domingo

Sol de la infancia (post nº 300)


Recuerdo a mi abuela la Bastiana alzando el cuchillo en la cocina y sonriendo. Abajo había dos trozos de ratón que, poco a poco, comenzaban a quedarse quietos, como le pasó a la abuela la Bastiana más adelante y al pueblo que nos hacía círculo. La Calera eran cuatro machos de pollo al fresco y personas tumbadas que parecían hacerse las moribundas en una plaza que tenía su pilón para que bebiesen las burras, aunque de allí bebíamos todos, a los ojos de los moribundos que decían: mira cómo beben los de Madrid, que ya han venido de vacaciones. Qué bien viven. Con una paja en la boca decían todas esas cosas los moribundos, hoy solamente muertos, y con un botellín en la mano. Todos juntos componían la idea de Goya al hacer los fusilamientos del 2 de Mayo. Ahí estaba tan fresco el señor del bigote y el otro, sí, y también el de más allá, que tiene los ojos cerrados. Así eran los moribundos y así era el campo. Yo me lo pasaba muy bien con mi bicicleta. Hasta una vez me caí por el barranco de cara y me partí dos dientes. Y al día siguiente a jugar al fútbol como si lo que pasó ayer hubiera sucedido en una imaginación o algo de eso. Mis padres iban y venían del pantano y, a veces, iba y venía yo también con ellos. Allí vi por primera vez un águila difunta. Estaba al lado del agua, donde se ponía mamá para secarme con la toalla. Era tan grande como yo pero abarcaba mucho más, aunque ya sólo abarcase un decorado. Mi padre dijo que la dejáramos y así lo hicimos. La Bastiana, mientras, esperaba en casa y hacía pollo o cosas así. En el pueblo la tenían miedo los niños a mi abuela porque decían que era un ogro. Y en verdad lo era, aunque conmigo le salía una ternura que seguramente había copiado sin querer de las ovejas, de quienes decía que eran bestias. Mi abuelo Teodoro, cuando nació, dijo que iba a ser para él y así fue que sucedió al pasar el tiempo. En ese pueblo el tiempo ha sido hecho por los moribundos. Primero ibas en bici y luego en motocicleta, después de ver que todas las calles daban al mismo pueblo, te quedabas allí haciendo de moribundo, que era el que esperaba en la plaza a los de Madrid, que siempre venían con radios por las que se habla, videojuegos y esas cosas. Te convertías en uno y decías: pero qué bien viven. Tu vida había desaparecido y te habías convertido en un retrato, lucías descalzo el verano de los de Madrid, de donde ya no era nadie, sino únicamente el que venía. Lo ponía en las matrículas. Y yo salía, contento, a destrozar telas de araña y romper cardos mientras montaba en mi bicicleta que era un carro de guerra con el que hacer derrapes cuando no me tiraba la cosa por un barranco y no me iba el freno. Mi nariz volvió a su sitio y hasta el barranco volvió a su sitio. En ese cuadro de Picasso volvió a tener frente la princesita de Madrid. En las noches, como introduje al principio, había ratas que bajaban de la troje a la cocina. La casa no tenía lavabo y había que hacer de vientre en las tierras y limpiarse con piedras. En la casa sólo había dos camas y yo dormía abrazado a la Bastiana, cuyos pechos ocupaban el resto de la cama. Olía a vino mi abuela la Bastiana, y no era un ogro, pero sí era Toro Sentado, firmaba con una cruz y yo la tenía miedo cuando “me habían hecho” de desobedecerla. En el pueblo aprendí ese tejemaneje siniestro del “me habían hecho” cuando, efectivamente, me hicieron matar un gato a pedradas, los muy salvajes, que iban para moribundos y quizá ahí sigan. Y el niño salvaje que yo era y soy volvía del pueblo con la mirada de un pobre gato y el saber que había cumplido. Se iba con los padres a otro pueblo un poco más civilizado, Valseca y sabía que al gato no lo había matado él sino ese trampantojo de un roble donde hay escondido un madrileñito que no quiere que le llamen maricón. Y hacía la mariconada profunda, que siempre es salvaje. Era el que ejecutaba a quien, de todas maneras, se consolaba el muy burro, no tenía salvación. No volví a matar, excepto moscas y he crecido amando a los animales que he tenido, incluidos gatos. La pedrada definitiva no la di yo, pero qué más daba. Me llevaron igualmente al cementerio y me bajaron los calzones. El bueno de Óscar me llevaba a su casa para que se la chupara. Nosotros no teníamos televisor, yo quería ver El equipo A, que estaba empezando y el dueño de la televisión quería que le diera de lametazos en la picha, aunque me fui, no sé adónde, me senté junto a los moribundos y no sé cuando me bebí mi primera cerveza. La Calera estaba sin civilizar y, aún cuando voy ahora, me enseñan esos artículos de broma que dan calambre si te propones encender un cigarrillo. Al menos hoy saben que soy loco y me los como, porque son una inofensiva merienda de bajatarde y yo, con el tiempo, un simple tarado, como bien se ha encargado de decir el mundo de la medicina y hasta el de la literatura, compuesto este último de cuatro tiendas. Hasta mi locura, salvaje, ha sido degradada a un intento de hacer una especie de lírica postmoderna, con sus cabezas y cosas, y lo que no han entendido es que hay ramajes donde agarrarse en cada línea para bajar de la troje y encontrarse con un cuchillo alto de mi abuela la Bastiana, aparte de una partitura de piano, esa aprendida de los barrocos paseos por el centro de Segovia y de Madrid, entrenada en manicómios efectivamente y campos de fútbol, algún que otro concierto y alguna que otra mala puta (incluidas chicas bien) con que, o bien se me ha visto o, al menos, me he visto yo y, claro, había que echar su encanto al nido, donde, como un buen moribundo, al rato se pudriría. Así que en cualquier lado dicen que ha llegado el loco, ya envuelto en un halo de simio, para derrumbar el bar. Entonces yo me estaba leyendo En el camino de Kerouac, y luego me leería Los subterráneos, tomaba la droga de mierda de los chicos del pueblo y les decía que a quién coño le compraban eso, que era tan malo, porque yo lo tomaba mejor, ostias, en mi barrio. Y ellos se achantaban. El tonto perdido sacaba una navaja y yo le decía que me la clavase ya o me lo comía junto con su familia. Y vaya si me creyeron. Hoy, cuando me dejo caer por ahí, me siento en la cerca donde dicen que murió Teodoro Masa, mi abuelo, y voy a poner unas flores al nicho de la Bastiana. Los moribundos, hoy esos jóvenes con quien yo tomaba droguitas, están con espigas puestas en la boca y un botellín en la mano, en la plaza, diciendo: Mira, los de Madrid.
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7 comentarios:

berti dijo...

Brutal, gracias. Muy identificaba hasta que narraste elegiáticamente el asunto sexual. En mi caso, una aldea de Castilla, tan feliz y tan cruel.

Alberto M dijo...

gracias a ti, Berti

Sin Remedio. dijo...

Grande el texto de la justicia poética.
Enohrabuena por el blog.
Saludos!.

Alberto M dijo...

muchas gracias, sin remedio.
me han gustado mucho las fotografías de tu sitio.
Un abrazo.

Jesús Garrido dijo...

genial aunque tomé tijera, feliz año

Alberto dijo...

Feliz año, gracias!

Ly Rubio dijo...

Genial, Brutal, Grande, si ya todo esta dicho,... me encanta como enredas mis pensamientos entre tus letras, un pueblo que te vomito de regreso convertido en el adorable loco que ahora pasa para que esos chicos puedan seguir diciendo "mira, los de Madrid" Un gusto leerte :)