lunes

Histoire(s) du cinéma


Ese día había comido verdura. Era, no sé qué día era de número. Era sábado. Un sábado cualquiera. Como ya digo, había comido verdura. Después estuve echado en el sofá aproximadamente una hora viendo una película sobre el asesinato a unas ancianas. Y fue en el momento en que uno de los asesinos iba a ser desvelado cuando intuí el apretón. En un principio sólo suponía tener que levantarme y buscar el servicio. No es muy raro que yo no sepa dónde se encuentra el servicio de mi casa. He contado seis sitios distintos, de hecho. Cambia de lugar, simplemente. Ya lo dice el dicho: Un sábado cualquiera y un retrete cualquiera.
Aguanté, no obstante mi pereza es un muro lo suficientemente firme como para provocar sombra en otro.
Vi que el asesino de las ancianas probablemente no era definitivo y fue entonces cuando busqué un cuarto de baño entre mi casa, en la que he llegado a contar seis diferentes. Abrí una de las puertas. Estaba llena de señoras secándose el pelo y pregunté dónde quedaba el retrete. Me dijeron que subiera hasta mi habitación y preguntase por allí. Para llegar a mi habitación siempre hay que seguir una línea amarilla.
Así es.
El apretón es una cosa que simplemente pasa. Fue cuando pensé seriamente en el contenido del plato del mediodía. Unas verduras. Pensé en un mundo lo suficientemente verde y naranja y concentré mi visión en la inacabable línea que conducía hasta mi cuarto. Subida la primera planta unos niños extranjeros con harapos me insistieron para que les diera pasta, pero no tenía, dije. Yo iba al baño, dije.
Rieron. Aquellos pequeños se mofaron de mí en sábado.
Sí.
Continué por un largo pasillo hasta que la línea amarilla me enseñó mi cama. No sabía qué más hacer y se me pasó por la cabeza coger una revista y caminar a un bosque. Pero era lo suficiente difícil encontrar un lavabo para meterse en el berenjenal de una revista.
Debajo de mi cama encontré varios billetes de autobús. Eran tan pequeños.
Fue al abrir la sábana cuando di con un váter, ducha y lavabo.
Me senté y cogí uno de los libros que estaban cerca. Un manifiesto sobre los derechos de algunos intrusos a tener un hogar con calefacción.
Tras unos minutos de lectura un pájaro salió expulsado de mi ano. Me dijo en inglés que, como todo pájaro, él creía en el amor. Por eso piaba.
Tuve que hacer un esfuerzo largo para sacar a su mujer al mundo.
Luego me dijeron que me había olvidado del abuelo y sus tres churumbeles.

Me limpié mientras ellos volaban alrededor del cuarto de baño. Usé la ducha un par de minutos. Me lavé, abrí la puerta, hice mi cama y supuse que, si hasta allá me llevó una línea amarilla, al salón me devolvería la misma línea, así que la seguí hasta que, por fin, di con otro baño.
Joder. Las películas de los sábados son horrendas. Alguien había matado a las pobres viejas para cobrar un seguro de algo. Algo así era el móvil.
Hay mucho sobrino hijodeputa, pensé.
Sí, sí; así como te lo digo.
.

8 comentarios:

Mara de Colombia dijo...

Este no lo entiendo

Alberto M dijo...

Yo tampoco

heroinómana dijo...

cosa subnormal

Anónimo dijo...

yo kreo q es una alegoría.

T.

Alberto M dijo...

No sé.
Gracias. Besos.

Anónimo dijo...

Soy Mara otra vez. Vivo en Colombia.

Zidanne dijo...

tío tío vete a tomarla

Jose dijo...

¿Este relato es una alegoría del Mago de Oz?
No soy muy bueno en esto, pero un camino de baldosas amarillas, un par de viejas brujas muertas, y un espantapájaros, aunque sea anal, me parecen demasiadas coincidencias.
Por favor, díganle a Ernesto Zubiaga que lo aclare, si conviene.

Saludos y gOZos.
Punto y coma.