martes

Las mujerzuelas


Cuando por fin subimos a su casa yo me senté en el sofá y ella fue en busca de vino a la cocina. Al reunirse conmigo me enseñó la botella. Marqués de Cáceres, dije, excelente elección. Enseguida le pregunté si no tendría una cocacola para mí. Se empezó a reír, lo cuál me hizo reír a mí también. Dijo que estaba hecho un cachondo mental. Nos volvimos a reír. Cuando se nos pasó le pregunté si la cocacola me la iba a dar hoy o quizás pasado mañana. Quiero cocacola, ostias, le dije. Vale, dijo ella, y se fue riendo a la cocina.

Trajo una lata y la dejó encima de la mesa. Veo que no tienes arreglo, dijo atusándose el peinado. Yo no la escuchaba porque intentaba encontrar en el mando mi canal favorito: TeleCultura. Cuando me di cuenta, cogí la lata de cocacola y me la bebí antes que ella consiguiera abrir su Marqués de Cáceres. ¿Te lo abro? Dije. Por favor, dijo ella. Se la abrí. ¿Te sirvo? Me miró a los ojos. Le sonreí. Dos segundos después ella sonrió también. Entendí que era un sí. Serví el vino en su vaso. Prefiero que quitemos la televisión, dijo ella. Espera, dije, que va a hablar Fer. ¿Qué Fer? Dijo ella. Fernando Marías, dije y miré al televisor a ver si estaba ese señor en el programa. Volví a mirarla sonriendo y apagué el televisor. Eres un bicho malo, dijo ella.

Entonces me abrazó el cuello y dijo: No me has dicho nada de mi casa. Dije entonces que era la casa idónea para una princesa. Me dio un beso despacito. Olía a perfume de rosas. Le dije: Tronca, qué bien hueles. Me besó otra vez despacio. Le dije: Me estaba preguntando cuánto costará la colonia esa que llevas ¿50€ o más? Ella me dijo que era un regalo. Dije: qué guay. Me voy a poner el pijama, dijo mientras separaba de mí sus brazos con olor a perfume de rosas. En cuanto desapareció me puse a abrir los cajones. Todo me aburría insaciablemente, así que hice lo que hago siempre cuando me aburro, cantar una jota lo más alto que puedo.

De repente ella apareció en camisón azul. Dijo que si quería despertar a los vecinos. Dije que ya paraba. Me sinceré con ella. Le dije que en ocasiones me aburría. Algo maravilloso habría de tener ella para que yo la hiciera esa horrible confesión. Notó mi expresión de vergüenza y me dijo que siempre había soñado con un encuentro entre ambos. Yo era capaz de mantener la cara de vergüenza mientras la imaginaba amamantando en la intimidad a un buen número de gatos. Me dijo que yo era el mejor escritor del mundo mientras yo, con mi expresión de vergüenza, la imaginaba visitando una farmacia de guardia. He mirado mucho y jamás encontré a nadie como tú, dijo. Se te nota, dijo, en los ojos que eres especial porque te brillan. Eres, dijo, mi mayor maestro de la vida. Aquella adolescente decía las cosas que he dicho yo cuando he tenido esquizofrenias y cosas de esas mientras mi expresión de vergüenza y yo la imaginábamos intentando hacer un crucigrama en la cocina. Entonces se calló y yo me desperté repentinamente de mi cara de vergüenza. Dije que necesitaba ir al servicio. Claro, dijo ella.

Necesitaba escapar como fuera. Al abrir la puerta del servicio oí que estaba cerrando los cajones que yo había abierto. Casi se me escapa la risa nerviosa. Menos mal que estaba concentrado en mi huída, que era en lo que de veras tenía que estarlo. Abrí la ventana y salí hasta la terraza. Sólo son tres pisos, me dije. Mientras me decidía entre saltar o no oí a esa mujerzuela majareta acercarse al cuarto de baño preguntando a través de la puerta si me encontraba bien. Dije en alto que sí y salté. Sólo me hice un poco de daño. Mi plan había dado resultado. Estaba tan contento y me sentía tan joven por mi hazaña que me puse a correr hacia el horizonte. Así fue hasta que vi a un joven con una carpeta y gabardina de cuello alto que andaba rápido. Qué bien, me dije, un amigo. Voy a alcanzarle y así poder contárselo todo. Había sido la mía una noche tan divertida.
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4 comentarios:

Bellaluna dijo...

¡Dejaste los cajones abiertos! Yo he dejado una cacharrería entera destilada en palabras. Ya puesta. Un beso, buen verano.

L.

Alberto dijo...

Gracias Bella!
Pásalo bien. Yo en los madriles mientras. Un besote!

hombredebarro dijo...

¡Y la tía quería descorchar el vino ella! ¡No me lo puedo creer, hay cada una por hay!

Alberto dijo...

ja, ja es verdad