jueves

"Me tranquiliza y me alegra"


Soy el autor anónimo de Valseca, dije al llegar a mi pueblo, Valseca, después de tres enormes años. Ya nadie me conocía. Supuse al principio que mi aspecto había cambiado pero luego me di cuenta de que todos los demás eran los que, en la verdad, habían cambiado. En primer lugar hablaban un español del este de Europa, gangoso y que siempre empezaba con la palabra Coñostia. El guardián del pueblo era una réplica de Pocoyó adorada por todo el mundo. El tipo al que le dije que yo era el autor reía y reía hasta escojonarse por arriba y abajo al mismo tiempo. Me pregunté si era de mí o si de lo que yo había dicho y luego pensé que tanto una cosa como la otra eran la misma.
No se parezcan a mí, dije y añadí: se lo suplico. Luego le pregunté si estaba el señor cura por allí. En fin, me dije, estas son las cosas en apariencia mesiánicas que me ocurren en los sueños, los planetas donde las cosas realmente importantes como el dinero y la gloria eterna no existen salvo en metáforas básicamente típicas.
Allí estaban mis amigos, que eran otros. Yo no sabía dónde estaba. Decía que quería comer los garbanzos de Valseca y las rosquillas de la Calola como quien va a Logroño y dice: Induráin.
En verdad no sé para qué he existido. Si tuviera la fuerza de un oso comprendería que las garras son para extirparme la cabeza. Esto se lo diría exclusivamente a un amor.
Un amor es la carta esa que empieza: Nos conocimos en el starbucks de Fernando VI. Y acaba: Hoy el mundo ha cambiado un poco.
Yo amo mucho Valseca, dije. Luego busqué el carné de identidad porque era obligatorio para aprender una lección. Ah sí, dijo uno de los nuevos de allí, tú debes de ser el gilipollas ese. Entonces le mordí la oreja por atreverse a decir eso y comenzó todo el mundo a respetarme. Dije que yo no sé qué no sé cuántos.
Creo que me he equivocado viniendo a Madrid al igual que hicieron mis amados abuelos. Ellos me hubieran permitido mi niño hasta que me muriese pero, como se murieron, ya no podían.
En Valseca pedí trabajo a todos esos desconocidos. Dije que los de antes molaban y seguro que me darían algo o hasta me permitirían ser el marqués del pueblo. Dije al del bar: Deme un teléfono que ahora mismito voy a llamar al señor alcalde. Lo de señor era una repelente broma. Hice que hablaba con sus hijos y les decía: Dile a tu padre que se ponga o te pongo a currar haciéndome fotocopias, cacho cabrón.
Yo decía las cosas típicas que había aprendido en Madrid, claro. Esos tíos lo flipaban en estrellas blancas sobre rojo. Al alcalde, que no lo cogió, le dije inventadamente en alto: Mira, esto ha cambiado de la osti y como tú no cambiar te voy a joder y enterarse to dios de casa la Paca hasta la cruz yendo para el camino Segovia por el cementerio nuevo y luego bajar hasta donde el pilón (señalando con habilidad los cuatro puntos cardinales de mi amado pueblo). Hice que le colgaba y, de hecho, colgué. ¿Qué pasa que me miran ustedes raro? Dije a gente rusa boquiabierta. Pedí un White Horse al camarero y dije que yo había leído Memorias del subsuelo de Dostoievski. Dije: Si yo fuera una ficción sería ese protagonista pasado por Jakob von Gunten por aquello de mi casi honrada sonrisa juvenil.
El sueño no se acaba nunca sino que sigue. Das cuatro vueltas y analizas si en tus recuerdos del sueño la interpretación de ellos mientras estaban ocurriendo ha sido correcta. Fue cuando, en la mañana, me dije: Coñostias, los confundí en el sueño por un error mío que me creí hasta acordarme ahora, pero no eran sino los mismos, mis amigos o lo que sea.
Él siempre caminaba con la cabeza gacha para que no lo persiguiera nadie... Cosas de esas escribí en el ordenador para acordarme pasado el tiempo, aunque el personaje no escribía nunca porque sostenía que su único oficio, y esto era cierto, era estar loco.
He llamado a Carmen Balcells esta mañana después de seis meses y la he dicho que, por favor, me lo aclare. A ella tampoco le funciona la cadena de música y está con el spotify todo el rato. Menos mal que he dejado de beber. Me sirvo un Lawson con tres hielos. Me encantan los micro-poemas. Le digo a Mamen. Si Ajo existiese haría de follar con ella. La vida es horrenda, vuelvo a decir tras una pausa. Mamen hace que me escucha. Le digo que Robert Walser se presentó en el hospital definitivo diciendo que antes molaba pero que ahora era un escritor fracasado. Ojalá -le digo a Carmen- yo fuese el puto Robert Walser para decir que somos todo el mundo unos chaquetas vueltas. Digo que soy Robert Walser a los 12 años. Digo qué bien estamos muertos. Digo que soy del atleti y que jugará contra el Liverpool. Digo que tengo sueño de nuevo. Digo que tengo miedo. Digo que me callo ya, que lo siento y que cuelgo. De las cuatro cosas que sí existen sólo la ignorancia es un juego de magia. Pone Abracadabra bajo las palabras de Lucrecio recogidas por Montaigne en trad. De J. Bayod Brau para Acantilado que vienen a decir “Cuando el cuerpo ha sido quebrantado por los duros embates de la edad, y los miembros han desfallecido, con sus fuerzas embotadas, el ingenio claudica, la lengua y la mente deliran”.
Sería algo fácil decir que estoy hablando de mí en este texto o que eso es lo que intento, pero no, juro por Valseca que estoy todo el rato hablando de los demás.
La literatura es más divertida que follar con cuatrillizas.
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8 comentarios:

Bellaluna dijo...

Si yo fuera una de las 4 cuatrillizas, me conformaría con follar con mis hermanas y leer. Esa sería mi felicidad. Complementarias.

Alberto M dijo...

pero bueno.
y yo qué libro me leo mientras os miro, reina?

Amanda dijo...

Mientras las miras,nos lo relatas.

Alberto M dijo...

Amanda del amor hermoso,
Esto, veo, es un no-parar de leer y leer eh.

Tesa dijo...

Te tranquiliza y te alegra...
¿y te llena de odgullo y satisfacción??

Alberto M dijo...

:)

Siempre.

Z.A. Feitosa dijo...

Gracias. Bendiciones y éxitos
desde Brasil, Z.A. Feitosa

Alberto M dijo...

Z. A. Feitosa, te lo agradezco mucho desde la pequeña España.
Un abrazo,