jueves

Nuevas aventuras de un castrado fiel

Nueve de la mañana. Llego a casa. Me sirvo un Ken Lough con hielo y cierro los ojos. Cuando los abro el hielo ya se ha derretido. Me bebo la mezcla. Pienso en mi pobre madre, en mi pobre padre. Pienso en que no existen y vuelvo a cerrar los ojos. Si tuviera corazón lo echaría al interior de una olla y me haría un caldito. La noche anterior no dormí (vermouth casero y ron), algunas casas extrañas me dan eso. Sólo no son extraños los gatos de Yara, a la que, pobre, apenas he saludado al entrar. Lo lamento. No me gusta que digan que soy un alcohólico. No me gusta que digan que tengo la cara hinchada y barriga. Si me rajaran saldrían los mismos trastos que si, de nuevo, estuviese delgadito. He de entregar los papeles compulsados de la minusvalía en la universidad. Por eso voy a llenar de nuevo el vaso con hielos. Una sordomuda vino a mí y la confundí con la virgen María. Le di dinero. Hoy todo es haberse marchado para pasar hambre. Me deben dinero por todos los lados y la virgen María hace como que no oye. Yo firmé, dejé el dinero y dije adiós. Pensaba que sería para los comunistas. He vuelto a titular mis memorias, viablemente fracasadas, Aventuras de un castrado fiel. El otro día fui a putas. Me parece un tejemaneje triste y casi termino ayudando con el ganchillo a las dueñas del panegírico -geriátricas-, que estaban más por follar que la dulce Ana, Anita, Anitita o como coño se llamase aquel lejano amor mío, negra del Este. Ah, diría un comunista, pero para whisky y putas sí que tienes. Pues tampoco, hijo, tampoco. Lo que pasa es que lo mezclo y luego me da igual dónde termino. Las putas te dejan la cabeza fría, igual que las ex novias, y el whisky o lo que sea te la rehace en otro tiempo. Por el camino, te mueres o no y ya está. Si despiertas en el médico porque despiertas en el médico y si despiertas en la comisaría porque despiertas en la comisaría. Lo mejor, letras mías, ofrenda universal de mi puto error de nacido, es no despertarse y ya está. Quien lo probó lo sabe (benditas y psiquiátricas curas de sueño).
Abuela, no sé si te uso o te quiero, aquí es todo literatura. Y en la literatura lo único que se quiere es la puta letra (ni siquiera, como demuestra este inicio de texto, se le quiere a la literatura). Tampoco me va tan mal. Me gusta mucho el ayuno, tener whisky de cuando fui millonario y, encima, mi tía Pepa, otra dubitativa, me dio tabaco. Ahora me tumbo en el camastro y a esperar los efectos de la Ayahuasca, Belladona o como coño se llame. Aquí, en el escribir, lo que he hecho ha sido desnudar mi alma y encontrarme a cambio un nudo que, ay, puede que sea el de una soga. Vomitar sangre es señal de que aún tienes entrañas. Vomitar bilis, ya un lujo.
Pero no tengo problemas. Sé que mis órganos son de mentira. Todo se reduce a mi teoría del piano. En el psiquiátrico -Dr. Esquerdo, año 98- existía en el salón un piano roto. A menudo lo toqué y reuní como entusiastas espectadores el suficientemente número de enfermos. Luego venían las estudiantes de psicología a hacer una visita y yo, en pijama, pelo largo enmarañado y barba rala, les decía que me dieran besos. Y lo hacían. Hoy soy Gérard de Nerval a los 83 años.
El whisky ya no existe, ahora miro una ventana a ver si, con mala fortuna, veo aparecer a Anitita, a quien traté como el buen chico que no soy o soy sólo cuando me encuentro de sopetón con la virgen. Un idiota con un cerebro en una mano y en la otra cualquier cosa de esas que también manchan.
Me parece que, si el tiempo corresponde a mi chaladura siempre valiosísima para los otros, a estas horas debería de estar en la facu, que no deja de ser un lugar donde hay pintadas idiotas que hablan de un gobierno medio imaginario y tonto -que lo es-. Yo he cagado en el botiquín del Che y luego me he limpiado con la perilla helada del señor Ulianov dejándome un regusto a flor de Groenlandia en el ano. Pero las churris que voy conociendo a nivel colegueo parecen sensatas (a los dieciocho se puede ser sensato, cosa que a los veinticuatro no, y nunca ha sido mi caso) y además, algo así como buenorras, como con una belleza ya decidida que no perderán si no se las olvida, y deseo que nunca se las olvide, porque me caen muy bien y, a buen seguro, tengo mucho que aprender de ellas, por mucho que practiquen intimismos (siempre fúnebres).
Todo Jesús huye de un país para visitar un nido de oscuras coronas y solemnidad siniestra. Eso lo aprendes en párvulos, joder.
Yo sólo soy alegría, lo juro. No sé qué más añadir a este párrafo. Soy alegría en un bidón de azúcar que quieren vaciar unos golosos con caries hasta en el pie izquierdo.
Y soy optimista. Creo que me va a ir bien y que aprenderé mucho más (si no lo creo yo, los órganos se conjuran). Y todo puede ser como el piano de Dr. Esquerdo que, aunque roto, sólo sonaba bien cuando lo tocaba alguien con un pijama lo suficientemente precioso. (Gracias mamá).

11 comentarios:

Maducha dijo...

Me ha encantado tío

Alberto M dijo...

gracias tía

campesina dijo...

a mi también me encantó. Es que me seduce tu forma de decir, y a ratos me angustio y a ratos me río mucho. Y siempre siempre, me enterneces.

besos, mi Alberto

Alberto M dijo...

gracias por estar, mi campe

Bellaluna dijo...

Salvatore: esnifas Zola, Dickens,Scott, Umbral y Miller y es por eso que no quieres despertar. Yo es por eso por lo que no duermo. Hasta en EEUU se han quedado sin pentotal sódico. Estas enfermo de lirismo y hermosamente destilas estas palabras. Estoy en un hotel, se me ha quemado la cocina. Un descuido con el pentotal. Lo tengo todo yo.

Alberto M dijo...

esnifo Bellaluna, a quien adoro.
Umbral y Miller (Henry) también, y hoy debería de estar ya en la facultad, pero estoy en tus palabras, incansable viajera.

Bellaluna dijo...

Pues, Alberto, al cole. Porque no sé allí, pero aquí la Universidad -aunque la Sorbona- es un poco cole de peques. Coge unos folios debajo del brazo, entra al aula y dile algo al profesor que no sepa contestar. Casi todos son opulentos iletrados castrados. Bueyes.

L.

Alberto M dijo...

Te lo voy a contar, Bella, amiga.
Yo tenía unos buenos amigos con los que trabajé -era sobre lite-. En una ocasión pregunté si me podrían pasar textos para hacer correcciones de estilo -que estaban casi bien pagadas-. Es algo en lo que, aunque no soy lo que se diría un fuera de serie, me tengo porque no se me da mal (algo se me tenía que dar bien) y me dijeron: no sin carrera, bicho. Y, aunque no tenía planeado de inicio -me veo algo mayor -bueno, hoy me veo hasta gordinflón- y, como tenía un año de difícil salida laboral y mis padres podían ayudarme (siempre lo han hecho), me dije: A la uni que me voy. Y allí ando, tía, comiendo bocatas y entrando y saliendo de las aulas. Quién sabe si tendría razón - alguna- quien dijo que nunca es demasiado tarde.
Un besote.

Alberto M dijo...

bueno y, no lo he dicho, llegué a la facultad y estaba cerrada.

Por cierto, muchos profesores me parece que se lo tienen como creído ¿que no?

Anónimo dijo...

Holla


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abrazo
excusa mi mal espanol!

Alberto M dijo...

Disculpado. No, gracias. No me interesan las cartas. Discúlpeme usted a mí