miércoles

El recreo


dibu: generosidad de Rocío Limón
http://rociolimon.daportfolio.com/


Eché una yema de huevo en la leche. El sol había caído sobre la nieve y yo lo estaba removiendo. Bebí después, necesitaba que se despejara la arena que había ido acumulando en la garganta a base de comer relojes de arena. En el desierto no hay hora. La cabeza de una vaca encuentra el ano de la misma vaca y se mete dentro. Sus ojos, claro, ven oscuridad. Yo tan sólo he sacado la cabeza para preguntarle qué le era sujetarse por mis propias manos. Un cerebro sólo es un y pico por ciento de ruido.
Allá, adentro de una vaca, oí la hierba movida por el viento lejos de ella. Mi nombre es impronunciable. Una vez me saqué la cabeza y mis hombros se levantaron hacia arriba hasta tocar el techo que no importa.
En el desierto hay una merienda de relojes por cada duna y se ven vacas buscándose a sí mismas.
El sol se bate en la leche del desayuno.
Una brújula a veces es lo único que se le puede pedir a la nave espacial de los amores. Metí el vaso de leche con la yema en el microondas y le puse minuto y medio.
Mi cabeza sonreía. Esa sonrisa tan curiosilla de las cabezas que han sido separadas de su cuerpo.
En un principio la vida era normal. Los niños dábamos sólo patadas a las cabezas que nos encontrábamos e incluso, si se veían muy descompuestas, cogíamos su mandíbula y, antes de que fuera deshecha, la tirábamos adonde los desperdicios.
Yo había desayunado fuerte, el sol y la nieve que a veces sorprende en este videojuego con gotas de ginebra que son los mediodías. El infierno es una vaca caída camino a casa; la luz, una cabeza por cuyo muñón sale el viento.
Yo sé poco. Hoy sólo quise quitarme la cabeza. Crear el día perfecto para un dibujo maravilloso. Hacer la vista gorda. Pasar por entre la gente como si me hubiera equivocado de estación y mi ciudad no existiese.
Hice de mi cabeza un sorbete e instalé un cable del seseado hasta la boca. Imaginé que eso era el amor a las doce de la mañana.
Las doce de la mañana es una hora que nunca se me da bien. Hoy los niños salían al recreo y he preguntado si querían que yo también jugase. Juntos hemos jugado al escondite. Alguien cierra los ojos. Le son tapados con una venda y ya no hay vaca que se resista a encontrar un simple oasis, por bien que sea en el cencerro propio.
Amos, tumbas y más amos. La noche es cálida en las doce en punto y yo remuevo con una cuchara la yema en la leche como si tuviera todo el tiempo del mundo para tomarla.
Mi hermosa vaca, mientras, está sentada en el salón ojeando una cesta de patatas. Y los niños, esos angelitos míos, siguen aún en el recreo, sentados sobre mi melondro.
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4 comentarios:

Anónimo dijo...

Tu locura es grande como el mundo. ;-) Manel

Alberto M dijo...

Es que, querido Manel, no van a ser todo tetas y fútbol como en el blog de nuestro común amigo el quedao :P

Abrazo

panterablanca dijo...

Chico, creo que naciste casi un siglo demasiado tarde. Hubieras hecho fortuna con el surrealismo :-) Nos leemos.
Besos de pantera.

Alberto M dijo...

:)
A ti no te sé decir otra cosa.
Claro que espiaré por la cerradura. Te lo aseguro.
Besos de esos también :) Gracias,