viernes

una vaque, dos vaques, tres vaques


(Summer wine)

Hablar del recogimiento en Asturias para mí es hablar de una redundancia. Apenas necesito un litro de whisky para sobrevivir dos días, contento, observando hoy la lluvia que, en este sitio, también es casi una redundancia. Acabo de terminar la obra (esa póstuma) de Sylvia Plath, que es un muy buen libro para leer recogido aquí, en el sillón de aquí y en la cama de aquí.
Me encanta Asturias. Se me pegan el acento, las vaques y las ubres de las vaques que bailan, como las propias vaques, al viento de Asturias. Me rejuvenecen los cencerros, esto es sabido por los lectores, muy fieles, aparte algún moroso del taller de platos, de este blog que, como ya vengo avisando en los últimos post, no va de coños restregándose en la estratosfera, sino de alta cultura, aparte de Valseca, Mongolia y yo.

El amanecer de esta mañana me ha leído los últimos capítulos de una Sylvia Plath que, en su diario, se nos enseña como una pobre vaque con un ojo descosido y siempre trae los calostros con una lágrima que a lo mejor es de azúcar. Sylvia Plath debió conocer Asturias y pegarse una época larga conmigo, aquí, fregando vasos, y se hubiera dejado de asesinarse tanto, continuamente y, al final, hasta de verdad. Esta casa tiene muchos vasos y de muchos colores. Esto es un recogimiento con legiones de ellos y, siempre, como los sueños de Sylvia Plath, guardan un poco de polvo.

Lo que pasa en Asturias, es como con los diarios de Sylvia, que echas de menos Cádiz y con la luz del cigarro ver el molino. Aquí, mamá, todos los bares parecen un reencuentro de babas de mar completas de nieve y, en cada viejo sentado, me veo jugando al dominó de jovencito. Pienso extractos fabulosos para mi compromiso con el arte, que tanta chusma me ha traído a conocer y, en su medio, al fin a también personas con las que tomar un chato a gusto. Y bebo chupitos, feliz, junto a los viejos del dominó y las extraterrestres, ya digo, que tanto me han amado durante mi vida, de la que, por supuesto y muy afortunadamente, no suelo tener noticia alguna.
Voy a ir a lo importante: Tengo tabaco, guay. Pero ya me he fundido los euros, y eso que he sido muy invitado, afortunado y hasta precioso. Pues ya no tengo dinero, mamá, envíame. Echo, también, de menos a los moros de la plaza. Echo de menos al morito Quinto y a su hermano Efraim. Aparte de leer algún libro y de las compañías que más quiero, qué puedo hacer acá, sin dinero, aparte de darme a la felicidad típica de gente como yo, excesivamente preparada para la bufonería y, sobre todo, el amor.

Allá donde vaya tengo mi búnker y mi jazz americano de los años 30, algún libro y, en fin, aquí, también dije que había vasos y lluvia. Las paredes lloran de la humedad. Al fondo de mis vistas se contonean los eucaliptos. Son ideales para dejar que el lorazepam haga su efecto. Amo a las vaques, mato a besos a esos bichos. Ayer me reencontré con tréboles de tres, y alguno de cuatro hojas y esas vaques, con sus ojos orondos de semiflipada, me saludan y, más tarde, me siguen saludando. En las vaques todo saludo es el resumen de una vida a punto de ser contemplada, e inician el saludo al mismo tiempo que lo acaban, sin que se note dónde empieza un saludo o el otro y, mientras, rumian sus cuatro cosas, como haría cualquiera que tuviese la cabeza sobre los hombros. Luego vuelvo, de nuevo, a pensar en el aguardiente. Esa es la vida de un vecindario entero dando voces dentro de mi cuerpo. Cuando algún confundido, al fin, me decapite, irá saliendo toda esa urbe al grito de Estamos salvados, sitiarán la ciudad en que mi asesino se encuentre y cantarán la canción esa de Jesús es un mito para mí. El cura de Valseca (curilla para sus amigos) no me habla. Los curas con los que he dado no entienden el amor que dije de las vaques, para nada. La iglesia está podrida y yo no la he salvado porque me da asco. Aunque parezca que hay menos, mucha gente pone el cazo aún en esos edificios. Lo de los curas que violaban antes a los jovencitos también parece una cosa como del siglo XV, cuando al menos seguían existiendo oscuros duendes de regaliz y paseaban por la calle junto a los ogros del saco de chocolate, en las tardes, siempre que los mendigos y las hadas se estaban jugando la siesta.

Yo lo veo, en las reuniones, poco a poco, se ve que al final nuestra pregunta es la respuesta que daría cualquier decapitado. Ay, qué bien se está con este solecito, ahora unas no sé qué y, mira, Julia, merendábamos. Pues hasta ahí llega un decapitado el día domingo, porque tampoco es que haya más nada. El ocio es de marca, como la leche de niño, y menos mal que he descubierto esas cavernas en los ojos de las vaques. Hay allá el calor que no hay en las reuniones de familia. Dentro no se necesita la droga para dormir. Se arropa uno con medio lagrimal, a veces son sólo telarañas, y ronca la existencia de tanto y tanto hijo de puta, tranquilo y sin soñar nada.
De esas son las cosas de las que habla la buena de Sylvia Plath. De curar el cerdo con artesanía, pequeñita, enfrente solo de ella misma y, en ambas manos, el mundo, que es sólo eso que pasa, que le pasa. Y ya está. Qué otra cosa escribimos. Nada. La novela y la poesía son distintas exageraciones de una vanidad a la sombra de una excusa (pongamos, una historia). Los cuentos y las crónicas son extractos de una persona. Yo hasta como con cuentistas y gente de esa, novelistas, críticos. Yo digo que escribo crónicas. Eso es lo único que hago, aparte de follar como los conejos, con arañas, moros y, hoy, vaques con cencerros. Selecciono después, por ejemplo, “Roberta Gambarini” en los cascos, eso antes de mezclar el anís con el haloperidol, la carne con las avellanas y el disparo con el silencio.


(Recuerdo de una semana atrás).

Hoy he estado en Madrid arreglando un poco mis ahorros, decidiendo qué debía y qué no vivir de allí. Luego he llegado a un acuerdo para el alquiler y, después, he pasado aproximadamente toda la tarde charlando con Yara. Un whisky, dos cafés, unas efredrinas, esas cosas. ¿Dónde había olvidado yo el billete de 50€? Eso sigue siendo un misterio para la mayoría de nosotros. Aunque finalmente no hubimos de lamentarlo. Apareció otro distinto. El resto fue sentarme en la dos de mayo y encenderme unos cigarros mientras hacía algunas llamadas. La primera de ellas fue a un chamán cristiano que conocí en Guatemala y hoy reside en Miraflores. Presume de hablar llano (también con las estrellas) y de conservarse. Tiene setenta años. Los estiramientos de piel le han achinado los ojos. Lo ha cogido él. Ha preguntado que quién era. Le he dicho eso de Schopenhauer, que Toda voluntad surge de la carencia. Y he colgado. Pero no me ha hecho la suficiente gracia, así que he decidido hacer otra llamada. Como no tengo el teléfono de su mujer ni de su hija, le he vuelto a llamar a él. ¿Qué querías antes? Ha dicho. Le he dicho que soy Encarna de noche. Aquello seguía sin hacerme ninguna gracia. Me ha preguntado de nuevo que quién era. Le he dicho que me perdonara, que andaba confundido debido a que me había caído un meteorito caliente en la cabeza, pero que estaba convencido de que la voluntad surge de la carencia. Y he colgado. Todo era horrible, así que he mirado a ver si aparecía de nuevo un billete de 50€ y he tenido suerte. Los individuos, se sabe, son una soledad de átomos ilegible.
Atravesando aproximadamente cinco calles me he encontrado en mi hogar, pero antes he ido a despedirme (Yara). Una vez allí he empezado a recibir llamadas del chamán. Las dos primeras veces, en lugar de cogerlo, he llenado un vaso (bañera) de hielos y he vertido media botella de aguardiente (sin lugar a dudas mi amor primero durante estos años), lo he observado un buen rato y, cuando por fin me decidía a mezclar la buena dosis de estricnina, el teléfono ha sonado por tercera vez. Mierda, me he dicho, ya está otra vez este abuelete tocando los cojones. Qué podía esperar.
Todo eso sucedió ayer, como quien dice.
No sé si me he explicado, pero quiero terminar la crónica de hoy, la de las vaques y Sylvia Plath.


(Retorno a hoy).

Echo los 50€ de menos. Mucho. Más que ayer. Necesito whisky o aguardiente, sólo hablar de ello y tener que conformarme con la mirada de tres vaques, un libro, cancioncitas y, en fin, estoy/estaba/estuve escribiendo, pero lo dejo. La naturaleza es por completo irrespirable en los lugares donde mejor se representa. Un polo repele al otro y, mientras se mece un eucalipto, tras una vaque ando yo buscándome algún día en la mitad de otro libro. Y el yo es un vicio que no existe, a eso voy, a lo de siempre, da igual si allá o si acá, donde las cuatro vaques, las galletas de Triqui dominan un mundo creado a partir de sus migas. Van cayendo al suelo. Una mosca viene del café a la cuchara pasando por el libro (cerrado). Retornaré a la lectura de Los viajes de Gulliver. Iré, como la mosca, de un vaso a otro, de un cenicero a otro y, a lo mejor, cuando venga el del gas, sabré regalarle unas palabras de cariño; por lo menos.


Días después.

¿Para qué abro la botella de Dyc si no es para terminar por abrir otra lo antes posible? En el hospital, un tipo sabio me dijo: haz siempre lo contrario de lo que a tu cerebro se le ocurra. Así que lo hice. Nada más salir pensé que quería un bocadillo de mortadela con aceitunas e hice lo que, supuse, era lo contrario de un bocadillo de mortadela con aceitunas, me tiré a un coche de la carretera. El dueño frenó y me dijo si me encontraba bien. Sí, le dije, es que quería un bocadillo de mortadela con aceitunas. La señora que le acompañaba entendió perfectamente de lo que yo hablaba. Yo quería un bocata de mortadela con aceitunas, si no ¿qué demonios hacía bajo el coche de su marido o hermano o lo que fuese? Pues así toda la vida. Ayer se lo conté a una amiga, yo tuve un amor o algo así, pero hice lo contrario, que, en aquella ocasión, fue golpear con la barra de pan a un anciano señor del parque y salir corriendo. Todo es así de simple, lo digo completamente en serio. Que tu cerebro te pide abrir una de whisky y un harem de chorbas, tú lo contrario, que son: Cinco vaques. Ya verás como al final no te aburres. Y si sólo tienes una, pues también está bien. Esta mañana fui a ver a Plácido y me encontraba muy contento, así que miré a las vías y me dije ¿Y si me dejo atropellar por un Feve? La verdad es que funciono así, y la gente me odia y me quiere, al azar y generalmente. Si después de eso se siguen acordando de mí, dice la prensa italiana que los paranoicos del mundo comienzan a perseguirles mientras yo, a falta de tomar un whisky con una buena moza, le chupo el colgajete a un morito de 16 años. Hoy ya no me apetece escribir más, por eso escribo el doble. Y voy a abrir la de Dyc, que es, de todos los whiskies, el que odio más y también amo más de cuantos haya en la vida, es decir, en el supermercado. Si me gusta la cajera me enteraré de dónde vive y me follaré al gato de los vecinos de abajo o de arriba. La vida mola, joder, créeme jodido paranoide. Lo digo yo que, normalmente, siempre he sido un puto genio.
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4 comentarios:

el vuelo de una bruja dijo...

Los días pasan y las distancias se acortan de alguna manera . El entorno de Asturias y esa divina Sylvia Plath , que fue una buena compañera en esos días de descanso , antes de regresar a Madrid .

el vuelo de una bruja dijo...

Que buena lectura los viajes de Guilliver , cuando falta el whisky y la mente se traslada a otro mundo , donde los pequeños gobiernan al gigante .

campesina dijo...

Casi no te escribo, para seguir tus consejos, pero no me hice caso, porque ya he probado hacer todo lo contrario y no. A veces todo es así de simple, pero a veces pasa una mucho tiempo intentando intentando... y no hay cómo entender esa simpleza. Yo también lo digo completamente en serio.

Qué ganas de dormirme así, como una vaque (¿una vaca?), arropadita, y roncar y no soñar nada. Anoche tuve un sueño feo. Para seguir con tus consejo, hoy me propongo tener pesadillas...

besitos, Alberto

me gustó eso de que la novela y la poesía son distintas exageraciones de una vanidad a la sombra de una historia...

Alberto dijo...

cuánto Chile bueno aparece hoy por aquí