lunes

Ella


Siempre, desde que me morí a los veinte o veintiún años, cuando me he subido el café a mi habitación, mientras lo bebía, he tenido discusiones con un amor invisible que tengo. En cuanto subo las escaleras con el café, durante cincuenta años de historias de vivos asquerosos y adorables, la mayoría maleantes y drogotas, ya se lo huele y me ha seguido nada más subir yo el primer peldaño. A veces no he querido que entrase y me he apresurado a cerrar la puerta, pero se las apaña porque sabe cómo pienso. Cuando he conseguido que no entrase me siento mal por ella porque, de alguna manera, durante unos cincuenta años, es la única persona que siempre ha estado ahí aparte de mi abuela, que se murió, y mis padres y, sólo en mis paranoias, ha salido con otros hombres a hacer el amor y meterse la lengua hasta el fondo de un pozo que no existe. Así que siempre he terminado abriendo porque, si no lo hago, oigo que, dentro de mi cuerpo, cruje un mueble o una puerta y, al abrirla, esos oscurísimos silencios de la casa se van. Entonces siempre hemos hablado de tal o cuál. Ya digo, en muchísimas ocasiones discutimos. Ella no toma café, al ser invisible. Yo hago como que está muy rico y no siempre se lo toma como una broma por mucho que sepa cómo funciona mi pensamiento. Yo también, a veces, me enfado conmigo.

A veces me ha parecido detectar a ese amor en la realidad. Por eso ya no tiene nombre, porque ha tenido muchos ya y, debido a cómo es ella, me creo que el hecho de que tenga uno puede serle irrespetuoso a cualquiera de sus otros nombres. Incluso probé a llamarle Nada, pero por ese nombre nunca me contestaba. Aprendí de ella que ese nombre también podía ser bastante injusto, aunque al principio bromeé con ella. La decía: Sr. Nada ¿Quiere a la Sra. Nada en la salud y en la enfermedad? Y yo decía: No, que la den mierda a la Sra. Nada, en alto. Tuve que mejorar, no decir cosas que la molestaran. Tener cuidado con nuestra idea de respeto, porque el respeto es necesario, lamentablemente.

Hoy, por ejemplo, no he querido recordarla. Tanto que la he visto en todas partes, callada, casi tanto como yo. Me debieron prohibir, al morirme, el derecho de inventarla. No se puede hacer eso con ninguna persona. Últimamente la dejo por el periódico y en realidad ni lo leo, sólo hago que lo leo, por fastidiar, a ver si se va, a ver hasta dónde viene a mí. A mí qué me importan, en realidad, esas cosas demócratas como la mierda, la amistad y todas esas novelas de mierda. Yo he cometido con ella un crimen. Y hace mucho que morí ya. No tiene sentido. Debía de tener yo una culpa o algo para haber cumplido una pena, por muy tonta que sea, ya que sólo he visto que la muerte es nada y que, entonces, tampoco importa mucho en general ayudar a mamá o no a hacer una colada.

Ni siquiera entiendo por qué es preciosa. Simplemente he rellenado la cafetera y puesto agua y me lo he pensado antes de dar al botón. Siempre es un pequeño desastre para mi familia que haga yo el café. Dicen que, debido a mi carácter bromista, les quiero drogar, pero eso es lo de menos. Claro, y luego está que tampoco es que yo les haya drogado nunca.
.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

No sé por qué me has hecho llorar, Alber.
Mil besos.
Con café.

Alberto M dijo...

otros mil besos, ¿anónimo/a? con café, por supuesto.

panterablanca dijo...

¿Cómo que no droga a su familia el prota de esta historia? El café es una droga, legal, pero droga al fin y al cabo.
Eres (o mejor dicho, escribes) de lo más surrealista qeu he visto en mi vida, jajajjajjajaja!!!
Besos selváticos.

Alberto M dijo...

ja, ja
qué va, qué va, Panther. Escribo hiperrealismo, colega.

Besos de whisky!!

Jose dijo...

Mi amor invisible se llamó durante un tiempo Sofía Irenea, y sí, intencionadamente. No la buscaba, en realidad, sino que jugaba al escondite con ella como lo hacen los niños: por el placer de esconderse de los demás. Luego maduramos, y durante aquéllos meses ella conoció que su verdadero nombre era Maripaz, aunque yo me empeñaba en llamarla Luz, o Lucía, según amaneciera. Nuestra forma de jugar al escondite también cambió, y empezamos a jugar como los adolescentes: escondiéndonos de nosotros mismos.
Y como siempre crecimos.
Y debo reconocer que durante algunos años sí que la busqué; fue cuando tuvo todos esos nombres: Asun, Paca, Rocío, Ana, Mar, Silvia, María José, Carmen, Noelia, Inma, Ilaria, Conchi, Leticia... El caso es que seguíamos escondidos de nosotros mismos. ¿Cómo nos íbamos a reconocer? No me hubiera sorprendido si, al salir un día cualquiera a comprar el pan, me hubiera encontrado en otro, o en otra, de repente. O incluso delante de un espejo. Son posibilidades que puedes barajar cuando aprendes a zafarte secretamente hasta de tu sombra, aunque nunca sospechas siquiera qué es lo que pretendes con un ejercicio tan agotador... Entonces me senté. Luego me compré una moto. Y fue dando vueltas que me encontré. Pudiera haber sido una gran victoria, pero al hallarme dejé de buscarla a ella; es lo que tiene eso de gritar apoyado en un árbol del jardín: "¡por Jose, que está escondido detrás de sus 33 años... venga Jose, sal, que te he visto!" El gallido de tu reencuentro es tan conmovedor que olvidas prácticamente todo, perdonas todo, y vuelves a aspirar a todo. Por esto te agradezco que me hables de ella, y recuerdo inventadamente qué tal le iría. Y por eso estoy tan de acuerdo con mi amigo ahora cuando me dice que su amigo dijo: el cielo es llorar.

Alberto M dijo...

gracias por este pequeño tocho, Jose. Ha sido una gran lectura en este día.

Rober Salas dijo...

Muy guay, Alberto. Este post es mi favorito hasta el momento.