jueves

Whisky

Dibu: Moncho (Mopa)

Algunos veranos simplemente funcionaban así: Yo me levantaba, cogía una revista y miraba sus fotografías (chicos y chicas hermosos y hermosas) mientras tomaba un café y un par de magdalenas, luego dejaba la revista en su lugar, pasaba un paño para recoger las migas, fregaba el vaso y volvía a ocupar mi asiento del desayuno. Miraba por la ventana durante cinco minutos, me levantaba a recoger un barreño, lo rellenaba en la pila de agua templada y lo colocaba en el suelo, de nuevo donde la ventana, metía los pies y, aproximadamente durante el resto del tiempo que continuaba mirando la vida desde la cocina, hasta llegada la hora de la siesta -eso es otra historia-, podía estar absolutamente seguro de que ya estaba hecho el día.

De vez en cuando encendía el teléfono a ver si tenía alguna llamada. Luego volvía a apagarlo fuera cual fuera el resultado. Hablaba con mi pájaro, pero apenas tampoco teníamos algo que decirnos. Apenas algún día de la semana recordaba que era necesario regar las gencianas o como se llamasen. Fueran regadas o no, mamá y papá llegaban de la fábrica y eso señalaba que era la hora de comer. En el reloj solían ser indiferentemente las dos o las cinco de la tarde. Apenas teníamos hambre, a saber si era cosa del verano. Solía bastarnos con alguna ensalada (mi tía las prepara muy bien).
Luego venían las tardes. Eran reconocibles porque al final anochecía.

En los chats de internet hablaba con Kate Moss al tiempo que daba cabezadas al lado de un tazón de leche. Calculaba la hora en la luz que ofrecía la pared de la casa que había enfrente de mi habitación (completamente extraña). El vecino, un ser viejo y aparentemente inofensivo, cada día a las ocho de la tarde (reloj de pulsera) subía una de las persianas del piso de arriba. No fallaba. De esa pasta están hechos los ciudadanos de este lugar que a mí me parecía tan remoto, sobre todo los veranos, quién sabe.

Llegada la cena mi pájaro solía estar en mi hombro, me quitaba los ácaros de la oreja con el pico mientras yo le cantaba boleros. Mamá y papá se entretenían mientras con la tele (chistes sobre el gobierno -humor inteligente-) en el salón.
Mientras el pájaro seguía en mi hombro yo preparaba amapolas, hojas de menta y regaliz con agua caliente. Calculaba las gotas de litio que merecía, tomaba ansiolíticos según el cálculo anterior, retornaba el pájaro a la jaula, me duchaba y, después, secaba, me colocaba unos calzones, cerraba la puerta y me aseguraba de apagar todas las luces.
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2 comentarios:

nancicomansi dijo...

Que bonito relato. QUe bonito dibujo...

Alberto M dijo...

:) Gracias