viernes

En la cara del hombre de los viernes


Durante horas de duro trabajo en el cabaret realicé numerosísimas imitaciones, casi prácticamente cien animales (incluidos entre ellos antiguos jefes de planta y antiguos familiares). Fue en el momento en que me pidieron imitarme a mí cuando abandoné ese arduo trabajo consistente en unas cuantas perras para comprar videojuegos, en alargar el tiempo que duraría desde un ahora a no volver a salir jamás de una habitación controlada. Los jugaba a todos. Me daba igual que tratasen de destruir algo o todo. El caso era cerrar la puerta y saber que saldría hasta que todo eso de tener un horario se acabase, es decir, hasta entrar en el mundo de los horarios. Hasta que el control ajeno manejara cada pequeño nervio escondido dentro de la tele.

En realidad son cuatro chuminadas de las que me creo hablar, contar y todo eso. En primer lugar se trata de un yo. En segundo de una violación a ese yo llevada a cabo por mí mismo. En tercera, otros follando ese yo. Y en cuarta se trata de escribir y nada más.

Leo mucho, ocioso, por supuesto. Me he pasado un cuarto de mi vida leyendo. Primero: prospectos médicos. Segundo: cromos y guarradas de ese tipo.

He empezado este escrito refiriéndome al cuento que ofrece título al libro que he leído hoy. Se trata de El imitador de voces de Thomas Bernhard. Cortito, de los de Alianza. Me ha gustado, mucho. De los de Bernhard / Miguel Sáenz es uno de los que más me han gustado. O es que el día acompaña. No lo sé. Este día, para mí, viernes, es más barato que un ano sin cuerpo. El esquizofrénico del pueblo (amigo mío, naturalmente) se ha muerto. Me hablaba de cosas que le pasaban. Sabía que entendía lo de la mierda de la medicación y un día fuí el único planeta del que oía disparos. Él no tenía arreglo. Me daba miedo saber que no podía ayudarle. Muchísimo más que saber que no puedo estrujar con una mano la cara de algunos hijos de puta que se lavan la cara con el sudor que se les ha caído al suelo a otros hijos de puta. He dicho que no iba al entierro. No entiendo para qué hacen esas putas cosas. En realidad, apartando el día en que se supo disparado por un planeta que creyó mío, sólo fui un paga-cafés en su vida. Se llamaba Ángel. Tenía 37 o 38 años. Todo el mundo que hoy va a su entierro es para sentirse bien con escupitajos propios hacia adentro y hacia fuera. Y yo que me creí que había iniciado este post para hablar de El imitador de voces de Thomas Bernhard. Soy un imbécil, igual que la literatura. Sí, por lo menos lo sé. Si hay algo que sé es eso y que las manos negras son de la roña que tiene en las manos y en la boca la gente que te trata con abrazos. El sexo para ellos es meterse esos dedazos negros en la boca y disfrutar con que la mierda que han cogido de un trámite les sepa a gloria.
La gloria es un parque con dados.

De Bernhard / Sáenz he leído: El sobrino de Wittgenstein, El origen, El aliento, Un niño, El malogrado, Sí y, hoy, El imitador de voces (me refiero a enteros). Aparte empecé Maestros antiguos y Tala.
Y el de hoy me ha gustado. Tanto como esta tarde de sexo y discoteca. Todos los viernes tarde o noche o lo que sea voy a la disco. Veo a los jóvenes rallaos y a los amos de la noche del pueblo. Los rumanos me aman desde que le dije a un buscón que me encantaban los maricones. El resto sólo me trata como a un simple esquizofrénico. Como a Ángel.
Uno de estos viernes conocí a un tipo loco en la discoteca que me dijo que yo era el mejor y que un amigo común (otro tarado que estaba cerca de la puerta) le había informado de que me habían dado problemas. Luego añadió: Si me los señalas les pongo una punta en el cielo de la boca.
Pagué lo mío y me fui diciéndole que no se preocupara y que ahí andábamos.
La gente está como mal.

A partir de “Uno de estos viernes” hasta el punto esto constituye más o menos mi literatura de facebook. Es patéticamente cierto. Siempre que bajo a la discoteca me tengo que enfrentar con un wannabee de David Bisbal, un hortera que, siempre que intenta darme una patada en los huevos (tipo Emporio de Letras) se la da al aire y las pobres mujeres de negocios (tipo Emporio de Letras). Como dice un paradigmático cuento de El imitador de voces (el más corto y el más malo): “Años aún después de haber muerto nuestra madre, el correo nos traía cartas dirigidas a ella. El correo no se había enterado de su muerte”. Bien. El correo es hoy una carta a Ángel, aparte el mini-relato, y, los hijos de puta, los mismos, incluidos el Hotel Kafka y la Escuela de letras de Madrid que, menos tarados que yo, terminan siempre en otro lado y todas partes. No doy más de sí pero, acostumbrado a la invención de historias de los otros, opino hoy eso. Y mañana.
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3 comentarios:

Jose dijo...

No tema, don Usted. Las patadas hay que saber darlas, palabra de Bruce Lee. Seguro que Arzak es igual de contundente cuando habla del huevo y de que hay que saber romperlo.
Ese Kafka que fabuló un Castillo, incluso una Gran Muralla o las cartas que nunca llegan, también se imaginó a sí mismo como un tuberculoso cínico y borracho, dueño de la amargura del olvido, pero no del olvido mismo. Quién sabe por qué prefería una muerte indigna, desorientada, ¿no se percataba de que así igualaba la vida y la memoria?
Él, que se veía desaparecer en las fuerzas de la historia y las dramáticas deidades que la dirigen, las burocracias densas y asfixiantes... hoy es una foto en una pared. Es un final más vulgar, o menos kafkiano si quiere.

Por ejemplo: una patada en los huevos al aire es terriblemente kafkiana, créame. Cómica de lo espantosa. Desesperada. Y morir así, al regresar el pie al suelo supongo que levemente, felicitará la huella al zapato con amargura y olvidará que existe. Esa muerte es digna del Kafka que inventamos, no del que fue. Perdón. Del que nunca supo si existía.



Escrito en el Club Kafka de Parla...

Alberto M dijo...

qué grande es el club de Parla

Anónimo dijo...

bueno tronco.... te voy a decir una cosa: me has alegrado el día.

Alfredo de Cocoars