sábado

Guía de Mongolia, de Svetislav Basara


Una novela que se dispone como una trampa y se propone como un abogado con celulitis bañado en LSD de Serbia.
(A diferencia de los demás críticos, me la he leído e incluso he tenido palabras mayores con el autor, que es mi amante.)
Guía de Mongolia (Ed. Minúscula, 2010, trad. Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pistelek, rev: Paula Kuffer) es un libro normal que se abre y hay letras.
Es muy bueno.
La ostia en vinagre de bueno.
Joder, me corro de lo bueno que es.
Es más bueno que las novelas asquerosas de Milorad Pavic que adornan el sofá-masaje de la señora de Herralde. Qué bueno es. ¿Ya he dicho que me corro? Pues olvídenlo, voy a hablar de él.
Mola. Mola mazo.
“¿Qué sentido tienen los trenes en un mundo donde todo está en su lugar?” Olé, de eso habla Svetislav. Svetislav se siente muy solo en su pueblo de Serbia y, de repente, le dicen: escribe esto o aquello y, como sabe de dónde le nace la papada al ventrílocuo de los -serbios- psicoanalistas, decide escribir sobre Mongolia, es decir, sobre el sentido de su vida.
Porque Mongolia -y esto es imposible que lo haya plagiado del español blog: LSC- es un estado de ánimo donde una Serbia sitiada (mil novecientos noventa y pico) se abraza a un baúl que, no es que contenga nada, pero era de mi abuelo. Se han salido los traductores, se ha salido la versión, se ha salido (también de sí) la editorial y el autor da igual si existe (es decir, novela postmoderna –cosa de la que el prota renuncia-). ¿Se trata del clásico gilipollas? Eso es lo que Svetislav Basara se pregunta durante toda la novela. ¿Dónde coño está él? Claro, en Mongolia. Y esto es un ruso en pelotas y una china en corsé pasándose de un país a otro una pelotita de esas de Nivea de la playa los niños.
Pues mientras se la pasan, Svetislav, ve su cabeza en medio y eso siempre son palabras mayores (1.565.000 kms2 / 1.710.000 hab) y, al final, allí todo el mundo bebe, recuerda y olvida al mismo tiempo mientras uno de los dos -incluidos el que escribe y el que lee-, a la una, se está muriendo de hambre, por poner un ejemplo tirando a chungo. El lenguaje de Heráclito en moderno (es decir, en lector: sin que haya pasado todavía). La realidad de entonces (relativistas) es alguien que lee y, un suponer, uno que escribe mientras que el otro (lector too) habla con ambos (pongamos: ponerse con la niña y un colacao a hacer los deberes del colegio).
Basara (1953), dadaísta de ricino, sabe mucho de esto, pero además lo hace regular eh.
En fin, que leer buenas novelas es follar con putas que te aman -lo dije en el feisbuk-.
Un beso,
.

4 comentarios:

Bellaluna dijo...

Las buenas novelas cuando se terminan parece que dejan la vida sin sentido... sí son como una buena corrida de la que te acuerdas después, pero sin nostalgia (por el combate, más bien)

Alberto M dijo...

Los combates, en el recuerdo, con quién luchan, Bella? con quién?

Un besote a traición el de hoy, Srta.

Sirena Varada dijo...

Hoy le he regalado a Jhon Self la Guía de Mongolia (lo tuve que encargar) con una dedicatoria que dice: "La culpa es de la Semejante Criatura".
Espero que me lo pase.

Alberto M dijo...

Pues no voy a poder con esta culpa, tronca. Quiero decir ¿¿Qué has hecho??
Nos vamos a tener que ir del país, ya verás. Yo las cosas que critico lo hago en coña total. Aunque sí es verdad que me ha gustado leerla, pero porque el autor no sabe dónde meterse todo el rato y la posibilidad de una novela fracasa siempre. Y esto no es el Tristram Shandy aunque el tarao que hay en mí goce mazo de la paja mental que se han hecho los de Minúscula ¿Cómo voy a hablar mal de un libro escrito por un Serbio y que, fijo, se han currado un huevo la traducción? Yo nunca haría eso y, como se llamaba Guía de Mongolia lo pillé y a mí, yo, como un enano, y tú ya sabes el aprecio que tengo yo por Mongolia. Menudo lío. Por favor, Sirena, ténme al loro de cómo te trata Jhon Self las siguientes veces que le veas. Por favor.
Ay.