viernes

Diario de un hombre de cera


Es un error del respeto acudir al umbral en busca de una antorcha y despertar la persona que allí extiende sus brazos sin más hacia la pesadilla.
Se ha convertido el hombre en un silencio que no coteja paladar alguno. Aprender a andar sobre la nieve sin dejar la huella o, tras haberla plasmado, hacer acontecimiento de su intuición. Volver después, sacarla y, luego, convertirla en la sustancia del plato en donde comerán los hijos.

Escribo en el cuaderno como si fuera registro de una circunstancia ajena, y no anoto aún que seré rey de un país tan remoto como España. Los que eligen mi reino, entretanto, me dan un cetro de flores a cambio de engañar la ene de mi nombre y ríen el mérito creyendo elevar la broma como doma la gravedad a los cadáveres. Manejan el ingenio como una causa que de su virtud hablase, tratándolo como un útil para tapar la negación del crimen.

He descubierto, por lo demás, que escribir no requiere de imaginación, sino tan sólo de coger una idea fija y convertirla en dictamen del oído.
Es ya día doce y no claudico ante la solución de los médicos. Me he negado a ingerir los compuestos de litio a cambio de una muerte que sea mía.
Ellos, en cambio, obran como si quisieran explicar a un muro el hermetismo que sugiere su presencia a los del otro lado. Por eso quieren ser amigos. Compartir el trono de su muerto.

Soy un niño evidentemente loco ¿Para qué quiero la duda? ¿Para qué, si no quiero jugar con otros niños?

En una ocasión, de más crío, tras haber ingerido el suficiente veneno, procedí a llenar una bolsa con la consecuente bilis que, además de quemar y ofrecer la posibilidad de hacer con ella una tila, era de una transparencia que invitaba a ser colgada en el techo con un hilo y acercar ahí la cabeza para asustar a la mosca que mira desde su interior el mundo.


Es día dieciocho y ha venido el doctor a interrogarme. Le he recibido en mi habitación y, por vez primera, he permanecido callado.
Mi habitación es un lugar repleto de las miradas de otros niños. Se juntan a contar el simio que fueron sus antepasados y medir que la altura no pase de ninguna media ni la advierta.
He dejado de ser nada a cambio de la misma y el doctor, ante la duda, ha propuesto a mi mujer, me cambiara los pañales en un rato.


He perdido la cuenta de los días pero calculo que, habiendo sido ayer día dieciocho, hoy habría de convenir su sucesor. Se lo he contado a mi médico, el mismo hombre que sostiene desde ayer una palangana misma, legado menor de una obra poca en la que interviene sin querer, dejando que escriba esto. He añadido también que no soy loco, pues él es el que ha emitido juicios y dotado de voz a mi silencio. Le doy mi guerra postulando que he leído a sus maestros y sugerido que, mientras él busca en su ciencia el lugar donde reside el malvado Polifemo, yo he tenido el placer de disfrutar cada palabra. Evidentemente fui arrogante. Él sólo había ido allí por su trabajo. Escribe en su informe que el trastorno bipolar es una cosa muy seria, y me lo tiende, como si fuera ese el emblema de su letra.


Ha llegado la televisión, venido el día en que quiere entrevistarme la MTV. El doctor les ha dicho que pasen y cuestionen sobre su futuro a cambio de grabarme. Él me presenta. Para ser la posesión de un mico ha llegado lejos y le cuesta agonizar, elegir su última palabra. Su presentación le sirve al texto que levanto sobre mi ruina de palangana. Él la vaciará y me dejará con ellos. Hago uso de su respeto y correspondo. Ellos me preguntan sobre bolsa e inversión y, antes de emitir el juicio, mi mujer sube y tiende el cheque. Desaparecen entonces con el doctor y el resto de aparejos. Consentirán dar aposento a mi fama según su juicio. Dar un lugar a su reino explicando mi miseria.


Mañana me atenderá otro médico, me explicó la locutora. Es un chico sano de provincias que sabe de la suerte que procura cada día el cielo en lo alto, sin advertir de su capacidad de vértigo al elevar hacia esa velocidad impresionable el cuello. Me dirá de la importancia del orden y de la limpieza, y de acoger la noche como a una amiga a la que se quiere para el sueño. Me dirá que respirar es sano, que el amor le gana a la belleza o que es el que la permite. No dirá que acá vivió un idiota sino alguien con una sensibilidad especial; será amigo. Pero todo a partir de mañana. Ahora está con mi mujer, y presenta su elocuencia en el cuarto de baño bajo la única tarjeta que acredita a su rango cierta pose de nobleza.


Hoy es día veintiuno y he conocido a Ramón. Me ha caído bien. Las certezas de mi primer médico, único emisor de mi parodia, eran severas a la vez que precisas. Ramón me consuela como al animal que soy y procedo a firmar el documento que habla del derecho a mis órganos de los más necesitados.

Mi bella, amada mujer, mientras, se contenta con que acuda al acontecimiento enseñando la sonrisa que ella supo, según dice, el día en que elegí su cabeza para no sé qué.

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