domingo

Los monstruos


Después de mezclar una mitad en mis poros el resto de una lágrima por fin cayó hasta la boca y yo, como hice desde que el mundo es mundo, la tragué. Así hice con todo lo que se interponía entre yo y mi vida. Comer, defecar y despertarme eran mis obligaciones. En mis ratos libres observaba alguna de esas obras. Bien es cierto que sería injusto para conmigo no añadir que también me ocupaba de sacar la basura.

Durante mis trece años empecé a darme cuenta de que era un monstruo diferente cada día. Mi misión era mirarlo en el espejo y captar todas sus posibles dimensiones para luego adaptarlas visualmente sobre cada animal que me encontrase por la calle o por la casa indiferentemente. Poco después, ya lo he dicho, me dediqué a comer. Si bien recuerdo aquellos remotos años con cariño pues fue sólo entonces cuando fui sometido a una educación. No transcurrió demasiado tiempo entre eso y el descubrimiento de que todos los proyectos que hice en torno a ello eran vacíos. Aparte, descubrí que tampoco me interesaban especialmente los monstruos que existían en el resto de seres vivos, con quienes a menudo coincidía.

Recuerdo que en los trece y catorce yo me levantaba a la hora del pan. Antes me lavaba los dientes con cuidado de no rozar las yagas que ocupaban toda mi boca y ahí siguen, así como el exterior de esta y, más abajo, lo que es hoy una prolongación de la papada. Apenas me rasco tímidamente, las ronchas se caen y de mi cuello comienza a salir sangre y pus. En ocasiones dejo que la mezcla se seque y es después cuando me ocupo de fregarlo bien con agua y barro. Pero, para ser justo, debería decir que no tuve una deformidad hasta los 18, edad hasta la que me mantuve más o menos sereno.

Hoy, a los 68, soy agradecido a todas mis épocas porque siempre he querido ser bien nacido. Bien es cierto que la burguesía me ha cuidado como ha sabido e incluso, en su época, añadieron doseles a mi indumentaria para que ningún insecto se colase por los agujeros.

Como, ya he dicho, y no soporto vomitar. Sobre mis vómitos siempre he echado una hoja de laurel o parra y he observado ese deshecho como si fuese un plato de la nueva cocinera.

Mi familia ha ido muriéndose. Yo he ido ocupando nuevas habitaciones de esta, que es hoy mi mansión. Todos los días duermo en una cama distinta bajo un retrato distinto.
La comida llega en carro del pueblo. Apenas hay que ocuparse de entrar y salir demasiado.

Si no hubieran prohibido los títulos nobiliarios hoy sería barón, marqués o conde. No me importa demasiado ser solamente el inquilino de los trastos y, aunque en algunos años me han traído problemas los roedores, hoy son el único monstruo en el que me veo cuando, al levantarme, vuelvo al espejo, que es el mismo de mis días de aprendizaje.

Ellos, así como otros bichos, son los que se encargan de entrar en la casa. Lo único que les he pedido desde que comenzaron a invadirme fue algo de paciencia.
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4 comentarios:

yoyoyoyoyo dijo...

Me he desactivado. Gracias por estar ahi. Te sigo leyendo. Te hare saber nueva direccion en Christchurch. Manana de viaje, lo mio.

Alberto M dijo...

un besote, Carmen. Las esperaré. Igualmente gracias por estar. Creo que volveré a tener internet pronto

campesina dijo...

Algó así tiene que haber dicho el General en su laberinto..

por qué me habré acordado de él..

Te cuento que aquí empezaron las fiestas del Bicentenario, todos nos ponemos de acuerdo para ser felices, son 4 días de desmadre...y el martes, nos ponemos de acuerdo para ser serios. Y así el país sale del subdesarrollo.

besitos, Alberto

Alberto M dijo...

estos generales...
bueno, pásala bien hasta la llegada de la seriedad, que también se puede llevar muy bien.
Un beso, Campe.