viernes

Las vacaciones de verano son una obra maestra


Un niño ha caído por un terraplén y ha muerto esta mañana. Escribo desde mi pueblo (Valseca) alejado de los titulares, de mi novia medio macho y de los horteras de los jefes de oficina para quienes, en horas bien libres, trabajo de mozalbete, algo turbio, pero bien hecho y de esos que además tienen cultura (a la imaginación le pides un toro y te trae unas castañas asadas).
El domingo pasado cogí unos libros sueltos y me vine a casa de mi prima Felisina. El verano sólo es de los niños y de los mamarrachos como yo. He conocido también a esa gente que va en yates y ya cada vez estoy más seguro de que no existen. Me he traído libros y sin embargo leo el Hola. Veo la vida en el primer afeitado del hijo de la Obregón, en el pecho izquierdo de la novia de Briatori y en un sueño que se hizo mayor en la frente de ese ciclista que ya no me acuerdo cómo se llama. No hay niño que no quiera jugar conmigo. Les quito las motos cuando no miran y vendo sus piezas en la iglesia (siglo VII). Luego de cuidar los marranos de mi señor subo a la piscina. Desde que sólo bebo agua me ha dado por cantar bulerías en alto en medio de las plazoletas. Estos días de solazo y picoteo, la verdad, me están viniendo pero que muy bien a la salud mental que, a saber por qué, tiene revuelta a la opinión pública de media Francia (y esto no lo digo yo, sino que lo dice el Hola).

Un niño ha caído por un terraplén y ha muerto esta mañana. En el bar un colega me dice que ha entrado en mi página del internet y que eso parece Matrix. Robo a los niños las bicicletas (también) y las despeño en barrancos. Mi idea de la diversión es esa, no otra. Los tractores también los robo, yo es que soy así, y luego me inmolo con ellos y me da igual contra qué casa. Hoy he llamado guapetón a un pájaro porque se ha posado al lado mío. Menudo hijodeputa, luego no se iba. He tenido que tirar un par de piedras a ver si arrancaba. La nobleza de los pájaros es una mierda. A un simple gorrión le quitas las alas y luego no tienes más que comértelo de pena. Una vez escupidas las últimas plumas esa memoria dedica el resto de su vida a bailar encima del marcapasos una sarandonga cualquiera. Yo lo llevo muy mal. Por eso he dejado las drogas. Los chuches me tienen hoy obsesionado, ocupan todo mi puto ser de azúcar.

Por las noches salgo al bar. Por el camino saludo a los ancianos con mi frase favorita “Perdóneme ¿Usted no había fallecido? Porque me habían dicho que sí”. Un día voy a estallar de risa y de llorar y de llorar y de risa y dirán que se ha muerto ese joven de 65 años, el chico la Ciriaca, de miserere (comer caramelos en realidad), sí, ese que escribía incoherencias en los ordenadores y que estaba todo el día a pajotes aunque yo creo que también iba con putas, y con dinero de sus padres.

Los mamarrachos no existen, ni los niños, sólo existe el puto yate y la canción de la Sarandonga. Por aquí dicen que Perico (cáncer de pulmón), que estaba mejor, no va a llegar a su cumpleaños (cercano, entiendo). Yo estoy pensando si escribir dos o tres páginas más o si contar un chiste para el facebook ese. Tanta felicidad no podía hacerse con coger unos libros y venirse para el pueblo. La vida es mitad rana.

La vida es mitad rana y uno sigue viniendo por aquí a ver si se va a curar. Nadie que ha inventado la de algún otro puede vivir la/en realidad. Yo no existo desde 1997 y resulta que me estoy haciendo colega de gente que ha nacido después de esa fecha.
Al final, cada mediodía me ríe Satán, al lado de un cafetito, y me llora un ser primitivo al que solamente le pasa que es que no entiende este mundo, que es la enfermedad de casi todas las abuelas.

Empecé este texto en 1886, el día que pasó eso que no nos suele pasar casi nunca, eso de que un niño se nos muera al caerse por un terraplén una mañana cualquiera la semana de san Lorenzo. Y luego he ido sacando a colación de qué sé yo que, a lo mejor, estoy libre de pecado porque, no obstante, resulta que yo mismo, en 1997, la diñé. Quizá fue lepra, un simple cacho de carne que se despegó del resto y que, además, más o menos con infortunio, contenía aproximadamente también la parte donde está el cerebro, lleno de toda esa mierda que le echan para que haga sus siempre asquerosas y muy deleznables funciones cuyo resultado, en algunos casos, es únicamente eso que llaman alma algunos subnormales profundos.

Mi vida, en efecto, fue una leprosería en busca de un trozo de carne que había caído al suelo. Yo las costras luego me las como, soy así de bruto. Disfruto llevándome cuerpos a la boca. Para este pobre servidor no suponen mayor privilegio que pus rodeada de chorizo. Muerdo mucho y, siempre que me la gayolo, follo con La Pasionaria. Ese es mi mayor defecto, soy un requeté de los de hoy, interesado en los mantras y en el cine italo-francés, finísimo. Y luego está que adoro lamer los huevos de los putos moros.
Ya lo sé. Ni Frédric Jameson lo hubiera descrito mejor.

Siempre pertenecí a la clase media alta (nótese el matiz alta), pues verán ustedes, en vacaciones, consiste en llevarse a la piscina del pueblo botellas enteras de agua de Vichy y beberse cada una de un trago diciéndolas adiós con un barítono eructo. Luego ya, bebidas todas, uno se mete en la piscina pública a mear a gusto y así se llega la hora en que debes volver a ir a cuidar a los marranos que te digan (esto ya es cosa de sacarte unos extras, para poder comprar lentejas para mañana). Y ya está.

A ciertas horas puedo encender un cigarro, vestirme con las ropas de mi prima Feli y saludar a los jornaleros mestizos de las eras. Los libros ya he dicho que paso, no van conmigo. Venir al pueblo, ya lo vengo diciendo, es salir de la puta casa de el gran hermano, enterarse de que la Paca ha muerto y de que un amigo se está enchufando una máquina para poder respirar.
Madrid en cambio es un collage sobrevalorado, lleno de putas, mangantes y estraperlistas. Si el Leo Ferrer de Moulin Rouge existiese a estas horas estaría firmándoles a todos en la pantorrilla.
Y yo estoy cansado. Sí, todo cansa. Y la vida es, ya dije, aproximadamente mitad rana. Y esto sin nombrar la charca, claro, que es tres cuartas partes de agua y gira alrededor de cualquier mosca.


(Hoy ya es otro día que cuando escribí lo de antes. Estaba cansado del día que tuve y llegué donde mi prima y me puse al ordenador. Aquí no tengo internet ni tampoco lo echo de menos. Estoy muy bien. Me lo estoy pasando teta y yo creo que ayer noche, cuando escribí lo de antes, estaba algo así como poeta y esa mierda, pero cansado y también desfasado, yoísta. He dormido muy bien y luego me voy de marcha. Hoy, la verdad, no voy a escribir más que esto, casi fijo. Si vuelvo a abrir el ordenador será un milagro del santo ese al que tienen devoción aquí algunos proscritos.)

(Han pasado dos días y pico y ya mañana volveré a Madrid. Esto es algo que me había callado sin querer y que dice bien del beneficio que aún tiene la existencia de mi pueblo (Valseca). Las escapadas son algo que un día sucede y finaliza dos días después o más tarde. Puede haber quien no haya vuelto aún. No es mi caso. Yo vuelvo, no por nada, porque me mola. Me va, me va, y me reciben muy bien. Un cigarro hoy se consume en mi lugar de fumar (también de escribir) en casa de mi prima Feli. Los efectos secundarios finalizan en la aclaración del por qué no recuerdas muchas partes. Son perfectamente olvidables. Así es y así fue. Mañana volveré, como ya he dicho, a la, lamentablemente conocida y también menos, capital de mi dolor, distancia, amores, coches en topless y grillos. Hoy sólo puedo seguir escribiendo cosas de mamarracho. Mañana llego, termino y lo cuelgo y, pronto, a currar de mozo a las órdenes de un macaco medio sentimental y, tras mi jornada, a los brazos, con escamas, de mi novia medio macho y medio alien. Mañana sigo y hablaré de algo bonito, espero.)

No, al final me he levantado en mitad de la noche. Odio a las personas que discuten por una película. Odio el cine. Ya las he visto, pero me gusta cualquier peli a las cinco de la madrugada. A las cinco de la mañana me gusta hasta el humor de Juan de la Cosa. Me mola. Aunque hoy no.
Cuando llegue a Madrid no voy a escribir más. Aunque, la verdad, no sé. Ya estoy pensando cómo meteré esto en el otro ordenador. No es que sea complicadísimo, pero es un rollo. Es de esas cosas por las que no escribiría ni una línea. Aunque a veces lo hago. Quiero whisky y follar con ocho. Bueno, tampoco. No, no quiero whisky.
Mi madre, desde que no entra trabajo, entra en mi blog. Está preocupada. Pero yo esto lo hago por la literatura, mamá. Todo es mentira, literatura, licencias de ese tipo, mamá. La vida no vale dos reales. Ayer me gasté 30 euros, 40. Tengo algo suelto. Cada vez se me da mejor entender a los memos de la generación beat. Sí. Está saliendo el sol, estoy contentísimo. Desde que me asesinaron soy el guardián de las cosas que no sirven para nada, el señor de ¿qué estoy diciendo? Me callo. No te enfades, mamá. ¿Qué es vivir? Vivir es tirar un melón al suelo. No sé para qué tanto colegio de lujo y tanta polla. Perdona lo de polla, que no te gusta que hable así. Pero es que yo hablo así. Ostias.
Ayer me enseñaron la cuenta de facebook del chico que se cayó y se mató (ah bueno, no era tan niño). Estoy deprimido esta mañana, sí. No quiero volver, lo tengo casi todo. Sólo me falta uno, bueno dos, cinco o siete. Veinte.
Tener un blog de esos es pensar Esto es muy largo. Pasado mañana me mato sin falta. Es broma, la literatura, tú ya sabes.
Me lo he pasado bien. Escribir es lo peor. Un niño de esos que no se cansan de telefonear a una o todas partes a ver si lo coge un policía o su hijo o su padre, y luego nunca sabe qué decirles. Uno que escribe aspira a ser un glosador sin interrupción. Cuando llegue a Madrid me meteré de nuevo en la cama y ya está.
Y este escrito era una prueba.
Un beso.
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4 comentarios:

campesina dijo...

buena prueba, Alberto, leí atenta, y de nuevo me surgen links mentales y ganas de charlar contigo, y pienso que con un café sería genial. El pueblo, volver a la capital, qué será vivir, Alberto.

Ya sabes, siempre te leo

besos

Alberto dijo...

aich, esos malditos links mentales. Ya me contarás, ojalá, un día en qué consisten. Con un café estupendo. Yo estoy en esta época batiendo récords relacionados con el café. Mayor hacedor de cafés a la par que menor consumista y lo contrario. A lo mejor algo así es vivir, también.
Un beso, y acá te espero!

panterablanca dijo...

Pues que sepas que el verano también es mío y no soy ni un niño ni un mamarracho (si acaso una mamarracha ;-P).
Me quedo con la frase: "Escribir es lo peor". Para algunos así es, efectivamente.
Besos selváticos.

Alberto M dijo...

Besos de profunda selva, panteruchi