viernes

Diario de un hombre de cera


Es un error del respeto acudir al umbral en busca de una antorcha y despertar la persona que allí extiende sus brazos sin más hacia la pesadilla.
Se ha convertido el hombre en un silencio que no coteja paladar alguno. Aprender a andar sobre la nieve sin dejar la huella o, tras haberla plasmado, hacer acontecimiento de su intuición. Volver después, sacarla y, luego, convertirla en la sustancia del plato en donde comerán los hijos.

Escribo en el cuaderno como si fuera registro de una circunstancia ajena, y no anoto aún que seré rey de un país tan remoto como España. Los que eligen mi reino, entretanto, me dan un cetro de flores a cambio de engañar la ene de mi nombre y ríen el mérito creyendo elevar la broma como doma la gravedad a los cadáveres. Manejan el ingenio como una causa que de su virtud hablase, tratándolo como un útil para tapar la negación del crimen.

He descubierto, por lo demás, que escribir no requiere de imaginación, sino tan sólo de coger una idea fija y convertirla en dictamen del oído.
Es ya día doce y no claudico ante la solución de los médicos. Me he negado a ingerir los compuestos de litio a cambio de una muerte que sea mía.
Ellos, en cambio, obran como si quisieran explicar a un muro el hermetismo que sugiere su presencia a los del otro lado. Por eso quieren ser amigos. Compartir el trono de su muerto.

Soy un niño evidentemente loco ¿Para qué quiero la duda? ¿Para qué, si no quiero jugar con otros niños?

En una ocasión, de más crío, tras haber ingerido el suficiente veneno, procedí a llenar una bolsa con la consecuente bilis que, además de quemar y ofrecer la posibilidad de hacer con ella una tila, era de una transparencia que invitaba a ser colgada en el techo con un hilo y acercar ahí la cabeza para asustar a la mosca que mira desde su interior el mundo.


Es día dieciocho y ha venido el doctor a interrogarme. Le he recibido en mi habitación y, por vez primera, he permanecido callado.
Mi habitación es un lugar repleto de las miradas de otros niños. Se juntan a contar el simio que fueron sus antepasados y medir que la altura no pase de ninguna media ni la advierta.
He dejado de ser nada a cambio de la misma y el doctor, ante la duda, ha propuesto a mi mujer, me cambiara los pañales en un rato.


He perdido la cuenta de los días pero calculo que, habiendo sido ayer día dieciocho, hoy habría de convenir su sucesor. Se lo he contado a mi médico, el mismo hombre que sostiene desde ayer una palangana misma, legado menor de una obra poca en la que interviene sin querer, dejando que escriba esto. He añadido también que no soy loco, pues él es el que ha emitido juicios y dotado de voz a mi silencio. Le doy mi guerra postulando que he leído a sus maestros y sugerido que, mientras él busca en su ciencia el lugar donde reside el malvado Polifemo, yo he tenido el placer de disfrutar cada palabra. Evidentemente fui arrogante. Él sólo había ido allí por su trabajo. Escribe en su informe que el trastorno bipolar es una cosa muy seria, y me lo tiende, como si fuera ese el emblema de su letra.


Ha llegado la televisión, venido el día en que quiere entrevistarme la MTV. El doctor les ha dicho que pasen y cuestionen sobre su futuro a cambio de grabarme. Él me presenta. Para ser la posesión de un mico ha llegado lejos y le cuesta agonizar, elegir su última palabra. Su presentación le sirve al texto que levanto sobre mi ruina de palangana. Él la vaciará y me dejará con ellos. Hago uso de su respeto y correspondo. Ellos me preguntan sobre bolsa e inversión y, antes de emitir el juicio, mi mujer sube y tiende el cheque. Desaparecen entonces con el doctor y el resto de aparejos. Consentirán dar aposento a mi fama según su juicio. Dar un lugar a su reino explicando mi miseria.


Mañana me atenderá otro médico, me explicó la locutora. Es un chico sano de provincias que sabe de la suerte que procura cada día el cielo en lo alto, sin advertir de su capacidad de vértigo al elevar hacia esa velocidad impresionable el cuello. Me dirá de la importancia del orden y de la limpieza, y de acoger la noche como a una amiga a la que se quiere para el sueño. Me dirá que respirar es sano, que el amor le gana a la belleza o que es el que la permite. No dirá que acá vivió un idiota sino alguien con una sensibilidad especial; será amigo. Pero todo a partir de mañana. Ahora está con mi mujer, y presenta su elocuencia en el cuarto de baño bajo la única tarjeta que acredita a su rango cierta pose de nobleza.


Hoy es día veintiuno y he conocido a Ramón. Me ha caído bien. Las certezas de mi primer médico, único emisor de mi parodia, eran severas a la vez que precisas. Ramón me consuela como al animal que soy y procedo a firmar el documento que habla del derecho a mis órganos de los más necesitados.

Mi bella, amada mujer, mientras, se contenta con que acuda al acontecimiento enseñando la sonrisa que ella supo, según dice, el día en que elegí su cabeza para no sé qué.

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Textes pour rien 3


Escena uno: Diario de Cabramán 1º

Es como cualquier otro negocio. Los dedicados al amor de siempre tenemos la labor de morder hasta crear un daño que se note. Un copyright que dure lo que dura la estancia en un súper. Al pagar se echa una luz sobre el código de barras y la realidad vuelven a ser los horarios de una parada de autobús. A mano derecha, un cubo de basura contiene todas las latas de bonito que se te han olvidado. Una flor se arruga bajo uno de los zapatos a medio atar que te has puesto. Comprendes que todo son señales del mundo. Las ruedas de los coches hacen ese sonido especial que existe en tu cabeza al pisotear barro. No todos somos perfectos. De hecho, hay mucha mierda. La basura es un precio. Un precio que se le pone a una charca. Las charcas son preciosas. Son la verdadera fiesta de después de cuando llueve. En mi casa cuando llovía matábamos un cerdo. Para comerlo, matábamos un pobre cerdo. Era nuestro corazón y lo rajábamos por el cuello. Cogido por la espalda era un honor crear el tajo. Saber que cada gota de sangre era vitalidad no entendida sobre la paja regular de un matadero.

Cuanto mejor entiendo el ronroneo de los gatos semimuertos en tejados de casas sin hacer, menos a la modernidad y más a mi pequeño pueblo. Me avergüenza lo rápido que tecleo. Tecleo como si lloviese fuerte. Me visto para escribir. Procuro un tecleo á lá Glenn Gould. Cada vez escribo más idioteces. Escucho a Julio Iglesias y escribo idioteces. Es maravilloso. La vida sigue igual.


Escena dos: Un día maravilloso para algunas gaviotas.

Voy con Lidia de librerías. Es martes. Miramos un Kurt Vonnegut. Todo es estupendo. Después la presento un bar. Nos comemos un perrito etc...
Kurt Vonnegut, que ahora está en el cielo, escribía novelas para mí maravillosas. Se lo digo a Lidia. Ella sonríe. No puede no hacerlo. Estoy tan encantado de pasar el día con ella.
Auschwitz e Israel traen de la mano una cosa que nos decimos. Yo enciendo un cigarro. Lidia me dice que la fuerza siempre es ambigua. A mí se me ocurre que los grandes mecenas de la antigua Roma no sabían comer solos. Pero en silencio tampoco.


Escena tres: Una incógnita.

Vuelvo a la discoteca de mi pueblo. Hoy pienso no reírme de nada. Se me acerca un tío. Me dice que él se droga. Yo tapo la risa con la mano. No, no me estoy riendo, le digo. ¿Y qué drogas tomas? Me dice que podríamos ser colegas. Él toma todo. Le digo que yo no existo, que si le gustaría. Dice que sí. No entiendo su sí igual que no entiendo mi pregunta. Supongo que me he librado de él, pero vuelve. Vuelve con ocho muchachos igual que él y todos dicen Sí. Y yo digo: Pero luego, chicos, luego. Por favor, añado. E insisto: sí, por favor. Y vuelvo a insistir: Porfi.
Son encantadores. Si no fuera por ellos, pensé cuando estaba en medio de todo ese apogeo, desaparecería ahora mismo.


Fin 2.
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lunes

Textes pour rien 2


Escena uno: Cualquier día de Pez cabra.

Al lado suyo había un animal ciego buscando una mano que no existía. Reconoció a un hombre en un cartero. El silencio del autobús para excursionistas era cada vez menos maleable. Sólo había gente conocida. Todo daba asco porque la vomitona general era fruto seguramente de una traquea que ya no podía oír. Dijo en alto que las farolas eran una mezcla de chatarra y el amigo que se apoyaba en ellas. Lloró un tiburón que le quiso comer antes de ahogarse. Y luego se fue a acostar como si nada.


Escena dos: Cualquier miércoles de Hurón macizo.

Mi mujer vino y me dijo que estaba saliendo con un chico cachas, ese con el que a veces coincidía al sacar el perro. ¿Qué perro? Dije. Fue de un efecto sonoro que nos estuvimos riendo todo el camino. Cuando paramos nos dijimos hasta luego y entré en mi casa y me pregunté dónde se habría metido mi familia de sapos y ranas.


Escena tres: Una noche impresionante de Viernes bueno.

Me estaba riendo de no me acuerdo cómo molaba y se me ocurrió después de comer bien que iría a la discoteca de mi pueblo donde están siempre bebiendo mierda con basura. Me dijeron: Tú ¿Qué pasa? ¿Eres legal o es que no entiendes que es mía? Yo reía y reía. Pedí otra de mierda. Vino ella y dijo que se debía de creer gracioso o no sé qué y yo ríe que te ríe por los suelos. Luego vinieron los amigos de la pareja y le preguntaron si quería que me eliminaran. No podía de la risa. Les dije: Perdón, es que yo soy así. De verdad que no es nada personal. Uno de ellos dijo ¿Tú crees que somos idiotas? Y yo, pataleando de nuevo por el suelo, riéndome sin poder respirar. Dije perdonad, no me peguéis. Es que no me llega para todos pero os invito a una cerveza o algo y me puse a reír y reír sin poder parar barriendo con la espalda el suelo de la entera discoteca. Este está fatal dijo uno. Sí, dijo otro. Fue decir eso y conseguí levantarme. Les pedí perdón con toda la seriedad que supe. Él me dijo que bien estaba pero que no volviese a mirar a su chica. Yo sonreí un poco. Y luego me estuve riendo. Se alejaron y carcajeé y carcajeé. Un guardia me llamó la atención, me dijo que si había bebido lo suficiente. Le dije que no bebía. Le enseñé mi carné. Se fue y seguí riendo. A lo lejos vi cómo le decía a otro guardia y me señalaban. Guardé la compostura. Después me tomé una mierda de algo, pagué y me fui. Adiós, majete. Dijeron los guardias cachas. Esto fue el viernes pasado. Al salir oí el pío de los pájaros. Todo, en verdad, es tan tierno. Llegué a casa y miré si alguien me había puesto algo en el blog. Durante el fin de semana no salí porque me daba tanta vergüenza de que los pobres pájaros o quien fuera pudiese tener una miga de razón.


Fin.
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jueves

"Me tranquiliza y me alegra"


Soy el autor anónimo de Valseca, dije al llegar a mi pueblo, Valseca, después de tres enormes años. Ya nadie me conocía. Supuse al principio que mi aspecto había cambiado pero luego me di cuenta de que todos los demás eran los que, en la verdad, habían cambiado. En primer lugar hablaban un español del este de Europa, gangoso y que siempre empezaba con la palabra Coñostia. El guardián del pueblo era una réplica de Pocoyó adorada por todo el mundo. El tipo al que le dije que yo era el autor reía y reía hasta escojonarse por arriba y abajo al mismo tiempo. Me pregunté si era de mí o si de lo que yo había dicho y luego pensé que tanto una cosa como la otra eran la misma.
No se parezcan a mí, dije y añadí: se lo suplico. Luego le pregunté si estaba el señor cura por allí. En fin, me dije, estas son las cosas en apariencia mesiánicas que me ocurren en los sueños, los planetas donde las cosas realmente importantes como el dinero y la gloria eterna no existen salvo en metáforas básicamente típicas.
Allí estaban mis amigos, que eran otros. Yo no sabía dónde estaba. Decía que quería comer los garbanzos de Valseca y las rosquillas de la Calola como quien va a Logroño y dice: Induráin.
En verdad no sé para qué he existido. Si tuviera la fuerza de un oso comprendería que las garras son para extirparme la cabeza. Esto se lo diría exclusivamente a un amor.
Un amor es la carta esa que empieza: Nos conocimos en el starbucks de Fernando VI. Y acaba: Hoy el mundo ha cambiado un poco.
Yo amo mucho Valseca, dije. Luego busqué el carné de identidad porque era obligatorio para aprender una lección. Ah sí, dijo uno de los nuevos de allí, tú debes de ser el gilipollas ese. Entonces le mordí la oreja por atreverse a decir eso y comenzó todo el mundo a respetarme. Dije que yo no sé qué no sé cuántos.
Creo que me he equivocado viniendo a Madrid al igual que hicieron mis amados abuelos. Ellos me hubieran permitido mi niño hasta que me muriese pero, como se murieron, ya no podían.
En Valseca pedí trabajo a todos esos desconocidos. Dije que los de antes molaban y seguro que me darían algo o hasta me permitirían ser el marqués del pueblo. Dije al del bar: Deme un teléfono que ahora mismito voy a llamar al señor alcalde. Lo de señor era una repelente broma. Hice que hablaba con sus hijos y les decía: Dile a tu padre que se ponga o te pongo a currar haciéndome fotocopias, cacho cabrón.
Yo decía las cosas típicas que había aprendido en Madrid, claro. Esos tíos lo flipaban en estrellas blancas sobre rojo. Al alcalde, que no lo cogió, le dije inventadamente en alto: Mira, esto ha cambiado de la osti y como tú no cambiar te voy a joder y enterarse to dios de casa la Paca hasta la cruz yendo para el camino Segovia por el cementerio nuevo y luego bajar hasta donde el pilón (señalando con habilidad los cuatro puntos cardinales de mi amado pueblo). Hice que le colgaba y, de hecho, colgué. ¿Qué pasa que me miran ustedes raro? Dije a gente rusa boquiabierta. Pedí un White Horse al camarero y dije que yo había leído Memorias del subsuelo de Dostoievski. Dije: Si yo fuera una ficción sería ese protagonista pasado por Jakob von Gunten por aquello de mi casi honrada sonrisa juvenil.
El sueño no se acaba nunca sino que sigue. Das cuatro vueltas y analizas si en tus recuerdos del sueño la interpretación de ellos mientras estaban ocurriendo ha sido correcta. Fue cuando, en la mañana, me dije: Coñostias, los confundí en el sueño por un error mío que me creí hasta acordarme ahora, pero no eran sino los mismos, mis amigos o lo que sea.
Él siempre caminaba con la cabeza gacha para que no lo persiguiera nadie... Cosas de esas escribí en el ordenador para acordarme pasado el tiempo, aunque el personaje no escribía nunca porque sostenía que su único oficio, y esto era cierto, era estar loco.
He llamado a Carmen Balcells esta mañana después de seis meses y la he dicho que, por favor, me lo aclare. A ella tampoco le funciona la cadena de música y está con el spotify todo el rato. Menos mal que he dejado de beber. Me sirvo un Lawson con tres hielos. Me encantan los micro-poemas. Le digo a Mamen. Si Ajo existiese haría de follar con ella. La vida es horrenda, vuelvo a decir tras una pausa. Mamen hace que me escucha. Le digo que Robert Walser se presentó en el hospital definitivo diciendo que antes molaba pero que ahora era un escritor fracasado. Ojalá -le digo a Carmen- yo fuese el puto Robert Walser para decir que somos todo el mundo unos chaquetas vueltas. Digo que soy Robert Walser a los 12 años. Digo qué bien estamos muertos. Digo que soy del atleti y que jugará contra el Liverpool. Digo que tengo sueño de nuevo. Digo que tengo miedo. Digo que me callo ya, que lo siento y que cuelgo. De las cuatro cosas que sí existen sólo la ignorancia es un juego de magia. Pone Abracadabra bajo las palabras de Lucrecio recogidas por Montaigne en trad. De J. Bayod Brau para Acantilado que vienen a decir “Cuando el cuerpo ha sido quebrantado por los duros embates de la edad, y los miembros han desfallecido, con sus fuerzas embotadas, el ingenio claudica, la lengua y la mente deliran”.
Sería algo fácil decir que estoy hablando de mí en este texto o que eso es lo que intento, pero no, juro por Valseca que estoy todo el rato hablando de los demás.
La literatura es más divertida que follar con cuatrillizas.
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miércoles

Textes pour rien

(hoy le robo foto a mi amiga y compañera de periodismos en HK, María)

El cerdo primordial de mi alma, si se enterara de que vive en un gusano, capaz sería de graznarle a mi rota cabeza de dichoso.
Como no tenía dinero dije que pagaría en cuanto me fuera posible.
Siempre que comió la hostia lo hizo sin decir: Y con tu espíritu.
En los morros del buen cerdo crece una hormiguita. Es un bien al que se aspira cuando no se puede cambiar el canal de radio o su puta madre y soy demasiado amigo de (...) para ser su (...). Ya no sería negocio. Si no hay palabra para expresar horror entonces ¿qué boca inocente? Siempre creo que Nicolás, mi primo, el más pequeño, que jugaba conmigo, me cuida desde algún sitio. Lo creo sólo porque murió muy joven. No le fue, creo, y su cabeza se cegó rápido. El casco se salió.
Hoy todo es un amor (siempre sucio, claro: es un Yo) picoteando alguna oreja y, antes, friéndola. Pero sí creo que, aunque no me aprecie ni nada así, mi primo me ayuda o algo.
Las cocinas pueden ser enormes. Alguien elocuente hacia su moraleta se acordaría, como mínimo, de encontrar ratas, cogerlas y echarlas a algún sitio cualquiera que contuviese desperdicios.
Yo soy muy fan del queso. También me gusta el vino (el vino es a la música y el queso a los libros creo, por ejemplo), y preferiría que permaneciese ante el queso, el vino, pero se me da guay el queso. Yo entiendo de queso. Tapo bocas con el queso. El que me atiende se acojona porque sabe que no reacciono ante su: usted tiene buen gusto. Para nada. Le monto dos ostias ¿sabes?
He visto gente muy solemne en los súper.
Yo tengo Eroski y Día. De donde yo vivo hay más variedad y, por lo tanto, más gilipollez en el Día. Por eso, a veces, es un buen plan elegir uno de ambos para salir de casa. Suelo salir con de 15 a 30 €.
El cerdo primordial sólo sabe escribir en el blog pero siempre que teclee otro... Al cerdo lo que le va es la panceta refritita.
De conocer tanto gilipollas suelto sólo aspiro a estar muy enfadado con mi cerdo primordial. Es por, caso de no poder esconderlo, hacer que parezca de lo más vegetariano.

Tengo una especie de amigo inevitable que vomitó un corazón a los fríos -es un suponer- pies de una chiquita del colegio y siguió viviendo como si tal cosa, aunque muy insultado y multiplicados los desprecios hacia su posible persona. Esto pasa. Yo con él porque no tengo otra y porque es una maravillosa excusa de permitirme no hablar, de no dejar que hable un espantoso rinoceronte.
Le conocí de pintar y la escritura. Da igual. Si se muere sólo me acordaré como minuto y medio. Un cigarro, eso le voy a dedicar. Me gustaría encenderlo ahora. Ayer y antier es mentira todo. No supe. Sí, la verdad es que sí, vamos, le diría si estuviese aquí ahora. Pero no me quiere.
Le comprendo tanto.

Presumí ante él y otra vez ante otro de haberle, quién sabe para qué, rescatado de un hechizo. Hoy su realidad es pisar despacio el mismo mapa que le condujo a aquella patología procurando evitar siempre antiguas minas.

No me pregunten por nombres, por favor. No recuerdo absolutamente nada más.

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sábado

El hombre y yo


La primera vez que pensé tenía aproximadamente 26 años. Hacía un calor insoportable. Debía de ser casi verano. Recuerdo que las luces de mi casita estaban apagadas y que, enfrente mío, estaba alguien, seguramente algún pobre animal rotundo.
Antes de ese día, recuerdo, llegué, por ejemplo, a jugar una partida de ajedrez, aunque sin ganar.
Como desde bien pequeño he tenido muy grande la picha, ese día que, recuerdo, pensé, tampoco era una excepción, así que preferí no moverme más que a por una bolsa de patatas fritas. Al principio, recuerdo, no la encontraba. Pero busqué y busqué, y luego la encontré.
Antes de pensar incluso recuerdo algún amor. Todos y todas con rizos y, debajo de los rizos, siempre no había nada. Busqué y busqué. Yo recuerdo que busqué como, ya he contado, luego con las patatas fritas. Una vez llegué a encontrar un cofre. Estaba vacío. Eso es todo.

Recuerdo, del primer día que pensé, que no había nubes. Es verdad, pero que absolutamente ninguna.
Recuerdo que en mi vida no existía aún la mierda del ordenador asqueroso y sus teclas de moco y su pantalla de luz de chochomono. La vida era más antigua y, por lo tanto, mucho más fácil era respirar sanamente. Yo todavía estaba trabajando en una granja de animales y niños. Molaba, señor y señora Urrutia, por ejemplo o como ustedes se llamen. Yo decía un día: hola, soy bla bla bla, y eso era todo, y estaba bien. Me daban dinero y, siempre que era la una de la madrugada, yo, sin problema alguno, apagaba las luces y me sumía en mis siempre dulcísimos sueños en mi siempre confortable lecho de marqués molón.
La primera vez que pensé, recuerdo, estaba sentado en un sofá lo bastante cómodo comiendo de una bolsa de patatas fritas. Enfrente mío había un. No, eso no, eso paso de contártelo.
Bueno, pues desde entonces. No, la verdad es que tampoco ha pasado mucho. Todo ha sido un pedazo de mierda como antes de haber pensado.



PD: No sé. Si tuviera algo sería un reloj de agua al lado de unas rufles queso.
Da igual.

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Otra maldita carta de amor


(dibu de Juan Soto Ivars)

Siempre, toda la vida ha sido imaginar a un monstruo. Stop. Me he tatuado en la frente un agujero. Stop. Recuerdo a abuela diciendo en la cocina de la casa del pueblo: Qué sabe un burro lo que es un caramelo. Stop. Entiendo que las hormigas que vienen son benévolas... Me he encerrado a leer unos libros, intento la crítica literaria. Lo intento y estoy traduciendo del ruso. He conocido a un pobre hombre ruso. Me ha preguntado un anciano qué soy. Si tuviera que decir algo entonces sé que estoy muchísimo mejor en silencio. Yo, junto con un amigo mío medio bruto, un día, hablamos de esto y aquello. Stop. Y también de que no tiene sentido.
He conocido a un escritor terriblemente feo que habla sobre lo bonito que es Acapulco. El mundo de la literatura son unos cuantos sin idea. Hay una idea que es, por ejemplo, visitar un supermercado. Ese es el mundo de la literatura y todos, todos, están.
¿Qué harías tú 39 años en el cuerpo a 14 de una chinita impostura? Mientras procuro la crítica que he de hacer leo los siguientes libros: “Los sertones”, “Michael Kohlhass”, “Como un paraíso de locos”, “Kate Moss Machine”, “Barbazul”, “Odile”, “El cubo de Rubik”, “Circular 09”, “Poesía completa”, “Electrónica para Clara”, “Museo revolucionario”, “¿Quién se ha llevado mi queso?” y “Psicoterapia con LSD”.
Mi madre está viendo una película de juicios. Hoy debe ser festivo o algo. Yo sé por qué los artistas beben. Es una cosa que viene de antaño. En la taberna de mi pueblo siempre había uno que estaba muy atizado y era de beber. Se bebía el agua de fregar con una boca y con la otra dale que te pego y dale que te pego. Pues tampoco es que esto sirva de muchísimo. Yo creo que sé por qué los artistas beben. Incluso una vez conocí un genio. Esas mujeres burguesas es lo que tienen, dos cosas: Las tabernas y el genio. El resto es su cuerpo de haragán cegato. Lo he hecho. Hago todos los días sexo con un zapato. Es genial, como dicen ahora. Histeria, stop, es lo que hay en un cuadro como por ejemplo esos de Kasimir Malevitch tipo Blanco sobre blanco. Leí sus memorias. Son tan, tan, tan aburridas como miopes. Los hombres y las mujeres, cuantos menos ojos tienen, más artistas son y también más cuadros. Me he puesto a dibujar sin parar para una amiga que es un secreto.
Stop.
Un secreto es no no, no me gusta la poesía. Son tan amigos de sus amigos. Huelen tan idénticos las mismas patatas en las mismas sartenes. Lo de la mili se debería de retomar y debería hacerse para poetas casi exclusivamente. Yo, que soy muy mujer fatal, lo veo así. Pero porque puedo permitírmelo porque, claro, hasta una vez estuve tan encantado leyendo en el hospital que cuando luego visitaba las librerías me decían si quería uno de esos pintxos que sólo traen merluza.
Me los he comido todos, stop. Todos los monos, me los he comido y no ha pasado más que eructo en silencio y, si hay más gente, me giro y tapo hasta la boca. Eso es un yo, por ejemplo, a la manera en que es a menudo tratado por una mariposita. Todos los monos frente al monolito ese de la película 2001, eso soy yo comiendo solo en la cocina. Un yo es eso y no es que comas, sino simplemente que no hay mayor sopa de arándanos que un cuadrado de desierto abandonado al lado de una mesilla de noche y una lavadora oxidada, por ejemplo.
España, y esto no es cosa mía, es un burger center + Empanadillas de Móstoles + Valseca + Escuelas de escritura para felices + dos amigos llamados Esther y Ramón + un restaurante copiado de Mongolia + esos de la televisión que imitan los chistes de mi blog + una amiga que a menudo me dice “Disculpe el señor que yo sí sienta solidaridad hacia Auschwitz”. Eso es España. Si encima le sumas Andorra da igual, a no ser que fichen a Ratzinger y Cristiano Ronaldo o Kaká, es lo mismo. Pandilla de hola qué, por fin he conocido a un vaso de leche. Así era el artista que me flipaba cuando yo no era más que un criejo en la taberna de mi pueblo. Yo, entonces El retrato de un mono con kiwi, sabía la vida entera y hasta los santos y los godos. Leo el poema “China” de Bob Perelman y unos cuantos libros, uno tras otro y tras otro hasta que no caben. Las maletas son un invento muy bueno. Las maletas y el hombre también. El hombre que inventó la rueda era algo fuera de lo común.
Stop,
He parado. Stop. No sale un relato de esto. Yo creía que sí, pero sólo al principio. Si siguiera, al final saldría. Mira: Esto es mamá perseguida por un hijo ¿Sabe? Sí, un hijo tonto de esos, de los de siempre. Mamá vive en España aunque dice que cuando consiga tener dinero se irá a Andorra. A veces va a la taberna y allí siempre hay un hombre bebiendo que, dicen, debe ser artista... Y así hasta acabarse, porque todo lo demás no se acaba. Háganme caso, yo he tenido un infarto cerebral y es bello, mucho mejor que lo de la esquizofrenia. A mí me ha venido bien, aunque no sé por qué escribo y escribo novelas y lo del tío ruso y en el blog. Me parece básicamente un puente y otro sobre el mismo agua. Sólo los cruzo yo y, por eso, son una idiotez, pero funcionan. Aunque si lo que usted prefiere es llevarme la contraria, por favor, manifiéstese, dijo.
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