio una botella con un cuarto de Ballantines. Vuelvo a perder el poco atractivo, vuelvo a hincharme, mi cara parece un cráneo antiguo, los amores no están y, joder, tú tampoco.
Te quiero, abuela.
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lunes

Gordos/as


Lo primero que veo cuando me levanto del camastro es un bidón de gasolina rebosando de capullos. Enciendo un cigarro y me lo tomo con toda la calma que sé. Necesito calma en mi vida, como cualquier otro crítico literario de los cojones.
El humo del cigarro dibuja una flor a punto de morirse. Me meto los dedos en la nariz hasta acariciarme el hipotálamo. Recuerdo un sueño o dos y me pongo a teclear que no tengo un fajo de dinero donde cómodamente acolchar el cuerpo hasta que alguien entre y vea los restos de un cadáver.

Llamo a mamá. Le digo que saldré a comer, que necesitaré veinte euros.

Tanto si dice que sí como que no, pienso en una botella de Passport cuando cuelgo. Este mes no me han pagado la minusvalía y estoy pensando seriamente en aprender a escribir, en tener cultura y esas cosas. Ayer me leí el último Palahniuk. No me gustó el final, la novela sí, pero el final es una mierda. Desde Grecia lo único que no ha sabido inventar la gente que escribe novelas son los finales. A lo único que han sabido llegar los finales es a Beckett (en música a Ligeti, John Cage y estos). La verdad es que necesito cultura enfermamente. No se pueden escribir cosas como esto último sin haber estudiado nada. Es como esa gente que pasa de Kiarostami al cinexin y luego dice que su obra es un homenaje a Bresson, te enseñan las estampitas de unos negativos y dicen ¿Ves?

El cine, entre tú y yo, es una basura. Odio esas putas palomitas, para lo único que me interesan es para atiborrarme de ellas mientras me escojono en una sala repleta de emoticones viendo Gordos. Las palomitas y las chocolatinas. Meter un billete de veinte en el sujetador de la pobre vendedora. Así somos los críticos, aparte de incultos. Así somos la puta gente que no tenemos boca porque, si tuviéramos, nos la abrían vuelto a intentar romper, besar o qué se yo.
Una boca equivale a explanadas enteras de anos en la hermosa África. Eso que es lo único que hizo Duchamp por el arte del siglo 3 antes de Cristo. Y era un ready made. Hoy se llama twitter, facebook etc.

La obra de Palahniuk consiste en crear estribillos uno tras otro. “La hermosa Peg Entwistle se subió al letrero de Hollywood y se tiró desde lo alto”. Leídos uno, leídos todos. “Cuando alguien llamado Rodolfo Valentino murió de apendicitis, dos mujeres de Japón se tiraron dentro de un volcán activo”. Etc.
Lo dijo Horacio (amo a Montaigne): Quien salva a alguien a la fuerza hace lo mismo que quien mata.

De acuerdo mamá, once euros. Comeré un kebab y beberé cerveza sin alcohol. Estoy tan cansado como lleno de vitalidad. Lo primero sirve para reservarse para mañana y lo segundo para que cualquier tocacojones trate de impedírtelo.

A veces vale con firmar en un papel que ponga: Estoy a favor. O: estoy en contra.
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viernes

En la cara del hombre de los viernes


Durante horas de duro trabajo en el cabaret realicé numerosísimas imitaciones, casi prácticamente cien animales (incluidos entre ellos antiguos jefes de planta y antiguos familiares). Fue en el momento en que me pidieron imitarme a mí cuando abandoné ese arduo trabajo consistente en unas cuantas perras para comprar videojuegos, en alargar el tiempo que duraría desde un ahora a no volver a salir jamás de una habitación controlada. Los jugaba a todos. Me daba igual que tratasen de destruir algo o todo. El caso era cerrar la puerta y saber que saldría hasta que todo eso de tener un horario se acabase, es decir, hasta entrar en el mundo de los horarios. Hasta que el control ajeno manejara cada pequeño nervio escondido dentro de la tele.

En realidad son cuatro chuminadas de las que me creo hablar, contar y todo eso. En primer lugar se trata de un yo. En segundo de una violación a ese yo llevada a cabo por mí mismo. En tercera, otros follando ese yo. Y en cuarta se trata de escribir y nada más.

Leo mucho, ocioso, por supuesto. Me he pasado un cuarto de mi vida leyendo. Primero: prospectos médicos. Segundo: cromos y guarradas de ese tipo.

He empezado este escrito refiriéndome al cuento que ofrece título al libro que he leído hoy. Se trata de El imitador de voces de Thomas Bernhard. Cortito, de los de Alianza. Me ha gustado, mucho. De los de Bernhard / Miguel Sáenz es uno de los que más me han gustado. O es que el día acompaña. No lo sé. Este día, para mí, viernes, es más barato que un ano sin cuerpo. El esquizofrénico del pueblo (amigo mío, naturalmente) se ha muerto. Me hablaba de cosas que le pasaban. Sabía que entendía lo de la mierda de la medicación y un día fuí el único planeta del que oía disparos. Él no tenía arreglo. Me daba miedo saber que no podía ayudarle. Muchísimo más que saber que no puedo estrujar con una mano la cara de algunos hijos de puta que se lavan la cara con el sudor que se les ha caído al suelo a otros hijos de puta. He dicho que no iba al entierro. No entiendo para qué hacen esas putas cosas. En realidad, apartando el día en que se supo disparado por un planeta que creyó mío, sólo fui un paga-cafés en su vida. Se llamaba Ángel. Tenía 37 o 38 años. Todo el mundo que hoy va a su entierro es para sentirse bien con escupitajos propios hacia adentro y hacia fuera. Y yo que me creí que había iniciado este post para hablar de El imitador de voces de Thomas Bernhard. Soy un imbécil, igual que la literatura. Sí, por lo menos lo sé. Si hay algo que sé es eso y que las manos negras son de la roña que tiene en las manos y en la boca la gente que te trata con abrazos. El sexo para ellos es meterse esos dedazos negros en la boca y disfrutar con que la mierda que han cogido de un trámite les sepa a gloria.
La gloria es un parque con dados.

De Bernhard / Sáenz he leído: El sobrino de Wittgenstein, El origen, El aliento, Un niño, El malogrado, Sí y, hoy, El imitador de voces (me refiero a enteros). Aparte empecé Maestros antiguos y Tala.
Y el de hoy me ha gustado. Tanto como esta tarde de sexo y discoteca. Todos los viernes tarde o noche o lo que sea voy a la disco. Veo a los jóvenes rallaos y a los amos de la noche del pueblo. Los rumanos me aman desde que le dije a un buscón que me encantaban los maricones. El resto sólo me trata como a un simple esquizofrénico. Como a Ángel.
Uno de estos viernes conocí a un tipo loco en la discoteca que me dijo que yo era el mejor y que un amigo común (otro tarado que estaba cerca de la puerta) le había informado de que me habían dado problemas. Luego añadió: Si me los señalas les pongo una punta en el cielo de la boca.
Pagué lo mío y me fui diciéndole que no se preocupara y que ahí andábamos.
La gente está como mal.

A partir de “Uno de estos viernes” hasta el punto esto constituye más o menos mi literatura de facebook. Es patéticamente cierto. Siempre que bajo a la discoteca me tengo que enfrentar con un wannabee de David Bisbal, un hortera que, siempre que intenta darme una patada en los huevos (tipo Emporio de Letras) se la da al aire y las pobres mujeres de negocios (tipo Emporio de Letras). Como dice un paradigmático cuento de El imitador de voces (el más corto y el más malo): “Años aún después de haber muerto nuestra madre, el correo nos traía cartas dirigidas a ella. El correo no se había enterado de su muerte”. Bien. El correo es hoy una carta a Ángel, aparte el mini-relato, y, los hijos de puta, los mismos, incluidos el Hotel Kafka y la Escuela de letras de Madrid que, menos tarados que yo, terminan siempre en otro lado y todas partes. No doy más de sí pero, acostumbrado a la invención de historias de los otros, opino hoy eso. Y mañana.
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miércoles

Today is uncharted


El segundo día que pensé estaba rodeado de gente. Se trataba del Vicente Calderón. Era un partido entre el Atlético y el Sporting. No recuerdo cómo quedaron aunque ganó el atleti y dio un paso importante para acercarse a la lucha por la liga. Schuster estaba sancionado y fue Donato quien salió a su posición con el ocho.
La segunda vez que pensé debía de ser el minuto 63 o 64 del Atlético de Madrid – Sporting de Gijón de no recuerdo qué año.
Mi padre me dio un bocata y vi que era de tortilla y salchichas. Me dijo no me acuerdo qué. La gente estaba regañando al equipo porque no le echaban cojones. Silbaban a Donato. El mundo era una caca de la vaca flotando en olor a incienso. Los idiotas se irían. España era una mezcla de medio-centro suplente y guardameta tuerto. Los balones de España pesaban mucho. La gente, en el estadio, aplaudía y gritaba a los suyos. Los suyos eran Futre y estos, Manolo, Vizcaíno y Gabriel Moya.

La segunda vez que pensé acababa de sacar un córner el sporting. Abel la sacó de puños y yo comía bocadillo de tortilla con salchichas todo con un poco de ketchup y salsa brava. Esa mezcla me escurría por las manos. También tenía chorretones en la cara. España daba asco. Todo el mundo se parecía a un árbitro levantando la primera amarilla. El pito de un árbitro me despertó cuando el sporting iba a sacar un córner.
Ya no los hacen como antes, pensé más o menos el segundo día que pensé y di otro bocado y luego otro. Debió de ganar el atleti por la mínima. Eso le acercó al título. Son cosas de antes. Luego perdió en el Bernabéu e incluso oí que querían fichar a Klismann. La gente quería a Klismann y a Batistuta. La gente estaba contenta al final de ese partido porque, aunque no fue el mejor atleti, acabó ganando o algo así.

Aproximadamente en el minuto 67, después de haber pensado por segunda vez en mi vida, busqué a mi padre para decirle que iría al baño a lavarme del bocata y eso fue lo que hice. Abrí el grifo y después de estar limpio ya no recordaba nada salvo que había pensado según mis cálculos de ahora en algo similar a que ahora no era lo mismo que antes. Es decir, el tiempo pasa y el espacio sólo empeoraba o se corregía. Miles de personas, pensé y me lavé.
El segundo día que pensé tenía una moneda de doscientas pesetas en el bolsillo. El anhelo para mí era una moneda pequeñita, un bocadillo, mi padre y Dennis Bergkamp. Vivir en el ir, como dicen los poetas y los taxistas. No tener patria, continuaba el poeta, en el tiempo.
Lo que se sabe es una tontería mucho mayor que lo que se ve. Fue por eso por lo que no volvería a pensar, me dije. No tenía sentido. La gente salía cantando y gritando y yo no veía a papá. Papá, dije, papá. Me caí, me tiraban. La gente estaba tan contenta. Y yo también, yo también estaba contento. Mi padre me debía de ver desde lejos y se escojonaba mientras yo unos ratos estaba en el suelo sucio con colillas y, segundos después, levantando la cabeza a ver si esas risas se correspondían con la mandíbula de mi padre y todas esas cosas de las que yo era, en parte, hijo.
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lunes

Histoire(s) du cinéma


Ese día había comido verdura. Era, no sé qué día era de número. Era sábado. Un sábado cualquiera. Como ya digo, había comido verdura. Después estuve echado en el sofá aproximadamente una hora viendo una película sobre el asesinato a unas ancianas. Y fue en el momento en que uno de los asesinos iba a ser desvelado cuando intuí el apretón. En un principio sólo suponía tener que levantarme y buscar el servicio. No es muy raro que yo no sepa dónde se encuentra el servicio de mi casa. He contado seis sitios distintos, de hecho. Cambia de lugar, simplemente. Ya lo dice el dicho: Un sábado cualquiera y un retrete cualquiera.
Aguanté, no obstante mi pereza es un muro lo suficientemente firme como para provocar sombra en otro.
Vi que el asesino de las ancianas probablemente no era definitivo y fue entonces cuando busqué un cuarto de baño entre mi casa, en la que he llegado a contar seis diferentes. Abrí una de las puertas. Estaba llena de señoras secándose el pelo y pregunté dónde quedaba el retrete. Me dijeron que subiera hasta mi habitación y preguntase por allí. Para llegar a mi habitación siempre hay que seguir una línea amarilla.
Así es.
El apretón es una cosa que simplemente pasa. Fue cuando pensé seriamente en el contenido del plato del mediodía. Unas verduras. Pensé en un mundo lo suficientemente verde y naranja y concentré mi visión en la inacabable línea que conducía hasta mi cuarto. Subida la primera planta unos niños extranjeros con harapos me insistieron para que les diera pasta, pero no tenía, dije. Yo iba al baño, dije.
Rieron. Aquellos pequeños se mofaron de mí en sábado.
Sí.
Continué por un largo pasillo hasta que la línea amarilla me enseñó mi cama. No sabía qué más hacer y se me pasó por la cabeza coger una revista y caminar a un bosque. Pero era lo suficiente difícil encontrar un lavabo para meterse en el berenjenal de una revista.
Debajo de mi cama encontré varios billetes de autobús. Eran tan pequeños.
Fue al abrir la sábana cuando di con un váter, ducha y lavabo.
Me senté y cogí uno de los libros que estaban cerca. Un manifiesto sobre los derechos de algunos intrusos a tener un hogar con calefacción.
Tras unos minutos de lectura un pájaro salió expulsado de mi ano. Me dijo en inglés que, como todo pájaro, él creía en el amor. Por eso piaba.
Tuve que hacer un esfuerzo largo para sacar a su mujer al mundo.
Luego me dijeron que me había olvidado del abuelo y sus tres churumbeles.

Me limpié mientras ellos volaban alrededor del cuarto de baño. Usé la ducha un par de minutos. Me lavé, abrí la puerta, hice mi cama y supuse que, si hasta allá me llevó una línea amarilla, al salón me devolvería la misma línea, así que la seguí hasta que, por fin, di con otro baño.
Joder. Las películas de los sábados son horrendas. Alguien había matado a las pobres viejas para cobrar un seguro de algo. Algo así era el móvil.
Hay mucho sobrino hijodeputa, pensé.
Sí, sí; así como te lo digo.
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domingo

Textes pour rien 4








Escena uno: Cita dominical con el filósofo.


La mesa está puesta. Hay salchichón partido y, en otro plato, unos macarrones con tomate y queso. Hay un plato de ensalada sin aliñar y, en medio de la espantosa fiesta, el filósofo toca una flauta que se ha hecho con un boli. La canción se llama, según dice: Una campana de vidrio parece rodear al esquizofrénico. No hago preguntas. El filósofo toca. Su señora me trata bien. Es todo amabilidad. Me pregunta si me gusta el vino. Digo un poco y dice: Pero si tú no puedes. El filósofo abandona su melodía y echa una risotada. Coge unos macarrones con el tenedor y dice: Madelein, el tomate esta vez sabe a tomate. Ella dice: Nuestro invitado de hoy no puede ¿A que no? Y él dice: Ahora voy a tocar en re mi composición Las mejores enseñanzas se muestran en los pormenores.


Escena dos: Una lacra con sentido.


Hay muchos mosquitos en la noche. Hacen ruido, pican y despiertan. Los cerebros, cuando ya no lo pueden soportar, piden un cambio. Es esto lo que se ha malentendido, según la teoría del filósofo que vive dos calles más abajo. Muchos cerebros se han ido de casa sin permiso. Y, por ese mismo motivo, han sido recibidos en muy dispares cuartos de baño. Se acomodan, asegura, en una palangana (y esto lo dice: por poner un solo ejemplo). Cuando el agua rebosa no actúa, señala. Esto es el mal de nuestro tiempo. Yo digo si podría tomar un poco de vino. No, dice Madelein. Tú no. Es un encanto. Me da un bollo. Tiene miel. Él coge la flauta que se ha fabricado con un boli bic. Dice que va a tocar su composición preferida, que se llama En un tiempo viví como los dioses y por eso hoy existe mi viaje. Cualquier vaca del monte tocaría mejor el oboe.


Escena tres: También los átomos, ya nada importa.

Los mosquitos son insoportables. Uno, por ejemplo, puede estar durmiendo plácidamente en Aravaca o Hong Kong. Siempre que un mosquito elige un cerebro que amartillear se muere un gallo. No importa la hora que sea. El sol ha salido y los coches vuelven a su hogar. Todo es como en una película de caballos, dice Madelein. Madelein ama a los animales. Tiene un orangután llamado Mongolín que vive con su mamá en el pueblo. Me pone el desayuno y dice que no se me ocurra beber Larios y ríe enfermamente. Luego añade que es de muy mal gusto. No sé por qué me he quedado a dormir. Esta familia debería de estar, si fuera yo, hasta las narices.
Mi amigo el filósofo viene a la cocina, me dice que me va a tocar hoy el xilofón. No se rinde. Ha compuesto una canción que se llama El ciego psicoanálisis. Me dice: ¿A que te mola cómo toco? Yo digo que me marcho, que mis padres han de estar preocupados. Él dice que necesitaré un buen hacha si el tronco es grande. Madelein aplaude. Dice: Por favor, toca esa por la que te dieron la Erasmus. Ah, dice él, pero eso fue una composición sin importancia. Sí, por favor, insiste ella y me dice que él siempre ha sido muy modesto con sus éxitos. Saca una zambomba y dice: Querido público, desde la calle Curato, les voy a interpretar una locura de juventud llamada Morir es arduo, pero se consigue. Madeleine, visiblemente emocionada, aplaude y me dice que, desde el día en que conoció esa melodía, algo inexplicable afloró en su sensibilidad.
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