martes

El discurso prometido


Hubo cierta ocasión en mi pequeño pueblo donde, los más pequeños, en la peña, decidimos comernos un reloj. Era una mierda que sabía buena y estábamos orgullosos de no hacer lo que en las otras peñas (cigarrillos robados a los padres o revistas de amor alemanas). Al principio fue Cara de verruga quien nos convenció. Ese tío era un puto genio. Fue Espalda de Jarrón quien escupió la aguja larga en un eructo y, debido a que cayó recta en el suelo, supimos que había pasado media hora desde que Cara de verruga dio el primer bocado. No tardamos en comernos más relojes. Era un vicio y comimos tantos que la gente nunca jamás supo dónde los había metido. Aquello era una exageración. Pero estaban ricos que te cagas, yo Pies hundidos no podía parar de vomitar ruedecitas. Lo hacía en el baño al llegar a casa. Una de ellas debía estar oxidada y, estoy seguro, su óxido debió de barnizar todo mi interior, convirtiéndome en inmune a muchas enfermedades típicas de los niños y los abuelos.

Terminé mal con aquellos amigos, un día uno intentó matarme con la punta de un bolígrafo y le defendieron. Me había acusado de comerme un reloj que se había comido él hace mucho con el afán de esconderlo mejor que yo y antes y poder justificar su intento de matarme. Así han sido todos los amigos que conozco.
Luego me fui y empecé a leer el tiempo. Pero no en la posición del sol ni nada así sino apretando los ojos muy fuertes. Veo las agujas y les digo a todos los ancianos el tiempo que les queda para seguir fumando cigarrillos de mierda.
Es imposible que yo no despierte a la hora. No sé Jamón cocido, ni Cara de verruga, ni el promotor de mi salida de la peña, el genio de Espalda de jarrón. No sé ellos y me importa una mierda. Yo veo las agujas bien cuando cierro fuerte los ojos, veo bien el redondel, sé el tiempo que he desperdiciado y sé cuándo mi tumba será echada encima de la de mamá, que estará encima de la de mi amada Queso alérgico.

Últimamente no me salen los cuentos. Estoy nervioso, he de ir a hablar con unos desconocidos sobre mis problemas sociales, y me es inevitable cerrar los ojos y saber que queda tan poco tiempo para que digan mi número y tenga que levantarme a hablarles sinceramente y con toda la aparente sobriedad posible.
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4 comentarios:

Zara Patricia Mora Vázquez dijo...

Me ha llamado la atención tu relato , es interesante, me gusta .Un saludo y sigue escribiendo así de bien

Alberto M dijo...

Perdón por haberte traído a él, pero gracias por atender a ese entendido.
También te leo.
Un saludo,

Anónimo dijo...

vaya, vaya Don Alberto. Enhorabuena.
Fray Guillermo

Alberto M dijo...

Diga que sí, que entrar una vez al año, ni daña ni es insano :P