martes

La Gaya ciencia

Hoy he matado a una de las cucarachas. Era aún pequeña y quizá estaba aprendiendo. La vi mientras calentaba un vaso de leche. Es muy raro que no aparezca alguna, no siempre las mato. A veces me quedo pensando y me despierta el avisador del microondas y, en esos momentos, a veces vuelvo a mirar y ya se ha marchado. Hoy la he matado. Era pequeña, quizá estaba aprendiendo. Después he sacado el vaso de leche del microondas, le he echado un poco de azúcar y me lo he bebido. Mañana vendrá la prima segunda de esa cucaracha y será quizá otra historia.
Se habla mucho del amor de las cabras, de las vacas o de las ovejas, pero poco o nada se dice de arrinconar una cucaracha para darle la medicina despacio y, luego, una vez muerta matarla de nuevo ya a todo volumen junto con la -siempre casi- inocente prolongación y la pared en la que morará todo el desperdicio, un poquito más abajo de donde cuelgan los guantes de fregar los platos. A mí me gustan las cucarachas, son amigas, confidentes y quizá también, como digo, mis amantes, el último aliento que le queda a esa ansiedad, que sólo las busca como desenlace a ese amor perdido e imposible de recuperar que seguramente haya sonreído por vez primera en la mirada de la madre, como decía Wilhelm Reich, al que adoro porque no fue querido en sitio alguno, pero que, al ser un genio, tenía el cerebro para haber hecho un cocido con él, y luego ropa vieja. Que se hizo. La digestión está en Moyano, y yo la leo con religión.

Hoy he visto a Ana, la puta, y la he dicho hola y ella ha sonreído y girado el brazo. Adoro lo que hay en ellas de chica, que es una chica que también muestran cuando te dicen que las tetas no o algo parecido. Necesito ver una madre en ellas, pero no veo absolutamente nada más que el tiempo pasa y se resume en un menú menos y de lo único que disfruto de veras es viéndola lavarse el chichi para otro mientras yo me pongo los calcetines y la digo adiós a sabiendas de que recorreré llorando el camino hacia mi casa.

La verdad, hace tiempo que no accedo a los dolorosos, aunque con mucho de entrañables, servicios de la puta. Cuando hoy la he saludado parecía que se acordaba de mí, Anita, bonita Ana del Este. En la calle son la familiaridad de una compañera del colegio (del colegio en el que tuve y aún guardo compañeras y amigas, no del otro, que había en las afueras, donde sólo había gansas debajo de un mueble que luego resultaba haber puesto allí otra gansa, muy guapa ella y, sobre todo, fea, ignorante, extraña, una joya atada a un alambre que bien pudiera ser el nervio aún vivo de una muela).
Cucarachas como mi primera amante, casi anterior a la esquizofrenia, con quien follaba en el interior de coches que habían abierto esa noche para llevarse la radio y hasta las cintas (qué gentuza, caray, ha habido y hay en España). Su madre para conmigo tuvo la delicadeza de enseñarme a bordar. Yo pensaba en los tres y los tres pensaban en mí. Pero no era una trinidad santísima sino una trilogía al estilo Matrix. Un lugar de donde terminaría yéndome, aunque en aquella ocasión lo hice después de que me echaran.

Yo no tenía ni idea de sexo y sigo sin tenerla, como tampoco la tiene el sexo. El sexo es y se encuentra ahí de repente, entre el mundo y tu otro yo, que es un yo que lo mira desde el yo que el propio sexo tiene.
Yo me sentía asqueado y viejo, quería penetrar a los caballos con quienes trabajé más adelante en la granja escuela donde oficialmente yo era el monitor de la cocina y donde yo hacía chistes a los niños y servía lentejas y esas cosas, y luego, en mi hora del cigarro me iba a ver a los caballos, a ver si con esos aprendía sexo. Me los hubiera follado a todos si hubieran estado dormidos o muertos, pero siempre estaban aquí y allá y al otro lado. Yo en medio terminaba mirando hacia arriba y el cielo tampoco decía nada.

Luego mi pajote era escrito así, más o menos con otro pajote: Hoy vine de la granja escuela leyendo en todos los lados, en los árboles (con quienes nunca follé), en algún pájaro, en los chicles de menta que me daba mi tía por si me olía el aliento a tabaco. Esas cosas. Y seguía diciendo: Hoy he conocido a una chica estupenda. Está preñada. Ponía punto final y santas pascuas.
Algún día encontrarían todos esos textos y serían los demás los que se estrujasen el lorito que habla solo entre la pared y una cucaracha, los que acercasen las flores esas que hay por el campo a esos 15, 20, 25 o 32 o 48 centímetros que, indiferentemente, ese yo cargase para decirles adiós, hola o lo que se les ocurriese.
Y ahora soy poco más o menos que san Juan. Cuando visito a mis padres paso por un campo donde hay remolachas o patatas o como se llamen y me creo que, durante esos cinco minutos que aguanto sentado en una roca, estoy entendiendo a esos cariños cómo crecen. Luego quedo con alguna amiga y hablo de esto y aquello, de las películas y España y de que yo quería ser bombero de pequeño, y torero como Palomo Linares, y de que ella quería vivir en el lejano oeste. Y no sé qué hacer y a veces digo que pago yo y ya está. El fracaso de todo y también del sexo es algo que ya hay y no tengo que buscarlo. Para derribar ese muro ni siquiera hay que saber dónde se encuentra, aunque a lo mejor hasta sea en la propia polla esa de todos los días. 12´40, pues eran cuatro cafés y un par de tónicas. En fin. Mañana no como y ya está. Veré a Anitita, ese fragmento de un sucio dorado, esa manzana pelirroja del Este, como hoy, cuando la he saludado como si fuera un viejo amigo que salió en un sueño del que ni siquiera me acuerdo.

Escribir también tiene otro yo, tiene varios y ninguno tiene nombre, pero siempre nuestras cabezas, que son más viejas que los escritos, les ponen uno y otro y otro más. Las cabezas son incluso más viejas que las pollas. Son muy mayores y de garrote hasta usan a la polla, que no les sirve más que para hacerse creer que algo, en este mundo, las sostiene. Y no, siempre es al revés, copón, es la cabeza la que sostiene a la polla, como bien sabían Bobby Fisher, Capablanca, José Mourinho, los buenos vamos.

PD: Joder, qué post más raro. Yo, en teoría, lo empecé porque me creía que tenía la mente clara, y hasta la polla clara, pero me voy a ir a acostar y esto se va a quedar así hasta que un día, como me encanta ver en qué estado se encuentra ese manojito de rosas, vuelva a leerlo y sepa por qué. Que me lo tendré que inventar, claro. Quiero decir: otra vez. El sexo, la polla, los coños, todos esos viven el tiempo de Heráclito, que iba y venía en el propio tiempo. A ver si va a ser eso, queridísimas lectoras de esta pobre y arrogante “cosa”, amigas. Venga, ya me callo. Luego que si ya los del Inem no me llaman para nuevos cursos, a ver: leen mi blog. En fin.
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4 comentarios:

Bellaluna dijo...

Las putas son chicas, como mi vecina de abajo -Olga, búlgara-, que hace la calle en rue St. Denis y yo le pido la sal, ella azúcar, compartimos un peta y coincidimos en el super o hablamos de ropas. Pero nunca de follar. Y, seguro, también las chicas somos putas.

Bellaluna dijo...

Bueno, no me hagas mucho caso, que me voy a acostar ahora. Y no he dormido aún.

Alberto dijo...

ahora a regular el sueño, bloguera!

Quería usar un tema del que sé no mucho o del que sepa lo que sepa siempre querré saber más en un estilo de esos tan castellanos (+ o -) a ver qué pasaba. Y no pasa nada. Claro :) Pero te veo aparecer en una ventanita.

beso

Mario Benedetti dijo...

MARIO BENEDETTI

ÉSTA ES MI CASA

No cabe duda. Ésta es mi casa,
aquí sucedo, aquí
me engaño inmnesamente.
Ésta es mi casa detenida en el tiempo.

Llega el otoño y me defiende,
llega la primavera y me condena.
Tengo millones de huéspedes
que ríen y comen,
copulan y duermen,
juegan y piensan,
millones de huéspedes que se aburren
y tienen pesadillas y ataques de nervios.

No cabe duda. Ésta es mi casa.
Todos los perros y campanarios
pasan frente a ella.
Pero a mi casa la azotan los rayos
y un día se va a partir en dos.

Y yo no sabré dónde guarecerme
porque todas las puertas dan afuera del mundo.