jueves

Diario que versa sobre mi agujero en la cabeza y otras cosas típicas de este blog escrito por un genio


A través del agujero famoso de mi cabeza volvieron esta semana a echarme unos insectos inteligentes de esos que tienen los médicos. El resultado ha sido excelente. Estos animalitos comen todo lo que sobra y yo estoy muy contento. Al salir he ido derecho al supermercado y, antes de comprobar que el placer por el bitter había desaparecido, me he arriesgado a comprar fanta limón. También he hecho lo propio con las pizzas Dr. Oetker. Todo, absolutamente todo lo he comprado Hacendado. La señorita que me ha atendido en caja ya no era una arpía con problemas sexuales sino muy maja y diligente. La he dicho que ahora opto por abaratar. Me ha sonreído y detrás de esa sonrisa no había ninguna cosa peyorativa que obligase a mi cerebro a obrar también peyorativamente. Muy bien, hemos dicho. He pagado con tarjeta mastercard. Joder, la vida es una genialidad detrás de otra.
Al entrar en mi casa había olvidado que ya no había nadie porque se murieron y he estado, como un idiota, llamando al timbre y todo por no buscar la llave, que no recordaba en qué bolsillo estaba. Finalmente la he buscado, encontrándola no en ningún bolsillo sino bajo la capucha esa que uso en este tiempo. El frío, cuando viene como ahora, se mete también por el agujero de mi cabeza creándome tics. No todo es tan fácil como ponerse una tirita, como un amigo me aconsejó en los comentarios de mi blog en la ocasión en que hice saber mi problema al mundo.
Abrí y, en seguida, me di cuenta de que ellos no estaban porque habían muerto. Qué idiota soy, me dije dándome un golpecito en la cabeza y me fui al tocadiscos para poner un disco con Freddie Hubbard a la trompeta. No, me dije, mejor ya no me gusta Freddie Hubbard, y puse a los Pecos. Todo bien. Me quité el abrigo y derrumbé en el sofá. Puse la televisión y le quité el audio. Vi imágenes de gente seguramente fea y asquerosa y, por lo que les leía de los labios, debían de estar hablando sobre los vecinos y cosas de esas de gente que está enferma de la cacerola.
Qué bien. La ciencia había avanzado tanto que yo, de repente, podía apagar el televisor cuando me diera la gana. Y así hice. Me fui a internet y puse en un estado de facebook: Mark Zuckerberg no tiene pilila. No podía parar de reír. Mi familia, sin embargo, estaba muerta. Pobrecillos. Y yo ¿Qué iba a cenar? Se me había olvidado, con las prisas de la música, guardar las cosas en el frigorífico. Al meterlas vi una chocolatina marca Hacendado y me la comí. Estaba buenísima. Tenía como granitos de arroz. Y pensar que antes de que la ciencia no me diera un aviso yo pasaba del dulce. Incluso llegaba a creer que cada vez que comía un caramelo sonaba un aparato en la consulta de aquel dentista cabrón que ya se ocuparía durante mi visita de echármelo en cara.
Una vez cenado quité a los Pecos y mientras pensaba si ducharme o no antes de ponerme el pijama llamaron al timbre. Fui a abrir y cuando lo hice vi a unos niños pobres, me pedían dinero llorando. Dije que trabajasen, coño, y cerré la puerta de un manotazo.
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8 comentarios:

hombredebarro dijo...

El relato es cojonudo. La marca hacendado es cojonuda y los pobres que trabejen, coño. No puedo estar más de acuerdo con usted. Me voy a hacer un agujero en la cabeza.

Alberto M dijo...

jaja, hola hombre de barro! cuánto tiempo

J. dijo...

Joder, sí, es el agujero, el agujero. Ese que hace posible no conformarse con algo distinto a Dr. Oetker. Bravo.

Bellaluna dijo...

Bravo! Nada como vivir la realidad y sentirse un repulsivo ciudadano vulgar más, como los que van en el metro y el autobús todos los días, con sus comportamientos predecibles y rechazables.

Beso, Al

L.

JAL dijo...

A la profesora de dibujo le gustaban los retos. Un día, por ejemplo, les dijo a los alumnos: "el tema de hoy es una taza de café, con platillo y cuchara. Pueden añadir, si lo desean, mantel, o servilleta, o azucarillo" Mientras, la clase estaba absorta en su oficio, unos trazando ágilmente a carboncillo -pero a mano alzada, que es más estiloso-, otros se esmeraban en usar acuarela, inclusive ceras. Y a ella le hacía gracia pasearse, ya ves, disfrutaba del sonido de los estudiantes aplicando sus útiles sobre el papel, era de lo más reconfortante; ella alimentaba la creatividad con su silencioso transcurrir. De vez en cuando daba susurrados consejos. Y también se detenía, o le espetaba al alumno una verdad a la cara: "¿qué es éso?" Recuerdo que éste día el muchacho respondió: "mire, es una abstracción. Intento plasmar la esencia de la hora del café. La idea en sí" Todos se acercaron a observar lo que estaba haciendo, esas manchas azules y negras, y rojo tostado. La profesora se aproximó aún más, con ese cariño que tienen los que ponen amor en lo que hacen, y le dijo: "Se te ocurre porque no sabes dibujar...¿verdad?" y antes de que nadie tuviera tiempo de reaccionar añadió levantando la voz, adelantando la misma sonrisa: "...por éso están todos ustedes aquí, para aprender"

William Carlos Williams dijo...

Una suerte de canción:

Que la serpiente aceche bajo
su matorral;
y la escritura,
que sea de palabras, parsimoniosas y agitadas, súbitas
al atacar, serenas en la espera,
desveladas.

Reconciliar por la metáfora
a las personas con las piedras.
Componer. (No hay ideas
más que en las cosas) ¡Inventar!
Saxífraga es mi flor, que parte
rocas.

(Traducción de Ezequiel Zaidenwerg, un fenómeno)

Alberto M dijo...

Gracias a todos.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

Buen comienzo