domingo

Sociedad líquida, en la cocina comiendo bollos, las máscaras del héroe y el salvador de la literatura (borrador)


Cuando me desperté, Armas Marcelo todavía estaba allí. En mi ya octogenaria carrera literaria he tenido a bien conocer a algunas egregias personalidades de la cultura española.
Aquí hay de todo. Esto es como en botica.
Yo vivo casi siempre con mis padres y sus vecinos me ven como un cacharro, lo que es justo. Además casi siempre he fracasado en todo lo que he hecho, mucho por merecido y también mucho porque me ha dado la gana. Soy un cerdo. Sólo he aprendido a base de montarlas gordas, de confundir a la gente de bien, de sembrar el caos y, mucho más que de todas esas cosas, de meter la pata. Quiero decir que, claro, con todo, he estado mucho solo, se me han deshecho los ojos, por ejemplo, mucho, mirando una mesa que sobra o, a lo mejor, otra que sobraría si al final no apoyaras los brazos, la cabeza etc.
Pues Juancho Armas Marcelo no sólo tiene cara de profundamente enfermo, es buen tipo, pero como es tonto y se cree escritor, que también lo es, no se entera y empiezo a sospechar que en su casa tampoco se dan cuenta.
Muchas personas y entre ellas muchos escritores, así como herbolarios, hemos vivido una infancia. Otros, simplemente, están hechos “de otra pasta”. Es el caso de Juancho. Por eso quiero ser amigo suyo. Quiero amarlo estrangulándolo en mi pecho y decirle que nos enseñemos la pilila de una vez en el lavabo.
Lloro porque estoy solo y estoy viejo. Ayer fue estupendo porque vinieron amigos, pero se me olvidó contarles de mi odio hacia el señor Armas y, hoy, no me lo puedo perdonar.
Un hombre que ha amado escritores, si fuere el caso, merece toda mi existencia. Porque un escritor no es nada y yo no puedo ser la daga en el fuego que sólo intuyo caliente en la existencia de adefesios heridos como él que además, ay, también son amigos, y tanto, de la letra. Tienen la fortuna de representar un pasado que, en este caso, fue mejor.
Hoy en día todos tenemos el otro mundo a apenas veinte metros como mucho, sólo nos confundimos en el que está enfrente en una mezcla de miedo, piedad y asco hacia nosotros mismos, y hemos sido reconocidísimos mucho antes de enroscar derecha una bombilla.
Yo, que escribo en mi blog ¿Cómo oso nombrar al hombre cuya vida quiero ser y además decir sobre esta verdad que me castiga un domingo de verano bueno? Decir todo eso de él es como quien negase que yo soy un pobre mierda y así me quedaré hasta la hora del patio.
Poco a poco voy metiendo en la papelera de mi hoy viejo ordenata todos los escrititos donde me ha ganado la forma y hasta me he permitido dudar antes. En el espejo, mientras, soy su cara de almendra sostenida por una vigorosa nuez de pavo. Siempre me haré gayolas al fresquito de su sombra. Ha habido hasta egregios a quien perdonas. Perdona, señor, al hoy cafre Arrabal porque supo, aunque hoy ande solamente desfasado. Perdonamos hasta las manos siempre sudorosas de Houellebecq, y a Mourinho y a CR9, porque es joven y cachas. Juan Manuel de Prada confirmándose es la mar de mono. Lo quiero de veras. Señor, tengo fatal el píloro, digo en urgencias con voz que ni se me oye y pienso: cojones coño, esto es demasiado fácil.
Nos hartábamos de reír haciendo cables para mi tío el de la radio mientras escuchábamos las entrevistas a la gente culta. Había uno que era tonto y cuando me oía reír decía: ahora mismo a ordenar. Y me sacaba el plato lleno, todo para que mi tío viera que me metía caña, a separar las tuercas por tamaños para la cajonera. Así un mes con todos esos aparatos y, mientras, alguien en la radio definía el genio, la literatura, el amor. Donde comíamos el dueño se había casado con una putilla del club de al lado. Tenía un caballo blanco. Yo no podía parar de reír. Qué macarrones más recalentados. Como procuraba ser amable porque creo que está bien, una de las de la cocina me echó el ojo. Mi tío ni se dio cuenta. Mucho mejor, y luego no volví a aparecer. No podía parar de reír. Pero yo quisiera poder reírme con Juancho y no puedo. (Y lo lamento aunque se me pase enseguida.) Me voy a la pisci. Los literatos y los mojitos están sobrevalorados. La enfermedad mental no existe. Los marcianos son mentira, y los vampiros más. Los enfermos idiotas son los que dicen todo el rato “Le sugiero”. Yo estoy bien, quiero vivir y seguir normal. Repito que me voy a la piscina.
Ostias.

PD: Y yo no tengo ningún problema con los señores que digo. Me alegraría mucho más que ellos mismos si les dan todos los premios literarios, Excepto a Juan Manuel de Prada, que los merece por estudiar mucho.
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4 comentarios:

el vuelo de una bruja dijo...

Cualquier semejanza con la realidad es mera casualidad .

Alberto dijo...

naaaaaa brujilla. No es casualidad. Son los más grandes.
Pero en mi pueblo ya me han preguntado: ¿Esos de los que hablas? ¿Les tendremos que fostiar, no?
Y me lo estoy pensando porque sé dónde viven y eso. Son buenos, pero necesitan que la sociedad les dé un toque.
Un besote. Yo hoy me voy de golondrinas!

peña el Zulo dijo...

Lesemos visto en el gugler y bein gorditos que estaan para el cuchifrito

Alberto M dijo...

que no se comen, coño!