domingo

quién sabe si algún día, cuando tú me perdones



Somos pocos, nuestras narices apenas aguantan un estornudo, tampoco tenemos dientes, acaso nos apañamos con un colmillo para degustar el pan de nuestras sopas de ajo, nuestros ojos están algo descosidos y sus hilachos aguantan mejor cuando cerrados, siempre dejamos en las almohadas algún trozo de piel, así siempre, pero algún día, digo, algún día... A nuestras mujeres no les queda pelo, se lo han comido todo. El mundo empezó siendo una hermosa cabellera. Los dentistas nos apreciaban y también eso ocurría en alguna floristería. Los sastres nos ofrecían sonrisas de un millón de pesetas. La vida era algo a considerar.

A nuestros hijitos primero les separaron de nosotros. Querían que no gritáramos. Vimos cómo colgaban sus brazos a una viga y les duchaban con leche agria, después soltaban unas mangostas y, poco a poco, estas se acostumbraban a crear un agujero partiendo de sus pequeños ombligos, para luego vivir allí con sus crías. Nosotros sólo éramos unos espectadores de lujo, palco. Las empleadas domésticas, notamos, comenzaron en aquella época a retirarnos el saludo.

Al menos nos tenemos los unos a los otros, les digo a las pulgas que mi perro aún no ha partido por la mitad. Es un buen chico, se llama Pequeño, aunque atiende por Coge.

Hace poco tiempo que me he ido acostumbrando. Me abrí una cuenta en twitter y coleccioné algunos elogios de las chicas mientras vendía a la ciencia alguna legaña. Los científicos no quieren que nada de esto vuelva a repetirse.

La vida gira porque nosotros nos levantamos a pesar de todo y también de la arrogancia con que nos tratan algunos jóvenes. Por favor, ojalá me perdonen. Yo un día hice un bostezo más grande que yo y así me quedé a partir de entonces. Al día siguiente no fui al colegio y, me contaron, llegaron a rezar en el aula para que yo me pusiera bueno. Imagina a 30 pobres autistas rezando para que yo me curase de mi autocompasión.

A veces, hoy día, salgo a la calle. El sol me provoca algunos dolores en la frente, pero también agradezco lo que hace con las pústulas que tengo a lo largo de toda la espalda. Noto el sonido gaseoso y comienzo a sentir alivio. ¿Qué más da que luego la frente se queje? Es un dolor que sale hacia fuera. Un día imaginé que, debido a eso, quizá se extendiese a los demás. Chorradas. El médico me ha dicho que rocíe mis manos con orín cuando note ese síntoma.

Nosotros nos llevábamos bien al principio. Lo que pasa es que nuestros cuerpos fueron separándose y, hoy día, hemos perdido por completo la comunicación. A veces la veo en sueños. Está en una caja de cristal y me dice cosas que no puedo oír. Sonrío, pero creo que no puede verme. Y, de todas maneras, claro, dirás, sólo es un sueño así que, si pudiera... si pudiera. Y yo, hoy digo: Algún día, algún día sí.
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4 comentarios:

transit dijo...

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best regards;

Alberto M dijo...

Transit, eres una cucaracha y voy a violar a tu familia

campesina dijo...

Deberíamos tener pústulas para todos los dolores, ponerlas al sol y aliviarnos cuando el dolor se derramara por la espalda. Y que no se extendiera, o que se extendiera a los malos. Aquí hay muchos malos, más que allá en Valseca, te lo aseguro.

besososososos

Alberto dijo...

bebebebebebebebebebebbebebebebe
ssssssssssssssssssssssssssssso