miércoles

A veces sueño que Umbral me mete una ostia

Mi vida en Madrid se debate entre una cucaracha pegada al parqué y la lamparilla de papel que da luz a mi cuarto, algún recuerdo de mejoría y más de tres escenas de pánico.

El sábado, en una machada bastante impropia para mí, tiré al reciclado las botellas de whisky (una de ellas a la mitad). Se lo prometí a María una noche antes. Era mi renuncia a estar solo y también la desaparición del único amigo que siempre me dio lo que me prometía. Da igual la marca porque mucho de ese resto puede ser silencio suplido por agua del grifo de Madrid, posiblemente el mayor regalo de esta ciudad.

Los autobuses hoy eran un recado que he aprovechado para leer a quien, de inmediato, me ha sugerido ser quizá el mejor novelista vivo, Álvaro Colomer (Barcelona, 1973), Mimodrama de una ciudad muerta, Ed. Siruela. Se lo quería contar a toda esa escoria de la que me creo amigo. Luego lo he olvidado. Incluso he coincidido con Jacobo Siruela -posiblemente el editor más chalado que ha puesto pie en Finisterre- en una visita a Marta a la librería y decidido de inmediato que se me saliesen esos tornillos junto con mi idea por mucho que a estas horas esté deseando -es mucho decir de un libro, ya- retomar la historia. Qué caray, escribirla yo. Pero es que para eso, machito, hay que saber mucho. Si al Chuck Palahniuk se le diera mejor la novela que el estribillo, sin duda, escribiría como lo hace Álvaro Colomer (me quedo muy corto, sí). No recuerdo una sorpresa mayor (de época) desde Ventajas de viajar en tren de Antonio Orejudo o España de Manuel Vilas, a las que cabe añadir el blog Lector Malherido.

A estas horas mi cama me espera con sus habituales clavos y merecidísima guillotina. Mañana seré otro. Cambiaré mi camiseta del Nápoles (que vive de los años, hoy remotos, a los que pertenece la camiseta), me pondré negro con liso, perfumaré después del duchado y repartiré publicidad por el barrio de Chamartín. Siempre pierdo de muy distinta forma. Si me ves por la calle puedes abrirme con una cheira y comprobar que apenas hay órganos que coger. Peor sería si lo que buscases es dignidad. No sé, si buscas a tu hermana pequeña, a lo mejor tienes más suerte.

Hoy ya es otro día. De anoche recuerdo uno de mis jobis favoritos, escuchar el ronroneo de los gatos de Yara antes de decidir si, en caso de incendio, podría suplir en un salto la distancia que hay hasta la ventana adjunta del patio. También friego la mermelada de arándanos creándome la ilusión de que se trata de mi propia sangre, o de la de otro cualquiera inclusivamente, ya que, en mi melondro, suele ser la misma.
Estoy deseando que pongan un metro en la calle Cabeza, que es una de mis favoritas.

He de repartir publicidad. Cuando tenga de nuevo internet lo colgaré todo. No he leído lo que escribí ayer, stop. Es así como hago últimamente. Y me gusta. Escribir me ayuda a tener ganas de comer manzanas. Y son muy sanas, todo lo que diga es poco. Ayudan a no sé qué.

Es por la noche, las tantas. He repartido publi muy bien. Consiste en ser amable y aguantar la jodida amabilidad de los demás. Mola. He bebido, pero poco. Bueno… con Moncho. Bien. Tenía en la cabeza muchas cosas brillantes que escribir, pero eso, parece, era antes. Antes de que me haya comido la jodida cucaracha incrustada al parqué de esta habitación en la que, si no soy un ángel, por ahí ando, sólo que con un solo ala que tampoco es que sepa dónde está pero, supongo, limpia de desperdicios alguna de mis orejas.
Me he hecho colega de los del bar de abajo, son de Guadalajara y a mí me recuerdan a esos peluqueros de El príncipe de Zamunda que, resultaba, eran todos Eddie Murphy.

Razón no les faltaba a quienes decían en mi pueblo que con mujeres has de tratar sólo cuando tengas el rabo tan duro que los únicos que te duelan sean los pantalones, que no son de ti, pero que a veces pueden serlo. Si escribo que no follo a mis jodidísimas fans se les derrite el chichi pensando en otra punta. Como decía Javier Marías ¿Qué es la literatura (o la vida) sin ellas y ellos? Di que sí, maestro ¿Qué, ojos de lirio, amor, sin el bulto mis cojones? Otra llamada de Herralde para tocar los huevos, coño. Voy a poner el móvil en silencio de una puta vez. Y si no llama Herralde, llama Gimferrer. Ahora que voy a estudiar literatura no diré que me llevo con toda esa gentuza porque capaces son la juventud de empezar a comerme la polla, pero sin saber de amor ni nada, sino sus cuatro evangelios hechos de jachises.
Si no tuviera tres vasos que fregar a lo mejor seguía escribiendo pero, como es el caso, a lo mejor mañana continúo y lo cuelgo para que os hagáis ese dildo tan especial que os reserváis durante toda la semana.


Hoy ya es otro día (también). La burguesía, que nos trajo el amor, consigo también trajo la puta solemnidad. Es esta cuestión, si posible más estúpida que el propio amor, lo que ha traído problemas a mis nervios esta mañana en mis rutinarios y siempre divertidísimos quehaceres matutinos (papeleo). No lo voy a contar. Me aburre solemnemente.

En cambio sí decir de lo bueno. He aprendido muchas nuevas calles de Madrid y andado hasta la ermita del arcángel san Miguel a pedirle a dios que, por favor, no me haga más hermoso todavía, sino solamente multimillonario. También le he dicho que no me haga jugar a la lotería, que yo paso de esa cultura retrógrada y engaña-pobres, y que me ponga el dinero en el buzón directamente.
Nada más salir he pisado una ñorda. Eso, en sí, no da suerte. Les cuento. Para que dé suerte, es necesario agacharse e involucrarse un poquito, no necesariamente comérsela, que les veo venir, pero sí acercarse, tocarla e incluso hablarla como se le hablan a las señales de dios, atenta y espaciadamente. Es decir, después de un par de caricias: Oh bonita mierda que por mí has sido pisada y que probablemente fuiste queso camembert o manzana en rama, te quiero como a una hermana, le acabo de pedir a nuestro señor que deje dinero a mi nombre en el buzón que, hoy que vivo en Madrid, muy difícilmente tengo en ocasiones para cañas y tú, oh mierda, has de ser bendecida en ese milagro mientras eres aún más deshecha en este nuestro mundo.
Y darle un besito.

A la vuelta me he permitido, sí, una caña (1´20) en mi nuevo oratorio del surrealismo español (no la corriente medio intelectual de frikis Grupo surrealista de Madrid que pulula por estos barrios) sino la mía, en el bar El Taquito, donde esta noche veré el atleti. Y, ahora, tras hacer la compra de los moros -sexo-, en breve, tendré la suerte de continuar la obra de Colomer (próximamente Los bosques de Upsala).

Abrazos,
.

4 comentarios:

campesina dijo...

este escrito me lo devoré, Alberto. Un día de estos voy a recorrer tu blog para anotar todas las novelas que me han gustado porque tú las nombras. Ahora, lo de Colomer.

Yo quiero ser multimillonaria como sea. Un amigo dice que eso de 'no sabría qué hacer con tanta plata' es mentira. Y es mentira. Yo sabría, y me faltaría plata.

besos, mi Alberto

Alberto M dijo...

Campe querida. Cuando me llamas mi Alberto me dan ganas de comerte a besos.
Un millón de abrazos (con el deseo de que se transformen en euros también)

Anónimo dijo...

Te superas en cada relato. Y te admiro más, en cada uno...Recuerda tu humor, fresco, inteligente, no lo sustituyas...por favor. Te quiero

Alberto M dijo...

Cariñota, hacía mazo de tiempo que no recibía halagos en mi blog. Es sabido que los odio mucho, pero estos días que estoy alegre y, cuando entro, de bajonazo. Los agradezco mazo.
Me he dejado lo de Colomer en casa de Madrid y es lo que me apetecía leer. En el bar de aquí me prohiben beber whisky aunque tengan que invitarme. Un beso, pero no sé qué hacer. Me voy a colgar de la lámpara, pero es que está tan nueva.