sábado

Los bichos reloaded


Echo de menos cuando me abrieron el estómago y vieron hormigas. Estaban contentas y a lo suyo. Esto es lo que le dijeron los médicos a mi madre.

Un amigo se presenta con una puta y le dice que yo bueno, luego dice que ir. Digo adiós y se me ocurre que en aproximadamente dos horas puedo estar en mi casa haciendo cosas normales como sacar a loro de la jaula y ponerle en el suelo a ver qué hace.

El trayecto es lo mejor. En las cinco paradas que hay hasta el primer trasbordo siempre follo con alguien. Dos, tres, hasta cuatro chicas con rizos.
En el autobús también. Llego a casa tan cansado de follar que a veces me acuesto antes de sacar a loro a ver qué coño se le ocurre hacer por el suelo de la cocina. Casi siempre duda. Es porque le enseño muy poco a poco, para que no sepa las cosas antes y la armemos. Cuando se acerca a picotear algún mueble le soplo en la cara y, mientras, bebo agua y miro el reloj. Hace un tiempo me ponía a hacer zapping.

Después me voy a la habitación de los libros. Los abro todos al azar y tacho las palabras que no me gustan como: cacao, miel, amaría, lentejas, puré, indeterminado, albatros, febril, vorágine, humilde, pleno, jazmín, infinito, castor, penitenciario, mosca, sublime, mozuela, primor o picos pardos.

Recibo una llamada telefónica del doctor en psiquiatría Ismael Love. Echo de menos encontrarme no ya con pacientes normales en los psiquiátricos, sino también doctores sin nombres artísticos. En los 80 todo el mundo que cupiese en un lugar de esos era amor, de hecho, era un pueblo lo que hacíamos entre todos.
Estaba la lechera, la huevera, el señor del pan, el vendedor de sandías, yo mismo me recuerdo repartiendo periódicos de provincias... En los 90, aunque ya menos, se notaba que aún quedaba gente de bien. Hoy no se está tan a gusto. No, para nada. Son todos unos jilipollas.

Cuando estoy en casa normalmente echo de menos a toda esa pandilla de cafres memos y lloro, papaíto. Llamo a tía Pepa, le digo que llevo bien la medicación, aunque he visto un monstruo en el sótano. El pobre se resbala cuando quiere subir y abajo sólo hay cucarachas. Le digo que hay que darle comida normal y que por favor venga a traerme agua cuando pueda. Vuelvo a la cocina a oscuras y juego a no pisar a loro. El juego consiste en pisar fuerte con los ojos todo cerrados hasta llegar a la otra pared. De momento él está bien.

Hace unos días, jugando a esto, me encontré con mamá, que me preguntó qué me pasaba. Abrí los ojos y me dijo que a lo mejor ya podía salir a la calle sin estar tan controlado. Yo te doy dinero, dijo, pero para dos tónicas y un libro o ve a ver a algún amigo, no sé. El aire es bueno, dijo y me dio dos mil pesetas. Yo ya debería de ser guardia jurado o algo así.
Mientras la explicaba que iba camino de perderme otra vez si no me llevaban pronto donde los médicos, me fijé si no había en la suela de sus botas un muñón de plumas. Luego miré la jaula y vi que el pájaro estaba puesto allí, cantando en su palo como si ese día fuese un día domingo cualquiera como lo es esta noche. Me puse tan contento que, antes de acostarme, dejé entreabierta la puerta del sótano y grité: Monstruo. Luego corrí hasta la cama y me tapé fuerte con la manta mientras él escribió esto en el aparato, amaneciendo yo con una nota en la que ponía que por favor no le enseñase el camino hacia (ilegible).
Un día le voy a invitar a unos panchitos.
.

No hay comentarios: