jueves

Notas para Una teoría de Andorra, vol. III


(dibu de Juan Soto Ivars)

Antes de venir la primavera me criogenicé en el bies de una amapola, en el salón leí a Horacio y, cuando fui avisado, asistí, con cara de póker y solo -transporte público-, a entierros de maestros míos.

Sólo he hecho orejas a gente cuyos sexos me importan un comino. En mi casa queda vivo un grano de arroz y lo he metido con dos dedos en la boca como si me perteneciera.
La ruina es mirar el sol de esta tarde a través de un microscopio. La mente delira en otra dirección cuando has cumplido diez años y sólo ves animales en el metro.

La tierra, que es del aire, consiente la esquizofrenia. La mayoría de los esquizofrénicos somos medio relativos y a veces no tenemos imaginación. Hoy que enfermedad y medicamento son la misma merienda -el mismo copyright- estamos dejando la enfermedad a la altura de una charca. Nos tenían que machacar más y no que alzo la vista y sólo veo marqueses a mi lado. Poco importa que duren así todo el rato o sea cosa de un segundo. Vosotros, que nacisteis para artistas del hambre, parecéis Beau Brummell simulando una gran cena. Tranquilos muchachos, tan sólo caeréis muertos en un asilo de caridad distinto. Y, mientras, a follar, como quien dice –permitidme esta maldad-. Dais... Si Michi Panero -en esta vida se puede ser de todo menos un coñazo- se levantase de su tumba os pondría el culo cojonudo.
Un diletante sólo es un intento de colono, y África es tan grande que no cabe en el marinero de mi primera comunión, esquizofrénicos burgueses, cerdos.

De donde yo vengo un loco es alguien a quien le basta la visión de una herradura. La vida eterna, en mi casa, es un tebeo gastado que tiene en la portada el esbozo de una fresa. Al abrirse es saludado un gendarme, cada viñeta trae un cementerio de pájaros y la historia, sin embargo, no dice nada más que el vestido de una princesa. En mi cocina las princesas son, como mucho, el amor a un tornillo del catorce un domingo por la mañana.
Mamá, no sé qué estoy haciendo, espero que leas esto a la hora en que miras tu correo. Desde que volví a ser ingresado adopto la postura de una llave para hablar con un grajo. Los demás, tienen ochocientos años. Aquí no hay chicas. Estoy aprendiendo a fumar sólo para hacer algo. Gracias por traerme libros, los he vuelto a regalar. No los entiendo. Con la medicación no hay quien se entere de una simple polilla y termino llamando a una recepcionista que siempre dice que no es ahí. Ha empezado a molestarme la ropa. En el tiempo en el que oigo que alguien ha cerrado, me desvisto. Todo es como el chiste ese del hombre que inventa el café y luego no sabe hacerlo o algo parecido. Estoy escuchando a Sokolov en mi habitación al lado del apestoso cadáver de mi abogado.

De donde yo vengo, esquizofrénicos, una mina sólo es un melocotón envuelto en un papel de periódico. Allí las noticias son el indicativo de que el tiempo se ha parado. Yo, mamá, sólo espero que un ojo termine de guiñárseme algún día. Lloro a la edad en que rayos y tormentas / rayos y tormentas / rayos y tormentas... Sigue, dijo, y añadió: tú estás para que te calce una langosta. Le tengo miedo, día y noche / día y noche / día y noche... dijo el poeta entonces. Estaba tan cansado de pasarme la vida, mamá, diciéndoles si gustaban los señores, día y noche -dijo el poeta- y a continuación: Noche y día. Y empezó: Noche y día / noche y día / noche y día. Es que... el poema había cambiado, dijo el entendido. Es normal, hay que estar al loro de lo que ocurre con la vida de una gacela. Se estaba haciendo mayor, casi tanto como un ruso normal y corriente. Sus hijos o lo que fueran esos, si se llegan a enterar, le llevan a un médico y adiós muy buenas.

Yo, esquizofrénicos, escribí lo mismo cada día en la única pizarra del sitio de donde vengo. Entonces una mariposa era un producto químico para tener barba y la ausencia de plan, en ese día, la feria perfecta que existe dentro de un catalejo. Siempre cantábamos canciones en el autobús de la empresa. El último cigarro sólo era una excusa para decirle a los amigos que, al menos tú, volverías. He conocido a un hombre, mi nuevo vecino, siempre nos decimos adiós cuando cruzamos. No sabe quién es, aparte del demonio. ¡Mierd! ¡Llaman otra vez! Debe ser Paca. Sin duda se le ha olvidado recogernos. De aquí a allí hay tanto camino que se te pueden acabar las pilas del walkman en cinco paradas de metro y, ahora que tu miedo ha sobrevivido, el sol es una estatua.
Siempre es así... los felices y los infelices tienen el mismo cuello de acordeón bajo sus cabezas de plástico y la luna no es más que un bruto en silencio.

- Tía Pepa, no llames hasta mañana. Me encuentro escribiendo sobre mi teoría de Andorra y me duele la tripa. Yo creo que ha sido la ensaladilla rusa. Los esquizofrénicos no entienden que sus desprecios son mi pan y es hoy cuando hablo a través de las personas que viven en un océano hecho todo de reírse. He inventado que mi vecino es poeta y sus alejandrinos traspasan todo el rato la pared hasta que me tiran al suelo. Como siga así, escribiendo, voy a sacar de pobre a medio mundo. Llámame mañana. Ojalá haya descansado y, si me lee mamá, dile, por favor, que no se preocupe, que sólo me he convertido en el momento en que una carcajada se sostiene en la nuez hasta que se encoge para no deshacer un cascarón.
La corriente lleva a los cisnes a donde el sentido solamente les da la vuelta dejándoles sólo unas cosquillinas en el vientre o como se llame. La primavera se parece a una novela de Rabelais. No sigo, mamá. Dale recuerdos a tía.
Os quiere,
A.

(Perdón por las manos y el pijama)
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lunes

Toda la arena del denso Tajo


(dibu: Juan Soto Ivars, dueña del dibu: Desirée Rubio de Marzo; bardos modernos, desapegados, bizarros, drogotas, etcéteras,
Thanks a ambos)

En los días en que el cielo es clemente, bajo a una terraza con los ensayos de Montaigne bajo el brazo. Me siento, llamo la atención del camarero y pido una bebida. Veo los árboles y esas cosas, los niños juegan y las madres, que podrían ser nietas mías, charlan entre ellas. Todo puede seguir ese rumbo y nada pasaría pero, en cuanto noto que un pájaro cualquiera me plagia la vida, abro al azar el libro de Chuang-Tzu, que lo sabe todo y, cuando me encuentro con lo que está pasando, entonces creo que ha merecido la pena salir de la cama y eso y que, sea cual sea la bebida, sabe a gloria, ángeles y amor.
Siempre que vuelvo a casa calculo el promedio de mis pasos fumando un número de cigarros Lucky Strike determinado, aunque a veces se me va la mentolina y sólo sé pensar en hormigas. Me gustan las hormigas en general. Soy así. No puedo evitarlo. Cuando tenía 12 años miré a una niña pálida y, desde entonces, siempre que quiero acordarme de cuán ciego me sentí, termino imaginando hormigas. Las hormigas son unos bichos llenos de humanidad. Lo dijo Fidel Castro. Me acuerdo de todo eso mientras camino y saludo al primo del novio de la chica que estaba el otro día con no me acuerdo qué ruina de persona casi humana.
Cuando por fin llego a casa dejo el libro de sir Thomas Browne en su estante, me siento en mi silla de plástico duro y miro el reloj de pared que me compró mi madre. Caso de reparar en que aún llevo el abrigo puesto o la camisa entonces imagino una temperatura u otra. Soy feliz con mis escasos hobbies y, además, siempre puedo recurrir al libro de Horacio. Siempre y cuando, bien es cierto, no esté sonando el maldito teléfono. Siempre es una señora que se llama Margarita, absolutamente siempre. Es de una cosa sobre un estudio y me pregunta, siempre, si compro la comida cerca de mi casa o no y si voy en coche o en transporte público o andando o cómo. Es horrible. Un horror hasta que cuelgo. Margarita es lo peor que existe en una vida decente, alejada del ruido de los gamberros y de los taladros. Menos mal que tengo ayuda para todo lo que necesito. Si no, me quitaría la vida. He pensado en la farola que hay al final de la calle sobre las siete y media para que, con suerte, me vean los niños que van a la parada de autobuses del colegio. Es tan horrible esto que acabo de poner, lo borro, lo borro. Necesito fumar.
Una vez, al menos, había una chica pálida. En sus hombros se posaba un bicho que era Dios y con el que se podía hablar de cualquier cosa. Siempre que estoy sentado mirando el reloj de pared que me regaló mamá me acuerdo de eso y, siempre entonces, espero que suene el teléfono. Mientras espero, fumo sin parar tabaco Pueblo. Los lío por la mañana con la máquina, uno tras otro y, luego, cuando el cuerpo lo dice, entonces abro la cajita y los fumo, siempre uno detrás de otro y de otro. Es un no parar, hasta que se acaban y, como después ya no sé qué hacer, entonces me hace gracia la idea de que mañana vaya a ser otro día. Me río tanto, tanto, que tengo miedo de despertar a los libros. Pero luego me sereno y ya está. Si el cielo es clemente y la paciencia está despierta, mañana, entonces, desde luego y siempre, será genial.
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domingo

Time is on my side


Cuentan por acá (mesa -ébano- con el mismo número de sillas que de ceniceros) de quien dijo que uno es lo suficientemente viejo cuando no ve la belleza. La fama, que no deja de tentar ni siquiera a las almas que progresan bien -san Agustín-, es siempre el vaso en el que, a cosa de las tres y media, reposa la dentadura postiza del vecino.

La compañía de los libros es vomitiva e Ivan Ilich habla consigo y le dice “da lo mismo” mientras mira -con ojos muy abiertos- la oscuridad de un lecho (que no se ve).

Todos los demonios se redimen al final, por hacer algo. Zenón -de Citio- en Timeo es una caricatura del demonio. Su escuela, de donde sólo salen rígidos, es sólo una caricatura de Zenón de Citio. El vecino siempre está pensando en la hora adecuada para pedir huevos, la hora adecuada siempre es un malentendido, mi amor reside en los hombros de una niña -remota, aparte estúpida- de dieciséis años, y darse a follar con los alegres pájaros del vecino es una cosa angelical, además de un cumplido.

Me parece, de parecer, que asoma tanto el guay la gente que adora, que aspira, que honra, que provoca... me es tan lleno de gracia quien ensaya muecas de desprecio en un restaurante...
El humor es infinito y no hay manera de morirse en un “todavía”, como dijo el ese. Me gustaría conocer a Ratzinger. Me interesa su risa de bohemio paranoico y pasé tanto tiempo contando una verdad (versionada por) a una máquina que mide pulsaciones y cosas de esas, que fue abrir el blog y se enfadó el alcalde de Valseca. Hasta hablaban de mí en el sitio donde las señoras se juntan para jugar a la brisca.
La última vez que anduve por allá me quedé en Segovia y no acudieron mis amigos, o sí una, recuerdo, pero la tuve que dejar en su casa tan a gusto y, como me habían dado dinero, me emborraché lo suficiente mientras elegía qué grupo de muchachas -de cuantas había en uno de los locales- me escupiría con mayor alegría. Elegí bien, recuerdo, aquella noche, incluso perdí las llaves del hotel -3 estrellas- o me las robaron, pero no hubo problema. El hombrecillo fue tan amable que rápido imaginé que estaba acostumbrado a las personas de mi actitud.
Ya en la habitación puse un programa de letras nocturnas en la tele y abrí el minibar hasta que luego me desperté y seguí mientras recordé que tenía que ir a una boda. Recuerdo que me dio pereza ducharme, pero lo hice finalmente e incluso me puse mi traje no sé cuántas horas después. Antes de eso me miré al espejo y recordé las palabras ¿Quién me pone la pierna encima? Como no fui capaz de concentrarme en la lectura de Swift, entonces, creo, fue que me vestí. Me hizo tanta gracia recordar aún la cara de la zorra que me vejó la noche anterior. Lo puta y calientapollas, lo cerda y asquerosa, lo horroroso que hubiera sido que aquello hubiera seguido existiendo...

Me gustaría conocer a Ratzinger. Cristiano Ronaldo sólo me vale para reírme sin parar durante un ratito de la misma manera que lo hago en todas las instituciones donde soy tan amado. Barrio, INEM, Valseca, literatura, prostitutas, familia, seguridad social, agrupaciones en torno a la lacra de la esquizofrenia, el bar de Toni y el otro, Madrid, Segovia, Asturias, tabacalera, José Bono, Freud... Un hombre no debe ser recordado, ríe Pascal en un manuscrito que fue encontrado en su ropa cuando ya era todo un cadáver. Pascal, donde la moral gana al arte, donde esos dandis de los amigos a quienes amo (acudo a sus tanatorios) aparecen con un taparrabos sobre la cabeza de un cuerpo tan blanco, donde me pregunto si ni siquiera existe un animal o una celebración, en su deseo del ángel, Pascal, me da tanta pena que, al final, me masturbo pensando en otra. Dijo el asesino poeta y matizó: Qué horror de domingos.
Para no ser confundido.
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miércoles

La moral, por Ernesto Zubiaga

Concurso rural de relato mágico La Calera.

Ganador: Jorge Carrasco, de 9 años.
Premio: Dos sandías, cuatro lomos y una docena de tomates de un kilo.

“Mi mejor amigo tiene un moratón de plata y, dentro, una escalera que da a un sótano quemado. Tiene ruinas en sus ojos de sacapuntas y un gorrión durmiendo en su melondro derecho y una vaquita saludando en las fotos donde sale con un jersey en el que pone que Las Vegas mola. Es un subnormal muy profundo y siempre que no le estoy mirando se hace el dormido.
Mi mejor amigo tiene los ojos de un avión de noche, es un desastre y sus pies parecen una esponja comida por un subnormal.
Mi mejor amigo tiene un terrón de azúcar sujetándole las muelas y vive en un palacio, pero de esos otros que no tienen relojes ni torres. Y hay un chucho, pero es flaco y tonto y parece una nutria de la televisión cuando se tumba.
La casa es sabido que es un sitio abominable y en la habitación de mi mejor amigo siempre están peleando las abejas y al final caen muertas en su cama, que parece una tarta mal hecha.
Hay una colmena en el corazón de los locos que he conocido, como tío Ramón o tita Márgara, por eso los burros y mi mejor amigo se les acercan moviendo el rabo.”


Entrevisto a Jorge Carrasco, que acaba de ganar el 1er premio.

- Hola Jorge.
- ¿Y tú quién eres, hijo de la chingana?
- Mi padre era de este pueblo y he sido uno de los que han elegido que tu cuento sea el ganador.
- Me toca las zurraspas ¿Ya me puedo ir a jugar al fútbol?
- No, porque te tengo que sacar en el blog de LSC para que España lo vea.
- ¿Qué es España?
- No lo sé.
- ¿Entonces? Vaya mierda.
- Dime hijo, en qué te has inspirado para escribir el cuento.
- En mi padre y además me lo escribió él, pero yo no soy tu hijo a no ser que me invites a una fanta de naranja.
- Sí, ven que las tengo en el frigorífico de aquí detrás.

Me aseguré de que no había nadie y lo torcí el cuello hasta que cayó al suelo como una piltrafa. Hoy no puedo dormir. Tengo pesadillas. No tenía que haberle torcido el cuello, pero es que soy poeta y humillado. Me pego fuerte con un látigo y sufro. Eso es, sufro.
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sábado

Guía de Mongolia, de Svetislav Basara


Una novela que se dispone como una trampa y se propone como un abogado con celulitis bañado en LSD de Serbia.
(A diferencia de los demás críticos, me la he leído e incluso he tenido palabras mayores con el autor, que es mi amante.)
Guía de Mongolia (Ed. Minúscula, 2010, trad. Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pistelek, rev: Paula Kuffer) es un libro normal que se abre y hay letras.
Es muy bueno.
La ostia en vinagre de bueno.
Joder, me corro de lo bueno que es.
Es más bueno que las novelas asquerosas de Milorad Pavic que adornan el sofá-masaje de la señora de Herralde. Qué bueno es. ¿Ya he dicho que me corro? Pues olvídenlo, voy a hablar de él.
Mola. Mola mazo.
“¿Qué sentido tienen los trenes en un mundo donde todo está en su lugar?” Olé, de eso habla Svetislav. Svetislav se siente muy solo en su pueblo de Serbia y, de repente, le dicen: escribe esto o aquello y, como sabe de dónde le nace la papada al ventrílocuo de los -serbios- psicoanalistas, decide escribir sobre Mongolia, es decir, sobre el sentido de su vida.
Porque Mongolia -y esto es imposible que lo haya plagiado del español blog: LSC- es un estado de ánimo donde una Serbia sitiada (mil novecientos noventa y pico) se abraza a un baúl que, no es que contenga nada, pero era de mi abuelo. Se han salido los traductores, se ha salido la versión, se ha salido (también de sí) la editorial y el autor da igual si existe (es decir, novela postmoderna –cosa de la que el prota renuncia-). ¿Se trata del clásico gilipollas? Eso es lo que Svetislav Basara se pregunta durante toda la novela. ¿Dónde coño está él? Claro, en Mongolia. Y esto es un ruso en pelotas y una china en corsé pasándose de un país a otro una pelotita de esas de Nivea de la playa los niños.
Pues mientras se la pasan, Svetislav, ve su cabeza en medio y eso siempre son palabras mayores (1.565.000 kms2 / 1.710.000 hab) y, al final, allí todo el mundo bebe, recuerda y olvida al mismo tiempo mientras uno de los dos -incluidos el que escribe y el que lee-, a la una, se está muriendo de hambre, por poner un ejemplo tirando a chungo. El lenguaje de Heráclito en moderno (es decir, en lector: sin que haya pasado todavía). La realidad de entonces (relativistas) es alguien que lee y, un suponer, uno que escribe mientras que el otro (lector too) habla con ambos (pongamos: ponerse con la niña y un colacao a hacer los deberes del colegio).
Basara (1953), dadaísta de ricino, sabe mucho de esto, pero además lo hace regular eh.
En fin, que leer buenas novelas es follar con putas que te aman -lo dije en el feisbuk-.
Un beso,
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Los bichos reloaded


Echo de menos cuando me abrieron el estómago y vieron hormigas. Estaban contentas y a lo suyo. Esto es lo que le dijeron los médicos a mi madre.

Un amigo se presenta con una puta y le dice que yo bueno, luego dice que ir. Digo adiós y se me ocurre que en aproximadamente dos horas puedo estar en mi casa haciendo cosas normales como sacar a loro de la jaula y ponerle en el suelo a ver qué hace.

El trayecto es lo mejor. En las cinco paradas que hay hasta el primer trasbordo siempre follo con alguien. Dos, tres, hasta cuatro chicas con rizos.
En el autobús también. Llego a casa tan cansado de follar que a veces me acuesto antes de sacar a loro a ver qué coño se le ocurre hacer por el suelo de la cocina. Casi siempre duda. Es porque le enseño muy poco a poco, para que no sepa las cosas antes y la armemos. Cuando se acerca a picotear algún mueble le soplo en la cara y, mientras, bebo agua y miro el reloj. Hace un tiempo me ponía a hacer zapping.

Después me voy a la habitación de los libros. Los abro todos al azar y tacho las palabras que no me gustan como: cacao, miel, amaría, lentejas, puré, indeterminado, albatros, febril, vorágine, humilde, pleno, jazmín, infinito, castor, penitenciario, mosca, sublime, mozuela, primor o picos pardos.

Recibo una llamada telefónica del doctor en psiquiatría Ismael Love. Echo de menos encontrarme no ya con pacientes normales en los psiquiátricos, sino también doctores sin nombres artísticos. En los 80 todo el mundo que cupiese en un lugar de esos era amor, de hecho, era un pueblo lo que hacíamos entre todos.
Estaba la lechera, la huevera, el señor del pan, el vendedor de sandías, yo mismo me recuerdo repartiendo periódicos de provincias... En los 90, aunque ya menos, se notaba que aún quedaba gente de bien. Hoy no se está tan a gusto. No, para nada. Son todos unos jilipollas.

Cuando estoy en casa normalmente echo de menos a toda esa pandilla de cafres memos y lloro, papaíto. Llamo a tía Pepa, le digo que llevo bien la medicación, aunque he visto un monstruo en el sótano. El pobre se resbala cuando quiere subir y abajo sólo hay cucarachas. Le digo que hay que darle comida normal y que por favor venga a traerme agua cuando pueda. Vuelvo a la cocina a oscuras y juego a no pisar a loro. El juego consiste en pisar fuerte con los ojos todo cerrados hasta llegar a la otra pared. De momento él está bien.

Hace unos días, jugando a esto, me encontré con mamá, que me preguntó qué me pasaba. Abrí los ojos y me dijo que a lo mejor ya podía salir a la calle sin estar tan controlado. Yo te doy dinero, dijo, pero para dos tónicas y un libro o ve a ver a algún amigo, no sé. El aire es bueno, dijo y me dio dos mil pesetas. Yo ya debería de ser guardia jurado o algo así.
Mientras la explicaba que iba camino de perderme otra vez si no me llevaban pronto donde los médicos, me fijé si no había en la suela de sus botas un muñón de plumas. Luego miré la jaula y vi que el pájaro estaba puesto allí, cantando en su palo como si ese día fuese un día domingo cualquiera como lo es esta noche. Me puse tan contento que, antes de acostarme, dejé entreabierta la puerta del sótano y grité: Monstruo. Luego corrí hasta la cama y me tapé fuerte con la manta mientras él escribió esto en el aparato, amaneciendo yo con una nota en la que ponía que por favor no le enseñase el camino hacia (ilegible).
Un día le voy a invitar a unos panchitos.
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lunes

Una poesía (8 / III / 10)

A Bruno,

Leo a Ibáñez, por ejemplo, en esta tarde de marzo y mi casa, mientras, es una paloma cagando los restos de un barco en ruinas. Yo callo. He aprendido la paz del payaso que, enjaulado como sin duda merece, hace el silencio cuando su corazón es violado por un trozo de madera. Mis amigos son el ojo vago de un transeúnte y, mientras, en el otro, mi mujer da la teta a un hijo ciego que también soy yo.

Me gusta la edición. Me encantan los niños que salen de la feria mareados y se aguantan la vomitona en el metro. Meriendo pájaros en esta tarde que emula a un recién nacido dormido en un decorado de haitianos y chilenos muertos. Escucho el spotify, tranquilo. Mi atleti va a hacer historia.

El joven Glenn, en esta tarde, hablaba con Napoleón en la cocina. Mi música es una sirena llorando al lado de un precipicio donde unas viejas buscan con un tenedor oxidado trozos de pollo en una sopa recalentada.
He de cuidar una piedra día y noche. Qué quejicas son. Me dan náuseas. El whisky, oro que arde, lo he dejado porque quiero morir solo.

Los niños acuden a las clases de escritura. El sol les ilumina la cara. Se cogen de la mano, felices, y me saludan. Me dicen qué tal el día.
Joder, los poetas me cansan, quiero ir al zoo. Mis amigos, los que escriben novelas buenas, me dan arcadas.

Los cínicos no son nada. He parido a uno y le he convertido en mi infancia. Al crecer yo, mientras vomitaba en él, buscaba, el pobre, una ambulancia donde todo el chorro se acabase. No puedo reírme más. No por esta tarde. No, los vecinos ya se han quejado tanto. Están hasta sí mismos de trabajo.

Soy la felicidad. “Mis ojos queman la oscuridad del día” es la única imagen de la que no puedo quitarme. Una triste imagen, idiota hasta vomitarse. Esa es la única cosa que le diría a un amor para que me quisiera.

Un amor son las esquenas que conservan la punta en un papel de periódico. Un periódico es útil para caminar por el monte. Siempre voy buscando a un oso idiota. Eso o dormirme en la baba de una puta también idiota.

Planeo mi 33 cumpleaños pensando en el desierto de Almería, esputo sobre los charcos: soy alguien. La Calera -Extremadura- es un principio y un fin. Quiero estar en La Calera sin estar dentro de un vientre. Quiero ser el alcalde, decir que en mi boca entra lo que sea.

Mis maestros son estatuas. Mi amor, un arma inútil. Cada vez más me uno al jili, amo al idiota que se exhibe arrastrándose en la moqueta del bar de papá. Amo a los amigos que se pavonean ante la atención de un erizo. Amo al carcelero que me da su polla a cambio de una revista. Quiero el lugar del malo que además es tuerto y no se entera de nada. Voy a hacer una película. No sé qué título ponerle. Para eso puede ser por lo que me junto con artistas, yo qué sé, el asco no es que sea conveniente para algo que no sea una tarde a gusto. Las hay buenas, incluso muy buenas. Se acaban en un ramo de papel, pero son estupendas. Mira, aquí estoy yo con Bruno el otro día:



Esto no es una polla, lo otro no sirve para nada. El alma no es que exista, ni siquiera duele. Todo lo hacen los vértigos, que son una idiotez del oído. Hoy brindo, con un chupito y medio, por el único amigo que se me ocurre.

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jueves

¿Dónde estás, profesor Neyra?, por Pepita Velasco.


James A. Mirrlees, -Nobel de economía , 1996-, es un hombre cansado de los teléfonos.
El teléfono, es sabido, siempre ha sido un aparato que, bien exceptuando al maestro Gila, se nos ha dado regular a los españoles. Antaño se amenazaba en este barrio, al poco de haber llegado del pueblo, con llamar a “mi abogado” y más tarde -cuestión de elevar vértigo sobre amenaza- algunas decidimos sustituirle por “nuestro constructor”. Hoy directamente llamamos a Oxford a ver si está el bueno de James para hablar el lenguaje universal de los números en inglés. A James en cambio, desde que le fue otorgado el Nobel, lo que le mola es estar en su granja escocesa cerca de su familia y sus vacas (es lo que tiene un reconocimiento así, claro, que, de repente, o bien abres un chiringo diario o tan a gusto centrado en ver crecer las coliflores de tu finca), pero algunas insistimos con el teléfono, lo cuál está bastante feo. Y es que en Oxford siempre han estado muy ocupados (parece eso el Palacio Real -véase a don Juan Carlos en la miniserie “23-F”-). Y, de tanta llamada, Mony Penny está hasta las narices y lo descuelga.
Pero Mirrlees (un 70% de deuda pública es bastante) ha venido a la Complutense a decirles a los españoles qué pasa con lo del euro, el hoy y el paro, mientras el mismo día, en el congreso se cantaba aquello de que dentro de cada uno hay un bien y hay un mal... Y hay que ver cómo ha rajado Mirrlees, carayo, con qué clase y buen vestir se ha dirigido a las pocas abuelonas que nos hemos acercado -metro: Ciudad Universitaria- a escuchar las palabras de nuestro gentilhombre británico. Y, claro, no nos hemos enterado de nada.
(Eso sí ¿Dónde habrá comprado esa colonia?)

Lo de vivir en deseo es lo que tiene, por mucho que algunas aún nos acordemos de la percha del primo que tenía mano en Abastos. Y eso está muy mal, como dice Zapatero. Pero que muy mal.
Necesitamos un nuevo profesor Neyra ya, porque esto se está yendo a pique.

Vecinos de Valseca: La pensión, tomates lunes, remolacha martes y un día en el Zara. La profesora que no venga ya los viernes. Albertucho, mi ahijado, se presenta a lo de la alcaldía. A mí también me duele vivir así etc...

Mirrlees (contra las tasas sobre transacciones) sonríe sólo del lado en que su mirada ve un incendio. El ojo contrario, en cambio, es un mar en calma donde no existe la Tierra. Y mi Jaime espulga los garbanzos, pensando en pesetas.
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