lunes

Madrid, Madrid


foto: Moncho (Mopa)

Madrid es una persiana que da al interior de ti, abuela mía, que me enseñaste que no se puede salir a la calle y coger, por las buenas, algo que no sea una enfermedad de esas, que hay que salir con el abrigo puesto y el horroroso calor de la bufanda en el metro. El abuelo siempre olía a colonia en una sociedad donde el resto de caballeros que había en el bar se creía que no olía a nada, eso creían mientras la maquinita daba avisos y, en ocasiones, algo de suelto. Eran domingos de Aluche. La patria de mi pobre barrio, de “mi” siempre barrio, dócil y bueno como un perro despistado, dormido a la sombra de uno de los pinos del parque Arias Navarro, donde yo jugué y jugué, primero a los columpios y luego al fútbol, siempre menos serio que los columpios. Y el tobogán, que caía al barro de los primeros días de lluvia en esos octubres de mamá y otras chicas guapas que había por allí no se sabe si pendientes de nosotros, futuros drogotas sin el futuro que dije cuando, antes de drogotas, dije futuro.
Hoy me asusta cualquier cosa. El temario de la universidad (hoy primer día) me asusta, el trabajo que me ha ofrecido mi amigo Pablo también me asusta. Menos caminar, todo me asusta. Lo bueno es que caminando (también ayuda el whisky -Ken Lough-) los sustos se quedan detrás de cada paso, inclusive si es en falso.
Durante otra época que también me daba miedo viví (Ruano/Umbral) en escritor. Tiraba del dudoso oficio de mis voces interiores y mi casi siempre fresca (en veces ordinaria) locura de esquizofrénico algo paleto y viablemente gracioso en las visitas que nos hacían los marqueses en la calle Illescas. Que vienen -decía mi tía Pepa- hay que sacar a Alberto cuanto antes. Y me abrían la perrera o gatera o lo que fuera eso.
Por las noches, una vez muerto el abuelo (vicio y rosa), yo dormía con la abuela que siempre olió a leche y a pueblo, a mujer y carbón, a cocina y, permítanme, canción de Imperio Argentina.
Escucho jazz en mi búnker de Lavapiés y escribo una jornada de miedo. De niño llegaba con la meada y, hoy, cincuenta años después llego con el ordenador, la impresora (novia mía de la infancia) y un paseo que hoy daré hasta Lengua de Trapo por si los señores me sacan de una vez o me dicen, que también lo quiero, que me vaya a tomar por saco. Necesito dinero, pero tengo algo para esperar a necesitarlo aún más. Los periódicos, en cambio, no me hacen ninguna falta. El día en que Ken Lough muera avisaré y, si no, dispararé antes (siempre a la única cabeza que me creo haber usado).
Lavapiés para mí no es un barrio que dicen súpercultural y a la moda más que el lugar donde compro en cuatro tiendas. Lo juro por Lavapiés.
Volveré a Valseca, abuela. Es un lugar que apenas existe desde que no estás. Una chica clara, un bar indeciso y, luego, dos o tres amigos. Pero sin ti todo lo demás tampoco existe. Hoy estoy llorando, pero es sólo porque tengo miedo, porque sé que no soy nada y porque la nada vicia hasta el punto, en veces, de acabar sólo en el recuerdo, como yo, mientras tecleo, hago hoy contigo, amor mío, no existen chicas como tú. Y tus hijos, de ti tampoco es que me dejaran nada. Porque yo era nieto. Tú abuela, eras mi amor (eres, el de mi vida) y esta panda de absurdos ha hecho como que no se ha enterado.
Art Farmer & company y dar de comer a la perra de Carmen (Ona). Los gatos de Yara me esperaron el sábado en mi habitación. Fue una sorpresa agradable. Sólo soy cariñoso con los animales. En las personas siempre veo un extraño que no encuentra el camino de vuelta. Sólo veo un órgano o dos a los que llenar, en mi manera -algo bruta- de cultura universal.
En el bar ya soy “ese chico tan educado que sale con mozas buenas aunque, yo creo, no finaliza”. Tienen razón, le doy vueltas al Rosa Rosae y no termino el compendio. Las amo, no tienen ninguna duda y permito que ese sea el inicio, absurdo, de mi duda. Por lo demás, Buena cocina, alguna caña y también resulta que, de lo que tienen, soy el único que bebe Ballantines. Mi whisky de hoy, que tiro al reciclado en momentos de pasión ajena, como ya he dicho, es el Ken Lough.
Alberto siempre ha hecho muy bien las tonterías. Los marqueses lo adoran. Pero Alberto un día se va a morir (también de hacerse gracia a sí mismo) y dirán que el chico que inició estudios y seguramente fracasó (literatura) se ha muerto y, quién sabe, si me llevarán al pueblo o serán mejor afortunados los gusanos de Carabanchel.
Leo, hoy -Los bosques de Upsala pueden esperar- Los cuadernos de Luis Vives, que son en mi amigo Umbral lo que los de Malte Laurids Brigge en Rilke y tanto o más maravillosos. Me conocen en la biblioteca como casi tímido y, por lo demás, en los madriles llevo la vida de nuestro Pedro el de Arrebato.
Si abuela estuviera, si tú estuvieras, Ciriaca, no necesariamente estarías orgullosa. Pero me reconocerías enseguida. Y me darías un abrazo que significaría todo lo que no tengo hoy y, sé, no voy a tener jamás. Te quiero. El resto de chicas son historia, mozas buenas que me acompañan al bar. Escoria que adoro, pero escoria. Y, encima, si lo leen, me perdonan.
T Kiero. Como ya he dicho (casi siempre medio rezando a no sé quién, siempre al otro lado de esta parte de la persiana).

10 comentarios:

Sandra Gutiérrez Alvez (Seda) dijo...

hace mucho que no te leía, me gusta pasearme por tus textos tienen una humanidad que muchos otros carecen, y no me asustan tus miedos, porque yo tengo los míos que son muchos mas castradores que mi madre...
Y ojalá Lengua de Trapo vea el virtuosismo de tus textos...
un beso

Patxi dijo...

Te leí, al final, y puede que me enfade por ser escoria, pero lo más seguro es que no, porque siempre me gustó el fango.

Un abrazo que no vale nada...

Cristina Pérez Valverde dijo...

Pues tienes razón, Alberto, qué boba. Claro que era fácil comentar. A la técnica, me refiero, porque al qué escribir... es difícil decir algo después de tus palabras. Donde hay poesía, acierto, sentimiento, talento... y de pronto me salen todas las palabras acabadas en -to. Como Alberto. No me había dado cuenta. Eso es. El inconsciente siempre tiene sus juegos.

Nos transportas a espacios exteriores y escenarios íntimos. Te acompañamos en tu recorrido que tiene el pellizco de melancolía de la genialidad. Y queremos volver a leer.

Es hermoso, muy hermoso, perderse y encontrarse en las palabras. ¿Sabes? Tu abuela estaría enormemente orgullosa de ti.

Cristina Pérez Valverde dijo...

Rectifico: Tu abuela estará enormemente orgullosa de ti.

Alberto M dijo...

t amo, maestra

Bellaluna dijo...

Alberto, te ha poseido el espíritu de la máquina de escribir de umbral y el de, al menos, varios de sus dedos. venga.

Carmen Alanís dijo...

Alberto, te abrazo.

Alberto M dijo...

Sandra, si mis textos tienen suerte y yo dinero, lo celebraremos lo más grande que sepamos. Un abrazo y muchas gracias por tus buenos deseos.

Patxi, a tu vuelta siempre nos queda el bar. Siempre nos quedará el litro. Te abrazo.

Cristina, qué te puedo decir, maestra, que te adoro, que gracias, que te quiero.

Bellaluna, te tengo presente en todo lo que escribo.

Carmen :) quién te abrazase, lejanuchi. Muaki

Odile dijo...

Me quedo con la primera frase.

Alberto M dijo...

Para ti entonces, compañera