jueves

Los cadáveres

Arriba, en el cielo, no había nada que no fuera blanco. En casa hay goteras, y cabezas, hay capuchas para los niños. Las cucarachas son geniales. Viven en donde la cocina. Son buenas, amigas incluso, confidentes. Eso sale a comprar un libro en su librería favorita que, como todo el mundo sabe, ahora se llama “Bajo el volcán”. Luego va a un sitio de tomar algo, un bar de esos gente joven. Se sienta y pide una bebida. Después mira otra vez el monedero. La gente a la que a menudo se imagina está gritando. Ellos sabrán, se dijo. Saludó otra vez a la camarera. Todo en la vida era y es amabilidad. Cuando uno ya no se parece a nadie la gente que le rodea empieza a ser él. Se ríe. Se ríen. Todo mola mucho. Es genial. Todo mola un huevo y mazo del otro. La gente, en su cariño, le dice que es todo un personaje y él dice que no. Él dice que a veces sale a comprar pan y tiene para elegir dos panaderías y, en una, la que le atiende está buena, pero es muy rancia. Dice que casi siempre elige la otra donde, dice, ya le conocen, aunque no le conozcan, dice, aunque sea mentira. Se ríen porque, piensa, la gente está contenta e, incluso, es querido. Luego está solo, otra vez y pide, de nuevo una bebida, como dije y lee el libro que ha comprado hasta, acompañado por dos cigarrillos, llegar al párrafo en el que se lee: Nunca lloraba, ni aun en sueños, pues la pureza de corazón era para él motivo de orgullo. Le gustaba imaginar su corazón como una enorme ancla de hierro que resistía la corrosión del mar, y que desdeñosa de las ostras y percebes que hostigaban los cascos de los buques, se hundía bruñida e indiferente, entre montones de vidrios rotos, peines sin dientes, tapones de botella, preservativos…, en el cieno del fondo del puerto. Algún día se haría tatuar un ancla en el pecho. Luego cierra el libro y llama a la camarera y dice que cuánto es como si no lo supiese. La señora o señorita es muy amable. Él hace una broma y, luego, paga. Se despide y sale, afuera hace frío típico de que va a ser casi invierno. Al pasar por la cafetería más cara de esa zona ve, en el escaparate, a gayers que se besan. Le mola y entra y mira las bebidas y decide que lo que va a tomar es un Passport con hielo y, una vez que se lo sirven, lo paga, porque le da la gana, antes de tomárselo. Mola. Él está ahora solo enfrente del único gran amor, que es quien menos y más solo, durante la vida que recuerda en ese momento, le ha dejado. Los gayers se abrazan y se besan y se chupan a su alrededor, en otras mesas. A esta gente, piensa, le debería de parecer un idiota a poco que me conociesen. Las voces que imagina están cantando una canción muy bonita de esas para dormir a los niños que no se quieren dormir. En el coro también hay pájaros de colores y príncipes y princesas, gente de la radio y de la televisión. Él no lo va a dejar y como, desde que nació, es escritor, va a contar, cuando llegue a casa, el día en que conoció a Antonio Gala debido a su trabajo o eso que él creía que tenía que realizar por aquel entonces. Va a escribir eso de que le dijo que otra vez, cuando él estaba trabajando en otro lugar, le invitaron a una fiesta donde conoció, dijo, a un novio o novia o eso que fuera tuyo, señor, que no me acuerdo muy bien. Luego sirvió. Antonio Gala bebía agua, se acuerda. Sí, se dice, eso voy a escribir. Como veinte años de absoluta sobriedad pasan inmediatamente mira de nuevo el monedero. Ha eliminado el número de la única amiga que era su amiga cuando la llamó y le dijo que era pesado de tanto llamar antes de que él diese un abrazo y colgase. Las voces internas son el cordón umbilical del bar. Parece, por un momento, que los gayers abrazándose no existen, aunque existan e incluso aunque hayan dejado de abrazarse. El amor es una cosa bonita que huele y, luego, hasta sigue oliendo. Mola, se dice, pero llama una amiga y lo coge y le dice que ha vuelto a ser él, con su amor y todo, que él, de nuevo, existe y que se ha cortado el pelo y le ha dicho su tía que está más guapo. Ella le regaña porque él está tonto. Le regaña y él dice que la ama, que nunca le deje y añade: por favor. Él le dice a ella que escribirá y que, de verdad opina, que un texto bueno jamás ha de tener edad ni basura ni tampoco, necesariamente, alegría. La basura, le dice él a ella, ya está en los sitios que tiene que estar, hay montones y La Tierra, por ejemplo, es muy grande. Ella le dice que baje. Él le dice que el otro día fue a la escuela de letras de Madrid y que un joven inquieto, argentino, Ernesto algo, le estuvo hablando de un curso, y tanto ella como él se rieron de nada en particular. No pasaba jamás nada. Los espectadores se ponían rectos cuando pasaba el tren y luego había quienes, sencillamente, ya estaban dentro del vagón. Ella tiene, de repente, una llamada del extranjero por el ordenador y él le dice que no pasa nada, que ya hablarán. Cuelgan y luego él piensa qué va a decir en AA. En AA siempre habla y participa y tiene amigos. Él piensa qué decirle a su poder superior y vuelve a mirar alrededor y se va de ese bar de gayers y mira el monedero y se va a uno de roqueros. Mamá llama, él dice que no es uno de sus mejores días pero que no pasa nada, que es que es invierno. La dice que un beso y que se cuide, que pronto irá a verla y también a papá. Él nota que hay una lágrima asquerosa en su cara pero sabe que no va a romper a llorar delante de todo el mundo. Ahora, debido a la confianza de unos amigos, escribe cosas para una revista importante del internet y debería de contar cosas de cultura, de películas o de los libros que lee en el metro o cuando se toma un café en la facultad. Todo es un éxito por el momento, le dijeron, así que él debería de estar contento. El hombre de la barra es un tipo majo que se parece un poco a Mick Jagger, el de los Rolling. Él dice en alto y sin ninguna educación que es la caña la puta mierda del bar de los cojones. Luego le dice al compañero de la barra que perdone y, añade, compañero, y dice que, por favor, le sirva otra bebida y, luego, paga y se marcha decidido a escribir un artículo sobre Juan Rodolfo Wilcock, poeta, cuando llegue a casa de una vez por todas. Como esa noche se encuentre a los niños de los porros que le dicen cosas en la misma acera, se van a enterar ellos de qué es sentirse en su puto sitio. Pero, cuando tiene la llave en la mano, ve el bar de Pedro abierto y sin ninguna necesidad de mirar el monedero, entra y dice que quizá se haya emborrachado y que, por eso, se va a beber una tila o algo para los nervios y la serenidad, que es muy importante.
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5 comentarios:

Patxi dijo...

Vaya, vaya, jugando al escondite contigo mismo?

Alberto dijo...

No, pero al escondite no

Bellaluna dijo...

La vida, todo el rato, es entrar para salir.

Nunca he leido a Mishima, aunque tengo en la estantería "el marino que perdió..." ¿Me animo?

L.

Alejandro Jodorowsky dijo...

No te veo como eres, te veo como soy.

(Creo que, efectivamente, esta frase es mía, por éso la hago tuya y me la regalo)

Alberto dijo...

Yo me acabo de animar, Bella, porque se animó antes una amiga. Yo te animo y, si quieres, ya nos contaremos sobre el mar y hasta sobre la gracia. Mishima mola. Mucho.
Un beso.

Don Alejandro, completamente de acuerdo con usted :) Un buen regalo