viernes

Textes pour rien 3


Escena uno: Diario de Cabramán 1º

Es como cualquier otro negocio. Los dedicados al amor de siempre tenemos la labor de morder hasta crear un daño que se note. Un copyright que dure lo que dura la estancia en un súper. Al pagar se echa una luz sobre el código de barras y la realidad vuelven a ser los horarios de una parada de autobús. A mano derecha, un cubo de basura contiene todas las latas de bonito que se te han olvidado. Una flor se arruga bajo uno de los zapatos a medio atar que te has puesto. Comprendes que todo son señales del mundo. Las ruedas de los coches hacen ese sonido especial que existe en tu cabeza al pisotear barro. No todos somos perfectos. De hecho, hay mucha mierda. La basura es un precio. Un precio que se le pone a una charca. Las charcas son preciosas. Son la verdadera fiesta de después de cuando llueve. En mi casa cuando llovía matábamos un cerdo. Para comerlo, matábamos un pobre cerdo. Era nuestro corazón y lo rajábamos por el cuello. Cogido por la espalda era un honor crear el tajo. Saber que cada gota de sangre era vitalidad no entendida sobre la paja regular de un matadero.

Cuanto mejor entiendo el ronroneo de los gatos semimuertos en tejados de casas sin hacer, menos a la modernidad y más a mi pequeño pueblo. Me avergüenza lo rápido que tecleo. Tecleo como si lloviese fuerte. Me visto para escribir. Procuro un tecleo á lá Glenn Gould. Cada vez escribo más idioteces. Escucho a Julio Iglesias y escribo idioteces. Es maravilloso. La vida sigue igual.


Escena dos: Un día maravilloso para algunas gaviotas.

Voy con Lidia de librerías. Es martes. Miramos un Kurt Vonnegut. Todo es estupendo. Después la presento un bar. Nos comemos un perrito etc...
Kurt Vonnegut, que ahora está en el cielo, escribía novelas para mí maravillosas. Se lo digo a Lidia. Ella sonríe. No puede no hacerlo. Estoy tan encantado de pasar el día con ella.
Auschwitz e Israel traen de la mano una cosa que nos decimos. Yo enciendo un cigarro. Lidia me dice que la fuerza siempre es ambigua. A mí se me ocurre que los grandes mecenas de la antigua Roma no sabían comer solos. Pero en silencio tampoco.


Escena tres: Una incógnita.

Vuelvo a la discoteca de mi pueblo. Hoy pienso no reírme de nada. Se me acerca un tío. Me dice que él se droga. Yo tapo la risa con la mano. No, no me estoy riendo, le digo. ¿Y qué drogas tomas? Me dice que podríamos ser colegas. Él toma todo. Le digo que yo no existo, que si le gustaría. Dice que sí. No entiendo su sí igual que no entiendo mi pregunta. Supongo que me he librado de él, pero vuelve. Vuelve con ocho muchachos igual que él y todos dicen Sí. Y yo digo: Pero luego, chicos, luego. Por favor, añado. E insisto: sí, por favor. Y vuelvo a insistir: Porfi.
Son encantadores. Si no fuera por ellos, pensé cuando estaba en medio de todo ese apogeo, desaparecería ahora mismo.


Fin 2.
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