sábado

From Los Ángeles, California, the doooooors

La escribo un sms en el que la digo “Ayer te dije que te quería. Es cierto, pero no sé qué soy.” Ella es, desde luego, una de las personas más hermosas que he conocido. Otras veces, en cambio, es sólo Jeny.
He amanecido con una rajita en la frente. Me caí al llegar a casa. Creo que hice amigos. También me peleé con un mierda. Un poco y luego le dije que se fuera a tomar por culo antes de que me lo comiese. A veces, simplemente, necesito perder. Y lo hago. Pero no soy Bukowski ni nada de eso. La gente me lo dice y lo considero un halago (en mi juventud leí todo Bukowski), pero yo escribo mucho mejor -mejor que Joyce incluso, traducido al francés-, aunque carezca de su apasionadísimo corazón. Enorme corazón de Bukowski. Quizá su único error o, quizás, virtud. Virtud a medias.
Pero creo que no soy mal tipo. A mí me caigo bien. Es cierto que soy desastroso, ya he dicho no sé dónde que no tengo órganos en el cuerpo y que, aunque no sea Bukowski (bebo mucho más), soy lo suficientemente sensible como para tocar pianos rotos y sacar de ellos la melodía rota de mi roto corazón que, supongo, existirá en algún roto de esos que me hago en la camisa. Malamente y no como el de Buk de grande, pero existirá.
Amé a una chica muy guapa que se llamaba María. La llamé, en mi esquizofrénica y vitalista juventud a la sombra de mi enorme abuela, para decirle que perdonara mi arrogancia. Nunca debí hacerlo. Nunca supe quién era, sólo que era muy guapa. Caí, como anoche. Al final caerse sólo sirve para levantarse. A eso, algunos inocentes, lo llaman coraje.
Escucho Glenn Gould plays Beethoven mezclado con el malogrado Jimi Hendrix, leo a Umbral y Thomas Bernhard. Las vida es una excusa para mejorar lo único que tiene además del hambre, el estilo del hambre. Ayer vi que mi blog tiene muchas visitas. Nunca miro esas cosas, pero me hizo una especie de ilusión. Una ilusión normal parecida a todas. Algo idiota que nos ocurre debido a que estamos vivos o, si no, casi.
Ayer me hice amigo de una chica clara. Hoy ya no me acuerdo de cuál era su jodido nombre. Tenía unos ojos maravillosos. Le dije que yo sólo tenía un blog en internet. A lo mejor entra. Te amo, pero tu jodido nombre me da lo mismo. Yo me llamo Alberto Masa, creo, aunque no sé qué coño significa eso. A veces pienso: Ojalá me llamase Sergio.
El gato es el mejor amigo del hombre. Leo a Umbral y a Thomas Bernhard acompañado de mis únicos amigos, los gatos negros de Yara. Hoy me han dicho que si sigo bebiendo me echarán de casa. He pensado que, como soy muy apreciado en el mundito del internet, si eres buena muchacha y tienes unas tetas impresionantes, me podrías invitar a vivir contigo. Soy muy bueno y follando, eso ya, un puto crack (o megacrack, como dicen ahora que la mitad del mundo ya es “un crack”). Yo he venido, me lo han dado todo y yo sólo sé beber. Sólo sé perder. Odio a Bukowski. Bueno, lo amo. Es lo que tiene leer a estilistas, que terminas escribiendo con sus cerebros. Bukowski era un estilista (léase la correspondencia con Sheri Martinelli o como se llame esa asquerosa), sólo que muy poca gente lo sabe. Manejar el tono bajo en literatura, por desgracia y debido a que los que manejan el cotarro son muy divos (cobardes y jilipollas), está muy poco valorado. Si Góngora existiese hoy no diría la retórica de antes, se limitaría a encenderse un pitillo y flipar. Disfrutar escribiendo es la única virtud de la literatura.
Mis padres han estado en mi casa y, mientras me duchaba, han leído esta página y me han dicho que soy lo peor. Que para qué escribo esas cosas. Yo creo que es la salsa de la vida. Lamento que mis padres no lo aprecien. Si no fuera por ellos hoy me habría estado tocando la brecha que me hice ayer cuando me caí por borracho.
Cuando yo era joven y mostraba mis escritos y dibujos, la gente me llamaba genio. Me adoraban, me comía todo el mundo mi raquítico nabo. Y lo hacían en nombre de mi talento, que es una cosa que no sé lo que es. Si lo supiese y tuviera quizás lo usaría. Lo digo en serio.
He estado llorando en la ducha. El mundo de la literatura aprecia mi obra, hecha con un trabajo que quizás ustedes ni imaginen, queridos amigos. Yo, debido a que me jodieron y a que soy un poco maricón, pude permitirme leer un libro diario. Leí a los mejores, a la súperliteratura rusa y norteamericana (bendita novela de ballenas), a la francesa, siempre demasiado valorada. Leí todo Schopenhauer y todo André Breton y, sobre todo, a mi admiradísimo y pobre Cristóbal Serra (también a Juan Eduardo Zúñiga), pero esos –estos últimos, no el engreído de Breton- sólo son las personas que quiero ser. Me creía que, leyendo esas cosas, yo sería mejor, cosa que no ha sido así. Quedaré literariamente porque soy, como decían esos idiotas, un genio -es, dios, lo único que tengo-, pero moriré pobre y tirado en la calle, como un perro.
Hoy me ha regañado mamá porque ayer me notó borracho al teléfono. Soy tan maricón que hoy eso me tiene destrozado. Estoy escribiendo hoy en contra de ello, que es yo hoy. Me odio.
No quiero escribir más. Quizá ver a algún amigo, si existiesen. Quizá también cometa el error de casarme con alguien o algo así. No quiero tener hijos, serían unos marranos.
Acabo de llamar llorando a Eduardo Vilas, con quien me peleé debido a mi orgullo, y a Manuel Fernández Cuesta. Son mis maestros. También, aunque él no lo crea, echo de menos a (genio británico de quien tanto he aprendido, permíteme llamarte Rafa) Rafa Reig. Necesito algo que no sé lo que es. Algo idiotamente sentimental, algo de vida. Porque lo otro no lo es.
Os quiero y agradezco que mi blog (lo encontré en una cosa que dice de las entradas que hay) tenga éxito. Para mí a veces, lo siento, es importante estar con vosotros. Me suelo arrepentir de escribir cosas como esta.
Sólo quiero que tú, Nicolás, resucites. Comer contigo. Follar paso. Me he hecho místico y me parece un engaña-pobres. Ya no me la meneo. Soy mi abuelo y mi nieto, y eso duele, sobre todo cuando sólo eres una persona a la que incultos como la María que amé escupen por la calle y pudieran añadir: se me ha escapado.
Sólo soy Alberto, perdón. Guille, talento que quisiera para mí, te estoy llamando. Ven a verme. Estoy muy solo y muy triste. Lo otro es la vida, es la alegría. Mi única motivación y empeño. Sólo que hoy, lo siento, no puedo.

6 comentarios:

Tesa dijo...

He visto hace un rato que tenía un sms tuyo, aunque yo no sea esa Jeny.
Últimamente no nos llevamos bien el teléfono y yo, se suele quedar olvidado en el coche, en el bolso, en la oficina... será que no me interesa cuando suena porque quiero estar sola.
Son malos tiempos para la lírica, como decía la canción.
Gracias por acordarte de mí.

Alberto M dijo...

sí me acuerdo, y me gusta. De nada.

Bellaluna dijo...

Creo que nadie dice (se dice) la verdad: ni el que escribe ni el que lee, ni el que se coloca ni el que soporta al que está colocado. Sólo hablan nuestras cicatrices. Y siempre las queremos ocultar (a mi me duelen mucho y las toco todo el rato aunque apenas las tengo conmigo).

Nunca llames llorando a nadie. Nunca te creas nada de nadie, se llame como se llame, creete tu orgullo, porque de lo contrario de derrotará el de los otros, farsantes iletrados también. También porque todos o somos: farsantes e iletrados. ¿Qué otra cosa son los que enseñan a hacer cosas que no saben hacer ellos? Y busca aquellos ojos claros que ya no son los de María pero que hay por pares a millones en cada noche.

Beso,

L.

Alberto M dijo...

cuando usas la razón la única palabra que me viene a la mente es Gracias

Anónimo dijo...

Holla


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Alberto M dijo...

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